AMOR DIVINO Capítulo 36 La parodia de la huida #3
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Capítulo 36 La parodia de la huida #3

Monseñor d’Antonio se incorporó a la cola de pasajeros, situándose detrás de una familia que cargaba con tres carritos de bebé y varias bolsas de playa.

El corazón le golpeaba las costillas con una violencia que le dificultaba la respiración; sentía que el aire de la terminal se había vuelto espeso, caliente, insoportable.

Las cremalleras del chándal le pesaban como si fueran de plomo y el fajo de billetes oculto en el calcetín le obligaba a caminar apoyando el peso en el lateral del pie izquierdo, provocándole una cojera ligera que acentuaba el carácter grotesco de su marcha.

Mientras avanzaba centímetro a centímetro en la fila, la imagen de otra de sus víctimas acudió a su mente con la nitidez de una fotografía revelada en ácido.

Una anciana viuda de la aristocracia romana, la condesa Elena di Sangro, que en su testamento había legado todo su patrimonio inmobiliario —tres palacios en el centro histórico de Roma y una finca de viñedos en la Toscana— a una orden de beneficencia para niños huérfanos que dependía de la diócesis.

D’Antonio, valiéndose de un vacío legal en los estatutos de la fundación y de la falsificación de la firma de la anciana en las últimas semanas de su agonía en el hospital Gemelli, había desviado el legado hacia una sociedad holding con sede en Delaware que la Bratva utilizaba como tapadera.

La orden de beneficencia nunca recibió un céntimo; los huérfanos fueron realojados en instituciones públicas masificadas del sur y los palacios de la condesa se convirtieron en apartamentos de lujo para turistas extranjeros controlados por las empresas de Volkov.

Recordaba el día en que la nieta de la condesa, una mujer joven que vestía un traje de luto sencillo, acudió a su despacho para implorar que al menos se respetara la voluntad de su abuela de mantener abierta la pequeña guardería de los huérfanos.

D’Antonio la había recibido con una fría cortesía eclesiástica, ofreciéndole una estampa de la Virgen de los Dolores y recordándole que los caminos del Señor eran inescrutables y que las leyes de la propiedad privada no entendían de sentimientos sentimentales.

La joven lo había mirado con una mezcla de horror y asco, antes de decirle que el diablo no vestía de rojo, sino con la sotana de los administradores que vendían los templos para pagar las deudas de los criminales.

Él se había reído por dentro, seguro de que la justicia humana nunca podría traspasar los muros de granito de la banca del Vaticano.

Y ahora, la justicia humana estaba a menos de diez metros de distancia, encarnada en dos policías de veinte años que revisaban los documentos de identidad con la desgana propia de la rutina aeroportuaria.

La cola avanzó un paso más. D’Antonio se encontraba ya a las puertas del filtro de seguridad.

Sacó de la mochila barata que llevaba al hombro el pasaporte a nombre de Stefano Moretti y la tarjeta de embarque impresa en papel arrugado.

Sus dedos temblaban tanto que el papel emitió un sutil rítmico, un tableteo que llamó la atención de un operario del aeropuerto que gestionaba la fila.

—Señor, por favor, coloque sus pertenencias en las bandejas de plástico —dijo el empleado, mirándolo de arriba abajo con una mezcla de curiosidad profesional y diversión contenida al reparar en la vestimenta del clérigo—. Las llaves, las monedas y.… esa gorra, si es tan amable.

—No es necesario quitarse la gorra —respondió d’Antonio con un hilo de voz, intentando mantener la entonación autoritaria que solía emplear con los ujieres de la curia—. Tengo una... una afección dermatológica en el cuero cabelludo que me impide exponerlo al aire.

El empleado arqueó las cejas, reteniendo una sonrisa burlona ante el acento aristocrático del hombre disfrazado de chándal azul eléctrico y con churretes negros corriéndole por las mejillas.

—Las normas son las normas, caballero. Todo lo que lleve en la cabeza debe pasar por el escáner de rayos X. Quítesela, por favor.

D’Antonio sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Si se quitaba la gorra, el tinte escurrido y la calva tonsurada que delataba su condición eclesiástica quedarían expuestos a la vista de todos.

