Amor en el caos (The devil’s sons 3) 5 #4
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Atravieso el salón y salgo por la puerta principal, alertada por el alboroto que se oye en el pasillo del edificio. Me paro en seco, aterrada por el hombre que aún sigue enfurecido y poco a poco va ganando terreno a cuatro tipos fornidos.

Justin sale disparado contra la pared, mientras Sean rodea la cintura del segundo de la banda.

Este no ha terminado de forcejear y consigue liberarse gracias a su perseverancia.

Aprovecha la presencia de su amigo a su espalda para apoyarse en él y alzar las piernas a la altura de Jesse.

Lo envía volando por los aires y, sin saber cómo, libera el brazo que Set tenía inmovilizado y le propina un violento golpe.

Clarke se inclina y echa todo su peso hacia delante para que Sean sea arrastrado por encima de su cuerpo y choque contra el suelo.

Entonces ya no hay nadie que lo contenga.

Soy el último obstáculo que se interpone en su camino, y la mirada que me lanza dista mucho de ser cariñosa.

Piensa acabar conmigo en un abrir y cerrar de ojos.

—Una vez dijiste que mi rostro era demasiado hermoso para ser golpeado —le recuerdo—. Créeme, te lo echaré en cara si me has mentido.

Con un nudo en el estómago, reduzco la distancia entre nosotros prestando especial atención a su postura y a sus puños. Navego entre aguas turbulentas; nunca me he enfrentado a un Clarke fuera de control.

—También dijiste que querías que te enseñara a estar en pareja. Aquí está mi segunda lección: cuando apunten a tu novia con un arma, lo mínimo que debes hacer es abrazarla.

Para reforzar mis palabras, lo abrazo. Hace amago de alejarse, como si temiera nuestra proximidad y el daño que pudiera hacerme, pero me mantengo firme.

No busco calmarlo; soy yo la que se beneficia de este abrazo.

Después de lo que ha pasado esta noche, lo necesito.

Mi cuerpo tiembla al liberar la tensión acumulada.

Contra mi mejilla, el pecho de Clarke sube y baja rápidamente al ritmo de su respiración alterada. No me atrevo a levantar la mirada hacia él por miedo a presionarlo. Está entre dos extremos.

—Estoy bien —le susurro.

Con precaución, lo abrazo un poco más fuerte y, por fin, sus brazos se cierran alrededor de mi cintura.

Respiro hondo, aliviada, pero dura poco.

El sonido del ascensor llama nuestra atención y nos giramos a tiempo de ver a Carter salir de él.

Se queda quieto al encontrarnos allí, en mitad del pasillo, y asiente lentamente, como si entendiera la gravedad de la situación.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con un tono aparentemente tranquilo.

—He recibido las quejas que los chicos me habían ocultado sobre Alec. ¿Hasta dónde ha llegado?

Los Devil’s Sons intercambian miradas cómplices; cada uno da su aprobación, así que Justin confiesa con cierta desesperación.

—Ha apuntado a Avalone con su arma. Tienes que ayudarlo, Carter.

Si el jefe no reacciona, se me va a cerrar el estómago. Esta mañana, Jesse me ha avisado de que, si Alec no se recuperaba rápidamente, Car ter sería quien se encargaría de él. Y los chicos acaban de decidir que es el único capaz de ayudarlo.

Mi padrino nos rodea, sin decir palabra, y se dirige al apartamento de los gemelos, como el ángel de la muerte.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunto, preocupada.

Se queda callado un momento.

—Voy a traer de vuelta a Alec —me responde por encima del hombro.

—¿Va a sufrir?

Carter baja la mirada, como si lo que pretende hacer ya le costara bastante.

—De manera atroz.

La brutalidad de esas palabras me deja sin aliento. Ya no me trata con delicadeza, me lo ha demostrado varias veces. Confío en él, creo en él, pero necesito saber por qué decide combatir el mal con el mal.

—¿Por qué?

—En nuestro mundo, no podemos hundirnos. Hay demasiadas cosas en juego… Alec tiene que sentir un dolor aún más fuerte y sobrevivir a él para entender que lo que siente no es el final.

Trago con dificultad cuando el jefe entra en el apartamento.

—He venido por ti, Alec —lo escucho decir con calma.

—Estoy bien.

—No es verdad, hijo. Has ido demasiado lejos. Esta noche me ocuparé de ti y mañana te irás de mi ciudad, el tiempo suficiente para reflexionar sobre tu comportamiento.

—Carter… —le suplica Ty, roto.

—Es un mal necesario.

La puerta se cierra y sus voces desaparecen tras la madera.

