AMOR DIVINO Capítulo 33 El estallido de la burbuja #2
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Capítulo 33 El estallido de la burbuja #2

—¡Nikolai, basta! —Thomas se interpuso esta vez, colocándose delante de su compañero, clavando las manos en su pecho para frenarlo.

El contable miró a Agata Vargas; su mente matemática, entrenada para ver tres jugadas por delante en los balances de pérdidas y ganancias, ya estaba evaluando los riesgos—.

No vamos a resolver esto aquí. Es tarde, este sitio es remoto y no tenemos ninguna garantía de quién eres realmente o de quién te sigue.

—No me sigue nadie, Sheehan —aseguró Agata, manteniendo la voz firme a pesar de la presión—. Pero no tengo toda la noche.

—Escúchame bien, inspectora —dijo Thomas, adoptando un tono gélido, el mismo que usaba cuando liquidaba activos de empresas fantasmas—.

No vamos a negociar absolutamente nada en este aparcamiento.

Si Smith quiere algo de nosotros, pondremos las condiciones.

Mañana al mediodía. En Los Llanos de Aridane.

Hay un restaurante llamado El Ayuntamiento, en la calle trasera que da a la Plaza de España.

Es un lugar público, lleno de gente, en mitad del pueblo.

Si estás sola y realmente vienes de parte de Smith, te veremos allí.

Si veo un solo uniforme o un coche sospechoso en cinco manzanas a la redonda, nos desvaneceremos en el norte de la isla y no volverás a saber de nosotros, aunque utilices los satélites de tu amigo británico.

Agata Vargas observó detenidamente al australiano. Vio la determinación en sus ojos, la rigidez de una mente que prefería romperse antes que ceder bajo presión. Luego miró a Nikolai, que permanecía detrás de Thomas como una sombra dispuesta a degollarla a la menor señal.

—El Ayuntamiento. Al mediodía. Allí estaré —asintió la inspectora, dando un paso atrás para cederles el espacio físico—. No cometáis la estupidez de empaquetar las cosas y coger el primer barco a Tenerife, muchachos. El mundo es muy pequeño para los que le deben dinero a Grigori Volkov.

Sin esperar a que la inspectora añadiera una sola palabra, Thomas agarró a Nikolai de la manga de la camisa y lo arrastró hacia la puerta de la cabina de la furgoneta.

Subieron en un movimiento coordinado, sincronizado, fruto de semanas de convivencia estrecha.

Nikolai hundió la llave en el contacto y el motor diésel del 2009 rugió con un estrépito metálico que rompió el silencio de la costa.

El ruso engranó la marcha trasera, hizo girar el volante con violencia y la furgoneta maniobró sobre la grava, levantando una nube de polvo que desdibujó la figura de Agata Vargas.

En segundos, la Crafter enfiló la rampa de subida, alejándose a toda velocidad del acantilado de Nogales, dejando a la inspectora sola en la explanada bajo las primeras estrellas de la noche canaria.

El habitáculo de la furgoneta estaba sumido en una penumbra rota únicamente por el resplandor verdoso del cuadro de mandos.

Nikolai conducía con una agresividad contenida, encadenando las curvas cerradas de la carretera general del norte con una precisión quirúrgica.

Sus manos se aferraban al aro del volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.

Al lado, en el asiento del copiloto, Thomas permanecía con las rodillas pegadas a la guantera, con la mirada perdida en los haces de los faros que cortaban la negrura de las laderas de Puntallana.

Nadie habló durante los primeros quince kilómetros.

El silencio era denso, pastoso, cargado con la adrenalina residual del encuentro.

La burbuja idílica de las últimas cuatro semanas, las risas en la arena negra, las mañanas de sol en Garafía.

.. todo se había evaporado, dejando al descubierto la cruda realidad de su condición de prófugos.

—Tenemos que irnos —soltó Nikolai de golpe, sin apartar la vista de la calzada asfáltica—.

Esta misma noche. Bajamos al puerto de Santa Cruz, dejamos la furgoneta abandonada en un callejón y compramos dos billetes en el primer ferry de la línea regular.

