Amor en el caos (The devil’s sons 3) 7
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La noche me envuelve en un frío sobrecogedor.

Cada una de mis articulaciones sufre su dentellada.

Tiemblo como una hoja, a menos que el miedo sea el origen de todo.

Sigo las luces de los coches con la mirada hasta que desaparecen entre los árboles, más abajo.

Tengo la dolorosa sensación de haber sido despojada; mi visión enturbiada por las lágrimas, lo atestigua.

Debo de estar soñando, tiene que ser un sueño. Los Devil’s Sons no pueden acabar entre rejas. Son buenas personas, no se merecen ese destino. Por no mencionar que los necesito. Me niego a perderlos.

Mientras yo miraba fijamente el horizonte, mi padre contactaba con los abogados de Carter.

—Van de camino. Deberíamos reunirnos con ellos en la comisaría.

—¡No! —protesto con una voz que dejaba translucir la ira creciente—.

Es solo cuestión de horas que Bill regrese con una orden judicial.

Marie y yo vamos a destruir las pruebas de las actividades de la banda.

En cuanto a ti, deberías esconderte en el hotel.

A pesar de tus esfuerzos, no has podido borrar la memoria de los habitantes de Ann Arbor.

Algunos se acuerdan de que Carter y tú sois herma nos.

Tal vez incluso reconocerían el rostro de Claire si lo vieran y se darían cuenta de nuestro parecido.

No es el momento de despertar sospechas.

—Tienes razón —reconoce mi padre—. De todas maneras, no veo de qué otra forma podría hacer algo más por Carter.

Sus palabras me enfadan más de lo que aparento. Que tenga que ser discreto no significa que no pueda ayudarnos. Pero, una vez más, permanece pasivo y nos deslumbra con su cobardía. Carter, que lo ha dado todo por su hermano, solo podrá contar consigo mismo.

Mi madre me abraza y me susurra palabras tranquilizadoras a las que soy inmune. No tengo ganas de que me endulcen el oído con palabras sin ningún valor; necesito actuar.

Mis padres abandonan la propiedad sin mirar atrás.

Marie me observa en silencio mientras permanezco plantada en los escalones del porche unos minutos más.

Las grandes bocanadas de aire que cojo me ayudan a esconder el miedo y a sustituirlo por una determinación que nadie puede romper.

Cargada de una nueva energía, entro en la mansión, con Marie pisándome los talones.

Atravesamos el salón y nos detenemos delante de la caja fuerte escondida en el interior de la cómoda.

—¿Conoces la contraseña? —le pregunto.

—Sí. Carter me la dio para que pudiera disparar a cualquier delincuente que entrara aquí sin autorización durante su ausencia.

Los delincuentes ya viven aquí.

—Trece —dice.

Giro el mecanismo hasta el número trece.

—Diez.

Repito el gesto.

—Quince. Doce. Doce. Catorce. Nueve. Dieciocho.

La puerta blindada se abre y veo algunas armas de fuego. Nada más.

—¿Están en regla?

—Sí —confirma.

Vuelvo a cerrar la caja fuerte y le doy instrucciones simples pero precisas a Marie para optimizar nuestro tiempo de búsqueda y destrucción de pruebas.

Con eficiencia, registramos a fondo cada cajón, cada armario.

Palpamos todos los rincones posibles e imaginables, con la esperanza de descubrir un escondite secreto, pero no encontramos nada.

No hay ni un solo rastro de nuestras actividades.

—Carter es cuidadoso, no dejaría documentos comprometedores en cualquier sitio. Deben de estar en su despacho.

Un vistazo al reloj me informa de que hemos perdido casi una hora en peinar el salón.

Así que llego a la guarida del jefe a la carrera, seguida de Marie.

Nos repartimos las tareas y nos ponemos manos a la obra sin más preámbulos.

Abro los cajones e inspecciono su contenido.

Pero solo veo facturas de agua y diversos papeles de asuntos claramente triviales y legales.

—¡Nada, nada, nada! —me irrito—. ¡Tenemos el tiempo justo y lo malgastamos buscando en los sitios equivocados!

Marie se gira hacia mí y pone una expresión extraña.

Creo que se está concentrando. Observa la habitación en su totalidad, sus ojos van de un lado a otro, y después su mirada se detiene en el cuadro que hay en la pared, detrás de mí.

Rodea el escritorio y lo descuelga con cuidado.

Entonces aparece una caja fuerte que desconocía hasta ahora.

Dioses todopoderosos.

—¡Bien pensado!

—Oh, no tiene ningún mérito. Sabía de su existencia.

Frunzo el ceño, atónita.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —le pregunto a la anciana.

—Obedezco órdenes. No tengo la costumbre de tomar la iniciativa.

Aprieto los labios y me acerco a la puerta blindada. Está cerrada herméticamente y, esta vez, no la protege un código, sino una huella dactilar.

Gruño de frustración. Estoy a nada de arrancarme los mechones a puñados.

¿Por qué las cosas nunca se ponen fáciles?

—Si no conseguimos abrirla, serán los polis los que le echen mano a lo hay dentro.

Si tienen a Carter, tienen su huella. —Cierro los ojos y me masajeo las sienes—.

El jefe no dejaría documentos tan importantes en una caja fuerte que solo él puede abrir.

