Amor en el caos (The devil’s sons 3) 4 #2
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Una vez limpiado el desastre y guardados los productos, froto la mancha de orina de mi vestido y me lavo el antebrazo pegajoso. Las lágrimas se me acumulan en los ojos, pero no es el momento de dejarme llevar por las emociones. Todavía tengo que elegir la ropa de Alec y vestirlo.

Respiro profundamente, recupero la expresión calmada y voy a su habitación.

Camisa, traje y corbata. Negros.

Calcetines y zapatos de cuero. Negros.

Lo coloco todo sobre el sofá del salón y voy en busca de una aspirina. Encuentro un bote al fondo de un armario, justo cuando dejo de escuchar el agua del cuarto de baño.

Espero varios minutos, para que Alec pueda secarse y ponerse el bóxer limpio que le he dado con total privacidad. Espero que la ducha haya mejorado su estado; no me gustaría incomodarlo si lo veo, de nuevo, desnudo.

Llamo a la puerta y entro cuando me da permiso.

Tiene mejor aspecto, a pesar de la palidez enfermiza de su piel.

El olor afrutado del gel de ducha es más agradable que el del alcohol y el sudor.

Se rasca la mandíbula, con aire ausente, y lo agarro de la mano para guiarlo hasta el salón.

Su paso es un poco más firme; vamos por buen camino.

Se sienta en el sofá, al lado de su ropa. Le ofrezco dos pequeñas pastillas blancas que se traga con un poco de agua que le tiendo. Vacía la botella, deshidratado. Le doy una segunda botella, que se bebe igual de rápido.

Joder, seguramente no ha bebido agua desde la muerte de su madre…

Me arrodillo a sus pies y le pongo los calcetines. Deja que se los ponga sin decir nada.

Cojo su camisa negra.

—Necesito que despegues la espalda del sofá, Alec.

Obedece y pasa los brazos por las mangas de la camisa. Me encargo de abrocharle los botones, pero me cuesta. Me tiemblan las manos. Por más que me concentro, soy incapaz de tranquilizarme. Las lágrimas me nublan la vista, una vez más, y amenazan con romperme.

Presenciar cómo mi amigo desciende a los infiernos es doloroso.

Pero nunca lo será tanto como lo que él está viviendo.

No puedo fallar. Por los dioses, ¡no! Sería egoísta por mi parte.

Sin embargo, siento que la impotencia me paraliza un poco más a cada segundo que pasa.

¿Y si no consigo sacarlo de su oscuridad?

¿Y si desaparece para siempre porque no estoy a la altura?

¿Pero eso depende solo de mí? ¿Tengo algún poder sobre su bienestar?

No creo que se pueda salvar a una persona que no quiere ser salvada.

Debe querer recuperarse. De lo contrario, es una causa perdida.

Alec me roza la mejilla con la yema de los dedos y hace que mi mirada se cruce con sus ojos culpables.

—Lo siento…

Esas tres palabras me afectan de una forma inexplicable. Se materializan en un claro que atraviesa las nubes de tormenta. A mis ojos, son la mismísima personificación de la esperanza, la prueba irrefutable de que Alec aún está ahí, en alguna parte entre los entresijos de su tristeza.

—No estás tan solo como crees. Estamos aquí y siempre lo estaremos —le aseguro con convicción.

Iríamos a buscarte hasta en las llamas del Ragnarök si fuera necesario…

No contesta, pero su mirada tiene más emoción de la que ha tenido en los últimos días, la suficiente para llenarme de energía.

Retomo mi tarea y, esta vez, consigo abotonarle la camisa.

Pasa un pie, y después el otro, por los pantalones del traje, y se levanta cuando se lo pido para abrochárselos.

Le ato los zapatos, le doy la chaqueta y lo rocío de perfume.

Finalmente, cojo el bolso de la encimera de la cocina y guardo una botella de agua y un sándwich envasado que he cogido de la nevera.

Alec no va a tardar en tener sed de nuevo, y esperemos que hambre.

De vuelta a su lado, le tiendo la mano. Juntos, salimos del aparta mento y después del edificio, y nos dirigimos al coche que Carter me ha dejado.

Mientras monta en el lado del copiloto, yo me pongo al volante con la mente más despejada ahora que tengo la certeza de que este pequeño contratiempo no tendrá importancia.

Llevamos un cuarto de hora conduciendo en silencio absoluto.

Alec tiene la cabeza apoyada contra la ventanilla y mira fijamente el paisaje.

Le echo un vistazo cada pocos minutos con el creciente deseo de adentrarme en sus pensamientos para dejar mi huella, un susurro que se grabara incluso en su alma: no estás solo .

—Gracias.

Me sobresalto y me doy cuenta de que me está observando.

No está sonriendo, pero su mirada ya no está vacía. Está aquí, con los pies en la tierra.

Pongo mi mano sobre la suya y se la aprieto en un gesto de apoyo. No estoy segura de que quiera escucharme consolarlo, así que vuelvo a concentrarme en la carretera.

Mi móvil suena y la pantalla del salpicadero del Mercedes muestra la llamada de Ty, con su alias: Trip boy. La acepto.

