3 #3
Esto no es una despedida. Pero me duele igual.
—Prometido, no lloraré.
Su dulce sonrisa me hace ir hacia él. Reduzco la distancia entre nosotros y me permito darle un último abrazo. Lo aprovecho para grabarlo en mi mente: la fuerza de su apretón, el contorno de su cuerpo contra el mío, la energía que desprende, su dulce olor a bosque…
Tucker me coge la cara entre las manos y me acaricia la mejilla con la yema del pulgar.
—Cuídate, ¿vale? No dejes que la oscuridad de nuestro mundo contamine tu alma.
—Te lo prometo. En cuanto a ti, vuelve de una pieza.
Pone una cara que no me tranquiliza mucho, pero que consigue arrancarme una carcajada. Después me da un beso lleno de amor en la frente y me deja ir. A regañadientes, doy un paso atrás, y después otro, y vuelvo a mi sitio al lado de los Devil’s Sons.
Si la vida fuera mejor, solo habría caminos paralelos por los que ir en la misma dirección.
Cuando parece que la hora de separarnos ha llegado, Clarke le lanza un juego de llaves a nuestro amigo. Tucker las coge, intrigado.
—El jefe me ha pedido que te devuelva esto.
—¿La Harley?
—Es tuya. Te pertenece.
Sus ojos se abren de par en par y la sonrisa más deslumbrante se extiende por sus labios.
—¡No puede ser verdad! —exclama, lleno de alegría.
Lanza una mirada hacia su madre y agita las llaves para compartir su felicidad. Ella asiente con la cabeza, preocupada por su bienestar, y su hijo se precipita hacia el maletero del coche. Saca la chaqueta de cuero y se la vuelve a poner mientras recupera su confianza.
Es increíble el poder que un trozo de cuero puede llegar a ejercer sobre la mente.
Feliz como un crío, Tucker corre hasta su moto y se sube. Arranca y hace rugir el motor mientras se ríe a carcajadas. No contiene su euforia, para nuestra diversión. Eso es lo único que queríamos ver.
Por desgracia, pronto le golpea la realidad: se lleva consigo la Harley, pero no a los Devil’s Sons.
Sus hombros se hunden y su labio inferior empieza a temblar.
—Os quiero…
—Nosotros también —responde Justin, a punto de romperse.
La triste situación no deja indiferente a nadie.
Esto sería sin lugar a dudas más fácil si nuestro amigo se fuera de la ciudad despreocupado, con la mente tranquila.
En esas circunstancias, nuestra pena sería tolerable, o al menos manejable.
Después de todo, solo queremos que sea feliz.
Pero lo cierto es que Tucker se va de mala gana.
Inspira profundamente, se endereza y nos regala una última sonrisa.
—Desde siempre y…
—… para siempre Devil’s —decimos a coro.
Esas palabras son demasiado. Sin poder reprimir mis emociones, empiezo a llorar.
—¡Ava, me lo has prometido!
Intento secarme las mejillas, pero entonces veo cómo del atractivo rostro del motero brotan enormes lágrimas de tristeza, iguales a las mías.
Ya me lo había advertido…
—No me olvidéis, y otead el horizonte…
Dicho esto, arranca rápidamente y se lanza a la carretera, seguido por su madre. Se aleja en dirección a Massachusetts, llevándose consigo un pedazo de nuestros corazones rotos.
Con la mirada fija a lo lejos, allí donde Tucker ha desaparecido, lloro en silencio.
Clarke me acerca a él y los seis nos quedamos sumidos en un gran silencio, porque hablar sería poner fin a este momento.
Y ponerle fin sería dejar a Tucker atrás oficialmente.
Y ninguno de nosotros está preparado para eso.
Tumbada en mi cama, veo El diario de Noa por trigésima sexta vez en compañía de Lola. No me opuse cuando me propuso la idea, dado que ya tenía ganas de llorar.
Todos estamos un poco tristes desde la marcha de Tucker, así que he preferido refugiarme en mi habitación de la residencia.
Los chicos comparten mi tristeza, pero se muestran tímidos a la hora de expresar sus sentimientos, casi avergonzados, mientras que mi mejor amiga ha sacado la tarrina de helado y me abraza de esa manera reconfortante que necesitaba sin siquiera saberlo.
Mi móvil, perdido en algún pliegue de la colcha, suena. Lo busco a ciegas antes de renunciar a encontrarlo así. Enciendo la luz y localizo al culpable de ese ruido, abandonado a mis pies. En la pantalla se lee «Trip boy», el apodo de Ty.
Su llamada a estas horas me da un mal presentimiento. Con las piernas entumecidas por un profundo malestar, busco los zapatos y descuelgo.
—Avalone.
Su voz sin vida es tan desconcertante como el declive del sol.
Mis músculos se tensan tanto que el cuerpo se me queda paralizado.
—Ella… no pasará de esta noche.
Sabía que este día llegaría, no creo en los milagros. Pero, a pesar de eso, siento que el Yggdrasil se me cae encima.
Élisa…
—Estoy ahí en quince minutos.
Cuelgo y me rindo a la urgencia que dicta cada uno de mis movimientos.
Me calzo mientras le ruego a Lola que se prepare para salir y después me lanzo a por la primera sudadera que veo, la de Clarke.
Por segunda vez hoy, las lágrimas se me acumulan en los ojos ante la idea de que una persona tan buena esté a punto de desaparecer de nuestras vidas.
