Amor en el caos (The devil’s sons 3) 5
19%

5

¿Y si llegamos a un acuerdo?

Puedes tener esperanza, si es lo que quieres, pero no esperes que yo haga lo mismo.

Sigo sin recibir respuesta al mensaje que le envié ayer a Clarke. Por si fuera poco, mi preocupación por los gemelos y el despertador de Lola, que lleva diez minutos sonando sin que ella se despierte, hacen que, en otras palabras, no rebose alegría.

Cojo mi almohada y se la lanzo a mi compañera, lo bastante fuerte para que se despierte. Como de costumbre, refunfuña y luego se ríe cuando se da cuenta de que lo ha vuelto a hacer. Otra vez.

Salgo de la cama. Ahora que estoy despierta, ya no hay ninguna posibilidad de que vuelva a dormirme. Y si no puedo distraerme de mis preocupaciones en sueños, pienso huir de ellas sumergiéndome entre los libros de la biblioteca.

Me visto rápido y salgo corriendo de la habitación.

—¡Avalone!

Nora esquiva el banco que bordea el césped y corre hacia mí.

Frunzo los labios de forma poco amable. No quiero hablar con ella. Es un manojo de nervios, lo que me saca de quicio cuando no estoy de humor.

—¡Han aceptado mi cambio de expediente! ¡Acabo de entrar en la universidad de Michigan!

Y yo que pensaba que despejar la mente mejoraría mi humor… Como se suele decir: unos días se gana y otros se pierde.

—Menuda idea. ¿Por qué has hecho eso? Creía que solo vendrías a visitar a tu tía.

Se retuerce los dedos; en uno de ellos —el anular izquierdo— brilla una alianza.

Por todos los dioses, ¿está casada?

—Echo de menos nuestra amistad. ¡Volveremos a ser como antes, te lo prometo!

Soy incapaz de disimular la mueca que hago.

¡Todo esto es demasiado! No quiero volver a ser como antes; ni siquiera estoy segura de poder soportar encontrármela en el campus de vez en cuando.

Me dejó tirada de la peor manera, y eso es algo que no puedo olvidar.

Y eso sin contar que ahora formo parte de una banda, mi padrino es el jefe, mi padre dirige la empresa de armas más grande de Canadá y los BloodBro quieren mi pellejo para hacerse con él unas increíbles botas.

—Escucha, Nora, mi vida ha cambiado por completo y… ya no encajas en ella. Ojalá encuentres aquí tu felicidad, pero no esperes nada de mí, ¿vale? No es posible volver a lo que éramos.

Su entusiasmo decae de inmediato y sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas. Sensible, la culpa me asalta.

—No llores, por favor… Compartimos una bonita amistad y aún conservo recuerdos que atesoraré hasta el final de mis días. Durante años formaste parte de mi vida, Nora, y fuiste una buena amiga. Muy buena, incluso, si olvidamos…

Me interrumpe una voz fuerte que grita mi nombre.

Giro la cabeza y veo a Alec con una botella de alcohol en la mano. Se tambalea, insulta a un estudiante a su paso y grita mi nombre de nuevo.

Se me hunde el corazón en el pecho y me dirijo hacia él.

—Lo siento, Nora, tengo que irme.

La dejo atrás por un asunto mucho más urgente y acelero el paso.

El antiguo Devil’s Sons se para en mitad del césped para tomarse un trago de la botella de alcohol, directamente a morro. ¿Se ha calmado desde el funeral?

Cuando estoy lo suficientemente cerca como para apreciar sus ojeras oscuras y oler el tabaco que impregna su ropa, comprendo que viene de fiesta. Y pensar que justo ayer creí ver señales esperanzadoras…

—¿Qué haces aquí? ¿No quieres descansar un poco?

—¡Vengo a buscarte para irnos de fiesta!

—Son las nueve de la mañana, Alec. Tengo que ir a la biblioteca.

—¿Qué? ¿Adónde se ha ido la Avalone que quiere disfrutar de la vida?

No sé si sonreír o suspirar; ya no sé qué es lo que quiero expresar, así que simplemente lo rodeo con los brazos.

—La Avalone que sabe disfrutar de la vida estará disponible al anochecer.

—¡Venga, pofaaavor! ¡Necesito que me acompañes!

Alzo la mirada y me encuentro con un puchero suplicante lleno de tristeza.

¿Estará intentando manipularme? No cabe duda.

¿Funciona? Me temo que sí.

Con cuidado, me alejo de él y asiento con la cabeza. A la mierda la biblioteca, tengo que vigilarlo.

¿Quién sabe qué hará si me niego?

Me lanza una sonrisa seductora y me obliga a seguirlo.

—¡El Eleanor Shelby está en el parking !

¡Dioses benditos! ¿Ha robado el coche de colección de su hermano y ha conducido hasta aquí borracho?

—¡Yo conduzco!

Mi orden resuena en el aire; no hay negociación posible.

Alec me lanza las llaves, que cojo algo aliviada.

Estamos atravesando el campus cuando vemos aparecer a Sean a cincuenta metros de allí.

Nos mira con preocupación y hace ademán de venir en nuestra dirección.

Es entonces cuando Alec me agarra de la mano y empieza a correr.

—¡Rápido, rápido, rápido, va a frustrarnos el plan!

Como llevo tacones de aguja, le pido que baje la velocidad. No me escucha, e incluso hace lo contrario. Me impone un ritmo que apenas puedo mantener y, al intentar evitar una alcantarilla, me tuerzo el tobillo.

Siento una punzada de dolor y chillo, pero a Alec no le importa. Es como si nada le importara, como si ya nada pudiera afectarlo. Solo tiene una idea en la cabeza: explorar los rincones más recónditos del infierno. Nadie puede desviarlo de su misión.

