AMOR DIVINO Capítulo 33 El estallido de la burbuja
82%

Capítulo 33 El estallido de la burbuja

La explanada de tierra batida que servía de aparcamiento en lo alto de la Playa de Nogales se había convertido en un escenario congelado.

El viento del noreste, que un minuto antes arrastraba el aroma limpio de los pinos de Puntallana y el salitre del Atlántico, ahora parecía batir contra los rostros de Thomas y Nikolai con la fuerza de un látigo helado.

La luz del crepúsculo moría en el horizonte, tiñendo las nubes bajas con un tono ceniza que confería a la silueta de la inspectora Agata Vargas una bidimensionalidad fantasmal, casi heráldica.

Nikolai reaccionó con la velocidad que solo poseen los hombres que han sobrevivido a las purgas de la Bratva.

No hubo un grito, ni un titubeo. Dio un paso lateral, firme y seco, interponiendo la anchura de sus hombros entre la policía italiana y Thomas.

Sus piernas se asentaron en la grava en una postura de equilibrio perfecto, el centro de gravedad bajo, los puños entreabiertos a la altura de las caderas.

Sus ojos, de un azul gélido y cortante, se clavaron en las pupilas de Agata con una hostilidad tan pura que el aire pareció crujir entre ambos.

En su mente de soldado desarmado, no había espacio para la negociación: calculó la distancia, la inclinación de la inspectora contra la carrocería de la Volkswagen Crafter y los segundos que tardaría en romperle la tráquea si ella hacía el más mínimo ademán de echar mano a la cintura.

Agata Vargas percibió la amenaza física instantáneamente.

Conocía esa mirada; la había visto en los callejones más oscuros de los suburbios de Nápoles y en los interrogatorios de la Jefatura de Roma.

Era la mirada del depredador arrinconado.

Con una parsimonia estudiada para no activar el resorte del ruso, la inspectora separó la espalda de la chapa verde azulada de la furgoneta.

Levantó las manos despacio, manteniéndolas a la altura del pecho, con las palmas abiertas y visibles, completamente libres de armas o grilletes.

—Tranquilo, Nikolai. Baja las revoluciones —dijo Agata en un español tosco pero firme, salpicado de un marcado acento romano—.

Si hubiera querido traeros una escolta con luces azules, este sitio estaría rodeado de patrullas de la Guardia Civil antes de que os quitarais la arena de los pies. Estoy sola.

—Das un paso más y te tiro por el acantilado antes de que puedas gritar en tu idioma, policía —siseó el ruso. Su voz no era un farol; era una promesa matemática, desprovista de rabia, modulada en un tono tan bajo que apenas superaba el rumor lejano de las olas rompiendo quinientos metros más abajo.

—Nikolai... —la voz de Thomas sonó detrás de él, temblorosa pero cargada de una agudeza analítica que el shock no había logrado apagar. El contable mantenía los dedos clavados en el antebrazo del ruso, sintiendo cómo los tendones de su compañero estaban tensos como cables de alta tensión.

—No he cruzado el Atlántico para poneros las esposas, ni para devolveros a las celdas de Regina Coeli —continuó Agata, bajando lentamente las manos, pero manteniendo la vista fija en los ojos de azul gélido del mercenario de la Bratva, midiendo cada centímetro de su hostilidad—.

Estoy aquí porque vuestro protector, esa fuente anónima que coordinó vuestra huida y os salvó de la persecución romana, me dio vuestras coordenadas exactas. Él mismo me ha enviado en su nombre.

La revelación cayó entre ellos con el peso de una losa de hormigón.

El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el silbido del alisio entre los matorrales de la costa.

Nikolai no relajó un solo músculo, pero sus ojos sufrieron una levísima fluctuación al comprender que el misterioso operativo que les había facilitado esta furgoneta verde azulado y los veinte mil euros para respirar en este paraíso, era el mismo que ahora los ponía en el radar de la policía.

Que la inspectora supiera dónde estaban implicaba de golpe que su supuesta línea de seguridad total nunca había existido.

—Ese hombre al que le debéis la libertad es en realidad Brian Smith, un alto cargo de la Europol, un antiguo estratega de los servicios de inteligencia británicos, el MI5 que lleva años operando desde las sombras —reveló Agata, clavando una mirada implacable en Thomas, que asomaba a medias detrás del hombro del ruso—.

Os sacó de Italia a través de sus canales privados porque os necesitaba vivos y a salvo de las garras de la Bratva, no por pura caridad cristiana. Os convirtió en su activo más valioso.

— Ahora ha llegado el momento de cobrar el favor porque la situación en Roma se ha ido por completo al demonio.

