AMOR DIVINO Capítulo 35 El laberinto de cristal #4
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Capítulo 35 El laberinto de cristal #4

Brian Smith cerró su cuaderno de notas despacio, con un gesto litúrgico, y su rostro, habitualmente tallado en piedra, reflejó una levísima contracción que bien podría haber sido una muestra de admiración absoluta, el reconocimiento del maestro ante la obra del discípulo inesperado.

—Señor Sheehan, acaba de cometer usted el mayor robo legal de la historia de la humanidad, o la mayor incautación policial del siglo, según el color del cristal con que se mire —murmuró el británico con una voz que desprendía un respeto casi reverencial—.

Mañana por la mañana, cuando los mercados se abran, se encontrarán con un desierto digital que provocará el pánico desde Moscú hasta Nueva York.

—Eso también significa que acabamos de prender fuego al polvorín, Smith —advirtió Nikolai, dando un paso hacia la mesa de roble y mirando fijamente al ex operativo del MI5 con una dureza que devolvió a la sala la realidad del peligro físico—.

Conozco a Grigori Volkov, he visto cómo reacciona cuando pierde un solo cargamento en las fronteras.

Cuando se den cuenta de que se han quedado sin un solo euro para pagar los favores de los políticos o el silencio de los jueces, no van a enviar abogados ni a interponer recursos ante los tribunales internacionales.

Van a enloquecer de rabia. Buscarán culpables con la desesperación de un lobo herido y matarán a cualquiera que huela a traición o a interferencia policial.

El tiempo que tenemos antes de que el caos estalle en las calles de Europa y los sicarios empiecen a cobrar sus deudas con plomo se mide en días, tal vez en horas si algún contable avispado da la alarma antes de tiempo.

—Nikolai tiene razón —coincidió Agata, con la mano apoyada de forma instintiva en el lateral de su cinturón, donde el peso de su arma reglamentaria le recordaba que la ley a veces necesita del acero para sostenerse—.

Si no ejecutamos las detenciones de forma simultánea e inmediata en todos los puntos que Nikolai ha marcado en el mapa, la organización se dispersará en la clandestinidad más absoluta o iniciará una purga sangrienta que dejará las calles de nuestras ciudades cubiertas de cadáveres para borrar los rastros.

Tenemos que lanzar el operativo ya, sin esperar a que los ministros terminen de redactar sus notas de prensa falsas.

Brian Smith caminó hacia la consola central de la sala de reuniones y pulsó un botón rojo que activó la línea de comunicación directa con el centro de mando conjunto de la Europol e Interpol, una red reservada para las grandes crisis que amenazan la estabilidad de las fronteras.

Las pantallas de la pared se encendieron de inmediato, mostrando los rostros cansados y tensos de los jefes de operaciones especiales de las policías de Francia, Bélgica, Alemania, España e Italia, hombres que permanecían a la espera en sus respectivos cuarteles generales sin saber qué hilo iba a mover el británico desde La Haya.

—Señores —dijo Smith, modulando su voz con la frialdad metálica que requería el momento, asumiendo el mando con la naturalidad del general que inicia la ofensiva final—.

El activo financiero ha sido asegurado, el capital operativo de la organización ha sido interceptado en su totalidad.

Activamos la fase de ejecución de la Operación Burbuja de manera inmediata.

Tienen las coordenadas de las terminales de contenedores, las identidades de los cabecillas logísticos y la ubicación de las pruebas físicas que nuestros informantes nos han facilitado desde Amberes hasta Algeciras.

Procedan a la movilización de las unidades tácticas sin dilación; el despliegue debe completarse antes del amanecer, aprovechando la hora del lobo.

Las pantallas comenzaron a parpadear mostrando el inicio de los protocolos de actuación, un baile de siglas y códigos policiales que indicaba que la orden había sido transmitida.

Los equipos SWAT de la policía belga iniciaron la marcha hacia los muelles del Escalda, las unidades de intervención de la Guardia Civil en España se desplegó́ en las inmediaciones del puerto de Algeciras y las fuerzas especiales de la policía nacional francesa se internaron en los suburbios de París.

Era una maquinaria descomunal que se ponía en marcha gracias a la combinación de un fragmento de papel cebolla escrito a mano y el recuerdo de un puerto australiano grabado en un pisapapeles de cristal que Thomas seguía acariciando con los dedos en la penumbra del sótano.

