8 #4
Me sonríe con ternura y vuelve a mi lado, por si me desmayo de camino a la salida.
El ascensor es una bendición; las escaleras habrían acabado conmigo.
Cuando llegamos al vestíbulo del edificio, cambio la expresión marcada por el dolor por otra más relajada.
Solo los ojos llenos de lágrimas manifiestan mi sufrimiento.
Me duele hasta el alma, y Ethan me anima a meterme en cama y no salir en días.
Pero eso Bill no puede saberlo desde donde está.
Su coche está burdamente disimulado tras un arbusto, y su cuerpo acurrucado detrás del volante no engaña a nadie, sobre todo por el humo de cigarro que sale por la ventanilla.
Rodeo el Bugatti Chiron bajo la mirada atónita de Ethan, que va de las llaves que tiene en el hueco de la mano a mí.
—¿No tienes ningún instinto de supervivencia? —me pregunta.
Me río a carcajadas.
—No lo rayes, o los dos sufriremos la ira del jefe —le advierto.
Se frota la nuca, de repente dubitativo de sus propias capacidades de conducción, y después desbloquea las puertas.
Nos metemos en el coche. Entonces Ethan articula silenciosamente el nombre del policía que nos espía a varios metros de distancia.
Asiento con la cabeza y com prende algo mejor lo que me ha llevado a reunirme con él esta noche.
Arranca el motor y se incorpora a la carretera. Solo entonces me permito mostrar el dolor en la cara, pero contengo cualquier quejido, por si hay un micrófono en el coche.
Carter no bromeaba cuando dijo que reforzaría la vigilancia de la propiedad.
Hay al menos doce agentes haciendo guardia delante del portón, armados hasta los dientes.
Otros cuatro observan los alrededores con prismáticos desde lo alto de la torre de control.
En el interior de esta, el equipo de siempre, compuesto por seis hombres, tiene los ojos clavados en las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Si Ethan está sorprendido por estas nuevas medidas, no lo dice. Subimos por la colina en silencio. Un vistazo al retrovisor me confirma que Bill no se aventurará hasta aquí. Ya no queda ningún rastro del policía, ha desaparecido.
Tres cuatro por cuatro negros están aparcados junto a la fuente.
La puerta principal está abierta de par en par, y a través de la cual podemos ver a unos hombres trabajando.
A petición de mi padrino, comprueban que la mansión no esté pinchada.
Ethan los mira sin hacer preguntas y después entra en el garaje.
Cuando aparca el coche, se toca nerviosamente la mandíbula. Aunque no sepa cuál es la situación, entiende que los Devil’s Sons están en un lío. No es difícil sacar ese tipo de conclusiones después de todo lo que ha presenciado esta noche. Le gustaría saberla, para apoyarnos, pero no sería sensato.
—Pasaré al mediodía con ese aceite que te gusta para masajearte el tobillo, ¿vale?
Asiento y le agradezco la ayuda. Sin él, solo las Nornas sabrían lo que le habría pasado a la tarjeta SD.
Salimos de la cabina del Bugatti Chiron y recorro con la mirada los diferentes coches.
—¿Cuál quieres llevarte?
—Voy a coger un taxi. Yo sí aprecio mi vida.
Si no estuviera tan cansada después de estos horribles acontecimientos, creo que habría estallado en una alocada risa nerviosa.
—¿Estás segura aquí?
—Mucho más que en cualquier otra parte.
Aliviado, me abraza con cuidado de no rozar la herida posoperatoria y después se ofrece a acompañarme hasta la cama.
Pero me niego; ya sabe demasiado. Así que lo observo dirigirse hacia la salida hasta que desaparece detrás de un árbol y luego regreso a la mansión arrastrando los pies.
Volver a ver su lamentable estado hace que se me llenen los ojos de lágrimas.
El cansancio no ayuda, estoy al límite. Mañana a primera hora lo ordenaré todo.
Atravieso el pasillo. Algunos hombres me ignoran, otros me saludan. Me topo con el abogado principal de Carter, que me pide guardar silencio llevándose un dedo a la boca, teclea en su móvil y después me muestra la pantalla.
La mansión está pinchada. Estamos destruyendo los micrófonos. En unas horas ya no quedará ninguno. Tu habitación ya está registrada, puedes irte a dormir.
Artículo la palabra «coches» para que no se olviden de revisarlos también. Asiente con un gesto que me dice que no tenía intención de pasarlos por alto y después saca del bolsillo un táser que me pone entre las manos mientras articula en silencio: «De parte de Carter».
Me da entonces una tarjeta a nombre de mi padrino. El código está escrito en una nota adhesiva pegada por detrás.
—No dudes en usarlo.
¿Habla del arma o del dinero? ¿O puede que de ambos?
Asiento y me despido para ir a mi habitación.
Mi brazo herido me cuelga al costado; la más mínima fricción me saca una mueca.
Una vez que la puerta está cerrada con llave a mi espalda, empiezo a quitarme la ropa.
Es peligroso y tan doloroso que abandono la misión a medio camino.
Me acuesto bajo las sábanas, con los vaqueros puestos, y apago las luces.
Tengo el corazón encogido. Pienso en los chicos, que van a pasar una noche complicada en el calabozo.
Lo que daría por despertarme con Clarke abrazándome y darme cuenta de que todo esto no ha sido más que una horrible pesadilla.
Pero mi sufrimiento es muy real, de eso no hay duda.
Así que lucho contra el sueño, sintiéndome culpable por estar rodeada de comodidades mientras ellos solo tienen derecho a unos bancos tan duros como la piedra.