Podemos estar en Las Palmas de Gran Canaria para mañana.

De ahí, un barco de carga hacia Cabo Verde o Sudamérica.

Tengo contactos en los muelles de Las Palmas que pueden falsificar los pasaportes en tres días si les hago una transferencia.

Thomas no se movió. Escuchó el plan de Nikolai con la frialdad de un auditor que revisa un balance.

—No servirá de nada, Nikolai —respondió Thomas, con una voz apagada pero firme—.

Piensa un momento. Usa la cabeza, no el instinto de soldado.

Si Agata Vargas está aquí, es porque Brian Smith le dio nuestra ubicación exacta.

¿Y por qué la tiene Smith? Porque él nos organizó la ruta, nos dio el vehículo y sabe exactamente qué canales utilizamos para movernos.

Si Smith puede encontrarnos con una sola llamada telefónica, significa que nunca hemos estado ocultos.

Hemos estado en libertad condicional, bajo su vigilancia, esperando el momento en que decidiera cobrarse el favor de habernos salvado en Roma.

Nikolai golpeó el volante con el talón de la mano derecha, maldiciendo entre dientes en un ruso cerrado e inteligible.

—Ese maldito bastardo del MI5... Nos usó como cebo. Sabía que d'Antonio mordería el anzuelo y ahora quiere que le hagamos el trabajo sucio.

—Agata Vargas no quiere arrestarnos —continuó Thomas, enderezándose en el asiento y girándose hacia su compañero—.

Ella lo dijo claramente: d'Antonio ha movido trescientos millones de euros hacia Zurich.

Ha estabilizado su posición con la Bratva.

Eso significa que la investigación formal de la Europol y de los carabinieri está estancada.

La policía no puede meterle mano al monseñor dentro del Vaticano si los papeles oficiales están firmados por tres cardenales y las transferencias parecen legales.

Smith está desesperado. Necesita algo que rompa ese escudo legal.

La furgoneta redujo la velocidad al entrar en un tramo de curvas enlazadas en las inmediaciones de San Andrés y Sauces. Nikolai miró de reojo al contable, su rostro iluminado por la luz tenue del tablero.

—Quiere los códigos —dijo el ruso con un deje de amargura—. Los malditos códigos de encriptación que te llevaste del servidor de la Santa Faz. Cree que con eso puede congelar las cuentas de Zurich y hundir a d'Antonio.

Thomas esbozó una sonrisa carente de toda alegría, una mueca irónica que denotaba la superioridad del matemático sobre la fuerza bruta de la policía.

—Exacto. Quiere los códigos. Pero hay un detalle crucial que la inspectora Vargas y su jefe de la Europol ignoran por completo, Nikolai. Un detalle que demuestra lo poco que entienden cómo funciona la criptografía moderna.

—¿A qué te refieres? —preguntó Nikolai, reduciendo a tercera marcha mientras la Crafter continuaba su ruta por el norte de la isla.

—Saben que hay unos códigos, pero creen que los códigos son como un fajo de billetes o un documento impreso que llevamos guardado en el bolsillo del pantalón —explicó Thomas, inclinándose hacia delante, el brillo de la inteligencia matemática regresando a sus ojos—.

Piensan que es una llave física. Pero nosotros no tenemos los códigos, Nikolai.

Físicamente, no hay nada que registrar en esta furgoneta.

Esas claves de acceso al servidor central de la Santa Faz estaban en mi escritorio en el Vaticano, recuerda que no los encontramos en nuestra visita, sin ellos no podemos desfragmentar el algoritmo de encriptación simétrica que yo mismo diseñé antes de salir de Italia.

Y aunque los tuvieran solo yo sabría como desencriptar esos códigos.

Nikolai frunció el ceño, tratando de seguir el hilo de la jerga técnica de su compañero.

—¿Y eso qué significa en cristiano, Thomas?

—Significa que los códigos son completamente inútiles por sí mismos —sentenció el australiano, enfatizando cada palabra con un gesto de la mano—.

