Amor en el caos (The devil’s sons 3) 2
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Salimos de la habitación de invitados después de una hora fuera, cómplices y de buen humor. Clarke se burla de mi cabello despeinado, que no he conseguido domar, mientras yo le señalo que tiene la bragueta bajada.

No engañamos a nadie. Olemos a sexo y estamos hechos un desastre, pero tanto a él como a mí nos da bastante igual.

Nos abrimos camino entre la multitud y, cuando llegamos al salón, una chica choca violentamente contra mí. El golpe me arranca un grito y por poco me hace perder el equilibrio.

Clarke me pasa un brazo protector por la cintura y me acerca a él.

—Lo has hecho a propósito —protesta.

Su ira va dirigida hacia una estudiante que está no muy lejos de nosotros.

Reconozco a la acosadora a la que amenacé con ahogarla y entonces comprendo la situación: ha empujado deliberadamente a su amiga borracha para que chocase conmigo.

Y como el ser humano está dotado de una curiosidad malsana y siente cierta emoción al ser testigo de un altercado, apagan la música y todos los presentes observan la escena conteniendo el aliento.

—Oh, vamos, ¡no pasa nada! —grita la culpable ante la atención de la multitud—. ¡Solo es la puta de los Devil’s Sons!

El discurso que dio Tucker horas antes, en el que me alababa, ha dejado sin duda indiferentes a algunas personas.

Encajo el golpe sin mostrarme vulnerable. Al contrario, el aura asesina de Clarke se extiende por la habitación.

Con un apretón de mano, apelo a su autocontrol.

—La puta de los Devil’s Sons te echa de aquí —le digo a la chica insufrible.

—El hecho de que seas miembro de una banda no significa que puedas…

—No pretendo aprovecharme de mi estatus en la banda para imponer algún tipo de autoridad —la corto—.

¡No me quiero hacer respetar como una Devil’s Son, sino como una persona de pleno derecho!

¡No tienes ningún derecho a insultarme ni a humillarme solo porque he conseguido cariño y amor de forma sincera!

Esta vez es demasiado. Ya no soportaré esa crueldad gratuita, esas críticas susurradas a mi alrededor.

Se acabó.

Me hierve la sangre mientras me enfrento al salón lleno de gente.

—No quiero caerle bien a todo el mundo, ¡me importa una mierda!

Pero a la siguiente persona que escuche insultarme se las verá conmigo.

Puede que no tenga la fuerza de los Devil’s Sons, pero tengo los mismos recursos y ya no dudaré en usarlos.

Si es necesario que me tengáis miedo para que me valoréis, que así sea.

Desde ahora, me encargaré de todos aquellos que se metan conmigo.

¡Mostrad el respeto que se merece todo ser humano o acabaré con vosotros!

Con la respiración entrecortada, recorro la multitud con la mirada. Nadie se atreve a hablar; el tiempo parece haberse detenido. Vuelvo a concentrarme en la chica que me ha agredido, decidida a llegar hasta el final para asegurarme de que todos han entendido el mensaje.

Sin quitarle los ojos de encima, deslizo una mano por la espalda de Clarke y le quito el arma.

No pienso ni en su peso ni en que esté cargada. No veo más que a esta zorra; solo siento su presencia cuando apunto el cañón hacia ella.

—Te aseguré que pronto ocurriría un accidente. Primero pensé en ahogarte, pero puede que la ruleta rusa también sea una buena excusa… Un juego sin sentido entre estudiantes imbéciles.

Espero lo suficiente para que el miedo inyecte su veneno. Los primeros efectos no se hacen de rogar. Con el rostro descompuesto, mi víctima comienza a temblar, retrocede un paso y choca contra sus amigas. Se pone nerviosa y busca una salida.

Bajo la pistola.

—Puedes respirar, solo eran amenazas vacías. Pero te aconsejo que tengas cuidado. No se sabe de lo que es capaz la gente cuando se la lleva al límite. ¡Ahora, lárgate de aquí!

La multitud se aparta para abrirle paso hacia la salida y algunos gritos hostiles se alzan con timidez. Poco después, gracias al efecto de grupo, cada uno de los presentes abuchea su desaprobación, alto y claro.

Si no estuviera segura de que todos los estudiantes me odian, diría que acabo de conseguirlo.

—No es a ti a quien abuchean —me susurra Clarke al oído—. Es a ella.

Me enderezo al darme cuenta de que es cierto: sus insultos no son para mí.

—Acabas de ganarte el respeto de todos —continúa, con la voz llena de orgullo—. Ahora te tienen miedo.

De repente siento el peso del arma en las manos y me apresuro a devolvérsela, asqueada por los extremos a los que he llegado esta noche. Mi comportamiento es absurdo, igual que el suyo.

Abuchean a esa chica, pero no es a ella a quien odian.

Es a mí.

Como ha dicho Clarke, les inspiro miedo y solo por eso quieren contentarme. Se sienten obligados a actuar así y me odian por eso.

—¿A ti también te doy un poco de miedo? —lo provoco para intentar relajarme.

—Sí, y no es algo nuevo.

Lo dice tan en serio que consigue sacarme una sonrisa.

Entrelaza nuestros dedos y me conduce al exterior. Cuando lle gamos junto a nuestros amigos, me doy cuenta de sus expresiones sor prendidas. El imbécil de Tucker incluso hinca una rodilla en el suelo antes de que su ego por las nubes lo devuelva a la realidad.