De repente, pierdo los nervios. Ya no soy capaz de pensar con claridad.
Así que mi compañera de habitación toma el control de la situación.
Entrelaza nuestros dedos y, juntas, salimos corriendo de la habitación.
Por poco se cae de bruces en las escaleras y yo casi sufro un infarto, pero a pesar de eso no ralentizamos el paso.
Atravesamos el parking y nos subimos al cuatro por cuatro , que Lola arranca rápidamente.
Da marcha atrás mientras yo llamo a Carter, frenética.
Mi padrino se esfuerza por tranquilizarme, pero es en vano.
Entonces se limita a prometerme que llegará lo más rápido posible y cuelga.
Mi mejor amiga se salta los semáforos en rojo. Apenas conoce a los gemelos y no ha tenido la oportunidad de conocer a su madre. Pero sabe lo importantes que son para mí, y eso es suficiente para arriesgarse a que le retiren el carné de conducir.
El trayecto me parece interminable. Le ruego a Lola que acelere, reivindicando alto y claro mi responsabilidad con los hermanos Liner.
—¡Ya debería estar allí, prometí apoyarlos!
Aunque estoy abrumada por la angustia, la impotencia aún no me ha apresado.
Me aferro a un pequeño consuelo y rezo a los dioses para que mantengan a Élisa con vida hasta que llegue.
Le pido a Hela que tenga paciencia hasta que los Arinson se reúnan con su amiga, para que puedan ayudarla a irse en paz.
Esta mujer se merece exhalar su último aliento rodeada de todos aquellos que un día la hicieron feliz.
Mi conductora pisa el freno y los neumáticos chirrían. Un fuerte olor a caucho quemado llega a mi nariz cuando salto fuera del coche. No tengo tiempo para esperar a que Lola encuentre sitio donde aparcar. Entro corriendo en el hospital, con la respiración entrecortada.
—Señorita, ¿está herida?
No hago caso al personal y corro hacia el ascensor, al que entro temblando de la cabeza a los pies.
—¡Rápido, rápido, rápido!
Pulso el botón de la tercera planta varias veces, como si eso fuera a acelerar el tiempo.
Después de lo que parece una eternidad, las puertas se abren ante…
un lamento sonoro, tan desgarrador que no se somete a ninguna ley del universo.
Traspasa las paredes más gruesas, se propaga por el cielo, atraviesa los nueve mundos y desencadena un terremoto en el centro de las galerías subterráneas de Helheim.
O al menos esa es la impresión que tengo cuando me alcanza con fuerza.
Los latidos de mi corazón retumban en mis oídos, pronto transformados por el terror en un grito suplicante: «¡No!».
Salgo del ascensor y corro hacia la fuente de ese sufrimiento, que solo puede pertenecer a una persona.
Con la vista borrosa por las lágrimas, no consigo orientarme en este laberinto de pasillos. Pestañeo y me enjugo las lágrimas para descubrir que me he perdido. Entonces escucho un segundo grito que me lleva hasta Ty.
Lo encuentro desplomado contra la pared, abrazándose las rodillas. Sus gemidos y su respiración entrecortada son testimonio de un dolor sin igual. Se ahoga y no consigue librarse de esa masa invisible que le comprime el pecho.
Por todos los dioses, Élisa…
Su mirada se encuentra con la mía y asisto impotente al tormento de su alma. Está ahí, en el fondo de su mirada, luchando por sobrevivir a la crueldad de la vida.
—Avalone… Ella está… Mi madre está… está muerta.
Un sollozo sacude mis hombros. Siento que me fallan las piernas bajo el peso de esta abrumadora realidad.
Me tambaleo hasta Ty y me desplomo a su lado. Se refugia en mis brazos y me abraza con fuerza, como si yo fuera la única ancla que pudiera mantenerlo fuera del alcance de la oscuridad.
Nos balanceo hacia delante y hacia atrás, acunándolo como puedo. Si existieran palabras mágicas capaces de hacer desaparecer su dolor, se las diría un millón de veces.
—Está muerta, joder… ¡ Está muerta !
Grita, con la voz ronca por la tristeza.
El Ty que conocía, fuerte, orgulloso y con unas increíbles ganas de vivir, está destrozado. Destrozado por la pérdida de su madre.
Enlazo los brazos a su alrededor y le doy mimos. Deseo más que nada en el mundo quitarle el dolor para que, al menos, pueda respirar hondo.
No me puedo creer que Élisa haya fallecido.
¿Cómo podemos estar vivos y desaparecer en tan solo un segundo, dejando atrás un cuerpo vacío? La muerte es tan rudimentaria, de una sencillez exasperante.
—Se acabó… Ya no volveré a ver a mi madre. Se ha ido…
Le tiembla todo el cuerpo; sus lágrimas, inagotables. Llora. Grita. Agoniza.
Antes de esta noche, no estaba segura de conocer el sonido de un corazón rompiéndose. Ahora, temo que me perseguirá hasta el final de mis días.
Me trago el nudo que tengo en la garganta.
—Ha vuelto con los ancestros —susurro—. Tu madre velará por vosotros mientras viváis y nosotros la honraremos todo el tiempo que lo hagamos. Nunca la olvidaremos, te lo prometo.
Con la nariz enterrada en el hueco de mi cuello, Ty reafirma su agarre a mi alrededor.
—¡ Mamá !