—Alive, joder, ¿dónde estás? Habíamos quedado en la mansión, ¿no? Pero no estás aquí, y mi hermano tampoco… ¡Dime que sabes algo de él! No responde a ninguna de mis llamadas, empiezo a pensar que no va a venir al funeral.

—¡Eh! Respira, corazón. Alec está conmigo. Estamos de camino al lago, nos vemos allí.

Escucho a mi amigo tomar una inspiración brusca y rápida, llena de alivio. Un gran alivio, salvador.

—Gracias, gracias, gracias… ¡Hostia, gracias!

—Estate tranquilo, ¿vale? Llegaremos a tiempo.

—De acuerdo. Gracias. Gracias…

Cuelga y el silencio vuelve a la cabina. Su hermano suspira a mi lado.

—Sin ti… ¡Joder, estaría inconsciente en el sofá! Ty me habría matado con la pistola que yo mismo le habría dado, por perderme el funeral de nuestra madre.

—Lo sé. Por eso he ido a buscarte.

Compartimos una sonrisa sincera que me parece muy prometedora.

Tengo fe en Alec. Si acepta la mano que le tendemos, saldrá de este bache. No será fácil, el futuro se presenta sombrío para los hermanos Liner, pero son fuertes, resistentes y, por encima de todo, queridos. Ningún Devil’s dejará que se hundan.

Llegamos a Island Lake con unos diez minutos de antelación. No obstante, somos los últimos en llegar.

Ty, acompañado de su tía y de su padre, nos espera de pie en el polvoriento parking .

¿Va a dar guerra o a saludar a su gemelo de buenas maneras? Ni su expresión ni su postura revelan sus intenciones, lo que, viniendo de mi compañero de viaje, es muy sorprendente. Esta incertidumbre, que me desestabiliza, no disuade a Alec de salir del coche.

Contengo el aliento y observo a Ty lanzarse hacia su hermano y estrecharlo entre los brazos.

—Pensaba que no ibas a venir.

—Lo siento. Estuve a punto…

—Estás aquí. Eso es todo lo que importa.

Los chicos se susurran palabras de consuelo, palabras de amor. Tiemblan el uno en brazos del otro, compartiendo su dolor. Después se separan y, mientras Alec saluda al resto de su familia, Ty viene a mi encuentro.

Salgo del coche y recibo un beso en la frente.

—Mil gracias. No habría sido capaz de soportar el día de hoy sin él.

—No lo deja ver, pero tu hermano también te necesita.

No se pudo despedir de vuestra madre y la culpabilidad lo carcome.

Piensa que es indigno y se impone la soledad como castigo.

Los remordimientos alimentan a su lobo malo, que lo obliga a alejarse.

Ya no es su corazón el que habla. Recuérdalo la próxima vez que te rechace.

Y, sobre todo, no te lo tomes como algo personal.

Alec te quiere con un amor incondicional.

Ty entrecierra los ojos, reflexionando. Puede que una parte de él lo sospechara, pero su propia tristeza le impedía ver con claridad.

Ahora sabe que no tiene nada que reprocharse.

Sin embargo, eso no lo tranquiliza. Es consciente de que la lucha entre el lobo bueno y el malo es difícil y que, esta vez, uno de los dos tendrá que morir.

—¿Me ayudarás a encontrar una manera de que pueda decir adiós a nuestra madre?

Su voz rebosa lágrimas contenidas; sufre al ver a su hermano luchar contra sí mismo.

—Pues claro. Mañana buscaremos una manera, juntos.

Le ofrezco una sonrisa esperanzadora y Ty me rodea con los brazos. Me asegura al oído que no se merece una amiga como yo, lo que es una mentira descarada. Después me acompaña a saludar a su padre y su tía, a quienes doy mis más sinceras condolencias, y luego los dejo avanzar, en familia.

—¿Una mañana complicada?

Recibo el abrazo de Clarke como una bendición. Siento cómo toda la presión desaparece; respiro un poco mejor en su presencia. Me aferro a su camiseta y me relajo contra su pecho.

—Vamos a ayudarlo —me asegura.

La preocupación que sentimos todos podría parecer exagerada.

Después de todo, no es sorprendente que un duelo venga acompaña do de algunas borracheras.

Pero Alec tiene una personalidad que a menudo resulta sombría.

Tiene tendencias melancólicas que lo mantienen despierto en mitad de la noche.

La pérdida de su madre sin duda podría conducirlo al camino de la autodestrucción.

—Prométemelo.

—Es una promesa, Avalone. Los Devil’s Sons nunca abandonamos a uno de los nuestros.

Doy fe; sin embargo, necesitaba escuchar esas palabras.

Nos reunimos con el resto del grupo y Carter nos guía hacia la orilla del lago, donde está preparada la pira funeraria.

Nunca he participado en un funeral pagano, pero no me sorprende el espectáculo que hay ante nosotros.

Hay vigas de madera alzadas como un tipi y, en su centro, descansa Élisa, tumbada en lo alto y vestida con su mejor ropa.

Sobre las sábanas, a su alrededor, hay colocados objetos de gran valor —tanto material como sentimental— que viajarán con ella a través del Yggdrasil.