Amor en el caos (The devil’s sons 3) 9
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Han pasado tres días con una lentitud espantosa desde el arresto de los chicos.

Desde el primer día, la herida se infectó. Absceso e inflamación. Ethan me suplicó que le permitiera sacarme la tarjeta SD, pero me negué. Así que limpió la zona y drenó el pus. El dolor fue tal que vomité hasta la primera papilla.

Mis padres vinieron a la mansión al mediodía para ayudarnos, a Marie y a mí, a ordenarlo todo.

En esta situación, un brazo dolorido es difícil de disimular.

Puse como pretexto que me había hecho daño el día anterior, con las prisas.

Después la fiebre me hizo sudar la gota gorda, y mis padres me mandaron a descansar.

Sin duda pensaron que estaba incubando algo.

Cuando me desperté a primera hora de la tarde, ya habían vuelto al hotel y Marie estaba sacando la basura con la ayuda de Kate, que volvió urgentemente de su viaje de negocios al enterarse del arresto de su marido.

Aunque no estaba ni un poquito preocupada por Carter.

Sabía que pronto estaría de vuelta en casa.

Según sus propias palabras, había acortado su estancia en Japón por mí.

Creía, y con razón, que necesitaría compañía para no morirme de preocupación.

Después, no sé cómo, Lola se enteró de los últimos acontecimientos y me hizo una llamada de lo más desagradable.

Gritaba y lloraba. Acusó al «gilipollas de mi padrino» de ser el responsable de la misión y, cuando agotó el repertorio de insultos, se ensañó conmigo.

Me reprochó no haber protegido a su hermano, no haber hecho nada para evitarlo.

Según ella, ¡yo también me merecía la cárcel!

Me mantuve tranquila en todo momento, y después colgué y encendí el portátil.

Estaba muerta de preocupación, lo sabía, y solo por eso no me cabreé con ella.

Pero, si la hubiera escuchado un segundo más, yo también me habría puesto a gritar, y eso no habría cambiado nada.

La visita de Ethan me distrajo. Tuve que meterlo a escondidas para que las dos mujeres presentes no hicieran preguntas.

Un nuevo drenaje de pus y una dosis de antibióticos más tarde, empecé a deambular por la mansión como un fantasma hasta que Kate me obligó a ver una película con ella y con Marie.

Habían pasado veinticuatro horas y todavía no teníamos noticia de los chicos.

El segundo día fue igual, con la diferencia de que Lola se disculpó. Hablé largo y tendido con ella por teléfono para tranquilizarla y le prometí que pronto todo estaría en orden y que su hermano no acabaría en prisión.

El tercer día me puse a leer artículos de derecho con la firme intención de entender cómo pretendía Carter eludir la ley.

La fiebre había bajado, pero las secuelas entorpecían mi concentración.

No saqué gran cosa de mis lecturas, y después me quedé dormida y me abrumaron las pesadillas.

Sin embargo, no fueron ellas las que me despertaron a las cuatro de la madrugada.

Fue el sonido de unas voces. Durante unos maravillosos segundos, pensé que los Devil’s Sons habían vuelto, pero solo eran mi padre y los abogados.

Mi padre, los abogados… y las malas noticias.

La policía tenía en su poder una segunda grabación de vídeo en la que aparecían los Devil’s Sons, y en la que se distinguía el intercambio de dinero por cuadros robados de gran valor.

Una vez más, mi padrino afirmó que no había ninguna cámara de seguridad en el lugar donde se había desarrollado la venta.

Los abogados fueron al punto de encuentro y confirmaron la ausencia de cámaras.

Llegaron a la conclusión de que alguien había instalado cámaras ilegalmente en la calle y las había quitado antes de enviar las grabaciones a la policía.

Iban a aprovechar esta infracción para desacreditar las pruebas utilizadas contra los miembros de nuestra banda.

Mientras tanto, las fuerzas del orden buscaban a Tucker.

Gracias a los dioses, no sabían adónde se había mudado, y el jefe había hecho todo lo posible por borrar las pistas para mantenerlo alejado de este asunto.

Ni siquiera le habían informado del arresto de la banda.

Volví a la cama con la esperanza de seguir durmiendo, pero no pude conciliar el sueño.

A última hora de la mañana, el abogado principal se puso en contacto conmigo —a petición de Carter— para enviarme a clase con el fin de apaciguar los rumores sobre la ausencia de los miembros de la banda. Parece que el asunto se había filtrado a pesar de los esfuerzos del jefe.

Acepté sin muchas ganas, y aquí estoy de nuevo, en el campus. Apenas he cerrado la puerta del coche cuando un grupo de estudiantes me rodea y me arrincona contra él.

—¿Están en prisión?

—¿Quién ha muerto?

—Logan los ha visto en comisaría.

¡Maldito Logan! Lo echaron del equipo de fútbol y de la universidad por incitar al consumo de la Demonio y, aun así, ¡sigue jodiéndonos!

—¿A quién han matado?

—¿Van a volver?

Levanto una mano —con mi brazo bueno— para pedir silencio.

