Amor en el caos (The devil’s sons 3) 4
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Durante los tres largos días que siguen a la muerte de Élisa, Carter se hace cargo de los preparativos del funeral. Gracias a la autoridad que tiene en la ciudad, su amiga sabía que podía ser exigente en lo que respecta a sus últimas voluntades. Incluso aunque fuesen ilegales.

A mi padrino le dolió mucho su pérdida, aunque no lo deje ver.

Después de poner fin a dos décadas de separación forzosa, creía que podr ía recuperar el pasado, el tiempo perdido.

Pero Élisa ya no tenía la fuerza necesaria para acompañarlo en sus nuevas aventuras.

Lo había esperado, le había sido leal, pero ya era demasiado tarde .

Los remordimientos pesan sobre Carter; sé que no duerme por la noche.

Así que, cuando no estoy con los chicos, me cuelo en su despacho y l o ayudo con los diversos trámites administrativos.

Estos momentos que compartimos son tran quilos, a pesar de la triste situación, y solo nos pertenecen a nosotros.

—La mudanza de tus padres se ha retrasado, pero se irán a Canadá a pesar de todo. Deberías disfrutar de ellos en lugar de venir a ayudarme tan pronto como Ty se duerma —me dice al segundo día.

—Prefiero tus silencios a sus lamentos. Pueden lloriquear todo lo que quieran, pero yo prefiero hacer algo contigo.

A decir verdad, ya no reconozco a mi madre. Ella, que siempre ha sido tan fuerte… Nunca se ha compadecido de su suerte, siempre tomaba las riendas. Pasar a la acción era lo que la caracterizaba. Pero desde que mi padre y ella están juntos de nuevo, todo es diferente. Ella es diferente.

—El instinto de supervivencia es responsable de muchas hazañas, Avalone —me dijo Carter cuando compartí mis pensamientos con él—.

De un día para otro, tu madre se encontró sola y desamparada, con un bebé a su cargo.

No tuvo más remedio que luchar para que sobrevivierais las dos.

En cambio, cuando la mantienen, la miman y la protegen, se convierte en una persona pasiva.

Es una mujer a la que le gusta que la consientan.

Aún hoy, sigo admirando a mi madre, y le estaré agradecida de por vida por la educación que me ha dado.

Sin embargo, siento mucha rabia hacia ella.

Mis padres no han ido a ver a los gemelos ni una sola vez.

Incluso han rechazado las invitaciones de Carter para acompañarlo a visitarlos.

¿Qué tipo de persona no se preocupa por los hijos de su difunta mejor amiga?

Su comportamiento es decepcionante. Por suerte, los hermanos Liner pueden contar con los Devil’s Sons.

Si Ty se muestra receptivo ante nuestro apoyo, Alec no acepta la mano que le tendemos.

Sale cada noche y vuelve a casa de madrugada, borracho como una cuba.

Cuando se levanta a las cuatro de la tarde, abre una botella de whisky y se fuma una cantidad aterradora de porros.

Cada uno lidia con el duelo como puede; solo espero que su comportamiento cambie pronto, y a mejor.

No puede superar su dolor ahogándose en el alcohol y las drogas.

Las nueve menos cuarto.

Alzo la mirada del reloj y llamo a la puerta de los gemelos, invadida por la incertidumbre. El funeral de Élisa comenzará en breve, por lo que el apartamento debería estar vacío. Ty ya llegó a la mansión, nuestro punto de encuentro, pero nadie ha visto a Alec desde ayer; por eso estoy aquí.

Los chicos están convencidos de que no se perdería el funeral de su propia madre y de que ya nos está esperando a orillas del lago. Pero yo no lo tengo tan claro.

Llamo una segunda vez. La puerta se abre y veo al desaparecido, con el rostro cansado.

Aunque sus ojos vidriosos e inyectados en sangre bas tan para informarme de su estado de embriaguez, el nauseabundo olor a alcohol que emana de él también es un buen indicador.

Al igual que el vaso que tiene en la mano, en el que queda un culín de líquido ámbar.

Alec me estudia con la mirada, como si tuviera problemas para reconocerme.

¡Por todos los dioses, hice bien en venir!

—¿Se puede saber por qué no estás vestido? —pregunto con una calma fingida, bajo la que crece el pánico.

—¿Por qué debería estar ves…tido?

Tiene dificultades para articular y jadea, lo que me demuestra la gravedad de la situación.

Le aparto del marco de la puerta para entrar en el apartamento, preparada para enfrentarme a sus demonios, si tan solo se permitiera apoyarse en mí. Tengo que saber lo que necesita y recomponerlo en tiempo récord. Y por eso estoy lista para emplear todos mis recursos, incluidos los más retorcidos.

Se tambalea hasta el sofá y se tumba, sin saber lo que está en juego. No tiene la menor idea de lo que ocurre más allá de su infierno personal.

Lo alcanzo a grandes zancadas y le quito el vaso de las manos.

—¡Eeeh! ¡¿Pero qué cojones estás haciendo, joder?!

Me niego a que le dé la espalda a Ty, a su madre y, mucho menos, a sí mismo. Tiene que espabilar, al menos durante las siguientes tres horas. Y necesitará todos sus sentidos si quiere sobrevivir a esto.

