AMOR DIVINO Capítulo 37 La isla donde el océano borra las huellas #2
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Capítulo 37 La isla donde el océano borra las huellas #2

—¡Pero miren a quiénes tenemos aquí! —exclamó la inspectora italiana, abriendo los brazos—. Por un momento pensé que tendríamos que enviar una orden de busca y captura solo para sacarles de la cama.

Thomas y Nikolai se acercaron a la mesa, contagiados por la energía festiva que se respiraba en el lugar. Smith también se puso en pie, extendiendo la mano a Thomas primero y luego a Nikolai con un apretón firme y un respeto sincero que raras veces mostraba un alto cargo de su nivel.

—Bienvenidos, caballeros —dijo Smith, haciendo un gesto para que los camareros trajeran dos sillas más y copas limpias—. Estábamos celebrando que los tribunales de media Europa van a estar ocupados durante los próximos diez años gracias a ustedes. Siéntense, por favor.

—Vaya aspecto tenéis —comentó Agata, mirándolos de arriba abajo con complicidad mientras se sentaban—. El aire de La Haya les ha sentado de maravilla. Se os ve... diferentes. Libres.

—Nos sentimos libres, Agata —respondió Thomas, dejando que Nikolai se acomodara a su lado y tomara la copa de vino que el camarero acababa de servir—. Aunque admito que ver la luz del sol sin una pantalla delante todavía resulta un poco desorientador.

—Pues id acostumbrándoos —dijo Smith, levantando su copa para proponer un brindis—.

Por la Operación Burbuja. Y por los dos hombres que consiguieron lo que tres agencias internacionales no lograron en una década.

Su trabajo ha sido impecable, caballeros.

Toda la cúpula de la Bratva está bajo custodia, los activos financieros han sido congelados y el canal del Vaticano está completamente sellado. Han limpiado el tablero.

Las copas chocaron con un tintineo limpio que resonó con fuerza junto al calor de la chimenea. Nikolai bebió un sorbo largo, disfrutando del sabor afrutado del vino, sintiendo cómo la calidez del líquido le bajaba por el pecho.

—El mérito también es vuestro por confiar en las matemáticas de Thomas y en mis recuerdos —dijo el ruso, mirando a los inspectores con una gratitud sincera—. Muchos otros nos habrían utilizado como cebo y nos habrían dejado tirados en cualquier cuneta de Italia.

—En esta agencia cumplimos la palabra dada —afirmó Smith con solemnidad, apoyando los codos en la mesa—. Especialmente cuando se demuestra un valor y una eficacia como la que ustedes han tenido. Habéis sido los activos más valiosos que este despacho ha coordinado jamás.

La conversación continuó de manera distendida durante un buen rato.

Agata relató entre risas algunas de las anécdotas del caos administrativo que se había organizado en los despachos de la Europol ante la avalancha de detenciones simultáneas, y cómo los abogados de los fondos pantalla de Ginebra no sabían a qué ventanilla llamar al ver sus saldos reducidos a cero.

Era una charla alegre, llena de la complicidad de quienes han compartido el fondo del abismo y ahora disfrutan de la superficie.

Sin embargo, a medida que la tarde avanzaba y la luz exterior comenzaba a teñirse con los tonos violetas del crepúsculo holandés, el ambiente se volvió más íntimo.

Thomas miró de reojo a Nikolai, sintiendo que el momento de resolver la gran pregunta de sus vidas había llegado.

Volvió la vista hacia Brian Smith, manteniendo esa calma analítica que lo caracterizaba.

—Brian, Agata... todo esto es maravilloso —empezó el australiano, bajando un poco el tono de la voz, atrayendo la atención de los dos policías—.

La celebración, el vino, el fin de la organización.

.. es más de lo que podíamos soñar. Pero necesitamos saber qué pasa con nosotros a partir de mañana.

¿Cuál es nuestro siguiente paso? ¿Qué pasará con nuestras vidas ahora que la tormenta ha terminado?

Smith sonrió de lado, una sonrisa enigmática pero cargada de una benevolencia absoluta. Dejó la copa sobre la mesa y se echó hacia atrás en su silla, cruzando las manos sobre el abdomen.

—Exactamente lo que acordamos, Thomas —respondió el director con tranquilidad—.

A efectos legales, Thomas Sheehan y Nikolai Kovalev han dejado de existir esta misma mañana.

Las bases de datos de Moscú, Roma y Canberra están limpias de vuestros nombres.

Ahora mismo sois dos páginas en blanco, dos fantasmas que la Europol ha decidido proteger con un celo absoluto. Podéis desaparecer si así lo queréis.

Agata se inclinó hacia delante, apoyando los brazos en la mesa y mirando a la pareja con unos ojos oscuros que desbordaban una profunda alegría y afecto.

—El consejo de la Europol ya ha firmado los fondos de reasentamiento —explicó la inspectora, con una voz suave que invitaba a soñar—.

Tenéis identidades nuevas, pasaportes limpios con los sellos de naciones soberanas que nadie podrá rastrear y una cuenta corriente que os permitirá elegir cualquier rincón del mapa para empezar de nuevo. Podéis ir a donde queráis.

—Cualquier país del mundo —insistió Smith, extendiendo una mano de forma generosa—.

Si queréis volver a Australia, os podemos situar en una zona costera con una identidad que os garantice paz absoluta.

Si preferís el Caribe, podemos compraros una villa frente a un mar de cristal en cualquier isla paradisíaca que elijáis para pasar el resto de vuestros días sin dar explicaciones a nadie.

El mundo es vuestro, muchachos. Podéis diseñar vuestro propio paraíso desde cero.

Thomas miró a Nikolai. En los ojos de azul gélido del soldado ya no había rastro del frío de Rusia ni de la violencia de las calles de Roma; solo había una inmensa llanura de paz, el reflejo de un deseo compartido que no necesitaba de las matemáticas para justificarse, un entendimiento silencioso que se había forjado en los peores momentos y que ahora florecía a la luz de la libertad real.

La imagen de una lona cubriendo una furgoneta verde azulada en un rincón del norte regresó a sus mentes, no como una pérdida triste del pasado, sino como el faro absoluto que los guiaría para siempre.

Agata, viendo la intensidad de la mirada que se intercambiaba la pareja, ensanchó su sonrisa franca, esa que borraba cualquier rastro de la dureza policial de su rostro, y les preguntó con una curiosidad rebosante de emoción:

—Y bien... ¿a dónde queréis ir?

Thomas y Nikolai se volvieron hacia ella al mismo tiempo, con los rostros iluminados por una alegría desbordante y limpia, y gritaron a la vez:

—¡Queremos volver a La Palma!

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