Miró hacia los lados, buscando una vía de escape, una puerta de servicio, un pasillo lateral por el que poder huir de la luz del flexo de la realidad, pero se encontraba atrapado en el pasillo de barras de aluminio que delimitaba la fila de seguridad.

Detrás de él, una docena de pasajeros comenzaban a quejarse por el retraso, emitiendo murmullos de impaciencia en varios idiomas.

—¡Vamos, abuelo, que perdemos el vuelo! —gritó un joven desde atrás, desatando una oleada de risas ahogadas en la fila.

—¡Quítese la gorra de una vez, que no estamos en una discoteca! —secundó otro pasajero, señalando los colores chillones del atuendo del monseñor.

Ettore d’Antonio, el hombre que había manejado presupuestos de cientos de millones de euros y cuyas decisiones afectaban a la política exterior de la Santa Sede, se vio convertido en el centro de atención de una terminal de aeropuerto, ridiculizado por una multitud de turistas en bañador y mochileros que lo contemplaban como a un personaje de comedia rancia, un viejo ridículo que pretendía rejuvenecer a base de poliéster y logotipos de bebidas energéticas.

Con los ojos empañados por las lágrimas de la humillación, d’Antonio levantó la mano derecha para retirarse la gorra verde fosforescente.

Sus dedos, habituados a la precisión de las firmas notariales, se enredaron en la visera plástica, provocando que la gorra saliera despedida hacia atrás con un movimiento brusco.

Al caer al suelo, dejó al descubierto una cabeza calva en su parte superior, rodeada por un anillo de cabello canoso que el tinte negro había convertido en un desastre de parches oscuros y blanquecinos, cruzado por las líneas del sudor que habían arrastrado el carbón de la pintura hasta las orejas dobladas.

El silencio que siguió a la revelación duró apenas un segundo, roto por una carcajada limpia y sonora que estalló a su izquierda, donde un grupo de estudiantes británicos que esperaban para facturar sus mochilas presenciaron la escena.

La risa se extendió por la fila de seguridad como una mecha encendida; los pasajeros se daban codazos unos a otros, apuntando con el dedo al hombre del chándal azul que permanecía inmóvil bajo los fluorescentes, con la cabeza pintada de negro y las gafas de espejo torcidas sobre la nariz humedecida.

No había pánico en los ojos de la multitud; no veían en él al maquiavélico titiritero de las sombras, al socio de la mafia rusa que había provocado el dolor de familias enteras y el desvío de los fondos de la Iglesia.

Veían a un anciano patético, un impostor mal disfrazado que daba más pena y risa que el peor de los delincuentes.

La caída del mito del poder se había completado de la manera más cruel para un hombre de su vanidad: a través de la burla de los ignorantes.

—¿Monseñor Ettore d’Antonio? —Una voz firme, modulada en un italiano aséptico y profesional, cortó el murmullo de las risas a su espalda.

D’Antonio se giró despacio, con el movimiento pesado de un autómata que se ha quedado sin cuerda.

Frente a él, emergiendo de la multitud que se apartaba a su paso con una mezcla de curiosidad y respeto instintivo, se encontraban cuatro hombres vestidos con trajes oscuros y gabardinas civiles.

No llevaban uniformes llamativos, pero la rigidez de sus posturas y las acreditaciones magnéticas que colgaban de sus cuellos con el logotipo azul de la Europol y la Guardia di Finanza delataban su condición antes de que abrieran la boca.

Al frente del grupo caminaba el inspector de los Carabinieri, Marco Valenti.

Fiel a ese carácter informal que lo definía, avanzaba con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y una actitud extrañamente relajada, casi indolente, que contrastaba con la gravedad del momento.

Sus ojos, cargados con el cinismo resabiado de quien lo ha visto todo en las calles de Roma, analizaron la figura del clérigo de arriba abajo, deteniéndose en el chándal azul y los churretes de tinte, con una mezcla de desprecio profesional y lástima contenida.

Sin perder esa parsimonia tan suya, Valenti sacó una mano del bolsillo para sostener la tableta digital donde parpadeaba la orden de detención internacional emitida esa misma madrugada desde el Tribunal de La Haya, clavando una mirada tranquila en el monseñor que indicaba que, para él, la caza había terminado.

