6 #2
Jesse le lanza una mirada a Clarke, que sigue con una expresión sombría.
—Le hizo revivir durante horas la muerte de la mujer a la que amaba, poniéndole en bucle el vídeo de seguridad en el que perdía la vida.
Cuando Max le suplicó que lo matara, Carter empezó a torturarlo.
Se desmayó varias veces, y al recuperar la consciencia sentía que la vida se le escapaba poco a poco.
Tu padrino nunca lo habría dejado morir.
Esperaba al último momento para curarlo.
Aquel en el que el instinto de supervivencia de Max superaba al dolor causado por la pérdida de su primer amor.
En conclusión, el jefe lo mató lentamente para que se diera cuenta de que estaba vivo, de que su corazón aún latía, aunque el de su novia se hubiera detenido.
Su muerte no significaba el final de todo.
No sé qué sentir. ¿Horror, ira hacia Carter u orgullo por lo que hizo por el bien de su propio hombre? Estoy segura de que no disfrutó con ello. Al contrario, debió de costarle mucho.
Poso los ojos en Ty.
—Y para Alec, ¿cómo fue? —susurro con voz neutra.
—Carter tenía el audio del hospital, aquel en el que se escucha el incesante sonido de la máquina cuando la vida de nuestra madre se apagaba.
Me tuve que ir del apartamento, no pude quedarme al lado de mi hermano; era demasiado duro.
—Un sollozo sacude sus hombros y se presiona los ojos con los dedos—.
Cuando volví varias horas más tarde, Ethan lo estaba curando.
Me crucé con la mirada vacía de Alec, pero era…
él. Y esta mañana, al despertarme, había desaparecido. Se había ido de la ciudad.
Las palabras de Alec y el dolor de Ty aún me afligen cuando Clarke y yo vamos de camino a mi cita en el hospital.
Tuve que pelear con los hermanos Arinson para que se quedaran en casa.
Es una tontería reunir a todo el mundo por una simple revisión.
En cambio, mamá se mostró inflexible. Ya nos está esperando cuando llegamos.
Después de una extracción de sangre, un electrocardiograma, una ecocardiografía y una radiografía de tórax, al fin me liberan.
Me reúno con mis acompañantes en una sala de espera a nuestra disposición.
Mi madre está nerviosa, preparada para lo peor.
No la puedo culpar: no nos han dado ninguna buena noticia jamás.
Yo también tengo los nervios a flor de piel, pero no por las mismas razones que ella.
Clarke ha insistido en estar presente, a pesar de mis reservas.
No acepta el destino que me espera, por lo que presenciar un informe del médico solo le va a hacer daño.
El susodicho entra en la sala recorriendo con los ojos los resultados de mi analítica.
—Veamos qué tenemos aquí. La radiografía de tórax ha revelado la presencia de líquido en los pulmones, un engrosamiento de las paredes del corazón y una dilatación de las cavidades cardíacas.
Nada nuevo. Tu caso no se ha agravado desde la última vez que nos vimos, y es importante que permanezca así el mayor tiempo posible.
El estadio cuatro no será un camino de rosas, lo sabes…
Clarke pone mala cara.
—¿El estadio cuatro? —pregunta.
—El estadio más avanzado de la enfermedad.
Se levanta bruscamente, tanto como para hacer que mi madre se sobresalte. La mirada que le lanza al doctor no es agradable, como si lo considerara culpable de todos mis males. No se esperaba escuchar que el siguiente estadio será la fase terminal, la que precederá a mi muerte.
—¡Pero ella parece estar bien! —exclama con una voz que deja translucir su sufrimiento.
Cierro los ojos y ruego a los dioses para que esta revisión se acabe lo antes posible. En ese momento me arrepiento de todo lo que le he podido contar a Clarke sobre mi estado de salud. No se merece cargar con el peso de la verdad.
—Es cierto, parece estar bien. Está incluso demasiado bien para la enfermedad que la corroe desde hace tantos años.
Al venir de la boca de un profesional, esas palabras alcanzan a Clarke de una forma distinta. Retrocede un paso, como si le hubieran atravesado el corazón, y contiene la respiración.
Incapaz de enfrentarme al dolor que yo misma le causo, bajo la mirada.
—¿Cuáles son tus síntomas? ¿Sigues teniendo náuseas?
—Sí.
—¿Cuántas veces al día?
Me gustaría desaparecer. Nunca he mencionado los síntomas de mi enfermedad delante del Devil’s. Va a acabar odiándome por haberlo arrastrado conmigo por el camino de la muerte.
Mi madre me aprieta la mano en señal de apoyo.
—Responde con sinceridad, Avalone. Es importante.
—¡Estos síntomas marcan mi día a día desde hace diez años! —suelto, molesta—. He aprendido a vivir con ellos, a pesar de haberles quitado importancia. Son de lo más normal para mí, así que, ¿cómo quiere que lo sepa? Es como si me preguntara el número de veces que respiro cada día.
El doctor marca una casilla en su cuadernillo mientras me empeño en evitar la mirada de Clarke. Es su presencia lo que me pone tan nerviosa. Vuelvo a sentir esa necesidad de protegerlo. Saber que voy a morir a causa de mi enfermedad es una cosa; darse cuenta de que sufro a diario es otra.
