AMOR DIVINO Capítulo 34 El pacto de la Placeta
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Capítulo 34 El pacto de la Placeta

La mañana había transcurrido en un silencio denso y vigilante dentro de la furgoneta Volkswagen Crafter.

Nikolai condujo desde las alturas de Garafía con una parsimonia inusual, como si cada curva de la carretera del norte fuera un tablero de ajedrez que requiriera máxima concentración.

Decidieron no entrar directamente al corazón urbano de Los Llanos de Aridane para evitar ser descubiertos.

En su lugar, Nikolai maniobró con destreza el vehículo verde azulado por las avenidas periféricas hasta encontrar un espacio estratégico en la calle justo delante del Cine nuevo, a un paso del polideportivo municipal y de la estación de guaguas.

Era un punto perfecto: abierto, con múltiples vías de escape y lo suficientemente concurrido como para que cualquier movimiento extraño destacara de inmediato.

Antes de apagar el motor, Nikolai se giró hacia Thomas.

Sus ojos azules reflejaban una fría determinación.

Revisó los alrededores a través de los espejos retrovisores y, tras asegurarse de que nadie los había seguido desde el norte, asintió levemente.

No llevaban armas; en una isla tan pequeña, el acero o el plomo solo acelerarían su caída.

Su única defensa era la agudeza mental de Thomas y la letal capacidad de reacción física del ruso.

Al bajar de la Crafter, el aire del Valle de Aridane los recibió con un aire cálido.

Iniciaron la aproximación a pie de manera deliberada, estirando las piernas para rebajar la tensión acumulada en los músculos.

Caminaron bordeando el perímetro de la pista de atletismo, donde el eco de unos niños entrenando contrastaba vivamente con la gravedad de su propia marcha.

Siguieron el sendero peatonal, pasando por delante de las tapias encaladas del cementerio viejo, un remanso de paz estática que parecía ignorar las urgencias de los vivos.

Con el paso firme, avanzaron junto al colegio Mayantigo, desde cuyas ventanas abiertas se filtraba el murmullo lejano de las aulas, hasta desembocar finalmente en la Plaza Chico, un rincón entrañable y umbrío que los lugareños conocían de toda la vida como la Placeta.

Al doblar la esquina de la Placeta, el entorno se transformó por completo, abriéndose hacia la arteria peatonal y comercial del municipio.

El sol de las doce del mediodía caía con una verticalidad implacable sobre Los Llanos de Aridane, inundando el valle con esa luz blanca y deslumbrante, casi irreal, que es ley en esta vertiente de la isla.

No había tregua para las sombras. Al enfilar la calle Fernández Taño, el Bar El Ayuntamiento se presentaba no como un refugio de penumbras, sino como un oasis de intensa vitalidad, expuesto por completo al rigor de un día espléndido.

En el exterior, la terraza bullía bajo el amparo de las sombrillas, que recortaban islas de frescor sobre el pavimento adoquinado.

Aquellos lienzos tensos eran el único escudo contra el calor reinante.

Sentados a las mesas, los clientes buscaban la complicidad de una cerveza helada o un café rápido, con los ojos entrecerrados tras las gafas de sol, contemplando el ir y venir de los transeúntes como quien observa un desfile pausado y predecible.

Las grandes puertas del local, abiertas de par en par, ya no contenían el misterio de la noche; ahora eran grandes bocas por las que entraba a raudales la claridad del mediodía, desnudando cada rincón del bar y fusionando el bullicio de la barra con el murmullo alegre de la calle peatonal.

Dentro, el ambiente ofrecía un contraste inmediato: un respiro térmico, el aroma reconfortante del café recién molido y el tintineo constante de los vasos sobre el granito.

La luz del sol, filtrada con fuerza desde el exterior, rebotaba en el espejo tras la barra alargada, arrancando destellos a las botellas alineadas y exponiendo la nobleza de una madera que había visto pasar generaciones.

Ya no había espacio para los secretos nocturnos; a esta hora, los rostros de los parroquianos habituales, encaramados a los taburetes, se mostraban nítidos, francos, marcados por la rutina del trabajo o la pausa del descanso.

Era un dinamismo diurno y luminoso, donde la música ambiental apenas competía con el chocar de los platos y las risas cruzadas.

Un escenario donde la vida no se escondía, sino que se celebraba a plena luz, bajo la mirada limpia y vigilante de un cielo sin nubes.

Thomas y Nikolai cruzaron el umbral principal barriendo el espacio con la mirada.

No tardaron en localizarla. Al fondo del local, protegida por la estructura arquitectónica del edificio, se abría una acogedora terraza interior de estilo canario.

Allí, sentada a una mesa de madera bajo la luz tamizada del patio, se encontraba Agata Vargas.

