7 #2
Hago clic en «aceptar» y resuena una sucesión de bips en toda la casa.
Las cámaras se apagan una a una. Mientras una barra indica el avance de la eliminación del fichero «Archivos de videovigilancia» , aparece un segundo mensaje: «¿Quiere importar el fichero “Devil’s Sons” a la tarjeta SD y eliminarlo del ordenador? ».
«Cartou, pedazo de mierda, eres inteligente», habría murmurado Tucker si estuviera a mi lado. Espero de todo corazón que la policía no haya ido a buscarlo a Worcester.
Pulso una segunda vez en «aceptar» y empieza la descarga.
Se van a procesar más de seiscientas treinta gigas. Esto va a llevar su tiempo, pero por fin respiro. Me recuesto contra la silla y suelto una risa nerviosa, un poco desquiciada, que refleja mi estado mental.
¡Qué vida!
Marie va hacia la ventana con la intención de abrirla para que entre un poco de aire fresco, pero es algo completamente diferente la que nos llega: las sirenas de la policía.
Bill ha conseguido su orden de registro.
La anciana cierra la ventana de golpe contra el marco y después me lanza una mirada suplicante. Me gustaría poder tranquilizarla, pero no soy bruja.
—¡La descarga va para largo! —exclamo, igual de agobiada que ella.
Mis manos comienzan a temblar; una gota de sudor resbala por mi columna vertebral. En cuanto a mi respiración, la palabra «caótica» se queda corta.
Marie cierra rápidamente la caja fuerte, coloca de nuevo el cuadro en su sitio y da vueltas por la habitación, nerviosa.
Entonces mi instinto me grita que se nos ha pasado algo por alto. Examino mi alrededor en busca de ese algo que no sé qué es, pero que me inquieta, y me fijo en la caja de madera esculpida, la que contiene las fotos de nuestra vida familiar antes de la aparición de los BloodBro.
—Marie, hay que quemar las fotos. Si la policía las encuentra, se darán cuenta del engaño de los hermanos Arinson. Habernos hecho pasar por muertas a mi madre y a mí, durante todos estos años, podría incluso empeorar su caso… y ponernos en peligro.
No me cuesta imaginarme a los medios de comunicación sacando a la luz este asunto.
Los periódicos, las redes sociales, los programas de televisión…
Apareceríamos en todos los medios posibles e imaginables.
Y entonces nuestros enemigos se pondrían en macha, con la clara intención de terminar aquello que comenzaron hace casi veinte años.
Marie se precipita sobre la caja, que abre con desesperación.
Se apodera de varias fotografías y se esfuma de la habitación con cuidado de no perder ninguna por el camino.
Sin duda las va a arrojar al fuego de la chimenea.
Rezo, de mala gana, para que se hayan convertido en cenizas antes de que la policía llegue a la mansión.
Nunca he estado tan estresada en mi vida y siento que mi corazón lo está pasando mal. Si los próximos días no son más relajados, no apostaría por vivir muchos más años.
—¡Marie, tráeme mis medicamentos, por favor! —grito, con voz temblorosa.
Reaparece con lo necesario.
Mientras me tomo las cuatro pastillas con un gran trago de agua, me pasa una mano reconfortante por la espalda.
—¿Las fotos? ¿Están quemándose? —le pregunto.
—Sí. He echado algo de alcohol de limpieza sobre el fuego, suficiente para avivar las llamas. Pero he de admitir que la idea de que la policía inhalara algunos vapores tóxicos ha hecho que vacíe la botella entera.
—¿Ves como puedes ser la cabeza pensante?
Una sonrisa se extiende por la comisura de nuestras bocas, pero solo en apariencia. No estamos en nuestro mejor momento emocional.
El cincuenta y siete por ciento de los archivos está descargado, y aún no se ha eliminado nada del ordenador, pese a que las ruedas de los coches de policía ya rechinan sobre la grava.
¡Piedad, no vamos a fallar por culpa de unos míseros minutos perdidos!
Sesenta y cuatro por ciento.
La ansiedad me provoca náuseas. Me inclino rápidamente sobre la papelera y espero un segundo, y luego dos. No sale nada, gracias a los dioses, pero tengo la desagradable sensación de que podría vomitar en cualquier momento.
Los golpes en la puerta principal me causan una parada cardíaca, o al menos así lo siento. Estoy aterrorizada y mi corazón sufre un poco más a cada segundo que pasa. Me mareo solo de pensar que no lo voy a lograr.
—Intenta ganar tiempo —le ordeno a Marie—. Me voy a encerrar en el baño hasta que el procesamiento de datos finalice… o hasta que la policía derribe la puerta.
Inmediatamente después, me pongo en marcha por miedo a que se me adelanten.
Los policías podrían encontrar una entrada a la casa incluso antes de que llegue a mi habitación.
Entonces me detendrían y todos nuestros esfuerzos habrían sido en vano.
Corro tan rápido como me permiten mis piernas por el pasillo.
Me doy cuenta de que su longitud es interminable.
