1 #4
Sus dedos se deslizan bajo mi chaqueta de cuero y dejan mis hom bros al descubierto. La prenda cae al suelo con un ruido sensual. Erótico. Como por arte de magia, mi mente se libera de sus tormentos y ya solo pienso en el deseo que crece en mí.
—Creo que me hago una idea, pero no aquí —susurro.
Lo empujo fuera de la habitación y, cuando me detengo para cerrar la puerta con llave a nuestra espalda, Clarke desliza los labios por mi nuca. Un suave calor recorre mis extremidades y se acumula en mi bajo vientre. Me derrito justo en medio del pasillo.
Con un esfuerzo sobrehumano, me alejo de su boca y lo empujo hacia la primera habitación de invitados que encontramos.
Me aseguro de cerrar la puerta para que no nos molesten y luego me giro hacia él, fingiendo timidez.
Aunque la tensión sea insoportable, me tomo mi tiempo saboreando la falta de autodominio de Clarke.
Su pecho sube y baja a toda prisa; observa cada uno de mis gestos, al acecho, mientras me desabrocho los botones del mono.
Lo deslizo por los brazos y termina a mis pies.
Así, casi completamente desnuda, me ofrezco a Clarke y a su deseo.
Cuando sus ojos se posan en mi sujetador, su boca se entreabre.
El fino encaje negro no oculta ni mi piel ni mis pezones, y el Devil’s disfruta de ello.
Su respiración se hace más pesada a medida que sigue observándome.
La caricia de su mirada se insinúa entre mis pechos, serpentea por mi vientre, se entretiene en mi tanga y mi liguero…
Inhala profundamente mirando con deseo mis piernas moldeadas, cubiertas por unas medias, y luego mis tacones altos.
Por último, da un paso atrás y admira la escena al completo, con los músculos tensos por el deseo.
—Eres…
Más segura y femenina que nunca, reduzco la distancia entre nosotros y recorro su pecho con los dedos. Su corazón late a toda velocidad bajo la palma de mi mano, y me deleito con el control que tengo sobre él.
—¿Soy…? —pregunto.
—El diablo.
Una sonrisa se extiende por mis labios.
Dueña de la situación, lo obligo a retroceder hasta que sus piernas chocan contra la cama. Cae sobre el colchón y me arrastra con él.
—Si te hiciera con la lengua eso que tanto te gusta, ¿me perdonarías? —susurro a su oído.
El gruñido que suelta Clarke resuena en mi interior. Me promete placer y satisfacción.
—Mi cuerpo te pertenecerá cuando haya satisfecho mis necesidades. Llevas horas torturándome, no puedo contenerme más.
Me pasa un brazo alrededor de la cintura e intercambia nuestras posiciones.
Aturdida, no me da tiempo a recuperar el sentido antes de que sus insaciables labios se lancen a la conquista de mi cuerpo.
Recorren mi cuello, invaden mi pecho, miman mi cicatriz y después se aventuran hacia mi vientre.
Sus manos rozan mi piel, le dan forma. Clarke está en todas partes a la vez.
Me devora, me consume. Unos escalofríos de una intensidad inesperada me recorren el cuerpo y me arrancan suspiros de placer.
Me empuja hasta el borde del colchón y se arrodilla ante mis piernas, abiertas para él. Entonces entiendo que las necesidades que tiene que satisfacer consisten en satisfacer las mías. Lo único que desea es oírme gemir su nombre.
Sujeta uno de mis tobillos y me da un beso tan ligero como el roce de una pluma.
Debo de estar hambrienta, porque siento su contacto con una intensidad desconcertante.
Apoya mi pie sobre el borde de la cama para exponerme a él y clava los dientes en la tersa piel de mi muslo.
Una descarga eléctrica sube hasta el centro de mi deseo y me falta el aire cuando, con un dedo juguetón, me toca por encima de la tela de mi ropa interior.
Me arqueo para intensificar su contacto, pero Clarke ha decidido torturarme e interrumpe la caricia.
Me incorporo sobre los codos y gruño de frustración.
—¡Vuelve a hacerlo!
La autoridad que manifiesto enciende su mirada. Me rompe el tanga , exponiendo la parte más sensible de mi cuerpo. Se humedece los labios con un ansia que se acerca demasiado a la necesidad y después me penetra con el dedo índice.
Jadeo y parpadeo, con la mente nublada por el deseo.
Clarke introduce un segundo dedo en mí.
—Me encanta cuando estás celosa.
Pienso en la estudiante que se ha restregado contra él antes, y la rabia se mezcla con el placer.
Entonces ha escuchado nuestra conversación.
—No tenía derecho a… Eres mi…
Una ola de calor se apodera de mí y vuelve incoherente cualquier pensamiento. Abandono fácilmente la idea de formular una frase; lo único que quiero ahora es dejarme llevar por el placer. Sin embargo, Clarke vuelve a privarme de su tacto.
Le lanzo una mirada de odio que responde con una sonrisa provocativa.
—Soy…
—El diablo.
Su risa resuena en mí y aviva mi deseo. Entonces, su contención se rompe en mil pedazos: con un agarre firme, me separa los muslos y me da el más maravilloso de los tormentos. El contacto de su lengua con mi centro me arranca un grito de éxtasis y me lleva hacia el orgasmo.
Por todos los dioses, ¡qué bueno es!