7 #3
Solo entonces desaparece la ansiedad. Mi corazón, mi alma y mi cuerpo se vuelven ligeros como una pluma.
Me siento invencible. Cuando haya terminado con la policía, me beberé un vaso de limonada, a falta de poder beberme una copa de champán.
Con un clic, me conecto a internet y hago algunas búsquedas destinadas a avivar la ira de Bill.
Desbloqueo la puerta, que el policía abre de inmediato.
—¡Un portátil! ¡Lo sabía! ¿Qué narices estabas haciendo?
Me lo arranca de las manos, fuera de sí.
—¡Eh! ¡Es personal! —protesto.
Se fija en los dos blogs abiertos en la pantalla y la rabia marca un poco más sus rasgos.
—«Víctima de un error judicial, el policía responsable de la investigación paga la suma exigida por daños y perjuicios» y «La incompetencia de las fuerzas del orden: cómo actuar cuando la policía falla en su deber» —enuncio inocentemente.
Contengo la sonrisa desafiante, a pesar de las ganas de dejar que se extienda por mis labios.
Con paso precipitado, Bill alcanza mi escritorio, donde se sienta para registrar el contenido del portátil en busca de archivos incriminatorios.
—¿Es el tuyo? —me pregunta su compañero.
—No, es el de Carter.
—¡Tonterías! —grita Bill.
Golpea el puño sobre el mueble y me fulmina con su odiosa mirada.
Si no tenía claro cómo debía percibirme, ahora que me he posicionado lo sabe, y hará todo lo posible para que caiga junto a los Devil’s Sons, como una Devil’s Son más.
—¡Solo tiene facturas de agua y luz! —grita.
En dos zancadas, me alcanza y me agarra de los hombros. Me sacude, furibundo.
—¡Has borrado todo! ¡Sabía que debía desconfiar de ti!
Me palpa el cuerpo en busca de algo —una tarjeta SD, por ejemplo—, a pesar de mis protestas y de las de su compañero.
Llega demasiado lejos al deslizar las manos hasta el fondo de los bolsillos traseros de mis vaqueros.
En represalia, le piso sin reservas el pie con mi tacón de aguja.
Su grito de dolor me perfora el tímpano, pero tiene el sentido común de quitarme sus sucias manos de encima.
—¡Terner! —exclama un hombre en la puerta.
Nos giramos los dos hacia el recién llegado. Aunque su uniforme me indica que es policía, su parecido con Charlie me confirma que es el jefe. Ahí está el hombre al mando de las fuerzas del orden de Ann Arbor.
—¿Se puede saber qué haces? ¿No aprendiste en la academia de policía que solo una mujer puede registrar a otra mujer? Te aparto de esta investigación; se te ha subido a la cabeza.
—¡Estaba en el cuarto de baño, estoy seguro de que esconde algo!
—¡No me importa! Tú también estás sometido a la ley, ¡no lo olvides! ¡Vuelve a casa antes de que te quite la placa y el arma!
Bill está furioso. Parece capaz de cometer una masacre por la frustración que lo atenaza. Rechinando los dientes, me lanza una mirada amenazante con la que me hace una promesa: la de aniquilar hasta al último de nosotros. Al final, se va de mi habitación, mientras saboreo esta pequeña victoria.
¡Qué arda en las llamas del Ragnarök!
El padre de Charlie, o debería decir el jefe de la policía, avanza hacia el centro de la habitación. Observa su alrededor con cierta curiosidad y después centra su atención en mí.
—Señorita Lopez, ¿verdad?
—¿Cómo sabe mi apellido?
Sonríe con amabilidad.
—Sepa que nos interesamos por las actividades de los Devil’s Sons desde hace bastante tiempo. Su incorporación a la banda no se nos ha pasado por alto.
—En ese caso, ¿por qué aún no me ha arrestado?
—Porque no tenemos ninguna prueba contra usted.
Hace una señal a su subordinado, el último hombre presente, que sale de la habitación.
—¿Puedo? —me pregunta señalando un diván acolchado.
Asiento con la cabeza y se pone cómodo. No me dejo engañar por su apariencia relajada. Va a jugar al poli bueno: afirmar que puede ayudarme a encontrar una salida, prometerme que mis errores del pasado podrán expiarse.
—No la juzgo y no tengo derecho a decirle qué hacer.
En cambio, me gustaría hacerle una pregunta.
