AMOR DIVINO Capítulo 35 El laberinto de cristal #3
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Capítulo 35 El laberinto de cristal #3

—D'Antonio abrió la caja de Pandora para salvar su pellejo de la quema —respondió Thomas, con el sudor frío corriéndole por las sienes mientras sus dedos seguían ejecutando los comandos de redirección con una frialdad que asombraba a la propia inspectora—.

Para garantizar la protección de la mafia rusa, el monseñor interconectó los fondos de la Iglesia con las cuentas nodriza que la organización utiliza para financiar sus operaciones a gran escala en todo el continente, desde los muelles de Amberes hasta las villas de la Costa del Sol.

Ha unificado los fondos en un solo fondo común para facilitar el blanqueo final.

Al abrir la puerta con mi clave manuscrita, tengo acceso al depósito central de la estructura de Grigori Volkov.

—¿Cuánto hay ahí dentro, Thomas? —La voz de Agata era un hilo de tensión pura, un susurro que temía romper el encanto del momento.

Thomas detuvo los dedos un segundo sobre la tecla de ejecución, la tecla que decidiría el futuro de miles de personas.

Miró fijamente la cifra que parpadeaba en el balance consolidado del terminal informático, un número que desbordaba el espacio estándar de la interfaz de la Europol, una aberración financiera.

—Hay más de quince mil millones de euros en estas cuentas, Agata —dijo Thomas con una solemnidad que helaba la sangre, una calma que parecía impropia de quien está a punto de cambiar el destino de una mafia entera—.

Es toda la liquidez operativa de la mafia rusa en Europa occidental, el dinero de los puertos, de las armas, del narcotráfico, del juego clandestino que destruye familias en los suburbios.

Todo está aquí, concentrado en una sola red de paso.

Si pulso este comando de ejecución, el algoritmo que diseñé en Roma redirigirá de forma automática e irreversible cada uno de esos céntimos a las cuentas de contingencia de la Europol aquí en La Haya.

Los dejaremos sin blanca en menos de sesenta segundos, una quiebra absoluta, una muerte civil y criminal de la que no podrán recuperarse ni con todas las armas de sus arsenales.

Al otro lado del cristal espía, ajenos por un momento al descubrimiento matemático de Thomas que estaba a punto de dinamitar el mercado negro europeo, Nikolai y el operativo británico permanecían de pie frente a la enorme mesa de roble de la sala de reuniones.

El británico había desplegado un mapa operativo de Europa salpicado de marcas de colores, un mapa que recordaba a las cartas de campaña de los generales de la gran guerra, donde cada chincheta representaba una posición de dolor o una ruta de contrabando detectada por las agencias de inteligencia durante los últimos cinco años de pesquisas ciegas.

Nikolai observaba las marcas con un desprecio mal disimulado, la superioridad del soldado que ha pisado el barro frente al burócrata que solo analiza informes de situación redactados por secretarios propensos al miedo.

Tomó un rotulador de tinta negra que estaba sobre la madera, se inclinó sobre la representación de la península ibérica y trazó una línea gruesa que conectaba el puerto de Algeciras con el de Valencia, extendiéndose luego hacia el norte, cruzando Francia como una cicatriz, hasta detenerse en el puerto de Amberes en Bélgica.

—Vuestros analistas siguen buscando el dinero en los clubes de alterne de las carreteras secundarias y en las empresas de seguridad privada de los suburbios de las grandes capitales —dijo Nikolai, clavando la punta del rotulador en la ciudad belga con una violencia que llegó a perforar el papel del mapa—.

Ahí es donde se gasta el dinero el último eslabón de la cadena, los chicos que quieren relojes de oro y coches de carreras, no donde se mueve el verdadero capital que sostiene la estructura.

La facción de Grigori Volkov no utiliza mensajeros con maletines esposados a la muñeca, eso es para las películas que veis en vuestros despachos de Londres.

Controlan las terminales de contenedores de tres de los mayores puertos de Europa, los lugares donde la burocracia se rinde ante el volumen de mercancías.

El británico se cruzó de brazos, escuchando con atención milimétrica cada palabra del exsoldado, sabiendo que esa información valía más que diez años de escuchas telefónicas autorizadas por jueces temerosos.

—Hablemos de Amberes —dijo el británico, entornando los ojos tras sus gafas de carey con un interés renovado—.

Llevamos dos años intentando interceptar los cargamentos de la terminal portuaria automatizada del ala norte, enviando equipos caninos y buzos a revisar los cascos de los barcos, pero las inspecciones de aduanas siempre dan negativo, un expediente limpio que nos avergüenza ante el ministerio.

No encontramos nada que los incrimine directamente, ni un gramo, ni un papel falso.

