2 #2
Tucker se seca las mejillas y nos lanza una mirada intensa y seria a cada uno de nosotros.
—Prometedme también que sobreviviréis, todos y cada uno de voso tros. Prometedme que os cuidaréis y que superaréis cualquier obstáculo, juntos.
—¡Prometido! —decimos todos a coro, con las voces fuertes y unidas.
Contento, se endereza y nos ofrece la sonrisa más deslumbrante.
—¡Venid! ¡Hay que beber! Eh, tío, tráenos una botella de…
Lola suelta un grito agudo al escuchar su canción favorita y me suplica que la acompañe a la pista de baile a cambio de su riñón derecho, lo que no se me olvidará recordarle dentro de unos años.
Me arrastra al interior de la casa. Los invitados se apartan y nos dejan un generoso espacio para bailar.
No lo confesaré en voz alta, pero adoro este nuevo poder que me da el estatus de Devil’s Son, aunque no lo tenga de corazón.
La fiesta continuó hasta el amanecer. Tucker rechazó todas las insinuaciones de las estudiantes con la excusa de querer pasar sus últimas horas en Ann Arbor con su familia.
Como prueba, me empujó a la pis cina e hizo ahogadillas a Lola.
Los chicos vinieron a nuestro rescate e iniciaron una pelea amistosa.
Se propuso hacer el porté de Dirty Dancing en pareja con Justin y, para mi sorpresa, no hubo ningún incidente.
No solo consiguieron reproducir esa postura emblemática del cine, sino que la ejecutaron con mucha elegancia.
Después, el rey de la fiesta nos hizo un striptease justo en medio del salón, para alegría de las chicas, hasta que Sean tuvo que intervenir para evitar que se quitara el bóxer.
Al menos, las partidas de beer pong se organizaron en el jardín.
Tucker y yo las ganamos todas, hasta que estuvo demasiado borracho para apuntar a los vasos de nuestros rivales.
En su defensa, se bebió los vasos de alcohol que me correspondían.
Son cerca de las cinco de la mañana cuando veo a Clarke venir hacia mí. Se detiene a mitad de camino y levanta el pie para ver lo que ha aplastado con la suela. Se queda como en trance ante la pastilla amari llo flúor hecha pedazos y después posa sobre mí una mirada sombría.
—¡Eso no es mío, lo juro por Draupnir!
Me cree, aunque…
—¡Chicos! —nos llama Tucker—. Como el tío fuerte y guapo que soy, necesito irme a sobar. ¿Echo a todo el mundo por la puerta o seguís con la fiesta?
—Échalos —responde Clarke con un humor sombrío.
Nuestro amigo se gira hacia nuestros invitados y ahueca las manos alrededor de la boca.
—¡Vale, panda de imbéééciles! ¡La fiesta ha terminaaado, largaos de aquí! —grita.
A pesar de su penosa vocalización por la borrachera, la orden llega a oídos de todos. La música ensordecedora se apaga de repente y, poco a poco, los estudiantes vacían la estancia.
Todos comparten la misma sonrisa. Están satisfechos. Conformes.
—Les he echado el guante a dos tíos buenorros, aunque un poco mayores para mi gusto —me dice Lola—. Me llevan al campus.
Ty hace una mueca molesta y pone su manaza en la cabeza de mi compañera de habitación. Su edad es un tema sensible, y el alcohol que ha bebido vuelve su realidad aún más dolorosa. Gracias a los dioses, pueden contar con Alec para conducir: solo ha bebido una cerveza al principio de la noche.
Les doy un cariñoso abrazo a mis amigos y les agradezco por haber venido.
Clarke se despide con un discreto asentimiento de cabeza.
Todavía le está dando vueltas a lo de las drogas, cosa que me sorprende un poco.
No es propio de él seguir pensando en los errores del pasado que no han tenido gran impacto.
Vemos salir a los últimos estudiantes por la puerta y entonces Clar ke se da la vuelta.
—Ya me encargo yo de pedir a los agentes de seguridad que hagan la ronda y comprueben que nadie se quede rezagado por aquí —me dice por encima del hombro.
El jefe se va a enterar de nuestra fiesta, si es que no lo ha hecho ya.
Que, en este momento, su hombre de confianza entre en su despacho sin autorización no cambiará nada.
Cuando salga el sol, la ciudad solo hablará de la fiesta organizada en la mansión de Carter Brown.
Entretanto, me niego a pensar en el castigo que nos impondrá mi padrino.
Ya será lo bastante doloroso como para que encima me torture mentalmente.
Set, Jesse y yo decidimos inspeccionar la mansión para echar a los tardones, si es que hay alguno. Curiosamente, no nos encontramos con ningún estudiante fogoso ni como una cuba. La única presencia en la mansión es la de la banda.
Todos son conscientes de que no deben quedarse rezagados en la guarida del lobo. Nunca.
Con los párpados pesados por el cansancio, dejo a los chicos arropando a Tucker y vuelvo a mi habitación.
Todo está tan tranquilo que resulta casi desconcertante.
Cierro la puerta detrás de mí y me encuentro a Clarke delante de la ventana, mirando el cielo. Su postura me revela que no está a la defensiva; sin embargo, hay algo que lo preocupa.
—Es cosa del pasado —resoplo.
—Lo sé, y entiendo tus motivos… Joder, tú…
Se lleva una mano a la cara y se frota la mandíbula en un gesto nervioso. Me acerco a él y lo animo a que se gire hacia mí para estar cara a cara.
—Dime qué es lo que sientes.
Aunque abre la boca, el silencio se prolonga. Siempre le resulta así de complicado expresarse, compartir sus emociones.
Lo animo entrelazando nuestros dedos.
—Antes, esto me parecía ficción —comienza—.
Pensaba que… que, si no veía el mal con mis propios ojos, no existía.
Tu sonrisa era tan resplandeciente que reemplazaba las tinieblas y sus estragos.
Pero entonces la perdiste, y durante esos días pude darme cuenta de tus debilidades.
Desde entonces, temer por tu vida se ha convertido en algo instintivo para mí.
Soy consciente de que preocuparte por tu pareja es de lo más normal, pero esto va más allá de la simple preocupación.
¡No me puedo fiar de él, Avalone! ¡Es un suplicio!
Sus palabras, que no entiendo, y su expresión desolada despiertan mi desconfianza. Lo miro con el ceño fruncido y, guiada por mi instinto de protección, pongo distancia entre nosotros.
—Clarke, ¿de qué hablas?
Suspira y hunde los hombros.
—Hablo de tu enfermedad, Avalone. De tu corazón. No puedo confiar en él. Nunca. Ni un instante. Tiene una belleza poco común y lo quiero…, pero también es mi peor enemigo.