Capítulo 36 La parodia de la huida #2
La caída del Vaticano no había sido menos fulminante que la de los muelles de Amberes.
Mientras d'Antonio avanzaba hacia los mostradores de facturación, la Gendarmería Vaticana, actuando bajo una orden de detención extraordinaria firmada por el mismísimo secretario de Estado y respaldada por las pruebas de la Europol, había entrado en las oficinas de la Fundación de la Santa Faz.
El inspector jefe Ghiberti, el cómplice uniformado de d’Antonio, el hombre que había utilizado su placa y el control absoluto de la seguridad de la Santa Sede para cubrir las espaldas de la Bratva y asegurar el desvío de los trescientos millones de la fundación, había sido arrestado en su propio despacho oficial del cuartel de la Gendarmería, a escasos metros de la Porta Sant'Anna.
Ghiberti se encontraba revisando los cuadrantes de las patrullas matinales, apurando un café espresso servido en una taza de loza barata, cuando las puertas de su oficina se abrieron sin llamar, quebrando el silencio militar del edificio.
El fiscal adjunto del tribunal vaticano, escoltado por dos de los propios subordinados de Ghiberti —muchachos jóvenes a los que el inspector jefe había instruido en la lealtad ciega al cuerpo—, avanzó con el documento de destitución y arresto inmediato firmado por la Secretaría de Estado en la mano izquierda y las esposas de dotación en la derecha.
Ghiberti había intentado invocar su rango, los reglamentos internos de la fuerza y su hoja de servicios al servicio de tres pontificados, levantándose de su sillón de cuero con tal violencia que tiró el tintero sobre los informes de seguridad.
Sus manos, habituadas a sostener el arma reglamentaria y a firmar las órdenes de expulsión del territorio soberano, temblaban como hojas secas mientras sus propios hombres le retiraban los galones de la chaqueta, despojándolo de las insignias de mando antes de sujetarle las muñecas a la espalda.
El joven cabo que custodiaba la puerta se había limitado a cuadrarse, mirando al techo con los ojos empañados para evitar ver la vergüenza de su superior, mientras el que fuera el hombre más temido de los pasillos vaticanos era conducido por la escalera de servicio hacia un furgón camuflado que esperaba en el Cortile del Belvedere.
No hubo dignidad en el arresto; Ghiberti, con la guerrera desabrochada, el pelo ralo revuelto y la mirada desquiciada de quien sabe que las celdas que él mismo gestionaba se convertirían en su tumba, parecía un desertor atrapado en el frente.
La soberanía de los cuerpos de seguridad vaticanos, el escudo de impunidad detrás del cual la mafia y los corruptos habían escondido sus secretos desde los tiempos del banco Ambrosiano, se había quebrado en una mañana, demostrando que cuando el dinero desaparece, los uniformes que lo custodian se vuelven tan vulnerables como el barro.
D’Antonio recordó otra escena del pasado, una que le provocó un escalofrío de remordimiento estéril.
Fue en el año 2005, durante los meses posteriores al cónclave.
Un joven sacerdote de la prefectura de asuntos económicos de la Santa Sede, un idealista originario de las colinas de Umbría que creía firmemente en la pureza del mensaje evangélico, había acudido a él con una carpeta repleta de balances que demostraban el lavado de dinero de los bonos del tesoro a través de cuentas fantasmas del Instituto para las Obras de Religión.
El muchacho tenía los ojos encendidos por el celo de la verdad, convencido de que d’Antonio, como su superior directo, se escandalizaría ante la podredumbre.
El monseñor lo había recibido con una amabilidad paterna, le había servido un vaso de agua de la jarra de cristal de Murano y se había tomado el tiempo de repasar cada línea con él.
Cuando terminaron, d’Antonio se levantó de su sillón, caminó hacia la ventana que daba a la Plaza de San Pedro y, sin volverse, le había dicho al joven que la Iglesia necesitaba del barro del mundo para sostener las columnas del cielo, y que la verdad, a veces, era un lujo que los mártires podían permitirse, pero los administradores no.
El sacerdote se negó a callar; dos semanas más tarde, tras una campaña sistemática de calumnias orquestada por d’Antonio en los pasillos de la curia que lo acusaba de desviaciones morales y desequilibrio psíquico, el muchacho fue destituido de sus funciones y recluido en un monasterio de clausura en los Apeninos, despojado de su dignidad sacerdotal y con la mente destrozada por el aislamiento.
D’Antonio recordaba la mirada de desprecio y dolor que el joven le había lanzado el día que recogió sus pertenencias personales en una caja de cartón.
