AMOR DIVINO Capítulo 37 La isla donde el océano borra las huellas
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Capítulo 37 La isla donde el océano borra las huellas

El silencio que habitaba el dormitorio de aquella habitación de hotel en los canales de La Haya era un silencio nuevo, limpio, despojado por fin de la estridencia metálica de las alertas de seguridad, del tecleo frenético en la penumbra y del parpadeo violento de los servidores informáticos.

A través de los sutiles visillos de la gran ventana holandesa de guillotina, la luz del mediodía se filtraba en un resplandor difuso, dorado, que cortaba la penumbra de la estancia y caía con suavidad sobre el edredón de lino blanco.

Fuera, el viento helado del mar del Norte seguía barriendo los tejados de pizarra de la ciudad y agitando las aguas grises del canal, pero en el interior de aquella habitación, el tiempo parecía haberse remansado, adoptando el ritmo pausado de dos respiraciones que se acompasaban en la calma absoluta de la tregua.

Thomas contemplaba el techo con la mirada fija, pero su mente no estaba perdida en las complejas ecuaciones financieras que durante años habían sido su refugio y su condena.

Su brazo izquierdo rodeaba los hombros de Nikolai, sosteniéndolo con una firmeza que no buscaba la posesión, sino la certeza mutua de que el suelo bajo sus pies ya no iba a quebrarse.

Nikolai, con la cabeza apoyada en el pecho de Thomas y una pierna entrelazada entre las suyas, mantenía los ojos entornados, trazando con la yema del dedo índice círculos invisibles sobre la clavícula del australiano, un gesto perezoso y tierno que en ningún otro momento de su vida de soldado de la Bratva se habría permitido.

La piel de Nikolai, herida por las cicatrices viejas que contaban la historia de su lucha por la supervivencia, se sentía cálida bajo los dedos de Thomas.

El australiano bajó la mano hacia la nuca del ruso, hundiéndola en su cabello corto, disfrutando de la suavidad de un instante que, apenas veinticuatro horas antes, parecía pertenecer al territorio de la ciencia ficción.

—¿Estás despierto? —susurró Thomas, y su voz resonó baja, vibrando en la caja torácica contra la que Nikolai descansaba.

El ruso soltó una exhalación suave, una risa contenida que ya no arrastraba la tensión amarga de las noches de guardia.

—Llevo una hora escuchando los latidos de tu corazón, angelito —respondió Nikolai en su italiano pastoso, sin moverse un ápice de su refugio—. Iban muy rápido al principio. Pensé que estabas sumando mentalmente los números de las pantallas del sótano.

—Sumaba algo mucho más difícil —admitió Thomas, girando levemente la cabeza para besar la frente del soldado, justo donde la escarcha del norte parecía haber dejado paso a una calidez puramente humana—.

Sumaba los días que han pasado desde que tuvimos que correr por primera vez.

Y me costaba creer que hoy no tengamos que mirar debajo del coche antes de arrancar.

Nikolai se incorporó sutilmente, apoyando el mentón en el pecho de Thomas para mirarlo de frente.

Sus ojos, de ese azul gélido que tantas veces había reflejado la frialdad de los peores ambientes criminales, brillaban ahora con una chispa nueva, una luz franca que la cercanía de la libertad real había encendido por fin.

—Es una sensación extraña —dijo el ruso, dejando que sus dedos se enredaran en la mano de Thomas—.

Despertar y no sentir ese peso en la boca del estómago.

Durante años, mi cuerpo ha sabido que el peligro estaba ahí incluso antes de que yo abriera los ojos.

Hoy... hoy el silencio no parece una trampa.

—Porque ya no lo es —aseguró Thomas, entrelazando sus dedos con los de él—. La red se cerró. Mientras dormías, las noticias no paraban de actualizarse. No queda nada de lo que nos perseguía, Nikolai. Absolutamente nada. Es como si una tormenta gigante hubiera limpiado el mapa de un plumazo.

Nikolai sonrió, una sonrisa franca y desarmada que borró por completo las líneas de dureza de su rostro.

Se inclinó hacia delante y buscó los labios de Thomas en un beso pausado, cálido, que no tenía la urgencia del miedo ni el sabor amargo de las despedidas inminentes.

Era un beso que sabía a mañana, a sábanas limpias y a un tiempo que empezaba a pertenecerles por derecho propio.

Las manos de Thomas se deslizaron por la espalda del ruso, reconociendo cada relieve de su musculatura, pero esta vez con una parsimonia que celebraba la vida recuperada.

—¿Sabes qué es lo que más me impresiona? —murmuró Nikolai con el rostro a pocos centímetros del de Thomas—. El silencio de los teléfonos. Llevamos horas sin que suene una sola alarma. Empezaba a pensar que ese zumbido se quedaría en mi cabeza para siempre.

—A partir de ahora, los únicos sonidos que vas a tener que aguantar son los que tú elijas —le prometió el australiano, acariciándole el costado—. Aunque admito que ver a d'Antonio caer de esa manera ha sido el mejor somnífero del mundo. Su imperio de papel se desmoronó en un segundo.

