9 #2
Es incluso mejor de lo que esperaba. No habrá juicio ni todo ese lío. Son libres. Libres .
Me coloco frente a los Devil’s Sons, lista para abrazarlos, pero renuncio a la idea, inquieta. El silencio se cierne sobre la habitación y me invade una sensación de malestar.
Recorro la sala con la mirada y me doy cuenta de que Clarke no está.
Rodeo a los chicos para entrar al salón, en su busca.
Pero no hay ni rastro de su cabello oscuro ni de sus ojos verdes.
El peso que había desaparecido momentáneamente de los hombros vuelve a caer sobre mí como una losa.
El cansancio acumulado de estos últimos días desencadena mis lágrimas; la angustia toma el control de mis movimientos.
Vuelvo rápidamente sobre mis pasos y atravieso el pasillo.
—¿Clarke? —grito, muerta de miedo—. ¿Clarke?
Abro la puerta de la cocina, pero no hay ningún tatuaje de balas de revólver, de un bosque incendiado ni de un reloj roto que retenga mi atención.
Me asalta un pensamiento oscuro. Me tambaleo hacia atrás, conmocionada.
—Avalone…
Con una delicadeza que detesto, Set me lleva de nuevo con ellos. Sus rostros están agotados, marcados por las ojeras y sus ropas, arrugadas. Pero lo que más me choca son sus miradas abatidas, que me parten el corazón en dos.
—¿Dónde está Clarke? —pregunto con voz rota.
Durante unos largos segundos, nadie me responde. Mejor. Quiero mantener la esperanza de encontrarlo en una de las habitaciones de la mansión. Estoy a punto de dar media vuelta para continuar la búsqueda cuando Carter toma la palabra.
—La orden judicial que obtuvo la policía no se aplicaba únicamente a la propiedad.
El juez autorizó el registro de todos mis bienes inmobiliarios, incluidos los apartamentos de los chicos.
El móvil de Freddie Tomson, muerto el diecisiete de noviembre, ha sido encontrado en la habitación de Clarke.
Acaba de ser transferido a prisión preventiva por asesinato.
Su juicio tendrá lugar en los próximos setenta días.
Todas las sílabas que articula, parecidas a balas de cañón, me golpean una tras otra, dejándome aturdida. Después su eco penetra en mi mente, se expande por cada uno de mis miembros en forma de ácido y me destruye por dentro.
Sacudo la cabeza una y otra vez, perdiendo completamente el control.
—No. ¡No! ¡Eso es imposible! ¡No ha matado al asesino de sus padres! —¿Muerto? ¿Freddie Tomson está muerto? Clarke no tiene nada que ver en ese asunto. Lo sé, le creo—. ¡No fue él! Me lo prometió. Yo… yo…
Se suponía que iba a volver a casa, conmigo.
Ya me imaginaba en sus brazos, y después en su cama, haciendo el amor para recuperar las noventa y seis horas de separación forzosa.
Le habría dicho que lo había echado muchísimo de menos, que lo quería.
Le habría hecho prometer no darme nunca más un susto parecido.
Pero lo han trasladado a prisión preventiva.
Lo han alejado aún más de mí, y puede que no vuelva.
Un hormigueo premonitorio me recorre los miembros y, al instante, un violento dolor en el pecho me corta la respiración. El cuerpo se me dobla; las piernas se me vuelven pesadas de repente.
El corazón ha llegado a su límite. Ya no soporta más el estrés, la ansiedad, el miedo, todo lo que me hace daño.
—Yo… No me siento… bien.
Set me coge en brazos y, un segundo después, estoy tumbada en el sofá, rodeada por todos, salvo por el hombre al que quiero. Agitan unos frascos naranjas ante mí y me colocan las pastillas sobre la punta de la lengua.
—Clarke… no es…
Mi madre, a la que no había visto hasta este momento, me acaricia la espalda.
—No hables, tienes que descansar.
Sacudo la cabeza y la aparto rápidamente. La situación es urgente, no tenemos un minuto que perder.
—Es importante.
Me enderezo con dificultad y busco apoyo en la mirada de los Devil’s Sons.
Pero parece que todos creen que Clarke es culpable del asesinato de Freddie Tomson.
Después de todo, es capaz de matar, ya lo ha demostrado en el pasado.
Y se ha encontrado cara a cara con el responsable de sus tormentos, con el verdugo de sus padres.
Habría acabado con él a sangre fría, sin remordimientos ni culpa, si yo no hubiera intervenido para recordarle los riesgos a los que exponía su alma.
Pero Clarke no es un mentiroso, y no es el asesino de Freddie Tomson.
Todos tienen que creerlo para que podamos ayudarlo.
—En la fiesta de despedida de… Tu… Tu…
Me cuesta recuperar el aliento y un ataque de tos me irrita la garganta. Entonces Justin se agacha a mi altura y envuelve mis manos con las suyas.
—Encontré en el bolsillo de Clarke…
—¿El móvil?
Asiente con la cabeza.
—Le creí…
—Culpable.
Sacudo la cabeza una segunda vez y Carter se acerca a mí, erguido e imponente.
—¿Qué ocurrió la noche del diecisiete de noviembre? —me pregunta con los ojos entrecerrados.
—Le dio una paliza a Freddie Tomson. Le…
—¿Rompió casi todos los huesos? —sugiere Set.
Asiento y después vuelvo a toser, con las vías respiratorias doloridas.
—Cogió su… móvil. Para impedirle…
—Llamar a emergencias.
—Sí. Freddie… estaba vivo cuando Clarke lo dejó… No lo mató. Me lo prometió.
Nadie dice nada, reina el silencio. Y luego exhalan numerosos suspiros de alivio, incluso algunas risitas entre dientes. Creen en la inocencia de Clarke, y eso me conmueve. No necesitan pruebas irrefutables, solo la palabra de su hermano de armas.