Amor en el caos (The devil’s sons 3) 3
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—¡Avaloooneee!

Me levanto sobresaltada, con el corazón a mil por hora. La esperanza de que el grito de Carter provenga de una pesadilla se reduce a cero cuando Clarke se incorpora, con los ojos adormilados, y pone una expresión molesta. Él también lo ha escuchado resonar por toda la casa.

¡Mierda! Se suponía que no volvía hasta esta tarde.

—Sabía que debería haber hecho mi testamento hace mucho tiempo. Lo que no sé son mis últimas voluntades. Creía que no tenía ninguna. Pero ahora sí. Invitad a los scouts a mi entierro, ¿vale? Scouts hasta en el más allá, es sagrado.

Clarke se ríe y se deja caer de nuevo sobre su almohada. Parece seguro, incluso indiferente a las consecuencias de nuestros actos. Su actitud me infunde cierta calma. Me repito que la fiesta de anoche valió la pena, que no me arrepiento de nada.

Salgo de las sábanas y cojo la ropa que tengo a mano. Me dirijo a la puerta como si la habitación tuviera minas en el suelo, con una precaución que roza lo ridículo, y la entreabro.

Echo un vistazo al pasillo y veo las cabezas de los Devil’s Sons aparecer una a una por los marcos de las puertas.

A pesar del cansancio, nos miramos con cierto miedo.

Sabemos que estamos metidos en un buen lío, mayor del que nos habríamos podido imaginar, por la simple razón de que la mansión es un campo de batalla.

Sin contar con ese olor nauseabundo a alcohol y a sudor.

¡Por todos los dioses, Carter no debería haber vuelto hasta esta tarde!

—¡Nos han pillado! —dice Tucker, alegre.

Para él es fácil divertirse con la situación, ya que no estará en la mansión. Nosotros, en cambio, vamos a sufrir la ira del jefe día tras día. No nos va a perdonar fácilmente, eso seguro.

Salgo de mi habitación y me aventuro por el pasillo, seguida de cerca por los chicos.

Nadie dice nada. Creo que cada uno intenta prepararse para lo que está por venir. Vamos a pasar unos quince minutos muy, muy malos.

Llego a la entrada y veo a Carter, vestido con su eterno traje de alta costura. Si normalmente parece estar en su elemento, ahora es como una nota discordante. Todo a su alrededor es puro caos.

Me ve y clava en mí su mirada llena de una rabia desmesurada.

—¿Qué coño es todo este jodido desastre?

Mientras me encierro en mí misma, una expresión de dolor deforma las caras de los Devil’s Sons.

La resaca y los gritos no son una buena mezcla.

Carter está furioso. Resopla con fuerza, listo para embestir como un toro.

Me pregunto si nos ha descubierto a través de las cámaras de seguridad, y de ahí su regreso anticipado, o si se dio cuenta al instante de que íbamos a abusar de su confianza.

—Nos diste permiso para invitar a algunos amigos…

—¿Algunos amigos? ¿Algunos amigos?

Una risa malvada, peligrosa, agita sus hombros.

Mi instinto de supervivencia me insta a retroceder y choco contra el torso de Clarke.

—¿Me quieres hacer creer que un puñado de gente deja semejante caos detrás, Avalone?

Señala el espacio que nos rodea y luego apunta con un dedo acusador hacia el salón.

Horrorizada, me doy cuenta, ahora a la luz del día, de que las bengalas de humo han dejado finas partículas de polvo sobre cada superficie, incluso en las paredes y el techo.

Hay una gran cantidad de vasos esparcidos por el suelo, manchado de un líquido sospechoso y pegajoso.

Botellas vacías, preservativos, colillas, ropa interior, rastros de barro…

No se ha salvado ni un solo metro cuadrado.

Hasta creo ver bolas chinas debajo de la mesa de centro y lo que parece un charco de sangre seca cerca de la ventana francesa.

Y pensar que todavía no se ha dado cuenta del horrible estado de la cocina ni del jardín…

—Nos llevamos los objetos de valor a tu habitación, la cual ha permanecido cerrada, igual que tu despacho. En lo que respecta al resto… —susurro al señalar el salón con gesto vago—, voy a limpiar.

—¡¡Más te vale!! —vocifera Carter.

Siento que le cosquillean los puños; seguro que le encantaría partir algunas caras.

Tucker da una palmada.

—¡Primero un cafecito y luego nos ponemos a trabajar! —exclama.

—¡Sírvete una taza de café y te prometo que te la tragas, pero no por la boca, eso seguro! —lo amenaza el jefe.

La imagen que se forma en nuestra imaginación hace que pongamos cara de asco.

Me dirijo hacia la cocina para coger las cosas de limpieza cuando veo la pared de la entrada, en un principio blanca, manchada por un líquido ambarino de olor muy fuerte.

—¡Vais a frotar tanto que ninguno tendrá fuerzas para hacerse pajas! —asegura Carter, furibundo.

No hacemos ningún comentario gracioso cuando cogemos lo necesario para dejar la mansión como nueva.

Preparados con bolsas de basura, empezamos a recoger los restos del suelo. Algunos están pegados al mármol; la mezcla de alcohol y fluidos no identificados actúa como pegamento.

Siento náuseas.

—¡Avaloooneee!

