3 #2
Un ataque de risa incontrolable se apodera de cada uno de nosotros, aunque eso no le sorprende a nadie.
Es el tipo de persona que puede decir o hacer todo lo que se le pase por la cabeza sin que una persona se sienta incómoda.
Supongo que se debe a la energía que desprende, una especie de carisma enternecedora.
Satisfechos por el repentino giro de los acontecimientos, nos sentamos todos en la cama, a su alrededor.
—¿Y a ti, Set?
—Pienso en cuando entró en la banda. Estaba tan nervioso por conocer al jefe que nos siguió hasta la mansión y se abalanzó sobre Carter.
Lo abrazó. Como era de esperar, Carter lo rechazó, se llevó una colleja en la nuca y lo llamó imbécil.
Con el ego herido, Tucker se cabreó y pensó que sería bueno dejar las cosas claras: «¡Es usted quien me necesita, y no al revés, viejo!
». Y después le pidió al jefe que le diera una cerveza.
— Aunque los chicos ya conocen la historia y presenciaron la escena, se ríen como si la oyeran por primera vez —.
Con tan solo una palabra de Carter, el Devil’s Son en ciernes probó el legendario derechazo de Clarke.
Después se levantó con la cara ensangrentada y, contra todo sentido común, dijo algo así como: «Me caes bien, Cartou.
Voy a pensarme su oferta y lo llamaré por la noche».
Recibió un segundo puñetazo y finalmente se rindió.
No tenía opción. Clarke ya le había abierto la cabeza unos diez centímetros; solo un loco habría seguido.
Tucker conoció a Ethan una hora después, que le cosió sin anestesia.
Cuando sus dramáticos gritos rasgaron el cielo, nos preguntamos si Carter no se habría equivocado con la mercancía.
Me río tanto que tengo que enjugarme las mejillas empapadas.
¡Pobre Tucker, su iniciación fue dura y llena de emociones!
—Set y yo lo acompañamos a casa del tatuador para marcarlo y oficializar su entrada en la banda —cuenta Clarke—.
Y como todos conocéis su umbral de tolerancia al dolor, ya os podéis imaginar lo penoso que fue ese paso tan decisivo.
Tucker gritó incluso antes de que la aguja de Jo le tocara la piel.
Este, dubitativo, me preguntó si estábamos seguros de la elección de nuestro nuevo miembro.
El susodicho se cabreó y le ordenó que se pusiera manos a la obra, a riesgo de meterle el puño por el culo.
El tatuador obedeció y el joven Devil’s Son se desmayó.
Cuando acabó la sesión, se despertó, descubrió la inscripción sobre el torso todavía enrojecido y exclamó que, con esa mierda en el cuerpo, ya no podía esperar salvarse el culo si la poli iba a por nosotros.
Le puse la mano en el hombro y pronuncié…
—Desde siempre y para siempre Devil’s —susurra Tucker, nostálgico.
—Me miró fijamente, con los ojos entrecerrados, y soltó: «¡Por el lema, me da la sensación de que he entrado en una secta de la que no se puede escapar!
». Cuando le respondí que era casi lo mismo, entró en pánico y me preguntó si bromeaba.
Le aseguré que él mismo no querría dejar la banda nunca y me respondió que ya hablaríamos de eso en unos meses.
Después se levantó de la silla y se desmayó de nuevo.
El final de la historia es magnífico. Estoy maravillada por lo que esconden los recuerdos de los chicos. Tantos años juntos y tantas vivencias que compartir.
—Bueno, en lo que me concierne a mí —continúa Sean—, pienso en el día en el que Tucker le prendió fuego a la cocina de Marie.
Nuestras risas resuenan en la habitación, tan fuertes como un trueno. Habría pagado todo lo que tengo por ver eso… Esa adorable mujer se debió tirar de los pelos.
—Sin embargo, prefiero recordar la vez que Carter tomó la decisión de echar a Clarke de los Devil’s Sons por sus arrebatos violentos.
Estaba convencido, fue firme, pero el discurso de Tucker le hizo cambiar de idea: «¿No es eso lo que intentabas enseñarnos desde el primer día?
¡Nuestra banda está formada por diferentes personalidades que, unidas, hacen el equilibrio!
¡No podemos eliminar un elemento por la fuerza sin que todo se desmorone!
Somos una familia y, para mí, esa palabra significa que no debemos rechazar a uno de los nuestros por sus debilidades.
Debemos aceptarlo y sacar lo mejor de ello.
¡Solo cuando actuamos así nos ayudamos a mejorar los unos a los otros!
Has sacado provecho de la violencia de Clarke en numerosas ocasiones.
A cambio, tienes que aceptar que, a veces, te haga daño.
Jugar con fuego es arriesgarse a ser engullido por las llamas, y lo sabes».
Orgullosos de tener a una persona como Tucker en nuestras vidas, le lanzamos, sin excepción, una tierna mirada.
Y el imbécil lo disfruta: saca pecho e imita una reverencia.
No obstante, se controla cuando Clarke coloca una mano sobre su hombro y ejerce una ligera presión, señal inequívoca de su eterno agradecimiento.