Por fin me suelta para meterse en el coche.

Miro hacia atrás, al edificio de habitaciones, y me pregunto si no será mejor volver.

—Vienes, ¿no?

Rodeo el coche cojeando un poco y me siento al volante.

Liberada del peso de mi cuerpo, mi tobillo parece nuevo. Pero dura poco, ya que segundos después me invade el dolor.

Me pondré hielo más tarde; no puedo dejar a Alec solo.

Arranco el motor y salgo a la carretera.

—¿Adónde quieres ir?

—Gira a la izquierda en la sigu… siguiente salida —me ordena hipando.

Durante quince minutos, me guía a través de la ciudad. Nos perdemos varias veces, pero acabamos llegando al lugar… delante de un bar.

¿Qué me esperaba? Había mencionado ir de fiesta, al fin y al cabo.

Salimos del Eleanor Shelby y Alec se tambalea hasta la entrada. A pesar de su estado de embriaguez, llega al bar mucho más rápido que mi tobillo adolorido y yo.

Me lo encuentro con los codos apoyados en la barra pidiendo dos whiskies con entusiasmo.

—No bebo, Alec.

—¡Venga, es divertido empezar con el desayuno!

—¿Se te ha olvidado que me lo prohibieron?

Una vez más, hace oídos sordos. No me lo tomo como algo personal: ignorará todo aquello que pueda afectar negativamente a la imagen que se ha creado de una mañana perfecta.

Me siento en un taburete y observo el lugar. No hay mucha gente a estas horas. Hay un hombre que parece dormir sobre una mesa, y otro que bebe un líquido ámbar en una esquina oscura al fondo de la sala.

El camarero llena dos vasos. Alec coge uno y me ofrece el otro.

—No puedo beber —suspiro.

—¡No seas aguafiestas, no es para tanto! ¡Además, vas a morir igualmente!

Sorprendida por sus palabras, lo miro y me encuentro con su mirada hostil. Su cambio de comportamiento me pilla por sorpresa. Me quedo atónita cuando alza el vaso a la altura de mi boca.

—No voy a beber —digo con firmeza.

Intenta obligarme a beber en contra de mi voluntad.

Aprieto los labios con fuerza y el líquido cae por mi barbilla, empapándome la ropa.

Me echo hacia atrás, en shock , y pierdo el equilibrio en el taburete, que se tambalea y acaba tirándome al suelo.

Mi tobillo herido queda atrapado entre dos patas y el dolor me arranca un grito.

—¿No puedes hacer un esfuerzo? ¡Joder!

A pesar de mi miedo, me contengo para no reaccionar. No sé hasta dónde es capaz de llegar este Alec si no estoy de acuerdo con él. Su mirada es asesina, igual que su tono de voz. Ya no queda nada del hombre con el que me tatué.

El camarero intenta intervenir, pero el antiguo Devil’s saca su arma y la pone en la barra a modo de amenaza.

Odín todopoderoso…

Lejos de estar asustada, me vuelvo a poner de pie ignorando el dolor y enderezo el taburete. Quiero volver a casa ahora mismo, pero no sé cómo decírselo a Alec. Sus reacciones son imprevisibles; es peligroso.

La puerta del bar se abre; un halo de luz rodea al recién llegado —que bien podría ser un ángel caído del cielo—: Jesse.

Tenso, no presta ninguna atención a su excompañero de delitos.

—Avalone, vámonos. Sean nos espera fuera.

No me lo tiene que decir dos veces. Cojo el bolso y me dispongo a irme con él. Pero no cuento con Alec, que me retiene con un fuerte agarre, apretándome el brazo hasta dejarme marcas en la piel.

—¡Bebe!

Le lanzo una mirada fulminante que solo muestra pena e indiferencia.

—Pero ¿en qué te has convertido?

Un destello de lucidez atraviesa la oscura niebla de sus ojos y me suelta de su agarre. Sin embargo, al acercarse a un Devil’s poco amigable, vuelve a su actitud sombría.

Jesse le quita de las manos el vaso que era para mí y lo bebe de un trago. El vaso golpea la barra cuando lo deja, boca abajo.

—¿Eso te vale? —le pregunta a nuestro amigo descarriado.

Alec le planta cara y adopta una postura hostil, como si fueran enemigos. El corazón me late de forma descontrolada.

—No. Era para ella.

Fuera de sí, lanza el vaso por los aires con un manotazo. Este se rompe contra la pared.

—¡Sam, sírvenos tres vasos de whisky ! ¡Avalone se beberá uno delante de mí!

Jesse exhibe una sonrisa malévola, casi cruel, lo que provoca que me tiemble todo el cuerpo.

—¿Te quieres divertir? ¿Es eso, Alec?

—¡Eso es!

—Muy bien, divirtámonos.

Apenas ha pronunciado las palabras cuando agarra la cabeza del antiguo Devil’s y la estrella contra la barra.

¡Por todos los dioses!

Jesse presiona la cabeza de su enemigo, impidiendo que se levante.

—¿Te quieres ahogar en alcohol? No hay problema.

Coge una botella, la abre con los dientes y vierte el contenido sobre la cara de Alec, que se ahoga en el líquido ambarino. Tose y escupe, pero Jesse no le pone fin a su tormento.

—Jesse… —intervengo, inquieta.

—Tienes suerte de que haya sido yo quien intervenga, y no Clarke. Avalone no bebe. Como vuelvas a insistirle una vez más, te parto la cara.

Dicho esto, lo suelta y me arrastra fuera del bar, apresurado por los nervios.