Amor en el caos (The devil’s sons 3) 1 #3
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Extiendo un manto tejido con runas sobre la cómoda y coloco una estatua de oro macizo de Tyr en el centro.

Acorde con los mitos, le falta una extremidad superior.

Coloco dos candelabros a ambos lados de la divinidad y el cuenco con las ofrendas a sus pies.

Enciendo las velas y el incienso. Después robo una botella de zumo de manzana del bar personal de Carter y lleno un cuerno.

Finalmente, me pongo de rodillas delante del altar y respiro hondo varias veces para calmar los erráticos latidos de mi corazón.

Me concentro en Tyr, dios de la justicia. Me lo imagino dictando sentencia frente a una asamblea, sacrificando su brazo entre los colmillos del lobo Fenrir para que los dioses pudieran encadenarlo, y luchando durante el Ragnarök contra Garm, el perro de Helheim.

Una vez que le he consagrado mis pensamientos, inicio un ritual silencioso, alternando entre beber del cuerno y ofrecer en sacrificio algunas gotas de la bebida en el cuenco de ofrendas, mientras ruego al dios que nos ayude y emita un juicio favorable sobre Clarke.

—Pero ¿qué coño estás haciendo?

Me sobresalto y, por desgracia, derramo el cuenco sobre el altar.

Un candelabro cae y se rompe contra el suelo, el incienso se apaga y el manto se empapa del líquido.

La visión de este espacio sagrado profanado me lleva al borde del precipicio.

Me arden los ojos, pero contengo las lágrimas… no sin esfuerzo.

—¿Qué está pasando aquí? Estás rezando por…

—¡Pues claro que sí!

Recorro los pocos metros que me separan de Clarke y lanzo mis puños contra su torso. Le golpeo con desesperación: dos, tres veces. No le hago ningún daño, pero sienta de lujo. Con cada golpe se libera la tensión y la satisfacción inunda mis venas.

Pongo a prueba su paciencia, mientras que la mía ya está agotada. Por eso, cuando me agarra los puños y me inmoviliza, forcejeo con rabia y grito palabras incomprensibles, tanto para él como para mí.

—Avalone —dice entre dientes.

—¡Has echado a perder tu futuro, has destruido el altar y has perdido mi confianza!

—No…

De alguna manera, consigo deshacerme de su agarre y le lanzo una mirada asesina.

—No quiero escucharte, ¡es demasiado tarde! Me lo han confirmado. No te preocupes, la policía no sospecha de ti, por ahora.

Si antes no me miraba como si estuviera al borde de la locura, ahora sí lo hace.

—No he matado a Freddie Tomson.

—¡No me mientas!

—¡No te miento, Avalone!

Una risa malvada sacude mis hombros.

—Al menos ten la decencia de no burlarte de mí en la cara.

—¿En qué idioma tengo que decírtelo?

¡Dioses todopoderosos, se me había olvidado lo buen manipulador que es!

Me cruzo de brazos e intento recuperar el control sobre mí misma, pero es en vano.

—Eres un maldito desgraciado —siseo entre dientes, con la ira desestabilizándome la voz—. El padre de Charlie, el jefe de policía, ha encontrado el cuerpo. Están investigando el caso, Clarke.

—No entiendo nada de lo que me dices.

—¡Charlie acaba de decirme que su querido papá está investigando un asesinato cometido el fin de semana del dieciséis de noviembre!

Se ríe de la información que le doy. Con paso lento e indeciso, recorre los metros que nos separan. Su mirada me promete amor u odio, según el camino que tome.

—Te lo voy a decir una última vez, Avalone: no he matado a ese hombre.

No soy responsable del asesinato que investiga la policía.

En cuanto al móvil, bueno… Le di una paliza a Freddie Tomson.

Le robé el teléfono para que no pudiera llamar a emergencias y lo dejé tirado, casi inconsciente.

Quería que sufriera y se sintiera tan indefenso como lo estuve yo.

Sus palabras se enroscan alrededor de mis erróneas convicciones y las oprimen hasta reducirlas a la nada. Pero decido mantenerme alerta. Por precaución. Todavía llevo las cicatrices de sus mentiras.

—Clarke, si descubro que…

—Te estoy diciendo la verdad, Avalone.

Abro la boca, pero la cierro de inmediato.

A pesar de la sorprendente coincidencia, le creo.

Si un silencio puede ser interpretado de mil maneras, las explicaciones no dejan lugar a dudas. No cuando vienen de este hombre.

Se me escapa una pequeña carcajada, el tipo de risa nerviosa que libera la tensión acumulada.

—Clarke, si me hubieras confesado que le pegaste, lo habría entendido. No me esperaba menos de tu parte, la verdad. ¿Por qué no me has dicho nada hasta que te he preguntado por el móvil?

—Avalone, no solo le pegué . Le rompí los dedos uno a uno, luego las muñecas y después los brazos. Lo torturé y después lo abandoné en un callejón detrás de un bar, sin posibilidad de contactar con los servicios de emergencia.

Odín todopoderoso…

Me cubro la boca con las manos y me siento en la cama, inquieta, mientras Clarke, en un rechazo absoluto, se da la vuelta para no ver el asco reflejado en mis iris verdes. Sin embargo, no es esa emoción la que rezuma por todos mis poros.

—¿Y si pone una denuncia? Puedes acabar entre rejas por torturarlo, ¡y durante muchos años!

Sorprendido por mi reacción, me lanza una mirada desconfiada y se da cuenta de que no siento ninguna repulsión hacia él. Tan solo un terrible miedo a perderlo.

En respuesta, una chispa ilumina su mirada. Una que muestra su deseo de hacerme el amor, aquí y ahora, o de casarse conmigo.

—Eso no ocurrirá, Avalone. Si Carter no ha conseguido alejarme de ti, nadie lo hará. Ni siquiera la justicia.

Me estrecha entre sus brazos, haciendo desaparecer mi malestar.

Me aferro a él y, por fin, respiro por primera vez desde que sonó ese maldito móvil.

Nunca habría imaginado sentirme aliviada al saber que Clarke ha torturado a un hombre.

Aunque era previsible: lo dejó vivir, pero no habría permitido que se fuera tan fácilmente.

—Siento haber pensado que…

—Con mi silencio te he dado motivos suficientes para sospechar que lo maté.

Sacudo la cabeza y me aparto de él, avergonzada por haber puesto en duda su sinceridad.

Una vez más, soy yo quien no confía en lo que hemos construido.

Y es que, después de haber saboreado la felicidad al lado de Clarke y los Devil’s Sons, temo perderlo todo.

Ese jodido miedo a veces altera mi buen juicio.

Tengo que aprender a controlarlo; de lo contrario, me arriesgo a ser la causa de mi propia desdicha.

—No, claro que no. Te conozco. Si lo hubieras matado, habrías asumido la responsabilidad. Perdóname.

Una sonrisa seductora suaviza su rostro y despierta mis sentidos al instante.

—¿Sabes cómo podrías conseguir que te perdone? —me pregunta con una voz apenas más alta que un susurro.