Aunque la Bratva nos capture, aunque Agata Vargas nos ponga una pistola en la sien o, aunque Smith asalte esta furgoneta con un equipo de operaciones especiales, si no saben exactamente cómo descifrarlos, si no conocen la secuencia lógica de desencriptación que solo está grabada en mi cerebro, no tienen absolutamente nada.

Solo verían millones de líneas de ruido digital, caracteres aleatorios sin ningún valor legal ni financiero.

Yo soy la única mente capaz de hacer hablar a esos datos.

La clave no son los archivos; la clave soy yo.

Nikolai guardó silencio durante unos minutos, procesando la revelación.

La furgoneta avanzaba ahora dejando atrás San Andrés y Sauces, internándose con paso firme en las sinuosas y oscuras carreteras que conducían hacia el norte, de regreso al aislamiento de Garafía.

La Crafter devoraba los kilómetros cruzando viaductos sobre barrancos profundos y tramos de monte verde, ascendiendo hacia la vertiente más salvaje de la isla mientras ambos sopesaban la gravedad de lo que acababan de escuchar.

El paisaje exterior se había vuelto completamente negro, una masa de piedra, árboles silenciosos y abismos invisibles bajo un cielo cuajado de estrellas canarias que ya no transmitían ninguna paz.

—Si tú eres la clave, Thomas, entonces correr es una estupidez —admitió finalmente Nikolai, con la voz cargada de un realismo sombrío—.

Si saltamos a otra isla o a otro país, Smith nos volverá a localizar, o d'Antonio encontrará la forma de filtrar nuestra descripción a la Interpol bajo cualquier acusación falsa de terrorismo o robo.

Si nos quedamos en la sombra, somos vulnerables.

Tarde o temprano, cometeremos un error. Una patrulla de tráfico, un control de pasaportes en un puerto.

.. y la burbuja estallará de verdad, pero con sangre.

Thomas asintió, sintiendo el calor de la mano de Nikolai que se separaba del volante por un instante para apretar la suya sobre la palanca de cambios. El contacto físico le devolvió la solidez que necesitaba para tomar la decisión definitiva.

—No podemos pasar el resto de nuestras vidas mirando por encima del hombro, Nikolai.

Este mes en Garafía... este mes de paz me ha demostrado lo que es vivir de verdad.

No voy a permitir que d'Antonio ni Grigori nos arrebaten lo que hemos construido aquí.

Si la única forma de asegurar nuestra libertad para siempre es destruir al monseñor y descabezar la red de la Bratva, entonces jugaremos la partida. Pero la jugaremos bajo mis reglas.

La Volkswagen continuó su ascenso hacia el norte, devorando las curvas que los alejaban del peligro y los devolvían a la seguridad de su refugio en Garafía.

Mientras la furgoneta se internaba en la calma negra de la noche norteña, la silueta urbana de Los Llanos de Aridane, al otro lado de la isla, aparecía en sus mentes no como un lugar físico en el horizonte, sino como el tablero lejano donde, al día siguiente, tendrían que poner precio a sus cabezas.

—Iremos a la cita, Thomas —concluyó Nikolai, con una frialdad que infundió un nuevo vigor en el habitáculo de la furgoneta.

Sus ojos azules reflejaron las luces del pueblo de Barlovento que se aproximaba—.

Escucharemos lo que esa inspectora tiene que ofrecer en nombre de Smith.

Pero si detecto la menor trampa, si veo que intentan arrastrarte a un rincón oscuro, se terminará la diplomacia.

Mañana descubriremos si la policía italiana es tan dura en las calles de Canarias como lo es en los despachos de Roma.

Thomas se recostó en el asiento, cerrando los puños con fuerza.

El plan estaba trazado. El miedo seguía allí, latiendo en el fondo de su pecho, pero ya no era un miedo paralizante; era la tensión concentrada del estratega que se prepara para el movimiento definitivo.

La hermosa e idílica burbuja de La Palma se había roto para siempre en el acantilado de Nogales, pero en su lugar, la realidad regresaba con una certeza absoluta: para ser libres de verdad, primero tenían que enterrar a sus demonios.

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