Desde luego, esto no es un interrogatorio y no está obligada a responderme.
No le hablo como policía, sino como padre de una joven de veintiún años.
—Espera una reacción por mi parte que no llega, así que continúa—: ¿Cómo has acabado en esta situación?
Así que espera que me haya involucrado en las actividades de los Devil’s Sons contra mi voluntad para poder ayudarme , o al menos eso es lo que da a entender.
—Por elección. Ellos son mi familia.
—Familia —repite, pensativo—. Es un concepto importante a ojos de la gente, ¿verdad?
—El más importante. Haríamos lo que fuera por aquellos a los que queremos, ¿usted no?
La mirada del hombre se nubla, parece estar muy lejos de aquí.
Sus pensamientos se apoderan de él y lo conducen a una especie de antesala que no pertenece a esta realidad.
Imagino que piensa en los suyos; puede que incluso imagine lo que sufriría si se los arrebataran.
Después vuelve a la realidad y me ofrece una sonrisa comprensiva.
Me sorprendo esperando que me muestre compasión, incluso generosidad, hasta que recuerdo que es él quien ha ordenado el arresto de mi familia.
Aunque quisiera, no podría ayudarme a recuperarla.
Se levanta y coge el portátil de Carter. Antes de salir por la puerta, reclama mi atención una última vez.
—Una organización criminal siempre termina cayendo, Avalone.
Da igual lo brillante que sea su jefe: nadie permanece en el poder eternamente.
Si no conseguimos poner a los Devil’s Sons tras las rejas hoy, una banda más poderosa que la vuestra os aniquilará mañana.
Así funciona. ¿Estás segura de querer arrastrarte a este mundo?
Cree que la vida solo es cuestión de elección.
Nada más lejos de la realidad. Tenía los pies en este mundo antes incluso de saber caminar.
Solo era un bebé y, a pesar de todo, los BloodBro ya habían hecho de mí su cabeza de turco.
Los Devil’s Sons no provocarán mi fin, como parece creer.
Ellos representan mi única oportunidad de sobrevivir en este mundo donde las fuerzas del orden no son capaces de asegurar mi protección.
Ante a mi silencio, el jefe de la policía muestra una sonrisa incómoda. Sale de mi habitación sin mirar atrás. Su presencia es reemplazada rápidamente por la de una mujer que me informa de que está aquí para registrarme.
—Separa los brazos, por favor.
Obedezco, confiada. La tarjeta SD está escondida en la copa del sujetador y, como no tiene derecho a palparme el pecho, no arriesgo nada.
La policía se pone de rodillas delante de mí e inspecciona mis mus los. Sube hasta mi cintura y después empieza por mi espalda. Me palpa los brazos, el vientre. Sus manos trazan el contorno de mi pecho. Entonces roza el objeto electrónico que trato de ocultar.
Interrumpe todo movimiento y clava su penetrante mirada en la mía. El aire abandona mis pulmones y una ola asoladora de preocupación se apodera de mí.
No debería haber pasado esto, pero es la tarjeta SD lo que ha senti do debajo de mi suéter. Debe de haberse movido en mi sujetador cuando forcejeaba con Bill. Grandes gotas de sudor resbalan de mis sienes y atestiguan mi culpabilidad.
Voy a vomitar. A menos que sea un paro cardíaco lo que llegue antes. Preferiría eso. La muerte me parece más agradable que presenciar mi fracaso, uno con consecuencias desastrosas e irrevocables.
Aterrorizada, pienso en las opciones que tengo. Si huyo, antes incluso de llegar a la entrada una docena de policías se habrán lanzado ya sobre mí. Fingir un desmayo solo retrasaría lo inevitable, y quién sabe si la tarjeta no se saldría de mi sujetador al caer.
La policía echa un vistazo por encima de mi hombro, seguramente en busca de sus compañeros. Me preparo para tomar impulso y correr hasta el cuarto de baño a tirar por el retrete la tarjeta SD —lo siento por los negocios del jefe— cuando la mujer se inclina hacia mí.
—Cálmate, solo me aseguraba de que no tuviéramos público —me susurra al oído—. Soy amiga de la madre de Justin. Carter me envía.
«Carter me envía».
«Carter me envía».
«Carter me envía».
Me sonríe furtivamente —una sonrisa tan fugaz que creo haberla soñado— y después se da media vuelta y sale de la habitación sin más.
—Todo en orden —informa a sus compañeros.