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A primera hora de la mañana, nos reunimos con los abogados encargados del caso de Clarke.
La reunión ha sido agotadora mentalmente.
A pesar de los litros de café que nos han acompañado durante la noche, todos estábamos agotados y nerviosos.
La falta de optimismo de los abogados ha terminado de desmoralizarnos.
Les comunicamos la información recopilada el día anterior, pero, después de una llamada, recibieron respuesta a cada una de nuestras preguntas: las cámaras de seguridad del bar fueron destruidas accidentalmente por el técnico informático de la policía antes de conseguir echarles el más mínimo vistazo; el médico forense se marchó a un monasterio para hacer un retiro de silencio; el informe de la autopsia fue robado y todas las sospechas recaen en nosotros.
Desde luego, todo esto no es más que una farsa que nos ha hecho ser conscientes de algo: en este caso, la policía no está del lado de la justicia.
Por fin tienen la oportunidad de ver a uno de los nuestros tras las rejas.
Si las pruebas que absolverían a Clarke han pasado por sus manos, las han reducido a cenizas.
Y como las desgracias nunca llegan solas, un magistrado ha realizado una revisión preliminar, destinada a determinar si las pruebas presentadas contra Clarke justificaban su detención.
No solo ha mantenido la acusación, sino que se ha dejado embaucar por el fiscal, que ha conseguido convencerlo de que éramos responsables de la destrucción de pruebas.
El magistrado ha exigido entonces que el juicio se celebre lo antes posible, por miedo a que otros elementos cruciales desaparezcan por nuestra culpa. Tendrá lugar en tres días.
Mientras Carter va a la prisión de Macomb para reunirse con nuestros potenciales sospechosos, Lola, Set y yo continuamos nuestra investigación en caso de que la pista de los mafiosos no lleve a ninguna parte.
Para ello, el jefe ha dejado a nuestra disposición varios expedientes que ha obtenido de la policía.
También tenemos acceso a los perfiles sociales de Freddie Tomson, inicialmente privados.
Hurgamos en su pasado, en busca de la información que hiciera de este tipo una basura a ojos de cualquiera que no fuera Clarke.
Una persona tan cabreada como para pegarle un tiro en la cabeza.
Por ahora, prefiero seguir esta pista en lugar de admitir la posibilidad de que Clarke haya sido el objetivo desde el principio.
—Freddie Tomson fue condenado el siete de noviembre de 2009 a cadena perpetua por haber asesinado a James y a Wendy Taylor el veintiocho de julio de 2009 —expone religiosamente Lola.
Después levanta la mirada de su portátil y muestra una sonrisa victoriosa cuando dice—: Antes de eso, en 2004, fue condenado a dieciocho meses de cárcel con condicional por violencia conyugal. La denunciante es Elisabeth Winter.
Set y yo nos enderezamos rápidamente, ambos igual de ansiosos por encontrar nuevos sospechosos. ¡Aquí está, nuestra segunda pista! Después de todo, su expareja tiene un móvil; además, si resulta ser inocente, todavía podría brindarnos su ayuda.
—Intenta encontrar una dirección, un número de teléfono o un correo electrónico. Tenemos que hablar con ella.
Los dedos de mi compañera de habitación recorren el teclado de su portátil.
—No pudo atacar a Freddie —nos dice en un tiempo récord—. Estuvo dando unas conferencias el catorce, el diecisiete y el dieciocho de noviembre en Reino Unido. Los vídeos acreditan su presencia en el continente europeo.
Me levanto del sillón con el culo dolorido y empiezo a dar vueltas. Esta situación me corroe, y cuando pienso demasiado, mis ideas se atro pellan entre sí en mi mente, así que ya no sale nada coherente de ahí.
—Puede tener información importante. Intentemos encontrarla.
Lola escribe rápidamente una dirección de correo en un post-it que me da. Lo memorizo, y después me inclino sobre mi portátil y tecleo mi mensaje.
Señora Winter:
Disculpe mi falta de tacto, pero no tengo tiempo.
Usted y yo tenemos un conocido en común: Freddie Tomson.
Lo encontraron muerto la noche del diecisiete de noviembre y, para ser completamente sincera con usted, no siento ninguna pena al comunicárselo.
Ese hombre asesinó a los padres de mi novio hace diez años y, ahora, mi novio ha sido acusado injustamente de haberlo matado por venganza.
Mi familia y yo nos estamos esforzando por probar su inocencia. Si usted tiene cualquier información, la pieza del rompecabezas que nos falta para resolver toda esta historia, le agradeceríamos que nos la enviara.
Se lo suplico, ayúdenos.
Avalone Lopez.
Adjunto mi número de teléfono en negrita y envío el correo.
Ojalá tenga ganas de ayudar a su prójimo…
—Ve a descansar —me ordena Set—. No has dormido desde… ¿desde cuándo?
—Estoy bien. Todavía puedo mantenerme en pie.
Está claro que los hermanos Collins no piensan lo mismo. Apuntan con el dedo hacia mi habitación.
—Acuéstate, no será más que una hora. Serás más productiva después de eso, ya verás.
