Amor en el caos (The devil’s sons 3) 10
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Los guardias armados con porras gritan órdenes y no dudan en dar golpes. Los prisioneros silban y profieren todo tipo de perversidades a mi paso. Todas las puertas están bloqueadas por barrotes y, cuando se abren, hacen un ruido estridente. Las paredes son grises, y los monos, naranjas.

Este sitio me incomoda; tengo la piel de gallina, pero la impaciencia es más fuerte.

No me han dado ninguna pegatina de visitante. El guardia a quien piso los talones me lleva lejos de la sala reservada a las visitas. Mi presencia en este lugar no está autorizada; podría decirse que me he infiltrado con la ayuda de un hombre que le debía un favor a Carter.

Temo ver a Clarke esposado y con un uniforme de presidiario.

Lo voy a pasar mal, pero debo silenciar el dolor, porque no tengo ningún derecho a llorar mientras a él le han privado la libertad.

Antes de salir de la mansión, Justin apostó cincuenta dólares a que su amigo ya tendría las manos destrozadas cuando lo viera.

Yo he apostado mi alma por esa misma idea.

Aunque su llegada se remonta a hace unas horas, han echado a Clarke al corazón de un lugar en el que la ley del más fuerte es la que prevalece.

Está rodeado de reclusos que han debido de ponerlo a prueba desde el momento en que ha pisado el suelo de las zonas comunes.

Le han proporcionado el escenario perfecto para dar rienda suelta a su ira.

Solo espero que no reciba demasiados golpes.

Por el resto, sinceramente, puede pegar a quien le parezca si eso le permite soportar mejor el encarcelamiento.

El guardia reduce el paso hasta detenerse frente a una puerta que da a una sala de paredes deterioradas.

Cuando mi mirada se posa sobre el cuerpo de Clarke, todo a mi alrededor desaparece.

Solo me envuelve una sensación de ligereza, resultado del amor y de la alegría que siento.

Está aquí, a varios metros de mí, y respira.

Es todo lo que importa. Al menos hasta que me golpea la realidad.

Sentado en una silla, delante de una mesa a la que está esposado, cierra los ojos y aprieta la mandíbula, como si no quisiera que lo viera en esas condiciones.

El arco de su ceja está roto y el contorno de sus ojos, ennegrecido.

Lleva el mono de presidiario y, a pesar de estar inmovilizado, tiene la apariencia de un león enjaulado que mataría a cualquiera que pasara la mano a través de los barrotes.

Está ahí, a varios metros de mí, y respira, pero no está libre. Y eso, eso no es vida.

—¡Tu novia, Taylor! —suelta el guardia, burlón.

Clarke le lanza una mirada asesina, pero insiste en ignorarme.

—Quítame las esposas y veremos si sigues usando el mismo tono.

—No olvides que te he evitado el hoyo y que voy a hacer que tu estancia sea más agradable de lo que debería.

—Carter. Es a Carter a quien debo todo eso. Tú solo obedeces sus órdenes, ¡así que cierra la puta boca, saco de mierda!

El guardia farfulla algún insulto y me empuja al interior de la sala. Me repite que solo tengo cinco minutos; después cierra la puerta con llave a mi espalda.

Me doy la vuelta y golpeo la madera, asustada.

—¡Mierda! ¡No me dejes con él sin vigilancia! —Golpeo de nuevo la puerta, más fuerte—. ¡¿Eh, hay alguien?! ¡Os recuerdo que está aquí por asesinato! ¡Puede que me haya acostado con él dos o tres veces, pero, en el fondo, no lo conozco tanto!

Intento accionar el picaporte, en vano.

—Tu humor negro da asco —gruñe Clarke.

Me giro hacia él. Todavía no se enfrenta a mi mirada; sin embargo, sus labios fruncidos suavizan su rostro.

—Tiene el mérito de hacerte sonreír.

Me acerco a la silla libre que se encuentra frente a él.

No hay nada más en esta sala, ni siquiera cámaras.

Me acomodo y espero. No sé a qué, exactamente.

Puede que a una señal por parte de Clarke que demuestre que está contento de verme, pero nada de eso pasa.

Incluso pierde la sonrisa y la pierna le tiembla con nerviosismo.

—¿Cuántos eran? —pregunto examinando sus heridas.

—Quince.

El terror se apodera de mí y me contengo de llamarlo inconsciente.

No estoy aquí para asfixiarlo con reproches; quiero que esta visita lo tranquilice.

Además, si expreso la tristeza que siento, lo altero.

Mi propio dolor lo destroza, según sus palabras.

Tengo que ahorrarle ese sufrimiento, tiene preocupaciones más importantes.

—Diría que lo has hecho bastante bien.

—No has visto cómo tengo el cuerpo.

Se me encoge el corazón, pero me obligo a mí misma a no quitarle la ropa para revisar sus heridas.

—Y de tu lado, ¿cuántos erais?

—Estaba solo.

¡Qué cabrones!

Sin darme cuenta, me he aferrado tan fuerte a la mesa que los nudillos se me han vuelto blancos.