—¿Y en cuanto al cansancio?
Me miro las manos fijamente, incómoda.
—Solo tengo que cerrar los ojos para dormirme.
—¿Cuántas veces te despiertas por la noche con dificultad para respirar o para mantenerte tumbada?
—No lo sé…
—Responde —me ordena Clarke.
Alzo la mirada hacia él y me encuentro con su mirada marcada por varias emociones, cada cual más desoladora que la anterior.
Siento el dolor que le causa permanecer aquí.
Quiere desahogarse, y puede que incluso matar al médico por sus palabras dolorosamente reales, pero no huirá.
Me ofrece su media sonrisa, señal de su apoyo.
—Aproximadamente tres veces por noche, depende del día —le respondo a él.
Su rostro palidece; me imagino sin dificultad el camino que toman sus pensamientos: se siente culpable de dormir a pierna suelta mientras mi enfermedad me priva del descanso que necesito desesperadamente.
—¿Y los vértigos?
—¡Conoce la respuesta! —me irrito.
Me siento atacada y pierdo la paciencia. Ya no tengo ganas de coo perar, no si Clarke sufre. Debería haberme negado a que me acompañara, en lugar de ceder.
—No tiene mucha estabilidad —responde el Devil’s en mi lugar—. Pierde fácilmente el equilibrio, el más mínimo empujón la hace caer.
Dioses benditos, acaba de relacionar los vértigos con todas las veces en que me ha salvado por los pelos, y noto que me culpa por no haberme tomado nunca el tiempo de informarle de mis síntomas.
—Vas a continuar con el mismo tratamiento —me informa el hombre de la bata blanca—.
Además, a partir de ahora hay que centrarse en el líquido de tus pulmones.
Son necesarios los diuréticos por vía intravenosa y después por vía oral, así como las revisiones regulares.
No son opcionales, Avalone, recuérdalo. Sabes que nos cuesta entender tu caso, dado que desafías todas las estadísticas…
El ambiente se hace cada vez más pesado cerca de Clarke. El médico le lanza una mirada algo temerosa; se ha olvidado incluso de lo que estaba diciendo.
Entonces mi madre me dirige una mirada cómplice y arrastra al médico fuera de la sala de espera para dejarnos un poco de intimidad, suficiente para disminuir la tensión.
Durante unos minutos eternos, observo al Devil’s ir y venir delante de mí. Por extraño que parezca, no permite que su ira aflore, como si quisiera protegerme. Intenta asimilar lo que acaba de escuchar de una forma razonable y sana. Finalmente suspira y se desploma en el sillón.
—¿Por qué no me dijiste que estabas sufriendo día y noche?
Me acerco a él y me siento a horcajadas sobre sus piernas. Cuando hundo los dedos en su pelo, su mirada se suaviza, sus brazos me envuelven y me atraen un poco más hacia él.
—No sufro, Clarke. Al menos, no lo siento así. Era tan pequeña cuando me diagnosticaron… Olvidé lo que era vivir sin síntomas, hasta el punto de tardar años en comprender que lo que sentía no era lo normal.
—Aun así, deberías habérmelo dicho. Tenía derecho a saberlo.
—Lo sé, lo siento de verdad, pero… ¡no has aceptado nada de esto!
Inclina la cabeza a un lado mientras me traza círculos en la espalda baja con los pulgares.
—¿Aceptado qué?
—¡Aceptado acompañarme en mi enfermedad! ¡Aceptado compartir mi enfermedad! —exclamo, con la voz temblorosa.
De repente, coge mi rostro entre sus manos.
—Te he aceptado a ti , Avalone —me dice con convicción—.
A ti, con tus cualidades y tus defectos, tus fortalezas y tus debilidades.
Tu enfermedad te ha moldeado, ha hecho de ti la mujer que eres hoy, la mujer que deseo un poco más cada día.
¡No pienses que solo puedes ofrecerme lo mejor, porque estaré ahí cuando las cosas no vayan bien!
Con un nudo en la garganta por la emoción, me digo que hice bien al enamorarme perdidamente de él. Clarke no es Nora. Si tengo que explotar, él soportará la onda expansiva.
Entrelazo las manos detrás de su nuca y le doy un beso con el que le transmito mi gratitud. Cuando las lágrimas se acumulan bajo mis pestañas, siento la necesidad de desviar la atención para ocultar mi nerviosismo ante sus palabras.
—Esto se parece sospechosamente a una pedida de mano.
Se ríe y me aleja con cariño, y justo entonces su móvil suena en su bolsillo. Es la distracción ideal para recobrar el control de mis emociones.
Clarke está a punto de rechazar la llamada, hasta que ve el nombre de mi padrino en la pantalla. Gruñe, enfadado, y responde.
—¿Diga?
Hace una pausa, el tiempo suficiente para escuchar a su interlocutor.
—No, estoy con Avalone en el hospital. ¡Esto también es importante! Me la suda, solo tienes que pedírselo a los demás. ¡No me muevo de aquí sin ella!
El jefe seguramente le ha encargado una misión.
—Ve, no te preocupes —le susurro—. Solo me espera una perfusión, no una operación a corazón abierto.
Me lanza una mirada implacable y devuelve su atención a Carter.