6 #4
Supongo que no soy la única preocupada, ya que hay por lo menos siete armas desenfundadas. Los Devil’s Sons y los hermanos Arinson se lanzan miradas y, de común acuerdo, se dirigen en silencio hacia la entrada.
Carter pone la mano sobre el pomo de la puerta mientras los chicos cargan sus pistolas y apuntan.
Los latidos de mi corazón alcanzan un ritmo sobrenatural.
Mi madre y Marie se aferran a mis brazos, igual de nerviosas.
Cuando el jefe abre la puerta, el nudo que me obstruye la garganta me corta la respiración.
Entreabro la boca, me invade el pánico y observo cómo los rostros de los miembros de mi familia se tiñen de azul, como las luces de los coches de policía.
—¡Devil’s Sons, quedáis detenidos por posesión de objetos robados!
Cerca de una treintena de policías entran en la mansión y desarman a los chicos.
Los Devil’s Sons no oponen resistencia, y yo estoy confundida.
¿Por qué no se defienden? Carter es el primero en ser esposado.
Jesse es golpeado violentamente contra la pared, y Set hace una mueca dejando que le retuerzan las muñecas.
—Tenéis derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que digáis podrá ser utilizada en vuestra contra en un tribunal. Tenéis derecho a un abogado. Si no disponéis de medios para contratar uno, se os asignará un abogado de oficio.
La angustia me carcome por dentro, el miedo me consume el alma. Estoy tan abrumada por la situación que vuelvo a perder los nervios.
—¿Qué hacéis? —grito—. ¡No podéis arrestarlos!
—¡Sabía que os iba a pillar, pedazos de mierda!
Bill, con su sonrisa victoriosa, se precipita sobre Clarke, y en ese momento dejo de pensar. El corazón es lo único que guía mis movimientos cuando me interpongo en su camino.
—Apártate, Avalone. Tu nombre no está en la lista, pero, si me impides hacer mi trabajo, no dudaré en arrestarte a ti también.
—¡Arde en las llamas del Ragnarök!
Bill me aparta violentamente. Un segundo después, el puño de Clarke se precipita sobre su mandíbula y el hombre se desploma como un muñeco de trapo. Al instante, un policía se lanza sobre el Devil’s y lo tira sin miramientos contra el suelo.
—¡No empeores más tu situación, Taylor!
—No deberías haberla tocado —escupe con odio.
Lo levantan, esposado, y lo llevan hacia la salida ante mi mirada llena de miedo.
—Todo va a ir bien —me susurra.
Las lágrimas corren por mis mejillas y el aire apenas llega a mis pulmones. Mis ojos saltan de un chico a otro. Los zarandean con violencia. No se libra ni uno. Vuelvo a mirar a Clarke y doy un paso hacia él.
—Eso es lo que me dijiste hace menos de veinte minutos, y mira dónde estamos. No me dejes —le suplico con la voz rota.
Su mirada refleja el alcance de su culpabilidad, la magnitud de su dolor, tan parecido al mío. Cuando lo fuerzan a traspasar la puerta, forcejea, solo un instante, para acercarse a mí.
—Lo siento, preciosa… —susurra.
Un sollozo sacude mis hombros; siento que mi corazón se rompe en dos, desgarrado. Observo, impotente, cómo la policía se lleva a mi familia. No es hasta que veo a un poli propinarle un puñetazo a Set, que no ha mostrado ninguna resistencia, que la rabia le gana la partida al miedo.
Paso junto a Marie, que tiembla en una esquina, rodeo a mi padre, que le alza la voz a un agente, y me precipito fuera de la mansión.
—¡No tenéis derecho!
El agresor de Set me lanza una sonrisa de suficiencia y le propina un segundo puñetazo, solo por el placer de hacernos daño a los dos.
Mi rabia estalla como mil pedazos de cristal que me desgarran por dentro.
Si mi padre no me retuviera contra él, ya estaría bajando los escalones para darle una paliza.
Forcejeo como una leona, sin éxito. Me ordena que me calme, me asegura que va a resolverlo, pero no lo escucho.
Solo distingo los rostros de aquellos a los que quiero a través de las ventanillas de los coches de policía con sus insoportables sirenas, y la sonrisa de ese cabrón, demasiado lleno de sí mismo para ocultarla.
Furiosa, dejo de forcejear.
—La violencia policial injustificada está penada por ley —le grito con voz clara—.
El alcalde de la ciudad no la tolera bajo ningún concepto, porque da una mala imagen de las fuerzas del orden que responden ante él.
¿Y sabes quién es implacable al respecto, incluso más que el alcalde?
Los ciudadanos. Tu hazaña acaba de ser grabada por al menos cuatro cámaras de seguridad.
Para que el vídeo no se haga público y conservar así su reputación, tus superiores estarán dispuestos a despedirte de inmediato.
Puedes estar orgulloso. Al querer demostrar tu superioridad, acabas de perder tu trabajo. Y créeme, me aseguraré de ello.
Se le congela la sonrisa; se da cuenta de las consecuencias de sus actos. Pero no tengo tiempo de provocarlo más, ya que Bill, que ha vuelto en sí, se dispone a registrar la mansión de arriba abajo.
Me libero del agarre de mi padre y empujo al policía hacia fuera con tal fuerza que yo misma me sorprendería si mi sangre no estuviera envenenada por la ira. Enfadado, se suelta y avanza de forma amenazadora hacia mí.
—Tenemos que inspeccionar la propiedad. ¡Déjame pasar, niña!
Suelto una carcajada desquiciada.
—Te puedes meter tus gritos por donde ya sabes, te juro por mis dioses que no pondrás un pie en esta mansión sin una orden judicial. Y, cuando vuelvas con ella, ya no quedará ni una sola prueba comprometedora contra los Devil’s Sons. Te lo prometo.
La ira endurece sus rasgos. Sin quitarme los ojos de encima, escupe sobre los escalones de mármol del porche y, por fin, se da media vuelta. Después, se mete en uno de los coches y, uno a uno, se van, llevándose a mi familia lejos de mí…