Tuvo que barajar la posibilidad de tener problemas algún día y de que alguien más tuviera que proteger sus secretos. ¿Nunca te ha pedido grabar tu huella?

Marie niega con la cabeza, así que pienso más y más, pero no se me ocurre ninguna solución. Mientras tanto, los minutos pasan. Estamos tan cerca del objetivo…

—¿Por qué no usas tu huella? —me pregunta con un tono que deja ver que me toma por tonta.

—¡Porque no la grabé!

—Claro que sí, cuando no eras más que un bebé. El propio Carter lo hizo.

Abro mucho los ojos y la miro exasperada.

—¿Me tomas el pelo? ¿Por qué no has empezado por ahí?

Levanta las manos en señal de inocencia.

—Solo sigo órdenes, no soy la que está detrás.

Contengo las ganas de estrangularla. ¡Y qué esfuerzo!

Coloco el pulgar sobre el lector de huellas y rezo para que el jefe no haya borrado la mía, incluso después de tantos años.

Una luz azul escanea la yema de mi dedo, después parpadea una luz verde y se escucha un clic.

Tenía tan pocas esperanzas que me sobresalto.

No obstante, no canto victoria tan rápido.

Si me encuentro una tableta de chocolate dentro, la preferida de mi padrino, juro que quemo la mansión.

—¡No nos tengas en vilo! ¡Ábrelo! —se impacienta Marie.

Tiro de la manija y dejo que mis ojos vean el contenido del cofre: un montón de fajos de billetes, un portátil y una tarjeta SD.

¡Bingo!

Me lanzo hacia los aparatos electrónicos como un diabético que se lanza a la insulina en una crisis. Enciendo el MacBook Pro sobre el escritorio y me siento delante, con Marie asomada a mi hombro.

La pantalla se ilumina y me pide una contraseña. Espero a que mi compañera me la diga, pero mantiene los ojos pegados al teclado.

Giro la cabeza hacia ella y enarco una ceja.

—¿Qué?

—La contraseña.

—¡Ah, sí!

¡No me lo creo! ¿En serio?

Por fin abre la boca, pero no dice nada. Tuerce el gesto y hace una mueca molesta.

—No la sé.

—¡¿Perdón?! —me atraganto.

—¿Por qué iba a saberla? Los archivos informáticos no pueden acabar con un intruso.

A punto de explotar, me aferro al escritorio. Dos de mis uñas se parten, pero el dolor me permite mantenerme en la realidad.

Vale, Avalone, piensa. Carter te habría dejado instrucciones si no tuvieras ninguna forma de encontrar esta puta contraseña…

Cojo un papel y un bolígrafo.

—Repíteme la contraseña de la caja fuerte del salón —le pido a Marie.

—Trece. Diez. Quince. Doce. Doce. Catorce. Nueve. Dieciocho.

Anoto la sucesión de números y los miro fijamente intentando encontrar una lógica, un razonamiento. Tiene que haberla, no son números elegidos al azar. Tengo que estar a la altura de la inteligencia de mi padrino para salvarlos a todos.

—¿Esa caja fuerte siempre ha guardado pistolas?

—Siempre.

Puede que me equivoque, pero creo que relacionar las pistolas de la banda con algo nos podría llevar por buen camino. Podrían estar asociadas al arma suprema de los dioses, o más bien a la de Thor.

—Y si…

Mi mano garabatea el papel, escribo una letra debajo de cada número.

Mjöllnir .

—¡Sí, seguramente sea eso!

—¿Qué relación tiene con el martillo de Thor?

—Mjöllnir derriba a los enemigos de los dioses, igual que las armas de los Devil’s Sons derriban a los suyos. La M es la decimotercera letra del abecedario. La J es la décima. La O, la decimoquinta, y así sucesivamente…

Marie se emociona y me felicita levantando un pulgar. Solo me queda encontrar la palabra que me abra el camino a los documentos de Carter. Seguramente utilizó el mismo sistema.

—¡El Bifröst! —exclamo.

—¿Qué?

—El puente Bifröst une Asgard con Midgard. Es la puerta de acceso entre los mundos, igual que la contraseña representa el camino que nos conducirá a los documentos de este ordenador.

Mis dedos alcanzan el teclado y teclean a cien por hora los números correspondientes a las letras de la palabra «Bifröst» .

«Contraseña incorrecta» .

—¡No!

Nerviosa, le doy un golpe al escritorio con el puño, pero no tengo tiempo de pensar en el dolor punzante al darme cuenta de mi error.

Si Heimdall, el dios guardián del Bifröst, no permite el paso, nadie puede cruzar ese puente para llegar a la tierra de los Ases. Entonces, la contraseña estará formada por los números asociados a la divinidad, así como a su puente.

Vuelvo a tener esperanzas y empiezo a teclear la larga lista de números.

La pantalla se desbloquea y suelto un grito de victoria.

—Eres realmente inteligente, mi niña.

Sin perder más tiempo, inserto la tarjeta SD en el portátil.

Nada. No contiene ningún archivo. Está vacía.

Por todos los dioses, ¿qué coño es esto?

Es en ese momento cuando aparece un mensaje en la pantalla: «¿Quiere desactivar “cámaras” y eliminar “archivos”?».

Una sonrisa aparece en mis labios.

Es bueno. Carter es muy bueno. Ha instalado en la tarjeta SD un programa de autodestrucción para casos de fuerza mayor.