—Fue increíble —sisea Sean, impresionado.

Hago una mueca, no por su comentario, sino porque me doy cuenta de la llegada de una persona que me había olvidado de que existía.

Nora .

—¡Dios santo, Avalone, hace horas que te busco! —me reprocha—. Además, en mi opinión, el recibimiento de la gente de Ann Arbor deja mucho que desear…

Al darse cuenta de que la banda permanece a mi lado, se guarda las críticas y muestra cierta arrogancia cuando se presenta al grupo o, mejor dicho, a aquellos que aún no han tenido el honor de conocerla.

—Soy Nora, la mejor amiga de Avalone.

—¿Mejor amiga? —grita Lola, muerta de celos.

Suspiro y me hago cargo de las presentaciones.

—Lola, esta es Nora, mi antigua mejor amiga. Nora, esta es Lola, mi mejor amiga.

Mientras la que representa mi pasado palidece, la encarnación de mi presente sonríe orgullosa y saca pecho. Mi compañera de cuarto también podría pavonearse en las narices de aquella que se creía su rival, y no nos sorprendería.

—Vuelve a la tierra —le dice su hermano—. No eres más que la mejor amiga. Nosotros, en cambio, somos su familia.

A Lola no le hace falta nada más para ofenderse y lanzarse a por él.

Después de todos estos años de riñas, no aprende la lección. Set es el cazador que mueve los hilos y juega con su presa —Lola— sin descanso. Gracias a los dioses, no hay heridos. Solo es una pulla entre hermanos, una forma de amor extraña, pero poderosa.

—Puede que tú formes parte de su familia, ¿pero de verdad te crees que eres su favorito? —le suelta ella.

Su hermano se prepara para responderle, pero no sale ninguna pala bra de su boca. Centra su atención en mí y enarca una ceja, interrogante, y el resto de los Devil’s Sons lo imita.

Mierda…

—Que quede claro —interviene Ty—. ¡Yo recogí lo que quedaba de ella y la acompañé por todo el país después de que vosotros la traicionarais! Yo le devolví las ganas de vivir e incluso tenemos un tatuaje a juego. No es que quiera parecer pretencioso, pero creo que soy su favorito.

Le responden con quejas y, de pronto, empiezan a discutir de verdad. Cada uno saca sus propios argumentos, mientras que Ty los mantiene a raya y se ríe de ellos. Al final, cuando todos los miembros de la banda han presentado su caso, se giran hacia mí y exigen mi veredicto.

Les lanzo una mirada dividida entre la hilaridad y la ternura, y después digo las únicas palabras que sé que resonarán en su alma.

—Somos una familia. De corazón, somos solo uno.

Se hinchan los pechos, se dibujan sonrisas…

Esas palabras llegan a todos, como esperaba.

Hablamos la misma lengua: la del amor y la lealtad.

Puede que algunas personas sean capaces de separar esos dos conceptos, pero no es nuestro caso.

Los chicos me fueron leales antes de quererme, mientras que yo aprendí a quererlos antes de ofrecerles mi lealtad; al final, da igual cómo llegásemos hasta aquí, el resultado es el mismo.

Lo que sentimos es tan fuerte que nadie podrá jamás alejarnos de la banda.

Un primer resoplido pasa inadvertido; después, un segundo llama nuestra atención.

—¿Tucker…?

Él se enjuga la comisura húmeda de los ojos.

—Mierda, tío, ¿no me digas que sigues lloriqueando? —se indigna Set.

Hacen bromas sin parar, de buen rollo.

—Tiene razón, chicos. He vivido los mejores años de mi vida a vuestro lado, y renunciar a vosotros…

¡me cuesta muchísimo! Al fin y al cabo, aquí estoy como en casa.

Mi ciudad, mi casa, mi familia. Es aquí donde está mi lugar, así que prometo solemnemente que volveré.

Otead el horizonte, porque un buen día cruzaré las calles de Ann Arbor para regresar con vosotros.

Las lágrimas corren a raudales por mi rostro y no soy la única que está en un estado lamentable. Justin llora por la marcha de su mejor amigo. Le pasa lo mismo a Sean, quien, sin embargo, muestra más autocontrol. En cuanto a Ty, Lola y Set, sus ojos rebosan emoción.

Clarke, consciente de que su hermano está sufriendo, se acerca a él.

—Tu ciudad, tu casa, tu familia. Y así será siempre —le dice con certeza—.

Tu marcha no marca ningún final. Cada día estarás aquí, en nuestros corazones.

Y cada día, nosotros estaremos ahí. —Apunta con el dedo al pecho de Tucker—.

En tu corazón. La distancia no importa porque, como ha dicho Avalone, somos solo uno.

Todos estamos sorprendidos por su discurso. Clarke es callado por naturaleza; cuando habla de esa forma, resulta asombroso.

Mudo, Tucker respira profundamente.

—Gracias, tío. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?

—Cállate, tampoco me pidas tanto.

Las lágrimas dan paso a las risas.

El Clarke amargado ha vuelto y, a decir verdad, me siento aliviada. Sé cómo tratar con él: descifro sus ojos negros y los secretos que esconden y consigo lidiar con su comportamiento hostil. En cambio, cuando me muestra una nueva cara suya, mis certezas se tambalean.