8 #3
—Te he echado de menos —me susurra al abrazarme.
—Yo a ti también. ¿Cómo te fue en Massachusetts?
—Oh, ya sabes, los negocios…
Me invita a pasar al salón, donde tomamos asiento en el sofá, uno frente al otro.
—Explícame qué pasa.
—No puedo. Tienes que hacer lo que te diga y conformarte con mi silencio.
Me observa un largo instante, con los ojos entrecerrados. No le gusta actuar a ciegas, eso va incluso en contra de su ética como médico; sin embargo, asiente en señal de consentimiento.
Me sorprendo al sentirme decepcionada por su cooperación. Una parte de mí, la más cobarde, esperaba que me enviara de paseo. ¡Pero cuando hay que hacerlo, hay que hacerlo!
Saco la tarjeta SD del sujetador y se la enseño.
—Tienes que esconderla.
Arquea una ceja, sorprendido.
—Vale… ¿Dónde?
—En mi cuerpo. O, mejor dicho, bajo mi piel.
Ethan se atraganta hasta el punto de convulsionar. Lo observo toser durante un rato que me parece eterno, hasta que se recupera.
Busca la ironía en mi mirada, pero, cuando no encuentra nada semejante, abre los ojos como platos.
—¡No, no, no! ¡Joder, no! ¿Te has golpeado la cabeza?
—Ethan —digo con calma—. Es una cuestión de vida o muerte.
—¡Avalone! Suturar una herida, a pesar de que es extremadamente doloroso, no me importa.
Pero ¡me estás pidiendo que te haga una incisión lo bastante profunda para introducir una tarjeta SD!
Es fina, cierto, ¡pero esto se asemejará a la tortura!
Por no hablar de que tu organismo va a intentar por todos los medios rechazar ese cuerpo extraño.
Además, no tengo nada esterilizado aquí. ¡Seguro que se te infecta!
—Sé lo que hago o, al menos, eso creo.
Me mira, atónito, y se muerde el puño, nervioso. Se arrepiente de haber aceptado mi llamada, de eso no me cabe duda. Masculla cosas incomprensibles, y después me lanza un segundo vistazo. Pero solo ve mi inquebrantable determinación.
—Confío en ti, ¿vale?
—Tienes que hacerlo —le digo—. Créeme, no te lo pediría si tuviera otra opción.
Suelta un suspiro tan profundo que podría despertar a los muertos.
—¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo debe permanecer incrustada la tarjeta SD?
—Una semana, más o menos.
Una risa sin alegría mueve su nuez. No me gusta nada que esté preocupado. Pero dioses benditos, ¡se trata de mi familia! Sufrir por un tiempo no es un precio caro con tal de garantizar nuestro futuro. Me quita la tarjeta de las manos, estudia su forma rectangular y después piensa cómo proceder.
—La voy a envolver en una lámina de acero inoxidable, que es un material biocompatible. Voy a tener que soldar las capas para crear una barrera hermética. Luego esterilizarla, o al menos algo parecido.
Me limpio las manos sudorosas en los vaqueros mientras lo observo salir del salón.
Su breve ausencia permite que mis pensamientos se vayan por las ramas, muy lejos, hasta los meandros de la ansiedad.
Trago con dificultad cuando vuelve, una vez que ha reunido todo lo necesario para hacer el implante.
Coloca en la mesa de café un rollo de color cromado, del que extiende unos treinta centímetros, y corta un cuadrado de acero inoxidable con el que envuelve cuidadosamente la tarjeta.
Se asegura de que el pliegue esté bien hecho, revisando todos los ángulos.
A continuación, se pone unas gafas de protección y coge un soplete.
Hace un par de ajustes y después coge nuestro preciado objeto con unas pinzas.
Dioses todopoderosos, ¿para qué necesitará todo este material?
Entonces comienza a soldar. Ethan calienta el material con cuidado de no insistir demasiado tiempo en la misma zona, de lo contrario se arriesgaría a deteriorar la memoria.
Las capas se funden unas sobre otras y se fusionan.
Completada la tarea, se deshace de la herramienta y de las gafas y después comprueba que todo queda sellado herméticamente.
Parece satisfecho, pues hunde la tarjeta SD, protegida por el acero inoxidable, en un vaso lleno de alcohol etílico de noventa grados.
Sus instrumentos quirúrgicos sufren el mismo proceso.
