Amor en el caos (The devil’s sons 3) 6 #3
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—No. Si no te parece bien, solo quítame varios miles de dólares de mi sueldo.

—¡No seas imbécil! —digo con la boca pequeña.

Aleja el móvil de la oreja cuando el jefe grita a través de la línea hasta desgastarse las cuerdas vocales. Mientras me río para mis adentros, Clarke masculla palabrotas para el cuello de su camisa. Me mira y se muerde el labio, indeciso.

—Todo irá bien —lo tranquilizo—. Nos vemos en unas horas.

Suelta un largo suspiro e informa a Carter de que va de camino.

Al final de la tarde, mi madre y yo salimos del hospital y nos dirigimos a la propiedad, convocadas por mi padrino a una reunión inesperada. Curiosa, me hago preguntas durante todo el trayecto.

Sentado en el borde de la fuente, Clarke parece esperarme.

Me da la bienvenida con un beso en la frente y se interesa por mi estado después del tratamiento.

Tras breves explicaciones, le pregunto por sus actividades.

Se cierra en banda y desvía la mirada. No necesito nada más para saber que algo va mal.

—¿Qué ocurre?

Intenta ocultarme que está nervioso, lo que multiplica mi preocupación.

—Dímelo, por favor.

—La policía tiene un vídeo de seguridad en el que se nos ve, a los chicos y a mí, hacer una venta ilegal de joyas.

Se me hiela la sangre. Retrocedo un paso, presa del pánico.

—Te lo suplico, dime que es una broma…

Una tenue sonrisa se extiende por la comisura de sus labios, pero no le sigue ninguna risa.

No es una broma; es la realidad.

Presa de una oleada de calor, uso mi mano como abanico. Abro la boca con la esperanza de respirar un poco de aire, pero es en vano. Mis pulmones se niegan a cooperar.

—Todo irá bien. No pueden demostrar que somos nosotros en esa grabación. No se nos reconoce.

Siento que pierdo la calma, a pesar de todos mis esfuerzos por conser varla. Es efímera, sería como intentar atrapar el humo entre los dedos.

—Todo va a ir bien, Avalone.

—Existen programas para eso, Clarke. Van a conseguir mejorar la calidad del vídeo, ¡de eso no hay duda!

Me agarra la muñeca y me atrae hacia él para estrecharme entre sus brazos.

—Aun así, no podrán demostrar que son joyas robadas. No olvides quién es tu padrino. Su poder es tal que nadie podrá hacernos caer con un simple vídeo de seguridad como única arma. Por no mencionar su legión de abogados, son auténticos tiburones.

Apoyada contra su pecho, asiento con la cabeza; sin embargo, la preocupación no desaparece.

Carter tiene muchos contactos, eso es un hecho, pero hasta ahora no había ninguna prueba que incriminara a los Devil’s Sons.

Los que desean verlos tras las rejas a cualquier precio no dejarán pasar esta oportunidad.

Clarke me lleva al interior de la mansión, en concreto al salón, donde los chicos nos esperan. Mis padres, a su lado, observan al jefe colocar varios documentos sobre la mesa del comedor. Cuando nos ve, nos invita a acercarnos.

Ante nosotros se extiende una treintena de fotos de hombres de aspecto aterrador, tatuados y marcados por cicatrices. No son muy mayores, pero sus rasgos pronunciados son prueba de una vida que no debe de haber sido fácil. Exhiben una expresión entre antipática y hostil.

—Son los BloodBro.

Un frío glacial se cierne sobre la sala y nos sumerge en una especie de letargo. Poner cara a ese legendario nombre hace que esta historia se vuelva dolorosamente real.

Esta reunión de última hora no trata, claramente, del vídeo de seguridad. ¿El jefe no tiene la intención de prepararnos para enfrentarnos a la policía de Ann Arbor?

En un estado de intenso nerviosismo, los Devil’s Sons examinan las imágenes con muecas de asco e ira afilada en el rostro.

—Y este —continúa Carter señalando la foto de una chaqueta de cuero— es su emblema. Será más reconocible que sus caras de desgraciados.

Sobre la chaqueta negra salpicada de falsas manchas de sangre se lee «BloodBro» en una tipografía agresiva, violenta.

El jefe nos ordena memorizar sus caras. Aunque tema tener pesadillas después de esto, obedezco.

Me fijo en los rasgos distintivos, como una cicatriz poco común o un tatuaje, para recordar más fácilmente su apariencia.

Después de unos largos minutos de tortura, junta las fotos y las tira al fuego de la chimenea, donde se consumen.

—Conducen choppers con matrículas con el nombre de su banda.

Ahora viven en Texas y comercian principalmente con México.

Sin embargo, la precaución es la madre de la ciencia.

Debemos prepararnos para cualquier imprevisto ahora que Avalone está entre nosotros.

Uno de mis contactos del FBI sigue sus movimientos gracias a los soplones y me mantiene al día de su posición.

Por precaución, he puesto a trabajar a mi propio equipo en el caso.

Siguen a esos desgraciados día y noche y no les pierden la pista jamás.