Decidida, vacío el alcohol en el fregadero. Alec da un brinco, cabreado, pero de repente se tropieza y cae sobre el sofá con un golpe seco.

Sus ojos parpadean y luego se cierran.

—¡Ah, no, no, no! Ni se te ocurra dormirte, ¿me oyes? ¡La tierra no dejará de girar por tu ausencia, el tiempo vuela!

No responde; ya está dormido.

Me paso las manos por la cara, dividida entre las ganas de darle una patada en el culo y compadecerme de su dolor. Está claro que su malestar es legítimo y me duele verlo en ese estado, pero tengo que evitar que cometa el peor error de su vida, y el dolor no lo ayudará a levantarse.

Le tiro un vaso de agua a la cara.

—¡Joder! —exclama, incorporándose rápidamente.

No pierdo el tiempo. Lo agarro de la muñeca y tiro de él con todas mis fuerzas. Su culo se despega de los cojines y casi se cae encima de mí. Ejerzo una fuerza contraria sobre su cuerpo y lo mantengo en equilibrio.

—Haz un pequeño esfuerzo —le suplico con la voz rota—. Tenemos que ir al retrete…

Le paso el brazo por los hombros y me dirijo con paso vacilante hacia el pasillo. Avanzamos con dificultad, pero, gracias a los dioses, pone de su parte a pesar de su falta de coordinación.

Llegamos a nuestro destino sin contratiempos. Empujo la puerta del aseo con el pie, me aseguro de que las piernas de Alec no cedan bajo su peso y relajo los doloridos músculos.

—Siéntate —le ordeno.

Se desploma en el suelo y se da en la cabeza.

¡Mierda!

Me arrodillo delante de él y capto su mirada aturdida. Está consciente, eso ya es algo.

Solo queda rezar para que no tenga una conmoción cerebral.

—¿Confías en mí?

Asiente con un leve movimiento de barbilla.

Sin darle tiempo a prever cualquier tipo de tortura, le abro la boca y le meto los dedos en lo más profundo de su garganta.

Sus ojos desorbitados se llenan de lágrimas y después se lanza hacia la taza del váter y vomita los pocos tragos de alcohol que su organismo aún no ha absorbido.

Cuando pienso que ha llegado el final de su tormento, su estómago se contrae de nuevo y echa el resto del contenido.

Miro a Alec, después al reloj del pasillo, y me empiezan a sudar las manos.

Tenemos menos de una hora antes de ponernos en marcha.

Tiene que encontrarse mejor a toda costa para entonces, a riesgo de arruinar el funeral.

Por fin deja de vomitar y se apoya en la pared, sudando. Ignoro el desagradable olor y tiro de la cadena, dos veces, para eliminar los restos.

Una buena acción cumplida.

Tenso los músculos para ayudarlo a levantarse. Parece incluso más pesado de camino al cuarto de baño, seguramente porque se ha quedado sin fuerzas después de echar la última gota de alcohol que tenía en el estómago.

Entramos y, esta vez, lo ayudo hasta que se sienta en el suelo. Le quito la camiseta y le estoy desatando los cordones de los zapatos cuando me doy cuenta de que los vaqueros se le han oscurecido visiblemente en la entrepierna.

Al principio, no entiendo lo que eso implica. Es como si mi cerebro se negara a establecer una conexión lógica. Y entonces, de repente, me doy cuenta, con consternación, de que se ha meado encima.

Se me llenan los ojos de lágrimas y ahogo un sollozo.

Dioses, Alec… ¿tan mal estás?

Por un momento, las responsabilidades desaparecen de mi mente. Me inclino hacia él y lo abrazo con fuerza. Espero, deseo, rezo para que sienta mi presencia y mi amor a través de la fuerza con la que lo abrazo.

«¡Estoy aquí! ¡No estás solo!», le grita mi alma a la suya.

Entre mis brazos, Alec está inerte. Su cuerpo no tiene la más mínima chispa de vida. Está irremediablemente hueco, vacío. Y lloro. Lloro por mi amigo desaparecido, perdido en el corazón de la oscuridad.

Lo suelto y tomo su cara entre mis temblorosas manos.

—Por favor, escúchame, es importante. Te voy a quitar los pantalones, pero necesito que me ayudes. Después, te darás una ducha.

Él asiente con la cabeza.

Lo ayudo a levantarse y lo insto a que se apoye contra el lavabo para recuperar el equilibrio. Luego le desabotono los vaqueros manchados y los deslizo a lo largo de las piernas. Dudo un segundo, quizá dos, antes de apartar la mirada y quitarle el bóxer. Finalmente, entra en la bañera con mi ayuda.

—Dúchate, ¿vale? Si me necesitas, grita.

Un nuevo asentimiento de cabeza. Cierro la cortina y me quedo quieta hasta que escucho correr el agua.

Ojalá esta ducha le haga reaccionar…

Recojo su ropa sucia y voy corriendo al cuarto de la colada.

Pongo una lavadora y después vuelvo al cuarto de baño, equipada con un cubo lleno de lejía y productos de limpieza.

Seco, froto, enjuago las baldosas. Hago desaparecer todo rastro de su incontinencia.

Mientras tanto, oigo a Alec abrir diferentes frascos de productos.