8 #2
No me juzga duramente. No se ríe. Es tan sorprendente y agradable que empiezo a preferir al Carter preso. Si esto le hiciera reír, la policía debería retenerlo entre estas cuatro paredes un par de días más.
—Volviendo al tema: mi Bugatti Chiron. Si rayas mi deportivo, te desheredo.
—¿Estoy en tu testamento?
—Eres mi única heredera.
—Eres consciente de que voy a morir antes que tú, ¿verdad?
Elude mi pregunta moviendo la mano en el aire y recobra la seriedad.
—Escúchame atentamente: no le hables de esa tarjeta SD a nadie, ¿entendido? A partir de ahora, no menciones su existencia, de lo con trario el rumor de que tienes esa información se esparcirá. Hay oídos malintencionados por todas partes, Avalone. Recuérdalo.
Asiento, consciente de la responsabilidad que recae sobre mí.
—Cuando salgas de aquí, ve inmediatamente a enterrarla en alguna parte, donde solo tú seas capaz de encontrarla en el momento adecuado. Asegúrate de que no te siguen. No creo que Bill te vaya a dejar en paz.
Con el semblante sombrío, vuelvo a asentir. La noche aún no ha terminado, y esta misión es importante.
—Seguramente hayan puesto micrófonos en la mansión. Mis abogados han enviado a un equipo para destruirlos. Estarán allí en una media hora. Me encargaré de reforzar la seguridad de la propiedad.
Está preocupado por mi vida, teme que nuestros enemigos me ataquen durante su ausencia, pero mi seguridad es el menor de mis problemas. Solo pienso en su arresto y en su futuro.
—¿Qué va a pasar ahora?
—La policía tiene un vídeo de seguridad en el que se ve a los chicos vendiendo joyas robadas.
Uno de mis contractos me pasó el vídeo horas antes del arresto, y he de confesar que no me preocupó.
La calidad de las imágenes era más que mediocre, no se podía identificar a los Devil’s Sons.
Pero un experto designado por las fuerzas del orden ha conseguido mejorarlas, de ahí que hayamos acabado aquí.
Eso me ha sorprendido. Yo mismo estudié el vídeo nada más recibirlo para anticipar los riesgos y no saqué nada en claro, pero eso no importa ahora.
Lo que tienes que saber es que nunca envío a mis hombres a realizar un intercambio bajo cámaras de seguridad.
Y esta vez no fue una excepción. Hace años pirateé el sistema informático del ayuntamiento para tener acceso a la ubicación de todas las cámaras de seguridad de la ciudad.
La que grabó a los chicos no figuraba en los registros.
—¿Qué significa eso?
—Por falta de tiempo, no puedo explicarte los entresijos de este asunto, pero quiero que sepas que hemos metido las narices en un error judicial. Un error que vamos a aprovechar. Puede que no volvamos a casa mañana ni pasado, pero no iremos a la cárcel. Te lo prometo, Avalone.
Carter solo está haciendo conjeturas, no tenemos ninguna certeza, pero le creo. Tomo cada palabra que dice como una verdad absoluta.
Acepto el alivio, como una bendición salvadora.
No irán a la cárcel .
—¿Y los chicos?
—Están preparados para este tipo de situaciones, saben lo que deben hacer.
—Muy bien. ¿Necesitas algo? Te puedo traer ropa.
Rechaza mi propuesta.
—Ya has hecho mucho, Avalone. Ocúpate de eso que hemos hablado y ve a descansar. Tienes que estar exhausta.
Me encojo de hombros, sin saber muy bien si lo estoy. La adrenalina todavía debe de estar corriendo por mis venas, porque me siento llena de energía y, a la vez, al límite.
El hombre a la cabeza de las fuerzas del orden entra en la sala y me indica que nuestro encuentro ha llegado a su fin. Me levanto a regañadientes, luchando contra las ganas de abrazar a mi padrino, y arrastro los pies camino de la salida. Me detengo en el marco de la puerta y observo al enemigo.
—No va a torturar a los chicos para hacerlos hablar, ¿verdad?
Él se ríe.
—Morirá entre terribles sufrimientos en el instante en que me entere de que han torturado a uno de los míos —responde Carter.
—¿Tengo que recordarte dónde estás? —replica el jefe de policía.
—¿Tengo que recordarte que la mayoría de tus subordinados comen de mi mano? Mis hombres y yo podríamos huir en este momento si así lo decidiéramos. Sigo en esta silla solo por mi buena voluntad.
—¡No eres más que un hijo de puta, Carter!
Mi padrino se encoge de hombros y muestra una expresión indiferente.
—Me lo dicen a menudo.
—Bueno —intervengo—, siento un ambiente de animadversión aquí, ¿vosotros no? Tenga por seguro, señor jefe de policía, que los Devil’s Sons tenemos un corazón de oro. Ayudaremos a Charlie a pagar su funeral, si hay que llegar a esos extremos.
El hombre me mira disgustado, pero no por ello pierde la gentileza que parece caracterizarlo.
—No me des un motivo para arrestarte a ti también, Avalone.
—Si es para ponerme en la celda de los chicos, le sigo.
Con apariencia hastiada, me hace una seña indicándome la salida para que me largue.
—¿Está seguro? Le puedo pisar el pie si necesita argumentos.
—Fuera.
—¿Darle un azote en el culo? ¿Tocarle las narices?
—¡Fuera!