Algunos se sobresaltan; otros rechinan los dientes y maldicen. Yo formo parte del segundo grupo.

Nuestras miradas se dirigen al jardín, donde está el jefe. Un estudiante está tumbado sobre la hierba, no muy lejos de él, y ronca plácidamente.

Las ganas de reírme desaparecen enseguida.

Carter se baja la bragueta y saca su miembro. Gracias a los dioses, el marco de la puerta francesa lo tapa, pero puedo ver el chorro de orina formar un arco y resbalar por la frente del pobre chico.

Set tiene una arcada y, para desgracia de Tucker, se la contagia, mientras el estudiante se mueve en sueños. Se pasa la mano por la cara, entreabre los labios, por los que gotea un fino chorro de pis, y por fin se despierta.

Se queda mirando el miembro alzado a su lado, y entonces el enfado y el asco borran de sus rasgos el más mínimo rastro de cansancio. Se levanta a toda prisa y observa, con los ojos como platos, cómo mi padrino se guarda el miembro.

—Hijo de…

No le da tiempo a pronunciar el final del insulto antes de encontrarse un arma que le apunta.

—¿Hijo de qué? —le pregunta Carter, amenazante.

Lógicamente, la víctima identifica al hombre que está de pie frente a él como el renombrado jefe de la banda y palidece. Intenta zafarse de la pistola, pero tropieza y se cae de espaldas. El miedo lo paraliza y, en consecuencia, su cuerpo tiembla.

—Lo sien… siento. Me… me voy. Yo… La salida… Voy para allá.

—Hazlo, y pasa por la mansión. Esos imbéciles se merecen limpiar la orina que esparzas de camino.

El estudiante asiente frenéticamente antes de coger impulso y alejarse a toda velocidad. Resbala sobre el mármol pegajoso del salón, recupera el equilibrio aferrándose a Set y se larga tan rápido como se lo permiten sus piernas.

El Devil’s se ha quedado congelado en cuanto lo tocó, y no se ha movido desde entonces.

Lo miro y me doy cuenta de que su brazo está mojado y brilla por la orina.

Pierde el color del rostro y no tarda en volver a tener arcadas.

Intenta limpiarse en Sean, que le responde con un gancho de derecha, y de repente se desploma de rodillas y vomita.

Tucker, receptivo a este tipo de molestias y propenso a devolver, lo imita al instante.

Los chicos y yo soltamos una exclamación de asco. Salimos corriendo del salón, ahuyentados por el fuerte y desagradable olor a vómito, y nos negamos a volver a poner los pies ahí dentro hasta que los dos chicos de estómago delicado hayan limpiado lo que han ensuciado.

La luna ilumina el cielo cuando salimos de la propiedad, agotados y con agujetas. No obstante, nuestro trabajo ha dado sus frutos: la mansión está impecable; incluso las paredes han recuperado su blancura original.

Podríamos haber pensado que esta gran limpieza iba a ser el momento más agotador de nuestro día, pero lo peor aún está por llegar.

Volvemos al apartamento en el que Tucker ha dormido estos últimos años, el que ha escuchado sus risas y lo ha visto madurar, crecer como persona.

En un ambiente sombrío, ayudamos a nuestro amigo a hacer las maletas.

Solo el ruido de los armarios al abrirse y de las perchas al entrechocar distorsiona el silencio.

Me duele el pecho y se me llenan los ojos de lágrimas.

—Bueno, pues es hora de irme —susurra Tucker, cerrando su tercera y última maleta.

Está listo para salir por la puerta de su habitación, pero yo no puedo dejar que se vaya así sin más; necesito darle una despedida digna.

Porque se lo merece. Porque es un amigo con el que siempre se puede contar, sin importar las circunstancias.

Es una buena persona, tiene un corazón de oro. Y lo quiero sin reservas.

—¡No des ni un paso más!

Tucker se queda quieto un segundo y después gira sobre sí mismo. Enarca una ceja dubitativo ante mi orden, mientras la esperanza se aviva en su mirada. Él también lo necesita.

—¡No te puedes ir de aquí sin más!

Obedece, complaciente, y puede que incluso agradecido.

—Justin, ¿en qué piensas cuando ves a Tucker listo para irse de la ciudad? —le pregunto.

Estudia a su mejor amigo y nace una sonrisa en sus labios.

—Durante las jornadas de puertas abiertas de la Universidad de Michigan pasé mucho tiempo por aquí para familiarizarme con lo que iba a ser mi futuro.

Seis meses después, tenía que formar parte de la nueva generación de estudiantes que frecuentan estas clases, suponiendo que me aceptaran.

Una noche fui al Degenerate Bar. Estaba pidiendo en la barra, apoyado sobre los codos, cuando un desconocido se colocó a mi lado.

Miraba fijamente a ese grupo de chicos, los Devil’s Sons, de cuyos nombre y actividades me había enterado a principios de esa semana.

Entonces me dijo: «Esos tipos tienen clase.

Si fuera gay, me tiraría a Taylor. Aunque estoy convencido de que, borracho, podría hacer de heterocurioso, solo por él. ¡Por cierto, soy Tucker Ross!».

Con las primeras risas, miro a Clarke respirar hondo; cruza los brazos sobre el torso y le lanza una mirada pícara a su hermano de armas.

—¿Me la quieres meter, Tuck?

—No fue más que un deseo pasajero.