En aquel momento, el monseñor se había sentido un dios, un cirujano necesario que amputaba un miembro sano para salvar el cuerpo corrupto del imperio financiero.
Y ahora, el gran cirujano de la curia caminaba por Ciampino buscando un cuarto de baño donde poder vomitar la hiel del miedo que le llenaba la boca.
Se metió en el aseo de caballeros de la zona de salidas, un espacio cubierto de azulejos blancos desconchados que olía a desinfectante industrial de pino y orina.
El espectáculo que ofrecía el espejo encima de los lavabos era desolador.
D’Antonio se quitó las gafas de sol con dedos torpes y contempló su rostro.
El sudor había provocado que el tinte negro barato que se había aplicado en el cabello la noche anterior en la habitación de un hotel de paso se escurriera por las patillas en unos surcos oscuros, grisáceos, que le manchaban las mejillas y el cuello del chándal azul.
Parecía un payaso triste que se había derretido bajo los focos del circo.
Intentó limpiarse con un trozo de papel higiénico basto, pero lo único que consiguió fue extender la mancha, creando un borrón carbonoso que le daba el aspecto de un deshollinador de opereta.
—No puede acabar así —susurró, y su propia voz, despojada de la acústica imponente de las capillas vaticanas, sonó como el chillido de una rata atrapada—. Yo soy Ettore d’Antonio. Yo salvé la fundación. Yo traté con Volkov.
La mención del nombre del capo ruso le trajo a la memoria la reunión secreta que mantuvieron tres años atrás en una suite privada del hotel Hassler, junto a la escalinata de la Piazza di Spagna.
Volkov, un hombre que vestía la violencia en los ojos como otros visten una condecoración, se había sentado frente a él con una botella de vodka de importación y un plato de caviar sobre hielo.
D’Antonio no se había amilanado ante los tatuajes que asomaban por los puños de la camisa del ruso, ni ante la presencia de dos guardaespaldas armados que permanecían junto a la puerta como torres de carne.
Con la calma de quien negocia el precio de las velas para el altar, el monseñor había establecido los porcentajes de comisión para el lavado de los fondos de la prostitución y el tráfico de armas de la Bratva a través de las fundaciones benéficas de la Santa Sede.
Había sido un acuerdo perfecto, un puente tendido entre el submundo del crimen y el corazón de la cristiandad, sellado con un brindis en copas de cristal de baccarat.
En aquella habitación, d’Antonio se sabía el arquitecto de una nueva era, el hombre que unificaba el poder del acero ruso con la legitimidad del dinero papal.
¿Dónde estaba Volkov ahora? Muerto, probablemente, o encerrado en alguna celda de aislamiento de alta seguridad en Moscú, traicionado por sus propios lugartenientes tras el apagón financiero que Thomas había provocado.
Y él, el socio purpurado del capo estaba en un baño público de un aeropuerto secundario, con el chándal manchado de tinte de pelo y las entrepiernas escocidas.
Un joven mochilero que acababa de salir de uno de los retretes se detuvo junto a d’Antonio para lavarse las manos.
El muchacho miró de reojo al clérigo disfrazado, deteniendo la vista en la gorra verde fosforescente, el chándal azul eléctrico y los churretes negros que le bajaban por el cuello.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en los labios del joven, que tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada antes de salir del baño sacudiendo la cabeza.
D’Antonio sintió una punzada de rabia que le devolvió por un segundo la energía.
Se colocó de nuevo las gafas de espejo, se calzó la gorra hasta los ojos y salió del baño dispuesto a cruzar el control de seguridad.
Faltaban apenas cuarenta minutos para la salida del vuelo de la aerolínea de bajo coste con destino a Tirana; un billete que había pagado en efectivo, utilizando el nombre falso de un contable fallecido cuyos documentos había conservado en su caja fuerte privada durante años para una emergencia como esta.
Albania era solo el primer paso; desde allí, a través de los contactos que aún conservaba en las redes de contrabando del Adriático, pretendía saltar hacia un paraíso fiscal en Oriente Medio donde los hilos de la Europol no pudieran alcanzarle.
El vestíbulo del aeropuerto parecía haber ganado densidad en los pocos minutos que había pasado en el baño.
Había más gente, el bullicio era más ensordecedor y la presencia de la policía de fronteras en los accesos a los filtros de seguridad parecía haberse reforzado.
Dos agentes de la Polizia di Stato, vestidos con sus uniformes azules y chalecos antibalas, permanecían junto a los torniquetes digitales charlando de manera distendida, pero con la mirada fija en el flujo de pasajeros.