Después va hacia el fregadero de la cocina a lavarse las manos antes de ponerse los guantes esterilizados.
—Te voy a introducir la tarjeta SD en el brazo opuesto al dominante, a la altura del tríceps. ¿Eres diestra o zurda?
—Diestra.
—Entonces, será en el brazo izquierdo.
Antes de que mi valor se esfume, me quito la sudadera y la camiseta. Cojo el trapo que Ethan me señala, lo coloco entre los dientes apretados por el terror y después me tumbo en el sofá. Con una compresa esterilizada, mi cómplice desinfecta una amplia zona de piel.
—¿Estás segura? —me pregunta una última vez, esperando que cambie de opinión.
Asiento con la cabeza, aunque el nudo del estómago crece hasta volverse doloroso.
Entonces coge un bisturí y desvío la mirada, con el corazón en un puño.
Noto cómo palpa el músculo en busca de un buen ángulo para la incisión.
Tiemblo como una hoja, lo que debe de complicarle la tarea, pero evita reprochármelo.
La hoja me corta la piel. Mi reacción es inmediata: las lágrimas se acumulan tras mis párpados cerrados, aprieto los puños y rechino los dientes, a pesar del trapo entre ellos.
El dolor es tal que me mareo. Cuando los dedos de Ethan se hunden en mi carne y apartan los tejidos subcutáneos para dar forma al hueco que alojará la tarjeta SD, dejo escapar un grito de dolor.
Después, todo se vuelve negro.
Parpadeo sin conseguir despertarme. Mi mente está nublada por el cansancio, así que decido no luchar contra la somnolencia.
Sin embargo, una mano me acaricia la mejilla y se convierte en el ancla que me devuelve a la realidad.
Ethan se materializa delante de mí. De golpe, los recuerdos me invaden y mi cuerpo reacciona al dolor.
Es tan intenso que me incorporo bruscamente.
—Despacio —me regaña mi amigo.
Los puntos negros bailan en mi campo de visión mientras me ayuda a recostarme contra el sofá. Una intensa punzada de dolor me recorre el brazo y siseo.
—¿Lo has conseguido?
—Compruébalo misma.
Sacudo la cabeza, mareada.
—Si miro, voy a vomitar sobre tus zapatos.
A pesar de todo, le echo un vistazo al vendaje que recubre mi tríceps. Considerable y manchado de sangre, la herida que esconde parece demasiado grande para una simple tarjeta SD.
—Voy a tener que ir a verte dos veces al día, puede que tres, para prevenir una infección. Lo haré lo mejor que pueda, pero creo que no te librarás. Empezaremos con una dosis de antibióticos y veremos qué tal vas, ¿vale?
Pone en el hueco de mi mano dos pastillas ovaladas que me trago con saliva.
—Espero que Carter te pague bien.
—¡Oh, no tienes ni idea! Mi sueldo es indecentemente alto.
Con una toalla, me limpia el sudor de las sienes y luego me ofrece un vaso de agua que rechazo. Temo devolver al primer trago.
—Lo que hemos hecho esta noche debe quedar entre nosotros, Ethan.
Esta tarjeta SD no existe, ¿me entiendes?
Esa palabra está totalmente prohibida en tu vocabulario.
Si me llamas al móvil, es para asegurarte del estado de mi tobillo.
Si vienes a verme a la propiedad, es por la misma razón.
Nadie, nadie debe saber que la información confidencial está en mi brazo.
Una arruga se marca en su frente cuando asiente con seriedad.
—Tranquila, he entendido perfectamente la gravedad de la situación.
Me tiende una sudadera con capucha que me aconseja ponerme por encima del sujetador.
—Tu ropa es demasiado ajustada, sufrirás un calvario.
Le doy las gracias, agradecida, y me ayuda a ponerme de pie. Me tambaleo un segundo y después Ethan guía mi brazo herido hacia la primera manga. Aunque es suave, el movimiento me causa un dolor tan repentino que el grito que suelto se transforma en un gemido.
¡Por todos los dioses, es terriblemente doloroso!
Se disculpa e intenta vestirme con la mayor delicadeza. Tengo la sensación de que todo el cuerpo me duele, me siento enferma.
Ethan se aleja de mí el tiempo justo para ponerse una chaqueta y hacerse con las llaves del coche.
—¿Te llevo?
—No tienes que hacerlo, puedo…
—Pues claro que no, no puedes.