Estaba sola. Frente a ella descansaba una botella de agua mineral a medio terminar y un pequeño cuaderno de notas cerrado.

No vestía la cazadora de cuero de la noche anterior, sino una camisa de lino claro que la mimetizaba con los clientes locales.

Su postura era relajada, desprovista de cualquier actitud defensiva u hostil.

A todas luces, no representaba una amenaza inmediata.

Al notar la presencia de la pareja, la inspectora esbozó una sonrisa sutil y levantó levemente la mano en señal de saludo.

El ambiente, aunque desahogado por el bullicio del mediodía y el vaivén de los camareros, seguía manteniendo un indiscutible trasfondo de tensión psicológica.

Eran, después de todo, un contable prófugo, un exsoldado de la mafia y una policía de homicidios jugando una partida clandestina a miles de kilómetros de su jurisdicción.

—Habéis venido —dijo Agata en voz baja cuando Thomas y Nikolai se sentaron en las sillas de madera frente a ella—. Me alegra ver que la lógica matemática se ha impuesto al instinto de correr.

—Estamos aquí para escuchar, inspectora, no para hacer amigos —replicó Nikolai, manteniendo la espalda recta y las manos apoyadas firmemente sobre la mesa—. Habla claro. ¿Qué cartas tiene tu jefe de la Europol?

Agata suspiró, inclinándose hacia delante para hablar en un tono que quedara sepultado bajo el murmullo general del bar.

—El plan de la Europol es tan directo como ambicioso, y es la única salida real que os queda si no queréis pasar el resto de vuestros días saltando de furgoneta en furgoneta.

Queremos llevaros a La Haya, a la central operativa de la Europol.

Allí estaréis bajo un programa estricto de protección internacional, completamente fuera del alcance de las influencias de d'Antonio en Roma y de las filtraciones de la jefatura italiana.

Nikolai entornó los ojos, desconfiado por naturaleza.

—¿Y qué espera La Haya a cambio de tanta hospitalidad? —preguntó con ironía.

—Un desmantelamiento total —respondió la inspectora con severidad—.

Queremos que tú aportes toda la información operativa, logística y de personal sobre las ramificaciones de la mafia rusa en Europa.

Conoces las rutas de blanqueo, los almacenes de Amberes, los nombres de los enlaces en España y Francia.

Queremos nombres, fechas y empresas pantalla.

Y respecto a ti, Thomas... —Agata giró sus ojos oscuros hacia el australiano—.

Necesitamos que, utilizando los códigos de acceso de la fundación de la Santa Faz, bloquees y congeles de manera fulminante todas las cuentas puente de la Bratva en Zurich y los paraísos fiscales asociados.

Si les quitamos el dinero de golpe, la estructura colapsará en cuarenta y ocho horas.

Una mafia sin liquidez es una mafia muerta.

No podrán pagar a los sicarios, ni comprar voluntades, ni sostener el escudo de d'Antonio.

Thomas escuchó el planteamiento con una calma gélida. Entrelazó los dedos sobre la mesa y negó lentamente con la cabeza, esbozando una mueca de frustración que encogió el ánimo de la inspectora.

—Es un plan excelente sobre el papel, inspectora Vargas, pero tiene un fallo técnico estructural que lo condena al fracaso —sentenció Thomas con voz pausada—.

No puedo bloquear esas cuentas desde La Haya.

Para ejecutar una contraorden de esa magnitud dentro del protocolo criptográfico de la Santa Faz, necesito las claves maestras de desencriptación de segundo nivel.

Y esas claves no están en mi cabeza ni en la nube.

Estaban almacenadas físicamente en un papel cebolla, oculto en un doble fondo secreto en el lateral de mi antiguo escritorio de roble, en mi despacho del Vaticano en Roma.

Salimos huyendo con lo puesto bajo una lluvia de balas.

No pudimos recuperarlo. Sin ese soporte físico, los códigos de Zurich son ruido digital inaccesible. No tenemos nada.

Un silencio pesado cayó sobre la mesa de la terraza interior.

Nikolai miró a Thomas con un leve gesto de asentimiento; él ya estaba al corriente de la existencia de aquel documento crucial y de lo que significaba para su seguridad.

Mientras tanto, Agata Vargas mantenía una expresión imperturbable que, lentamente, se transformó en una sonrisa de triunfo contenido ante la desesperación del contable.

La inspectora metió la mano en su bolso de lona y sacó un pequeño sobre de papel kraft, envejecido y sellado.

Lo abrió con cuidado para extraer de su interior un delicado fragmento de papel cebolla, doblado en cuatro partes, donde se apreciaban hileras de números y anotaciones manuscritas con una caligrafía meticulosa y apretada.

Lo deslizó con suavidad por la madera de la mesa hasta tocar los dedos de Thomas.