—Se creían dioses invisibles —comentó Nikolai, ensanchando su sonrisa—. Pero resulta que los dioses también son vulnerables cuando les quitas el suelo. Pensar en Ghiberti viendo entrar a sus propios hombres en su despacho... es una imagen que pienso saborear durante los próximos cincuenta años.

—Tenemos esos cincuenta años para eso y para mucho más —repuso Thomas con optimismo—. El tablero se ha roto. Ya no somos las piezas de nadie. Las cartas están de nuestro lado.

Permanecieron un largo rato así, envueltos en la comodidad del edredón, compartiendo caricias que ya no eran un consuelo en mitad de la batalla, sino los cimientos de su nueva normalidad.

La alegría, un concepto que ambos habían desterrado de sus vidas hacía demasiado tiempo, flotaba en el aire de la habitación con la naturalidad del sol que cruzaba las persianas.

Estaban vivos, estaban juntos y, por primera vez, el futuro no era una amenaza brumosa, sino un lienzo completamente en blanco.

Finalmente, Nikolai dio una palmadita suave en el pecho de Thomas y se sentó en el borde del colchón, estirando los brazos con una elasticidad que denotaba lo mucho que su cuerpo había agradecido aquellas horas de sueño ininterrumpido.

—Si seguimos aquí metidos, Sheehan, acabaré creyendo que esto es un simulacro y que en cualquier momento Smith tirará la puerta abajo —bromeó, lanzándole una mirada cargada de picardía—. Además, el agua caliente de este sitio es un lujo que no pienso seguir ignorando. Vamos.

Thomas se incorporó con una risa ligera y lo siguió hacia el cuarto de baño.

El espacio, revestido de azulejos claros y modernos, pronto comenzó a llenarse del vapor denso, fragante y acogedor del agua hirviendo.

Se metieron juntos bajo el gran chorro de la ducha, dejando que la presión del agua templada les golpeara los hombros y les arrastrara los últimos residuos del cansancio acumulado, la rigidez del búnker y los restos de la tensión del Viejo Continente.

Bajo la cortina de agua, Nikolai rodeó la cintura de Thomas con los brazos, apoyando la espalda contra el cristal de la cabina mientras el jabón se deslizaba por sus cuerpos entrelazados.

No había prisa, ni sombras, ni secretos entre ellos.

Thomas le sostuvo el rostro entre las manos, dejando que el agua les corriera por las mejillas mientras lo besaba con una devoción profunda, saboreando la certeza absoluta de la supervivencia.

Nikolai respondía con la misma intensidad, aferrándose al australiano con una alegría desbordante que se manifestaba en pequeñas risas entre beso y beso.

Era una celebración del cuerpo, de la libertad y de la suerte de haber salido intactos de un laberinto que se había tragado a tantos otros.

Cuando terminaron, se secaron el uno al otro con toallas mullidas, prolongando el juego de las caricias en mitad del vapor del baño.

Se vistieron con la ropa civil limpia que les habían proporcionado: vaqueros cómodos y jerséis de lana suaves que los protegían del clima del norte.

Al mirarse al espejo mientras se peinaban, ya no vieron los rostros demacrados y en alerta de los fugitivos; la luz de sus ojos había cambiado, reflejando una esperanza sólida que ninguna organización criminal podría volver a apagar.

Salieron del apartamento cogidos de la mano, disfrutando de la sencillez de caminar por las calles de La Haya como dos turistas cualesquiera.

El viento fresco de la tarde les dio en la cara, pero ya no se sentía gélido ni hostil, sino extrañamente tonificante.

Se dirigieron hacia el hotel de cuatro estrellas donde Brian Smith y Agata Vargas se habían alojado tras cerrar la operación, un edificio elegante que combinaba la arquitectura clásica holandesa con amplios ventanales modernos.

Al entrar en el restaurante del hotel, situado en la planta baja con vistas a un jardín interior cubierto de escarcha, el ambiente que los recibió fue radicalmente distinto al del búnker de la Europol.

El espacio olía a café recién molido, a bollería horneada y al aroma reconfortante de la cocina del norte.

En una mesa redonda situada cerca de una chimenea encendida, que arrojaba un resplandor cálido sobre el suelo de madera, se encontraban los dos inspectores.

Brian Smith, despojado por una vez de su habitual rigidez institucional, vestía una chaqueta de tweed informal y mantenía una taza de porcelana entre las manos.

A su lado, la inspectora Agata Vargas se había quitado la guerrera del uniforme, vistiendo solo una camisa blanca con las mangas ligeramente remangadas, y lucía un semblante donde las arrugas de cansancio habían sido sustituidas por una expresión de inmensa satisfacción.

Sobre la mesa ya no había pantallas con códigos de asalto, sino los restos de un almuerzo tardío y una botella de vino blanco que ya iba por la mitad.

Al ver entrar a la pareja, Agata se levantó de inmediato con una sonrisa radiante que transformó por completo su habitual severidad policial.