Tienen razón. A medida que avanza el día, mantener una línea de razonamiento resulta cada vez más complicado. Refunfuño —para mantener las apariencias— y finalmente me voy a mi habitación.
Cuando estoy a punto de deslizarme bajo las sábanas, me sobresalto al escuchar mi móvil en mi mesita de noche. Salto de la cama y acepto la llamada sin prestar atención al nombre en la pantalla.
—¡Diga! —exclamo.
—¿Avalone Lopez?
Contengo la respiración, una ola de esperanza me atraviesa.
Odín, te lo suplico, haz que sea la expareja de Freddie Tomson.
—¿Señora Winter?
—Sí, soy yo —me confirma con una voz que pretende estar desprovista de emociones.
No está segura de querer iniciar esta conversación, lo noto en su tono. Zambullirse en su pasado no debe de ser fácil, pero ¿puede que su sentido de la justicia haya sido más fuerte que el miedo a sentir el dolor ligado a sus recuerdos?
—Lo siento muchísimo por tu novio —continúa—. El asesinato de sus padres salió en los periódicos en aquel entonces. Me sentí aliviada al enterarme de que Freddie había sido detenido y encarcelado. También lo estoy de saber que ha muerto. Pero ¿qué esperas de mí?
—Freddie era una basura, y la basura tiene el don de crearse enemigos. ¿Sabe quién querría acabar con su vida?
—No te puedo ayudar, no estuve con él el tiempo suficiente para saber ese tipo de cosas.
Aprieto el puño y los dientes.
—Señora Winter. Mi novio presenció el asesinato de sus padres cuando tan solo tenía catorce años.
Desde ese día, lucha por sobrevivir a su pérdida.
No ha sido fácil, pero puedo asegurarle que se ha convertido en un hombre capaz de querer de nuevo.
Si se pudre en prisión por un asesinato que no ha cometido, renunciará para siempre a la felicidad.
Así que piénselo bien. Busque en sus recuerdos y, si se le viene a la cabeza cualquier cosa, se lo suplico, llámeme.
Freddie ha destruido suficientes vidas. Me niego a que su muerte provoque la caída del hombre al que amo.
Obtengo el silencio por respuesta, solo se percibe el aliento de esa pobre mujer.
—Está bien —susurra a través del auricular cuando ya creía que había colgado—. Voy a intentarlo, pero no te prometo nada.
Con esto, cuelga.
Suspiro, preocupada porque no tenga ninguna información que darnos, y me dejo caer sobre la cama.
El choque entre mi brazo y el col chón despierta la sensibilidad de mi herida, y ahogo un grito de dolor contra el cojín.
Por algún milagro, la infección ha dejado de aumentar, incluso ha disminuido.
No obstante, sigue siendo terriblemente doloroso.
La forma de la tarjeta SD está grabada en mi piel y la más mínima presión ejercida debajo equivale a una tortura.
Con los labios fruncidos, y los ojos cubiertos de lágrimas, inhalo y exhalo hasta que el dolor se vuelve tan suave como un susurro. Después, mis pensamientos empiezan a girar en torno a Clarke.
Sin la ayuda de la señora Winter, solo tenemos la foto que ha descubierto Lola, en la que Freddie aparece al lado de un hombre que parece ser su amigo. Pero ese desconocido no tiene ningún perfil en redes sociales. Es un fantasma sin nombre ni dirección.
Mi móvil suena de nuevo, sacándome de mis pensamientos.
Es Carter.
—¿Qué noticias hay?
—El fiscal le ha propuesto un trato a Clarke: si se declara culpable, solo tendrá que cumplir una condena de diecisiete años de cárcel.
Hecha una fiera, recorro a zancadas mi habitación.
—Ni de coña se va a declarar culpable, ¿me oyes? A algunos se les conceden reducciones de condena por buena conducta, pero Clarke… él peleará día tras día, agravará su caso hasta el punto de ser conde nado a cadena perpetua. Tenemos que luchar por probar su inocencia, ¡no permitiré ningún trato!
—Eso pensaba —se ríe a carcajadas—. Pensamos igual. Continuaremos las investigaciones hasta el último minuto y, si fallamos, volaremos la cárcel.
Mi padrino, que en este momento está en la carretera de camino a Macomb, me promete llamarme de nuevo una vez que se haya ocupado de los mafiosos, y después cuelga.
Suelto un gran suspiro, aliviada. Gracias a los dioses, no se da por vencido. Por sus hombres, estaría dispuesto a todo, y es esa infalible determinación la que hace que tenga esperanza. Nos sostiene a todos.
Veo la notificación de un mensaje que recibí durante nuestra llamada.
Es de la señora Winter.
Encontré el número de teléfono de un amigo de Freddie. Tobias Fells.
El mensaje va seguido del número.
Estos últimos días, tengo la sensación de que soy una montaña rusa emocional con patas.
Experimento todas las emociones, y eso me agota.
De nuevo llena de esperanza, salgo precipitadamente de mi habitación y me uno a los hermanos en el salón.
Me reciben con una mirada severa, pero no les doy tiempo a que me regañen.
El sueño queda en segundo plano ante nuestra misión.