—Porque buscáis en los contenedores equivocados y con los métodos del siglo pasado —replicó Nikolai con una sonrisa fría que no auguraba nada bueno para sus antiguos compañeros de armas—.

La Bratva no esconde la mercancía en el doble fondo de las estructuras de acero ni en los tanques de combustible de los cargueros.

Compraron a la empresa de software que gestiona el sistema automatizado de asignación de grúas del puerto, introduciendo un troyano en las líneas de código.

Cuando un contenedor marcado con una secuencia específica llega desde las rutas del este, el sistema central lo clasifica automáticamente como vacío en tránsito y lo desvía a la zona de almacenamiento de baja prioridad, donde nadie revisa nada.

Nikolai continuó desgranando el entramado con la frialdad de quien desmonta un reloj que ya no le pertenece, poniendo nombres y apellidos a las sombras que gobernaban los muelles europeos.

—Los camiones de la organización entran a las tres de la madrugada con albaranes falsificados que el propio sistema informático da por válidos, sin que un solo guardia mueva una ceja.

El jefe de esa operación se llama Kirill Tarasov, un tipo que pasó diez años en los penales de Siberia antes de que Volkov lo trajera al oeste.

Opera desde una oficina de importación de pescado congelado en los muelles del Escalda, un sitio que huele a amoníaco y a tripas podridas.

El operativo apuntó el nombre con caligrafía rápida en su cuaderno, sintiendo la satisfacción del cazador que ve aparecer a la pieza en el claro del bosque. Teníamos constancia de Tarasov como un mero intermediario logístico, un transportista venido a más.

—No, Tarasov es el hombre de confianza de Grigori para toda la región del Benelux —corrigió Nikolai, moviendo el rotulador con un trazo firme—.

Y si queréis las pruebas físicas que resistan un juicio en el Tribunal de La Haya, no las vais a encontrar en sus ordenadores ni en sus teléfonos encriptados.

Tarasov registra cada transacción, cada soborno y cada entrada de material en un libro de contabilidad físico que guarda en una caja fuerte empotrada bajo el suelo de la cámara frigorífica número cuatro. Ahí está todo lo que necesitáis.

La puerta de comunicación entre ambas salas se abrió con un chasquido magnético que rompió el hilo de la conversación.

Agata Vargas entró con el rostro demudado por la incredulidad, seguida por Thomas, que llevaba el fragmento de papel cebolla cuidadosamente guardado de nuevo en el sobre de papel kraft, como si fuera una reliquia sagrada que ya hubiera cumplido su milagro.

El pisapapeles de la silueta del Opera House ya no estaba sobre la mesa, sino protegido.

—Brian —dijo Agata, dirigiéndose directamente a su superior con una voz que temblaba levemente debido a la descarga de adrenalina—.

Tienes que ver esto, las pantallas del ala oeste están empezando a registrar los movimientos.

Thomas lo ha conseguido, ha saltado las defensas de Zúrich y ha entrado hasta la cocina del imperio.

El británico se giró despacio, intentando ocultar el brillo de codicia profesional que se había encendido en el fondo de sus ojos oscuros, el triunfo del estratega que ve cómo su plan más arriesgado da frutos.

—¿Y bien, señor Sheehan? ¿Hemos logrado congelar los trescientos millones del monseñor y salvar la reputación de la Santa Sede? —preguntó el británico con un deje de ironía que no logró ocultar su expectación.

—Hemos hecho algo más que eso, señor Smith —respondió Thomas, llamando al operativo por su apellido real por primera vez, asumiendo una posición de igualdad que el éxito le otorgaba—.

He interceptado el nodo central de la tesorería de la Bratva, el corazón financiero que alimenta a todas las facciones del continente.

Acabo de desviar quince mil doscientos cuarenta millones de euros desde las cuentas operativas de la mafia rusa hacia los fondos de custodia judicial de esta sede.

En este preciso instante, todas las tarjetas de crédito, las líneas de financiación de las empresas pantalla y los depósitos de seguridad de Grigori Volkov en Europa tienen un saldo exacto de cero.

Les he cortado el suministro de aire, los he dejado desnudos bajo la tormenta del norte.

El silencio que siguió a la declaración de Thomas fue absoluto, un vacío que parecía absorber el zumbido de los ordenadores.

Incluso Nikolai se quedó inmóvil, mirando a su compañero con una mezcla de asombro y respeto reverencial que raras veces mostraba un hombre de su condición.

Quince mil millones de euros era una cifra que escapaba a la comprensión de un soldado que había visto matar por unos pocos miles de rublos; era el motor financiero de un imperio criminal que se había construido con la extorsión y el miedo durante más de tres décadas de impunidad.