—A mí me gustaría hablar del día en que supimos de la existencia de Avalone —interviene Jesse—.
Carter nos confió sus planes al respecto y, por decirlo sutilmente, Tucker no se sentía cómodo con todas esas conspiraciones.
Se sentía culpable solo de pensar que debía acercarse a ella a propósito.
Este tío es muchas cosas, pero ser manipulador no está en su naturaleza.
Entonces declaró que, a menos que ella fuera un demonio, su cariño hacia ella sería sincero, dijera lo que dijera el jefe.
Y después empezó un nuevo curso y nos cruzamos con la chica Arinson.
Cada noche, durante la primera semana, nos manteníamos informados de los diferentes intercambios entre ella y cada uno de nosotros.
Clarke se mostraba esquivo, casi reservado, pero Tucker lo cansó.
Consiguió sacarle algo de información, o más concretamente, uno de los insultos que Avalone le había lanzado, y luego exclamó: «¡Mierda!
¡Sin duda es un demonio! Pero, desde que la conocí, me lo he pensado mejor respecto a esos seres.
¡Quiero adoptarla!». En ese mismo instante, entrábamos en territorio enemigo para cerrar la venta de una obra de arte, por lo que Clarke le ordenó que cerrara la boca.
Un estúpido guardia que claramente no había sido advertido de nuestra llegada nos descubrió y abrió fuego.
Tucker ya se había puesto a cubierto cuando se dio cuenta de que en la línea de fuego había una persona sin hogar, paralizada de miedo.
Salió de su escondite para escoltar al hombre hasta un lugar seguro.
Una bala voló directa hacia ellos, pero nuestro hermano usó su propio cuerpo como escudo.
De tal forma que el proyectil le dio en el hombro en lugar de alcanzar el corazón del hombre sin hogar.
Emoción, risas, horror y respeto. Esta historia me ha llevado por una montaña rusa emocional. A veces se me olvida lo sangriento que es este mundo; sin embargo, tendré fe siempre y cuando existan hombres como los Devil’s Sons.
Con una sonrisa en los labios, Tucker acaricia inconscientemente su herida ya cicatrizada.
Hace falta valor para realizar ese tipo de hazañas, y también consideración por el ser humano.
Terminada esa historia, la atención se centra en mí.
Es mi turno de tomar la palabra, soy la última.
El recuerdo que ocupa mis pensamientos se remonta al día anterior, pero he prometido guardar el secreto.
Puede que algún día, Tucker me permita compartirlo, pero, por ahora, prefiero abstenerme por iniciativa propia.
Intercambio una mirada cómplice con el implicado.
—La próxima vez —concluyo.
Nos dejamos acunar por la nostalgia del pasado compartido. La despedida está muy cerca y ya no tenemos ninguna excusa para detener el tiempo.
Uno de los chicos se pone de pie y los demás lo siguen. Se observan, avergonzados, sin saber muy bien cómo comportarse.
Suspiro.
—Solo los dioses saben cuánto os quiero, pero ¡mira que podéis llegar a ser idiotas!
Con los brazos colgando en un gesto de incomprensión, estos tontos se preguntan qué les puede haber ganado ese insulto.
—¡Daos un abrazo! —exclamo.
Se ríen; algunos ponen expresiones dubitativas, como si ese concepto les pareciera inconcebible.
Entonces tomo cartas en el asunto y los empujo unos contra otros.
Con un poco de perseverancia, y algunas amenazas apenas veladas, consigo el resultado deseado: reagrupados y abrazados de esta manera, son uno.
Conmovida, los contemplo, hasta que Sean me atrae hacia ellos para que también disfrute del calor de ese abrazo.
Nos separamos, con el corazón encogido, y después Tucker saca su arma de la cinturilla de los vaqueros. La mira un momento antes de tendérsela a Clarke, que no hace ademán de cogerla.
—Quédatela, nunca se sabe. Carter lo entenderá.
El Devil’s la acepta por el simple hecho de que, a sus ojos, esta pistola tiene un valor sentimental.
Los chicos agarran sus maletas y, juntos, salimos del apartamento. Llegamos al coche aparcado en el parking , donde la madre de Tucker espera a su hijo.
Una vez cargadas las maletas, nuestro amigo se toma un momento para admirar la chaqueta de cuero con el emblema de la banda que tiene entre los puños.
Parpadea varias veces, con la esperanza de ocultar su emoción, y deja con cuidado la chaqueta en el maletero.
Cuando lo cierra, el ruido resuena dentro de mí como el de un libro que se cierra una vez se ha pasado la última página.
Siento un nudo en la garganta; me duele físicamente.
Tucker se acerca a nosotros con las manos en los bolsillos, aunque se queda parado a cierta distancia, una que veo con malos ojos. Todavía está aquí, pero se mantiene alejado, como para familiarizarse con la soledad que recaerá sobre él mañana.
—Te lo advierto, Ava, si derramas una lágrima, volveré a llorar.
Me entra la risa y me trago los sollozos a pesar de la vulnerabilidad que siento.