Mascullo por lo bajo y obedezco, dejando a mi padrino atrás.
De vuelta en la oficina, me reúno con Marie.
No nos entretenemos más y salimos de allí.
Cuando ella se dispone a abrir la puerta del coche, pongo como pretexto que tengo que ir urgentemente a ver a Lola.
Perpleja, me observa mientras llamo a un taxi.
Me siento mal por dejarla tirada en mitad de la noche, pero Carter me ha ordenado ocultar la tarjeta SD de inmediato.
Marie, ofendida, se aleja en un coche gris.
Sin perder ni un segundo más, me subo al Bugatti Chiron y me pongo en marcha.
Miro a mi alrededor en busca de cualquier cosa que pueda ayudarme a excavar la tierra.
No hay ningún objeto a la vista que facilite la tarea.
En este tipo de coches no voy a encontrar una pala bajo el asiento del copiloto.
Vale, voy a tener que cavar con las manos, pero ¿dónde?
El lago Whitmore no es una opción viable. Lo frecuentan estudiantes en busca de diversión.
El bosque nacional de Hurón-Manistee, ese lugar idílico que Clarke descubrió durante mi convalecencia, es demasiado extenso. Y, además, tengo miedo de encontrarme con un asesino en serie allí.
Piensa, Ava. Piensa…
¿En el pequeño trozo de jardín de mi casa en Madison? Cualquier otro día podría haber conducido las cinco horas que se tarda en llegar, pero después de una tarde como esta no me siento capaz.
Exhalo ruidosamente. Creo que mi médico desaprobaría que me impongan este tipo de responsabilidades. Es demasiada presión para mi corazón.
Echo un vistazo al retrovisor para asegurarme de que el carril está despejado antes de adelantar al vehículo que tengo delante, cuando algo llama mi atención; o más bien alguien . Bill, al volante de un sedán, me sigue.
En un ataque de ira, golpeo el salpicadero con el puño.
Esta misión ya era compleja, pero, si me sigue, esconder la tarjeta SD resulta casi imposible. Ese imbécil podría esforzarse un poco más, ¡no es nada discreto!
Una idea de lo más absurda se forma en mi mente. Parece que esa es mi única opción.
Hago una mueca al imaginar lo que tendré que soportar para conseguir mi objetivo; luego levanto el culo y saco el móvil del bolsillo trasero de los vaqueros.
Marco el número de Ethan, que responde después de tres timbrazos.
—¿Avalone? ¿Va todo bien? —me pregunta con voz somnolienta.
—Tengo…
Cierro la boca, inquieta de repente ante la perspectiva de que la policía haya instalado micrófonos en el coche.
Tengo que ser cuidadosa. Un paso en falso y los Devil’s Sons podrían perder su libertad.
—¡He pasado una tarde de mierda! Y como guinda del pastel, me vuelve a doler el tobillo. Sé que es tarde, pero no diría que no a uno de tus increíblemente milagrosos masajes. ¿Puedo ir?
Estoy dispuesta a regatear con los dioses para que Ethan entienda que las tonterías que suelto son un SOS.
Le sigue un silencio, y después…
—¿Tu tobillo hace de las suyas? Estoy en el 109, Hill Street. Te espero.
Una sonrisa tan grande que duele se me extiende hasta las orejas.
¡Joder, qué satisfacción cuando la comprensión es inmediata!
En vez de tomarme por loca, ha captado mi ardid. Sabe que algo no cuadra. Estaría dispuesta a besarlo en la boca por ser tan espabilado. Seguramente es lo que haría si lo tuviera delante, aquí y ahora.
—Estaré ahí en cinco minutos.
Cuelgo, giro el volante a la derecha y tomo la primera salida de la rotonda. Bill me sigue de cerca, no sabe ser discreto. En su formación, debió de saltarse la parte en la que explican cómo seguir a un sospechoso; o eso, o quiere ponerme nerviosa para que cometa un error.
Al llegar a mi destino, salgo del coche y estiro la rodilla. Sé que Bill me vigila; los escrutadores ojos del poli no me pierden de vista. Me masajeo el tobillo con una mueca de dolor y luego me dirijo al edificio.
Ethan me informa a través del telefonillo que su apartamento está en la primera planta y me abre para que entre. Cierro rápidamente detrás de mí, de forma que el policía no pueda seguirme al interior, y subo las escaleras.
Llego al rellano de la primera planta y llamo al timbre. La puerta se abre de inmediato y aparece un hombre armado con dos pistolas de gran calibre apuntándome. Salto hacia atrás, asustada, y luego reconozco las facciones de Ethan, congeladas por la tensión.
—¿¡Coño, pero qué es lo que te pasa!? —grito.
Inspecciona el pasillo por encima de mi hombro con una apariencia kamikaze. Cuando confirma que estoy sola, se cruza con mi mirada atónita y baja las armas.
—¡Es más bien a ti a quien tengo que preguntarle eso! Joder, Avalone, cuando formas parte de una banda, el único mensaje oculto que decimos por teléfono es «¡Saca la artillería pesada, esto se va a poner feo!».
Antes de que Bill encuentre un modo de entrar en el edificio, pongo las manos en el pecho de Ethan y lo empujo al interior de su apartamento.
—No es necesaria la artillería pesada, aunque sí es una urgencia.
Suspira, aliviado de encontrarme de una pieza y sin una horda de asesinos pisándome los talones.