En estas circunstancias, cada segundo cuenta.
Atravieso el vestíbulo de entrada de camino a mi destino.
Los golpes contra la puerta de madera aumentan su intensidad; la policía se impacienta.
Continúo mi camino, sin aliento, y llego al ala de la mansión reservada a las habitaciones de invitados.
Entro corriendo a la mía y después a mi cuarto de baño, que cierro con llave.
Mi corazón late desbocado cuando coloco el portátil en el lavabo y veo el avance de la copia de datos.
Setenta y uno por ciento.
No creo que la policía haya entrado todavía; de lo contrario, ya habría registrado todas las habitaciones y no reinaría este silencio.
—¡Busco las llaves, panda de maleducados! —escucho gritar a Marie desde el pasillo.
Entreabro una ventana sin hacer ruido, esperando escuchar la conversación de la policía.
—La puerta está blindada, no conseguiremos forzarla. ¡Rodead la mansión y encontradme una jodida entrada! ¡Romped un cristal si hace falta!
Escucho a los polis dispersarse. Se van a frustrar: esta mansión es impenetrable.
Cada ventana que da al exterior es de vidrio blindado, para una seguridad óptima.
Es imposible que lo rompan, a menos que tengan dinamita a mano.
Pero todavía no podemos cantar victoria.
Marie puede ganar tiempo, pero tendrá que abrirles de un momento a otro o se arriesga a ser sancionada.
Ochenta y dos por ciento.
Cierro la ventana y empiezo a recorrer el baño mientras hago ejercicios de respiración. Su eficacia está demostrada, sin duda. El ritmo frenético de mi corazón se apacigua, hasta que llegan a mí unas voces procedentes del pasillo.
Han entrado.
Siento un sofoco que me lleva a echarme agua fría sobre la cara para contrarrestarlo, pero es en vano. Se me entumecen las extremidades y siento un hormigueo en ellas.
Aunque hay mucho ruido, distingo cómo vuelcan un mueble, rompen una escultura, destrozan un sofá…
¡Esos malnacidos lo están destruyendo todo a su paso!
Para otra persona no serían más que daños materiales, pero para mí esto va más allá.
Están destruyendo nuestra casa. Nada tiene más valor sentimental que estas cuatro paredes.
Después de todo, es aquí donde se formó la banda.
Cada hombre se reúne con el jefe aquí, en su despacho, antes de incorporarse a las filas de los Devil’s Sons.
Es en estas habitaciones donde nos reunimos día tras día, donde podemos ser nosotros mismos, a salvo de miradas indiscretas.
Entonces noto el sonido de unas botas contra el mármol. Se acercan, están registrando las habitaciones. Algunos agentes entran en la mía. Registran mi armario, mis mesitas de noche y mi escritorio. Después, el picaporte del cuarto de baño se mueve. El cerrojo impide que se abra la puerta.
Contengo el aliento y retrocedo al fondo del baño.
—¿Hay alguien?
—Está ocupado —respondo—. ¡Termino enseguida!
El poli no insiste, pero siento su presencia justo detrás de la puerta de madera. Va a esperar a que salga, y su paciencia no es infinita.
Echo un vistazo al portátil.
«Descarga terminada, inicio de la eliminación de archivos».
Desconecto la tarjeta SD y la guardo en el sujetador. Para mi alivio, eliminar la información resulta ser mucho más rápido que copiarla.
La barra de progreso ya va por el veintisiete por ciento cuando una voz que he aprendido a reconocer se alza en la habitación contigua.
— ¿Qué pasa aquí?
Solo faltaba Bill para mejorar la pesadilla en la que me muevo con vacilación.
—Hay una mujer en el cuarto de baño.
Solo le responde el silencio y, después, una violenta mano arremete contra la puerta del cuarto de baño.
—¡Avalone, abre esta puñetera puerta!
—Eso va a ser complicado, estoy un poco ocupada. El tren está a punto de salir de la estación, ¿entiendes? Tengo el puro en la boca y sin encender. El avión ya está en la pista. O, incluso, tengo el proyectil listo para salir. ¡Voy a echar a los niños al río, perdón!
Cincuenta y uno por ciento.
Estoy histérica, a punto de perder la cabeza de los nervios.
—¡Si no abres inmediatamente, derribo esta puerta!
—Calma, dejemos que termine —interviene el primer policía.
—¡No! —grita Bill—. ¡Debe de estar haciendo algo ahí dentro!
—Sí, intento liberar al Kraken, pero vuestra presencia me estresa. ¡No quiere salir! Si retrocedierais unos pasos para que no os oyera respirar, creo que me ayudaría.
Dioses benditos, nunca imaginé tener que fingir la necesidad urgente de ir al baño con el único propósito de retrasar a la policía.
Y pensar que funciona…
Ochenta y tres por ciento.
Tiro de la cadena, pulso el ambientador perfumando del baño y después abro el grifo.
—Ya está, ya está, me estoy lavando las manos.
«Eliminación terminada».