No estoy de humor para soportar este alboroto.

Apenas he pegado ojo, echo muchísimo de menos a los chicos, tengo fiebre y el cuerpo me duele a cada segundo que pasa a causa del cuerpo extraño implantado en mi brazo.

En otras palabras, podría matar a alguien.

—¡No están en la cárcel y no han matado a nadie! La policía controla sus actividades, no es más que una formalidad. Ahora, dejadme pasar.

Intento abrirme paso entre la multitud, pero aparece más y más gente y me dejan sin escapatoria; me abruman de golpe con preguntas estúpidas.

La gente se empuja, me golpea. Grito de dolor cuando recibo un codazo en el tríceps, donde tengo escondida la tarjeta SD.

Veo pun tos negros brillar bajo los párpados, y un repentino sofoco me asfixia.

Como si se hubiera cometido un crimen, los estudiantes se apartan; algunos emprenden ya la huida. Me enderezo, con las facciones marcadas por el dolor, temblando de rabia y de cansancio.

—Los asuntos de los Devil’s Sons no os incumben en absoluto. He sido amable al daros noticias sobre ellos, pero juro por Draupnir que al primero que me impida pasar…

Inmediatamente, retroceden empujándose unos a otros y la marea humana se abre en dos.

Son pasadas las tres cuando mi móvil suena en el fondo del bolso.

Sé de antemano que es Marie. Desde el arresto de la banda, no sabe cómo mantenerse ocupada.

Es como si hubiera perdido su razón de ser.

Solo tiene a Carter en su vida y depende completamente de él.

Llora a menudo por su ausencia. Varias veces al día, incluso.

Así que decido salir de clase media hora antes para hacerle compañía.

De todas formas, ya he cumplido mi misión con hacer acto de presencia, como me pidieron.

Recojo mis cosas y me cuelgo el bolso al hombro mientras hurgo en él en busca del móvil, pero el tono de llamada se corta.

Lo pesco una vez que he salido del anfiteatro.

Cuando desbloqueo la pantalla, me quedo congelada a medio paso.

El pecho se me detiene al ritmo de la respira ción, mientras el pelo permanece pegado a la nuca a pesar del viento.

«Llamada perdida de Carter».

Los pensamientos negativos que me envenenan la mente desde hace días se esfuman en un abrir y cerrar de ojos, y entonces siento que vuelvo a la vida. Tengo la sensación de que la sangre se me calienta en las venas. Las vías respiratorias se me abren; el aire que inspiro me parece ligero, agradable.

Vuelvo a poner los pies en la tierra para estabilizarme y pulso sobre el contacto de mi padrino.

—Avalone.

Su voz en el oído es un milagro, revitalizador e increíblemente tranquilizador.

¡Por Odín, si me llama es porque quizá los han soltado!

—Reúnete con nosotros en la mansión.

Nunca he apreciado tanto una de sus órdenes como en este momento. Lo bendigo, lo saboreo.

—¡Voy enseguida!

Cuelgo y corro en dirección al parking , riendo como una loca. Con las prisas, no tengo cuidado con la herida, que me recuerda que sigue ahí. Siento una repentina punzada de dolor, pero no significa nada frente a mi felicidad.

¡Han salido del calabozo! ¡Todos me esperan en la mansión!

Me subo al coche, echo el bolso al asiento del copiloto y arranco el motor. Me incorporo a la carretera a toda velocidad. Las calles se suceden ante mis ojos mientras reduzco la distancia cada segundo.

Suelto un grito de alegría hasta llorar.

¡Por fin hemos dejado estos tres días de pesadilla atrás!

No entro en el garaje; aparco en la grava, delante de la fuente.

Siento la necesidad de abrazarlos a todos, y cada segundo cuenta.

Quito las llaves del contacto y salgo del Bugatti.

Y después corro. Subo los escalones del porche de dos en dos y abro la puerta de la mansión tan pronto llego.

Entonces los Devil’s Sons aparecen ante mí, en carne y hueso, con Carter a la cabeza.

Un sollozo crece en mi garganta y apenas puedo contenerlo.

Antes de que me derribe, me lanzo sobre mi padrino.

Al instante, sus brazos rodean mi cuerpo.

Me abraza con ternura. Sentir su olor y su presencia me reconforta muchísimo.

Mi tríceps está comprimido contra mi costado, el dolor me causa tirones, pero por nada del mundo acortaría nuestro reencuentro.

—Bienvenido a casa —jadeo. Retrocedo y le ofrezco una sonrisa radiante—. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo os las habéis arreglado para salir?

—Las cámaras no pertenecían al ayuntamiento, y no se ha concedido ninguna autorización a un particular en esas direcciones. La instalación ilegal de cámaras de seguridad conlleva la ilegitimidad de las imágenes que hayan podido captar. Por tanto, las pruebas no son válidas.

El peso sobre mis hombros, ese que me encorvaba la espalda desde hace días, se desvanece. Me siento infinitamente más ligera. Vuelvo a tener el cuello relajado y el porte seguro.