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Tras el discurso del oficiante sobre el más allá en nuestra religión, sobre nuestros ancestros y la importancia de los recuerdos, encienden la pira.
Las llamas alcanzarán los mil grados centígrados, y el sólido y denso humo permitirá que Élisa se eleve hacia el otro mundo.
Todo lo que quedará después de la cremación serán los fragmentos de algunos objetos y de los huesos incinerados, que se esparcirán en el lago.
La ceremonia fue preciosa. Carter cumplió todos los deseos de su difunta amiga, incluido el de nombrar una estrella con su nombre para que sus hijos pudieran saludarla cada noche.
Mis padres y la tía y el padre de los gemelos pronunciaron emotivos discursos sobre el amor incondicional.
Aunque Élisa tuvo una vida demasiado corta, era querida por la humanidad y la bondad de su corazón.
Ty y Alec se mantuvieron al margen, con la mirada perdida, y no derramaron ni una sola lágrima.
Su dolor era demasiado intenso para expresarlo.
Ahora han vuelto a casa con los suyos. Necesitan reponer fuerzas en el refugio de su familia.
—Tienes cita en el hospital en dos días —me recuerda mi madre tan pronto ponemos un pie en la mansión—. No lo olvides.
Asiento y me dejo caer en el sofá, con la moral por los suelos. Asistir a un funeral nunca es agradable, pero ver cómo las llamas consumen el cuerpo de un ser querido… Dioses benditos, es una forma de tortura psicológica.
—Con los avances médicos, podrías curarte en unos años.
Se me escapa una risa amarga ante lo absurdo de sus palabras que, dicho sea de paso, son más que inapropiadas. Desde luego, no me apetece hablar de mi salud una hora después del funeral de Élisa.
—No se equivoca —la apoya Sean, encogiéndose de hombros.
Rechino los dientes.
—Si vosotros lo decís —me obligo a decir para cortar la conversación de raíz.
—¡No seas tan pesimista! —interviene Set.
Durante el funeral, no me imaginé tumbada en medio de las vigas de madera. No soy el ombligo del mundo. Pero si todos hablan de mi enfermedad y de una posible cura que ni la propia Élisa recibió… ¿Cómo evitar que mi mente me ponga en su lugar? Pronto me tocará a mí arder; los milagros no existen.
—¡No dejes que tus pensamientos vayan por ese terreno! —me ordena mi madre.
Siento cómo el pánico se apodera de mí; la angustia me oprime la garganta. Necesito aire fresco. Me levanto de un salto con las piernas temblorosas y huyo hacia el jardín, con Claire pisándome los talones.
—Mantén la esperanza, cariño.
Doy media vuelta y la miro de arriba abajo con desaprobación.
—¿Por qué todo se reduce a mí? Tu amiga acaba de ser incinerada, mamá, ¡mi nombre no debería salir de la boca de nadie! Solo me provocas miedo y me siento egoísta. ¡Egoísta por pensar en mi destino cuando los gemelos lloran la muerte de su madre!
No se justifica, no hace falta. Lo he entendido. A diferencia de mí, ella sí me ha imaginado allí durante el funeral, reducida a cenizas por las llamas.
Suspiro y, a pesar de que empatizo con ella, me mantengo firme en mi postura.
—No es el momento, ¿vale? Élisa se merece ser honrada, todos nuestros pensamientos deben ser para ella.
—Pero tú no…
A punto de perder la paciencia, le pongo las manos en los hombros y exijo su atención.
—¿Cuántas veces he ingresado en el hospital desde que nací?
Mi madre sacude la cabeza, esforzándose por ahuyentar los malos recuerdos.
—Yo… no lo sé.
—Sí, lo sabes. Has apuntado cada una de mis visitas, cada una de mis hospitalizaciones, en tu diario.
¿Desde cuándo empezó a tener esperanzas?
Pensaba que ya lo habíamos aceptado. Tengo que dejarle las cosas claras: de ninguna manera puede hacerse ilusiones y meter en la cabeza de los chicos sus ideas descabelladas.
No quiero ser una bomba de relojería. Mi muerte tiene que ser predecible, anticipada.
—Doscientas ochenta y siete veces.
—¡Basta! —grita Clarke.
Apoyado en el marco de la puerta francesa, parece cabreado, pero su ira no le corrompe la mirada. Se siente atormentado, como la noche en la que me confesó que se preocupaba por mi salud.
Detrás de él, en el salón, los Devil’s Sons fingen interesarse por las molduras del techo. No engañan a nadie. Sus posturas defensivas bastan para informarme de que quieren intervenir.
—¡No, parad vosotros ! No se sobrevive a una insuficiencia cardíaca, lo sé desde que fui diagnosticada poco antes de mi décimo cumpleaños.
Desde la aparición de los primeros síntomas, la esperanza de vida desciende a cinco años.
¡Ni siquiera debería estar respirando! ¿Por qué sigo viva?
Los médicos no me pueden dar ninguna explicación.
Pero son categóricos: no engañaré a la muerte eternamente.
