AMOR DIVINO Capítulo 34 El pacto de la Placeta #2
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Capítulo 34 El pacto de la Placeta #2

—No eres el único que sabe hacer auditorías, Sheehan —dijo Agata con un brillo de orgullo en los ojos—.

Dos días después de vuestra huida, me colé personalmente en tu despacho antes de que los hombres de Ghiberti o la seguridad vaticana sellaran la estancia.

Sé cómo piensa la gente como tú: siempre dejáis un cabo suelto cerca de vuestra zona de confort.

Encontré el doble fondo en el escritorio.

Me llevé este papel. Está intacto. El problema es que los analistas de Smith en Londres se han pasado dos semanas rompiéndose la cabeza contra él; no saben qué significa este desorden de números, para qué sirve ni cómo descifrar el patrón sin emborronar el sentido de la secuencia.

Thomas tomó el delicado fragmento de papel cebolla entre sus manos. Al sentir la textura levemente rugosa y comprobar que las hileras de tinta manuscrita estaban perfectamente legibles, una oleada de alivio genuino y pura alegría le recorrió el rostro. Miró a Nikolai con los ojos encendidos.

—¡Es increíble! —exclamó Thomas en un susurro emocionado, alzando la vista hacia la inspectora—.

Tus analistas de Londres jamás habrían podido romperlo, Agata.

Lo que ven aquí no es una clave simple; utilicé una regla de permutación manuscrita basada en una variante del cifrado Tritemio combinada con una matriz algebraica que solo existe en mi cabeza.

Esto contiene la estructura exacta de las cuentas de d'Antonio.

Con este papel en mis manos y mi algoritmo en La Haya, puedo congelar los miles de millones de euros en un par de minutos.

Solo yo sé cómo interpretar lo que está escrito aquí.

Nikolai observó el manuscrito y luego miró a Thomas.

Vio la seguridad reflejada en el semblante de su compañero, la certeza del matemático que acaba de recuperar su mejor arma de combate.

El ruso exhaló el aire con fuerza, relajando por primera vez la tensión de los hombros.

La presencia de aquel fragmento de papel cambiaba por completo el tablero de juego.

Ya no eran dos fugitivos desarmados mendigando un rincón donde esconderse; ahora tenían el detonador del imperio de d'Antonio sobre la mesa del bar.

La tensión que un instante antes amenazaba con astillar la madera de la mesa comenzó a disolverse, dejando en el aire la consistencia densa y fría de la pura necesidad.

La desconfianza, ese instinto primario que les había permitido sobrevivir durante años en los márgenes de la ley, mutó en un pragmatismo gélido, desprovisto de cualquier atisbo de emoción.

Desnudaron las opciones sobre la mesa con la precisión de un cirujano.

No hizo falta que lo dijeran en voz alta; la certeza compartida cayó sobre Thomas y Nikolai con el peso de una losa.

Aceptar la propuesta de la inspectora no era una elección, era la única grieta de luz en un muro que se cerraba sobre ellos.

El único camino real para recuperar sus verdaderas identidades, sepultar para siempre los nombres falsos que les habían servido de mortaja y cortar el cordón umbilical que aún los unía a la violencia de su pasado en Italia.

En el horizonte de sus vidas, no quedaba otra alternativa que no fuera el abismo.

Agata Vargas sintió el sutil cambio en la atmósfera y no se molestó en ocultar el triunfo.

Una sonrisa franca, casi feroz en su determinación, iluminó por un segundo la fatiga crónica que arrastraba en las ojeras.

Sabía que aquel no era un logro cualquiera; acababa de cobrar la pieza angular, el cimiento sobre el que se alzaría el mayor operativo contra el crimen organizado europeo de la última década.

—Bien —sentenció la inspectora, su voz firme cortando el murmullo de la calle peatonal mientras recuperaba el documento que Thomas le extendía, un gesto en el que ya no quedaba rastro de vacilación—.

Entonces no hay tiempo que perder. Mañana mismo abandonaremos la isla.

He revisado los itinerarios al milímetro; el aeropuerto de La Palma tiene conexiones directas y diarias con los principales nodos de Europa.

Hay vuelos hacia Madrid y Fráncfort que nos permitirán enlazar de inmediato con los Países Bajos.

Nos moveremos bajo el paraguas de pasaportes de cobertura oficial. Ya están listos. Están limpios.

El mediodía, con su luz blanca y cegadora, empezó desaparecer, frente a los primeros compases de la tarde.

En la terraza del Bar El Ayuntamiento, bajo el cielo implacable de Los Llanos de Aridane que parecía juzgar sus vidas desde lo alto, los tres comensales continuaron desgranando la logística del viaje, ajenos al mundo que seguía girando a su alrededor.

El destino de Thomas y Nikolai, adormecido en el letargo de aquel paraíso canario, volvía a ponerse en marcha con el rugido de un motor viejo.

La paz terminaba allí; por delante les aguardaba el asalto final, un viaje hacia las entrañas del lobo para reclamar, al fin, su derecho a la libertad.

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