La noche avanzó sobre La Haya, sumiendo a la oficina del sótano tres en una calma tensa, asfixiante, de esas que huelen a café frío y a miedo contenido, donde cada tic-tac del reloj de la pared parecía un aviso del destino que los esperaba al salir el sol.

Nadie abandonó la sala blindada; los camareros del complejo de seguridad les habían llevado jarras de café caliente y sándwiches que permanecieron prácticamente intactos sobre las mesas de trabajo, pues el apetito se desvanece cuando uno está esperando el resultado de una guerra que ha provocado con sus propias manos.

Thomas se sentó en uno de los sillones de cuero de la sala de reuniones, sosteniendo el pisapapeles de cristal entre sus manos, haciendo girar la semiesfera lentamente bajo la luz tenue de los monitores que seguían parpadeando con los flujos de información portuaria.

Al mirar a través del vidrio curvo, la silueta plateada del Opera House parecía flotar en un mar artificial, un refugio de infancia que lo conectaba con un tiempo en el que los números eran solo amigos abstractos, patrones de orden en un universo comprensible, y no herramientas de guerra financiera destinadas a destruir imperios criminales.

Nikolai se colocó detrás de su asiento, apoyando una mano firme sobre su hombro, un gesto que transmitía una calidez que la prosa del norte parecía empeñada en negarles.

El contacto del ruso era una constante de seguridad física en mitad de aquel laberinto de acero y cristal blindado de los Países Bajos, un recordatorio de que, pasara lo que pasara en las próximas horas, no estaban solos en el frío.

—Has estado magnífico, Thomas —dijo Nikolai en voz baja, asegurándose de que ni Smith ni Agata, que revisaban los últimos mapas operativos al fondo de la sala con gestos de preocupación, los escucharan—.

Has destruido a un imperio sin disparar una sola bala, algo que los generales de la Bratva no habrían creído posible ni en sus peores pesadillas de Siberia.

—Solo he cambiado el orden de los factores, Nikolai —respondió Thomas, con la vista fija en el cristal que distorsionaba la luz del flexo—.

Pero la mafia rusa no es una ecuación matemática que se resuelve con un borrón en la pizarra.

Son personas de carne y hueso, hombres con armas y con memoria que mañana se despertarán sabiendo que alguien les ha robado su vida y su poder, y buscarán venganza con la ferocidad de las bestias acorraladas.

—Y para cuando se den cuenta de quién les ha quitado el dinero, tendrán un equipo de operaciones especiales derribando la puerta de sus casas con cargas de demolición —sentenció el ruso con una frialdad profesional que devolvió a Thomas la confianza—.

Es el fin de la línea para ellos, Thomas, el final de un camino de sangre y extorsión que ya ha durado demasiado.

Y tal vez, solo tal vez, sea el principio de la nuestra, el inicio de una vida donde no tengamos que pedir perdón por respirar.

Agata Vargas se acercó a ellos con dos tazas de café humeante, rompiendo el círculo de su intimidad con una sonrisa cansada que denotaba el peso de la noche, pero también el alivio de ver que el plan funcionaba.

Tomó asiento frente a ellos, dejando que el aroma del café recién hecho disipara por un momento el olor a ozono de los ordenadores.

—Los primeros informes de despliegue están entrando desde las fronteras francesas —dijo la inspectora, dándole un sorbo a su taza con una parsimonia que pretendía transmitir tranquilidad—.

Las unidades tácticas ya han perimetrado la empresa de pescado congelado de Tarasov en Amberes, esperando la señal de asalto, y el equipo de la Guardia Civil está en posición en los muelles andaluces.

Todo el continente está conteniendo la respiración en este momento, esperando que den las seis de la mañana para caer sobre ellos como una red.

El frío del mar del Norte seguía golpeando el edificio blindado de la sede de la Europol en La Haya, cubriendo la ciudad con una capa de escarcha que parecía querer congelar el tiempo.

En el interior de aquel sótano fortificado, rodeados de pantallas que parpadeaban con códigos de asalto y frecuencias de radio encriptadas, la calma tensa de la noche se volvió casi sólida.

Nadie más habló. Thomas, Nikolai y Agata permanecieron con la mirada fija en los monitores, escuchando el zumbido constante de los servidores informáticos, plenamente conscientes de que la última gran jugada de su partida contra el pasado acababa de comenzar y que, por primera vez, las cartas estaban de su lado.

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