No obstante, tened en cuenta que errar es humano.

Si los BloodBro llegan a venir directos hacia nosotros, es posible que nos avisaran demasiado tarde.

Entonces se nos presentarían dos escenarios.

Pueden recorrer Michigan sin tenernos en su punto de mira; después de todo, viajan mucho.

En ese caso, estar alerta será lo mejor en este combate.

En cambio, si se han enterado de la verdad y vienen a por Avalone, nos faltaría tiempo, ya no podríamos huir y… la habría cagado en algo.

Carter vuelve a cargar con la responsabilidad de todo lo malo que pudiera llegar a pasarme. Me gustaría contradecirlo, decirle que no sería culpa suya si esos asesinos consiguen llegar hasta mí, pero no es el momento.

—En ese caso, ¿qué hacemos? —pregunta Jesse.

Una sonrisa feroz se extiende por los labios del jefe, indicando la existencia de un plan en su mente. Los chicos sonríen a su vez, entu siasmados, pensando en lo que van a poder hacerles a esos cabrones.

—Si vienen a por Avalone, vienen a por todos nosotros.

Sabrán quiénes somos, dónde vivimos y dónde se encuentra la propiedad.

Sus masacres con armas de fuego son grotescas, ruidosas y llaman la atención.

No tendrán una segunda oportunidad: tendrán que acabar con todos nosotros de un solo golpe.

Así que les ofreceremos la oportunidad de sus sueños en una jodida bandeja de oro macizo.

Desde el momento en que crucen la frontera de Ann Arbor, no deberéis reunirnos bajo ninguna circunstancia fuera de estas cuatro paredes.

Os seguirán hasta que nos reunamos. El primero que se dé cuenta de que lo siguen tendrá que avisar al resto de la banda con un simple y claro mensaje que no deje lugar a dudas.

Entonces se pondrá en marcha el plan. Durante veinte minutos, fingiréis estar ocupados, cada uno por su lado, antes de volver tranquilamente a la propiedad.

Entraréis aquí unos detrás de otros, mientras ellos se mantienen en segundo plano, a la espera de que estemos todos en un mismo lugar.

Llegaréis a la mansión sin despertar sospechas.

Una vez que hayáis pasado la puerta y hayáis cerrado tras vosotros, tendréis que correr hacia el jardín a través de las puertas francesas del salón hasta llegar al gran fresno, y seguiréis la dirección que señala su rama más gruesa.

Correréis sin parar, tan rápido como os sea posible, hasta llegar a una trampilla que parece una fosa séptica, pero que en realidad es la entrada de un búnker.

Ese es nuestro punto de encuentro. Ahí estaremos protegidos.

Después, los BloodBro entrarán en la mansión y, tan pronto como pisen el mármol de la casa, los detectores de movimiento me avisarán.

—¿Y después?

—Bum —dice Carter.

—¿Bum?

—Bum. Se meterán por el culo una tonelada y media de explosivos. La mansión saltará por los aires y la explosión será tal que no tendrán ninguna posibilidad de escapar. Esta colina se convertirá en su última morada.

El radicalismo de este plan me aturde. Sé que no los vamos a parar con un bonito discurso, pero, por todos los dioses, ¡esta mansión es el refugio de los Devil’s Sons! Que quedara reducida a cenizas sería doloroso.

Los chicos están de acuerdo, desprendiendo cierto sadismo. A falta de sentimentalismos, se muestran impacientes.

—¿Por qué vivir bajo la amenaza de los BloodBro en vez de poner el plan en marcha? Podemos atraerlos hoy mismo a la mansión.

—Ese plan tiene muchos fallos. Si podemos prescindir de él, mucho mejor. Está reservado para casos de fuerza mayor, en los que fuera demasiado tarde para huir.

—¿Cuáles son sus fallos?

—En primer lugar, la imprevisibilidad humana.

Sé cómo actúan los BloodBro, pero no estoy en su cabeza.

No puedo garantizar que actúen como esperamos.

En segundo lugar, la explosión y su onda expansiva.

Da igual la cantidad de cálculos que haya hecho: una explosión es impredecible, solo hace falta un poco de viento para que la situación cambie y mueran inocentes.

Y el tercer y último fallo es que, aunque estuviéramos protegidos en el búnker, es probable que los escombros bloqueen la trampilla, que no solo es nuestra puerta de entrada, sino también nuestra única forma de salir.

Si nadie despejara la zona, viviríamos a gran profundidad, todos juntos, con un solo cuarto de baño, hasta el fin de nuestros días.

Por favor, no.

Absortas en la lúgubre conversación, mi madre, Marie y yo nos sobresaltamos cuando llaman a la puerta principal.

Han elegido el peor momento; no puedo evitar imaginarme a los BloodBro esperando tranquilamente a que les abramos para acabar con nosotros.

Después de todo, ¿quién más podría ser? La torre de control solo autoriza la entrada a algunos privilegiados y todos estamos aquí, a excepción de los gemelos y Tucker, pero dos de ellos han dejado la ciudad y el otro no se tomaría la molestia de llamar.