Tengo el corazón en un puño y siento cierto malestar al ser consciente de que estoy apoyando lo que se desarrolla a pocos metros de distancia.

Mi padrino se ha mostrado ambiguo, pero me lo imagino infligiéndole una tortura psicológica a su antiguo secuaz.

Sin embargo, no le pongo fin. ¿Desde cuándo he cambiado tanto?

En ese momento me doy cuenta de la ausencia de Clarke.

—No ha podido irse, perdió sus llaves en la pelea —me comenta Set—. Toma, y ve a descansar.

—Ty…

—Vamos a pasar aquí la noche, con él. No te preocupes.

Asiento, sin estar del todo tranquila, y cojo las llaves que me tiende. Bajo las escaleras, algo desorientada, y empujo la puerta del edificio. Una tormenta de nieve me golpea la cara. No me da tiempo a saborear el más que bienvenido aire gélido cuando escucho un grito desesperado.

Clarke.

Alza el puño contra el edificio y unas gotas de sangre salpican el denso manto blanco. No es la violencia de su golpe lo que me conmociona, sino el dolor que desprende. La ausencia de ira convierte su gesto en un castigo.

Antes de que vuelva a lastimarse, me coloco entre él y la pared. Detiene su puño a medio camino y el sufrimiento que veo en su mirada me comprime el pecho.

—Háblame, por favor…

Se aleja e inhala profundamente.

Su dolor ya no está escondido por la rabia; está expuesto a flor de piel. Pero Clarke lucha con tanta fuerza para disimularlo que su tenacidad consigue abrirse camino.

Empieza a caminar de un lado para otro, con los músculos tensos.

—Enfádate y grita si quieres, pero no me rechaces, Clarke. ¡Háblame!

Se da media vuelta, con el rostro tenso, y me apunta con el dedo.

—Cuando Alec te ha apuntado con su arma, he vuelto a ser ese crío de catorce años, pero en lugar de ver morir a mis padres de un balazo en la cabeza, han sido tus ojos sin vida los que se han grabado en mi mente.

En lo más profundo de mi pecho, siento el corazón tan pesado como una piedra. Esta tragedia lo atormentará hasta el fin de sus días y acabará rompiéndolo si no deja que los buenos recuerdos pesen más.

—Cuéntame algo de tus padres, cualquier cosa… una historia alegre, llena de vida.

Vuelve a darse la vuelta y se pasa las manos por la cara con nerviosismo.

Su primer impulso es encontrar una escapatoria, huir de lo que pueda despertar el amor que siente por su familia, pero, al final, se coloca delante de mí.

Abre la boca y la vuelve a cerrar de inmediato. Por fin, deja de luchar y se lanza.

—Mis padres trabajaban mucho. Pero todos los miércoles sacaban tiempo para venir a recogerme al colegio.

No importaba el tiempo que hiciera; de camino a casa, siempre parábamos en la heladería.

Intercambiábamos los conos de helado para compartir las bolas y, un buen día, comprendimos que a ninguno le gustaba el sabor que pedía.

Mi madre cogía el de pistacho porque era mi favorito.

Yo elegía el de caramelo, ya que a mi padre le encantaba, y él optaba por el de chocolate, para gran alegría de su mujer.

Sonrío tiernamente, conmovida por esa bonita historia que es una prueba irrefutable de su amor. Pongo la mano sobre el corazón de Clarke.

—Tu vida familiar no se resume en la tragedia que has vivido. Escondes recuerdos maravillosos que merecen ver la luz, aún hoy.

Pega su frente a la mía, con la respiración entrecortada. Aunque esté calmado, su ira crece no muy lejos.

—Es tu turno de contarme algo. Cualquier cosa que no le hayas dicho nunca a nadie.

—Te quiero…

Los copos de nieve disminuyen su caída del cielo; Clarke se endereza despacio. ¿Toda la rabia ha desaparecido de su mirada a causa de la sorpresa… y el asombro ? Sus ojos empiezan a resplandecer, hasta que frunce el ceño oscureciendo su rostro.

—¡Retira eso!

Me sobresalto, atónita y un poco afectada por su petición.

—¡No!

—¡Retira eso, Avalone! Ya estoy dispuesto a hacer arder al mundo por ti, pero si me dices que me quieres… ¡me enfrentaría al universo entero si te alejaran de mi lado!

—Culpa a los mismísimos dioses si quieres, no retiraré mis palabras. ¡Te quiero, Clarke! ¡Te amo!

Entonces se funde con mi boca y gime de una forma increíblemente sexy contra mis labios. Disfruta del sabor de un «te quiero» en la punta de mi lengua y quiere más y más.