AMOR DIVINO Capítulo 36 La parodia de la huida
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Capítulo 36 La parodia de la huida

El suelo de linóleo gris del aeropuerto de Roma-Ciampino reflejaba la luz mortecina de los fluorescentes con una frialdad que hería los ojos.

No era el majestuoso mármol de las estancias vaticanas, ni el travertino milenario que monseñor d’Antonio había pisado durante las últimas tres décadas con la suficiencia de quien se sabe inmortal, un príncipe de la Iglesia que caminaba entre las sombras del poder terrenal como un espectro indispensable.

Ciampino olía a combustible de aviación rancio, a café recalentado de máquina expendedora y al sudor agrio del turismo de bajo coste; un purgatorio de techos bajos y paneles de plástico donde el tiempo parecía disolverse en el murmullo de megafonías desgastadas que anunciaban vuelos retrasados hacia destinos secundarios del continente.

En mitad de aquel bullicio de maletas de ruedas y familias ruidosas, una figura avanzaba con un vaivén torpe, desacompasado, como un animal de madriguera arrastrado a la luz cegadora del mediodía.

Nadie que hubiera visto a monseñor d’Antonio apenas cuarenta y ocho horas antes, presidiendo la mesa de caoba de la Fundación de la Santa Faz con su sotana de sutil sarga romana ribeteada de seda carmesí, habría sido capaz de reconocerlo.

El hombre que había hecho temblar las finanzas de diócesis enteras y cuyos susurros inclinaban la balanza en las elecciones de los consejos de administración de la banca privada, vestía ahora un chándal de poliéster azul eléctrico, de una talla manifiestamente inferior a su envergadura, que se ajustaba de manera implacable a la redondez de su vientre, antaño disimulado bajo las capas de los tejidos sagrados.

Las cremalleras blancas de los bolsillos laterales, baratas y mal cosidas tiraban de la tela elástica provocando unas arrugas grotescas a la altura de la ingle.

Sobre la cabeza, un intento desesperado de camuflaje completaba el desastre: una gorra de béisbol de color verde fosforescente con el logotipo bordado de una conocida marca de bebidas energéticas, calzada hasta las orejas, que obligaba a sus pabellones auditivos a doblarse hacia fuera como las alas de un murciélago aturdido.

Unas gafas de sol de espejo, de montura plástica y dimensiones desproporcionadas, le cubrían la mitad del rostro, reflejando de manera distorsionada los carteles publicitarios de las tiendas de recuerdos del vestíbulo.

Cada pocos pasos, d’Antonio sufría un espasmo de terror que lo obligaba a volverse, un tic nervioso que hacía que las gafas se le deslizaran por el puente de la nariz, humedecido por un sudor frío y espeso.

Al recolocárselas con un dedo índice en el que aún se apreciaba la marca blanca del anillo pastoral que se había visto obligado a vender en una casa de empeños de los suburbios de la Vía Appia, dejaba al descubierto unos ojos enrojecidos, inyectados en sangre, que vagaban por la terminal con la fijeza desquiciada de las bestias acorraladas.

La dignidad, ese ropaje invisible que los hombres de su estirpe tejen con el hilo del miedo ajeno, se había evaporado, dejando al descubierto una osamenta moral patética, un guiñapo humano que inspiraba una desconcertante mezcla de hilaridad y asco.

Mientras sus mocasines de imitación, comprados a toda prisa en un puesto ambulante de la estación de Termini, chirriaban sobre el suelo limpio, el mundo que d’Antonio había ayudado a construir se desmoronaba al otro lado de los cristales con la precisión matemática de una demolición controlada.

Él aún no conocía los detalles, pero el eco del cataclismo resonaba en las vibraciones de su propio teléfono móvil, que llevaba oculto en el bolsillo del chándal y que no dejaba de vibrar como un insecto moribundo, preñado de mensajes de pánico que ya no se atrevía a leer.

La operación concebida en la penumbra de un sótano fortificado de La Haya por la mente analítica de Brian Smith y la memoria de hierro de Thomas y Nikolai, había caído sobre Europa con el peso de una guillotina simultánea al dar las seis de la mañana.

En Amberes, la ratonera de Kirill Tarasov se había cerrado antes de que el primer camión de la madrugada pudiera encender los faros.

Los equipos tácticos de la policía belga, moviéndose con la rapidez silenciosa de las sombras en mitad de la niebla del Escalda, habían reventado las puertas de la empresa de pescado congelado con cargas de demolición neumática.

El propio Tarasov, el temido zar de la logística de la Bratva en el Benelux, el hombre que había ordenado cortar los tendones de una docena de estibadores disidentes, había sido sorprendido en calzoncillos en su oficina, con la boca pegada al suelo que olía a amoníaco y tripas podridas, mientras un operario de la Europol extraía de la cámara frigorífica número cuatro el libro de contabilidad físico que Nikolai había descrito.