La injusticia de toda esta situación, desde la presencia de Clarke en este lugar hasta la diferencia de fuerzas en la pelea, me provoca una rabia fría que apenas puedo contener. Si tan solo pudiera volver conmigo…

—¿Y cuántos están en la enfermería o han sido transferidos al hospital?

—Nueve.

—Diría que lo has hecho bastante bien —repito, orgullosa y un poco sádica.

Todavía no he visto el color de sus iris, así que cubro sus manos con las mías, esperando hacerle reaccionar.

Se aleja de mi contacto, el único al que tenemos derecho.

Eso me hace daño. No me imagino el horror que debe vivir cada segundo, pero ¿por qué rechazarme?

Creía que habíamos pasado esa fase, que estábamos dispuestos a afrontarlo todo juntos. Este paso atrás es doloroso para mí.

—Vas a salir, Clarke. Te prometo que vamos a sacarte de aquí.

Por fin fija sus ojos en los míos. Me habría gustado encontrarlos de un verde resplandeciente; sin embargo, solo veo dos orbes negros sin fondo.

—¿Crees que estar encerrado es lo que me desmoraliza?

Se ríe de manera nerviosa; la furia le rezuma por todos los poros.

Podría culparlo por hacer de este reencuentro un momento desagradable, pero solo quiero que me hable, que exprese sus emociones para poder entender lo que pasa por su mente y tranquilizarlo lo mejor posible.

Si para ello tiene que pasar por la ira, lo acepto.

—¡Por Odín, Avalone! Lo que me mata es hacerte esto, ¿vale?

La mirada aterrada y llena de dolor con la que me miraste durante el arresto…

Está grabada en mi mente y no me da ni un jodido respiro.

¡Te prometí que todo iría bien, te di mi palabra, y mira dónde estamos!

¡Estás obligada a recorrer más de ciento ochenta kilómetros para visitarme, y lo único que te puedo ofrecer es cogerte de las manos!

¡Puedo soportar los barrotes, tragar bazofia y los golpes en la cara día tras día, pero lo que no consigo soportar es haberte abandonado!

Lo miro fijamente, con mariposas en el estómago. Es, sin duda, el hombre de mi vida. Lo sé. Y dentro de unos años, si sigo viva, me casaré con él.

Agarro sus manos y esta vez no me priva de su contacto. Cierra los ojos e inspira profundamente; luego me acaricia la piel con la yema de su pulgar.

—Abandonar no es una opción que se te haya dado, Clarke. No eres culpable de nuestra separación forzosa; no tengo ningún motivo para culparte de ello, todo lo contrario. Cada segundo que pasas lejos de mí me permite ser totalmente consciente de…

—¿De?

—De lo que siento por ti. Es incluso más fuerte de lo que pensaba, así que deja de darle vueltas, porque tenemos que exonerarte para que vuelvas a mi lado, ¿vale?

Su ira y culpabilidad se disipan con mis palabras; su mirada refleja emociones que no consigue expresar. Estoy impactada por una de ellas, intensa, que intenta transmitirme con todas sus fuerzas.

Amor.

Aunque no sea capaz de formularlo, necesita saber que el sentimiento es mutuo. Cuando entrelazo nuestros dedos en señal de haberlo entendido, parece quitarse un gran peso de encima.

—¿Todavía crees en mi inocencia?

—Pues claro que sí. Todos sabemos que eres inocente.

Deja caer la cabeza hacia atrás y mira fijamente el techo, seguramente dando gracias a los dioses.

—No he sido prudente —suelta—. Durante la fiesta de despedida de Tucker, Charlie te habló de un asesinato cometido el diecisiete de noviembre.

No maté a Freddie; no podía tratarse de él.

Pero la policía buscaba activamente a su asesino.

Si hubiera advertido a Carter de lo que me contaste aquella noche, se habría informado y habríamos sabido que ese desgraciado había muerto.

Nos habríamos preparado para que las sospechas recayeran sobre mí y me habría deshecho del móvil. He metido la pata hasta el fondo.

—Te cruzaste en su camino el día de su asesinato, más tarde de las nueve de la noche.

Pero lo dejaste con vida. ¿Cómo podíamos habernos imaginado que alguien iría a por él en las siguientes dos horas?

Las probabilidades eran tan escasas, y la coincidencia demasiado grande, como para preocuparnos por las palabras de Charlie.

Clarke pone su mirada sobre mí y expresa desaprobación.

—No utilices ese «nosotros», Avalone. Yo no me preocupé; ese fue mi error.

—Falso. Yo tampoco me preocupé, no pensé en hablar con Carter de la conversación que tuve con la hija del jefe de policía.

Ambos nos mostramos demasiado confiados, por lo que es hora de corregir nuestro error.

—Antes de que una protesta se escape de sus labios, le pellizco la mano—. ¡Ni una palabra!

—Bien, ¿por dónde empezamos?

—Tus abogados van a llegar en breve. Sé honesto, no les ocultes ningún detalle y, por nuestro lado, los chicos y yo nos encargaremos de recopilar las pruebas que ellos no consiguieron obtener de manera legal.

Inquieto, aprieta mis manos y se inclina sobre la mesa para acercarse a mí.

—No hagas locuras, Avalone, te lo suplico. Prefiero pudrirme aquí a saber que estás en peligro.