—Queda usted detenido en virtud de la orden de arresto europea número 405/2026 —declaró el inspector, dando un paso al frente y situándose a menos de medio metro del monseñor—.

Se le acusa de los delitos de lavado de dinero a gran escala, asociación ilícita con organizaciones criminales transnacionales, falsificación de documentos oficiales y desvío de fondos de beneficencia.

Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga. ..

—Es un error —balbuceó d’Antonio, intentando dar un paso hacia atrás, pero chocando con la barra de aluminio del filtro de seguridad—. Yo soy un diplomático del Estado de la Ciudad del Vaticano. Exijo hablar con el nuncio apostólico. Exijo mis derechos...

El inspector de la policía italiana no se inmutó ante la protesta estéril.

Con un movimiento rápido y coordinado, los dos agentes que lo acompañaban se situaron a los lados de d’Antonio, sujetándolo por los brazos flojos cubiertos por el poliéster azul.

El contacto del metal frío de las esposas contra sus muñecas viejas provocó en el monseñor un estertor, un gemido de debilidad que sonó ridículo en mitad del gran vestíbulo.

Al cerrarse los trinquetes de acero con un chasquido seco, las gafas de sol de espejo se le deslizaron definitivamente de la nariz, cayendo sobre el suelo de linóleo y estallando en mil pedazos plásticos bajo la bota de uno de los agentes.

Sin la máscara del cristal reflectante, los ojos de Ettore d’Antonio quedaron expuestos a la luz del mediodía: unos ojos pequeños, hundidos en órbitas flácidas, fijos en el suelo manchado de tinte de pelo, vacíos de la soberbia que durante treinta años había sido su único credo.

La multitud que llenaba la terminal de Ciampino se había agolpado alrededor del cordón de seguridad, observando la escena con los teléfonos móviles levantados para grabar el arresto del hombre del chándal azul.

Los comentarios se cruzaban en voz alta, sazonados por la ironía del pueblo romano, que siempre ha sabido reconocer la caída de sus falsos ídolos con una mezcla de desparpajo y crueldad callejera.

—Mira el purpurado de la Vía del Corso... ¡Se ha equivocado de pasarela! —gritó un taxista desde la salida, provocando una nueva oleada de risas en el vestíbulo.

—¡Oye, monseñor, guarda un poco de ese chándal para el patio de la prisión, que allí hace frío en invierno! —secundó una mujer que limpiaba los cristales de la cafetería.

Los agentes de la Europol comenzaron a guiar al detenido hacia la salida de servicio del aeropuerto, cruzando el pasillo humano que se había formado en el vestíbulo.

D’Antonio avanzaba con la cabeza baja, sintiendo que los restos del tinte negro le nublaban la vista y que los mocasines de imitación se le salían del talón a cada paso, obligándolo a arrastrar los pies de una manera patética que acentuaba su ridiculez.

No había solemnidad en su marcha; no había la dignidad trágica de los grandes derrotados de la historia.

Era el final de un contable corrupto atrapado en un disfraz de saldo, expuesto a la burla de los mismos infelices a los que durante décadas había considerado simples números en sus balances de codicia.

Mientras las puertas automáticas de cristal de la terminal de Ciampino se abrían para dar paso a la comitiva policial, el aire caluroso del verano romano golpeó el rostro manchado de monseñor d’Antonio.

Fuera, tres furgones de la policía con las luces azules parpadeando en silencio esperaban sobre la acera, rodeados por un enjambre de fotógrafos de prensa que habían acudido al aviso de la Europol.

Los flashes de las cámaras comenzaron a estallar con una frecuencia cegadora, fijando para siempre en las portadas de los periódicos del día siguiente la imagen del gran estratega de las finanzas vaticanas reducido a un guiñapo azul eléctrico, esposado y escoltado por agentes civiles hacia la oscuridad de un calabozo sin ventanas.

El murmullo de las risas del aeropuerto fue lo último que Ettore d’Antonio escuchó antes de que la puerta pesada del furgón policial se cerrara tras él con un golpe metálico que sepultó su pasado bajo el peso del olvido definitivo, mientras en el sótano tres de La Haya, las pantallas seguían pasando del rojo al verde, borrando las últimas huellas de su imperio de las cuentas de la historia.

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