Las páginas de cuero, congeladas por el frío extremo, contenían los nombres de ministros, jueces y directores de aduanas de tres países; un inventario de la corrupción que ahora viajaba hacia los servidores centrales de La Haya.

El derrumbe de la estructura de Grigori Volkov no había sido una retirada, sino una aniquilación civil.

En la Costa del Sol española, las villas fortificadas de la organización habían sido asaltadas de manera coordinada por la Guardia Civil.

Los saldos bancarios de las empresas pantalla en Chipre, las Islas Caimán y Zúrich, que Thomas había consolidado y desviado con la ayuda de su pisapapeles óptico, se habían desvanecido de las pantallas de los ordenadores mafiosos en un lapso de sesenta segundos.

Quince mil doscientos cuatro millones de euros habían cambiado de manos, dejando las cuentas operativas de la Bratva con un saldo absoluto de cero.

Los sicarios, los abogados de bufetes de postín, los contables de Ginebra y los asesinos a sueldo descubrieron, al despertar, que sus tarjetas de crédito eran simples pedazos de plástico inservible y que las nóminas del terror ya no existían.

La maquinaria criminal del este se había quedado sin combustible en mitad de la noche; los capos rusos, despojados de su armadura de oro y conexiones, se enfrentaban a las detenciones desarmados, abandonados por los mismos políticos que hasta el día anterior limpiaban el polvo de sus zapatos.

Monseñor d’Antonio tropezó con el carrito de equipaje de una turista alemana, provocando un estrépito de aluminio que lo hizo saltar medio metro en el aire.

—¡Disgraziato! —masculló la mujer, fulminándolo con la mirada antes de estallar en una carcajada limpia al reparar en las mallas de poliéster azul que se marcaban en las pantorrillas flojas del clérigo y en su gorra fosforescente.

D'Antonio balbuceó una disculpa en un latín macarrónico que se le escapó de las entrañas, un reflejo condicionado de sus años de seminario, antes de corregirse y soltar un juramento en dialecto napolitano que sonó ridículo bajo las gafas de espejo.

Se apresuró a alejarse, arrastrando los pies, sintiendo que el tejido sintético del chándal le provocaba una rozadura insoportable en las entrepiernas, un suplicio terrenal que consideró una afrenta personal del destino.

¿Cómo era posible que él, Ettore d’Antonio, estuviera pasando por semejante humillación?

Su memoria, obstinada en devolverle la grandeza perdida para amortiguar el golpe de la realidad, viajó hacia los años dorados de la década de los noventa.

Recordó la tarde en que recibió en su despacho privado del Palacio Apostólico al emisario de un consorcio industrial milanés que pretendía desviar los fondos de ayuda humanitaria para la reconstrucción de los Balcanes.

Aquel hombre, un tipo elegante que vestía trajes de sarga italiana y olía a colonia cara, había entrado con una actitud arrogante, convencido de que la Iglesia se conformaría con unas migajas de caridad.

D’Antonio lo había escuchado sin moverse, sentado tras su mesa de nogal, con las manos entrelazadas sobre el pecho y los ojos entornados, envuelto en el aroma a incienso y cera de abejas que impregnaba las estancias vaticanas.

Cuando el empresario terminó su exposición, el monseñor no había levantado la voz.

Con una suavidad gélida, casi maternal, le había recordado la existencia de ciertas filiales bancarias en Luxemburgo que el consorcio utilizaba para pagar los silencios de la mafia calabresa en las obras de la autopista del sur.

Había sido un susurro, apenas un roce de palabras en el aire denso de la estancia, pero el rostro del milanés se había vaciado de sangre en un instante.

El hombre había salido de allí temblando, dejando sobre la mesa el ochenta por ciento de las acciones de la empresa pantalla y pidiendo clemencia de rodillas, besando el anillo del monseñor con la desesperación del reo que busca el indulto.

En aquellos tiempos, un ademán de la mano de d’Antonio bastaba para hundir una carrera política o para hacer desaparecer un expediente judicial en los laberintos de la fiscalía de Roma.

Su poder era invisible, arquitectónico; se asentaba en la certeza de que la Iglesia permanecía mientras los hombres pasaban, y él era el guardián de las llaves de esa permanencia.

Ahora, en cambio, se miraba en el reflejo de la vitrina de una tienda de bocadillos y lo que veía era un viejo gordo, disfrazado de corredor dominguero con los colores de una comparsa de carnaval, que intentaba comprar un billete de avión hacia Albania con un fajo de billetes arrugados que guardaba en el calcetín.

El contraste era tan brutal que él mismo sintió una náusea profunda, un mareo que le obligó a apoyarse en una columna revestida de publicidad de telefonía móvil.