Monseñor d'Antonio ha logrado estabilizar su posición financiera desviando los trescientos millones de la Iglesia a la mafia para ganar tiempo, lo que ha congelado nuestras investigaciones oficiales.

Vuestro protector necesita que colaboréis con nosotros y le entreguéis los códigos de encriptación que Thomas se llevó del Vaticano; es la única forma que le queda para reventar el escudo legal del monseñor, bloquear las cuentas de la mafia en Zurich y destruir la red criminal desde la raíz.

El nombre del ex agente del MI5 cayó entre ellos con el peso de una losa de hormigón.

El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el silbido del alisio entre los matorrales de la costa.

Nikolai no relajó un solo músculo, pero sus ojos sufrieron una levísima fluctuación.

Brian Smith era el titiritero oculto, el hombre que les había facilitado esa misma furgoneta verde azulado en la que habían cruzado Europa, el que había sembrado el camino con los veinte mil euros que les permitían respirar en aquel paraíso canario.

Que la policía supiera dónde estaban implicaba que la línea de seguridad se había roto. O peor: que nunca había existido.

—Smith os sacó de Italia porque os necesitaba vivos, no porque sea un santo de la Iglesia —soltó Agata, clavando una mirada implacable en Thomas, que asomaba a medias detrás del hombro de Nikolai—. Y ahora os necesita a los dos. La situación en Roma se ha ido es complicada.

—No nos interesa Roma, inspectora, ni tampoco nos interesa vuestro jefe de la Europol —escupió Nikolai, cortando el aire con una voz cargada de desprecio—.

Huimos de Italia dejando atrás tanto a los bastardos del Vaticano como a los jefes de la Bratva, y si cree que voy a temblar porque d'Antonio mueva su dinero, es que no me conoce.

He pasado la mitad de mi vida esquivando las balas de esa mafia y sigo respirando.

No les temo, y mucho menos voy a dejar que la policía italiana me diga cuándo debo asustarme.

Nos importan una mierda vuestras guerras

Agata Vargas soltó una risa amarga, una exhalación seca que se perdió en el viento. Dio un paso corto hacia el lateral, manteniéndose alejada del radio de alcance de Nikolai, y se cruzó de brazos sobre la cazadora de cuero oscuro.

—¿Que os importa una mierda? Qué arrogancia la tuya —respondió Agata, soltando una risa seca y gélida—.

Crees que por haber cruzado el continente estáis a salvo, pero la realidad es que monseñor d'Antonio ha movido el tablero entero mientras vosotros os escondíais en esta isla.

Hace tres semanas organizó un almuerzo privado con los cardenales del consejo financiero, los emborrachó con caldos caros y les arrancó las firmas que necesitaba para salvar el cuello.

Ha desviado trescientos millones de euros de la fundación de la Santa Faz directamente a una cuenta puente de la Bratva en Zurich.

Ha comprado a tus antiguos jefes. Ha comprado tiempo.

Y tú sabes mejor que nadie que cuando la mafia cobra, lo siguiente que hace es limpiar los cabos sueltos

Nikolai torció el gesto, la mención de los movimientos de su antigua organización disparando sus alarmas de combate.

—La paz de La Palma es un maldito espejismo, Nikolai, y tú lo sabes mejor que nadie —frunció el ceño Agata, dando un golpe con el talón en el suelo de tierra—.

Sabes perfectamente cómo opera la Bratva.

Sabes que la mafia nunca se rinde y que no deja cabos sueltos.

D'Antonio ha comprado un par de meses para reorganizar las finanzas de la red criminal en Europa, pero en el momento en que asegure sus posiciones, lo primero que hará será limpiar el tablero.

Ghiberti sigue controlando la mitad de las frecuencias de la jefatura en Roma, y d'Antonio ya está moviendo hilos para quitarnos de en medio a Valenti y a mí.

Si el monseñor consolida ese desvío de fondos, vuestra idílica furgoneta será lo primero que salte por los aires en mitad de una de estas carreteras de montaña.

No os vais a esconder eternamente de un imperio que maneja miles de millones de euros de dinero negro.

La crudeza de las palabras de la inspectora golpeó el estómago de Thomas.

Miró a su alrededor: el paisaje idílico de Nogales, las laderas verdes que desafiaban al océano, la furgoneta que había sido su hogar y su cama durante un mes.

.. todo pareció perder nitidez, transformándose en una diana gigante pintada sobre el mapa de las Canarias.

El terror, ese viejo conocido de sábanas sudadas y miradas constantes al retrovisor, regresó con la fuerza de una marea alta.

Nikolai dio un paso al frente, la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas.

—Vete de aquí. Dile a tu jefe del MI5 que se busque otros perros para su guerra.