Así que no quiero falsas esperanzas, no tengo ganas de creer en un milagro que no ocurrirá; tampoco quiero lo hagáis vosotros.
Es cruel decirlo, pero meteos en la cabeza que no pasaré la vida a vuestro lado. ¡Un buen día ya no estaré aquí!
—¡Está claro que, con esa actitud, tu salud no mejorará! —protesta Jesse, acercándose a Clarke.
Me froto los ojos e intento zanjar esta conversación con sutileza.
—Desde que tengo uso de razón, siempre he sabido que mi corazón me llevaría a la muerte.
Pero eso no es algo malo. Después de todo, tengo una vida más o menos normal, no estoy postrada en una cama de hospital y no parezco una persona que vaya a morir.
Solo tengo una esperanza de vida más corta que la vuestra, ¿vale? Es lo que hay.
A pesar de todos mis esfuerzos por controlar mis emociones, la voz se me rompe al decir las últimas palabras.
—Las enfermedades se curan…
Joder, ¿por qué han decidido hablar de esto hoy? ¿Cómo se atreven a hablar de curarme cuando acabamos de presenciar la muerte de la madre de los gemelos?
—¡Dile eso a Élisa! —grito.
De repente, Claire aparece delante de mí.
— Nunca lo he aceptado, nunca he perdido la esperanza —me confiesa.
Abro los ojos como platos, atónita.
¿Me habrá endulzado los oídos durante todos estos años? ¿Y qué hay de nuestro lema: «una vida efímera, pero realzada por el amor»?
Elude mi mirada y se dirige a los chicos.
—Pero si vosotros lo lográis, hacedlo, porque Avalone tiene razón. Nunca le pedí a su médico que le mintiera sobre su salud; siempre estuvo informada de lo que le deparaba el futuro.
Rompe a llorar y, en un instante, siento que vuelvo a encontrarme con la madre que me crio. Está angustiada, pero no se deja doblegar. Se mantiene firme, con los pies en la tierra, sólida como una roca.
—Cuando era pequeña, tuve que explicarle que su corazón no tenía la misma longevidad que el mío, que le faltaba fuerza. Solo tenía nueve años… Y en vez de llorar, me susurró lo que parecía ser un secreto…
—Las diferentes especies se distinguen por su longevidad, ¿no? Puede que sea originaria de Alfheim.
Mi madre se ríe entre dos sollozos y yo sonrío. Me acuerdo de esa tarde. No tenía miedo, porque sabía que ella se quedaría a mi lado hasta que mi corazón de elfo de luz dejara de latir.
Clarke no quiere escuchar más o, al menos, no puede. Da media vuelta y se va corriendo de la mansión. De repente me siento mal por él, ya ha perdido tanto… Y ahora le exijo que no espere que me cure, sin contar los días que me quedan de vida.
—¿Chicos, puedo hablar con Avalone a solas? —les pregunta mi madre.
Los chicos acceden y, después de lanzarme una última mirada, cierran la puerta acristalada y se alejan hacia el salón.
—¿Te acuerdas del Yule que celebramos en el hospital en 2010?
—Intentaste meter en mi habitación un abeto y una montaña de adornos, y cuando la recepcionista te pilló, montaste un escándalo.
«¿Quién es el imbécil que escribió esas normas, eh?
¿Quién es el imbécil que prohíbe a mi hija hospitalizada desde hace más de un mes decorar su árbol de Yule?
Te lo advierto, si mi niña pasa las fiestas de fin de año entre estas cuatro paredes desprovistas de toda magia pagana, ¡seguiré chillando en vuestros oídos hasta que nos den el alta la semana que viene! ».
El jefe del servicio médico intervino e intentó calmarla, pero mi madre estaba descontrolada, histérica. No tuvo más remedio que ceder.
—Después de tres horas de intenso trabajo, la habitación resplandecía incluso más que las estrellas.
Las enfermeras temían que hiciéramos saltar el generador del hospital con tantas luces.
¿Te imaginas el desastre? —se ríe—. Después vimos películas navideñas y nos imaginamos que los protagonistas compartían nuestra religión. Y a medianoche, abrimos los regalos.
Ese Yule fue maravilloso a pesar de haberlo pasado en el hospital. Creo que incluso es mi favorito.
Ahora mismo, al recordar esos momentos, la desconocida Claire Arinson, esposa de Mike Arinson, se superpone en mi mente a Claire Lopez, mi madre. ¿Es posible que estas dos mujeres coexistan?
—Estaba tan contenta de volver a estar juntas que se me había olvidado tu corazón de elfo de luz —me susurra—. Si Idun escuchara mi súplica y nos enviara algunas de sus manzanas… ¿Cómo te sientes últimamente?
—Muy bien. Solo tengo los dolores normales.
—Tienes que retomar los hábitos saludables, Avalone. Empezando por acudir regularmente a las citas del hospital.
Suspiro para mantener las apariencias, pero sé que tiene razón. Yo también me he olvidado de mi corazón de elfo de luz. Es increíble cómo algunas personas tienen la capacidad de infundiros la sensación de ser invencibles… ese es el poder que tienen los Devil’s Sons sobre mí.