AMOR DIVINO Capítulo 32 La paz de la isla nos protege #2
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Capítulo 32 La paz de la isla nos protege #2

El proceso de vestirse se convirtió en un juego cargado de una sensualidad perezosa y deliberada.

No había prisa. Thomas tomó unos pantalones de lino blanco, desgastados por el uso, y se los deslizó por las piernas muy lentamente, dejando que la tela rozara su piel todavía caliente por el sol.

Nikolai lo observaba mientras se abrochaba una camisa de algodón azul claro, dejando los tres primeros botones abiertos, revelando el nacimiento del pecho donde el salitre había dejado una fina costra blanca.

El australiano, por su parte, se enfundó una camiseta negra que se ceñía a su silueta fornida como una segunda piel.

Cada movimiento, cada mirada cruzada mientras se sacudían la ropa, estaba impregnada de una complicidad doméstica que habría resultado impensable bajo el cielo de Italia.

Comenzaron el ascenso por el sendero. El camino era empinado, un laberinto de escalones picados en la misma roca volcánica que bordeaba el acantilado, ganando altura con rapidez sobre el rugido del mar.

—Insisto en que la furgoneta necesita una revisión de frenos —dijo Thomas, respirando un poco más fuerte a medida que los escalones se hacían más empinados—.

Ayer, cuando bajábamos hacia el Puerto de Garafía, sentí que el pedal tenía la consistencia de un flan de huevo.

Y considerando que las carreteras de esta isla parecen diseñadas por un ingeniero con tendencias suicidas, preferiría que nos detuviéramos cuando yo lo decida, no cuando la gravedad lo elija.

Nikolai soltó una carcajada sorda, subiendo un paso por delante de él, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros.

—La Crafter es una máquina alemana, Thomas.

Tiene alma de tanque. Los tanques no necesitan frenos de flan, necesitan un conductor que no se asuste cada vez que ve un barranco de trescientos metros sin valla de protección.

Eres un hombre de números, pero te falta fe en la ingeniería automotriz del siglo veintiuno.

—Es una furgoneta del 2009, Nikolai, no un prototipo de la Fórmula 1 —replicó Thomas, soltando una risa cómica mientras se apoyaba en una de las barandillas de madera del sendero para tomar aire—.

Y mi fe matemática me dice que tres toneladas de metal bajando por una pendiente del veinte por ciento sin pastillas de freno equivalen a un contable australiano convertido en tortilla en el fondo de un barranco de las Canarias.

No es una buena estadística para nuestro futuro común.

—Si nos estrellamos en Garafía, al menos moriremos en el lugar más bonito del mundo —dijo Nikolai, deteniéndose en un recodo del camino para esperarlo.

Se giró, extendiendo una mano para ayudar a Thomas a superar un escalón especialmente alto—.

Además, piensa en el ahorro. No tendríamos que pagar el ferry de vuelta a la península.

Economía pura, ¿no es lo que siempre buscas?

Thomas tomó la mano de Nikolai, entrelazando sus dedos con fuerza, aprovechando el tirón para quedar cuerpo a cuerpo contra el pecho del ruso en mitad de la pasarela de roca.

—Eres un salvaje sin la menor sensibilidad por las finanzas domésticas —bromeó Thomas, mirándolo desde abajo con los ojos encendidos de diversión—.

Mañana compro el líquido de frenos en el taller de Santa Cruz, aunque tenga que pagarlo pidiendo limosna en las esquinas.

No voy a dejar que arruines mi jubilación anticipada en este paraíso.

—De acuerdo, compramos el líquido —cedió Nikolai, dándole un beso rápido en la punta de la nariz antes de reanudar la marcha—.

Pero tú se lo pides al mecánico en tu perfecto español de Valladolid.

Quiero volver a escuchar cómo intentas pronunciar "pastillas de freno" con ese acento de Oxford que tienes.

Es lo más divertido que he oído desde que salimos de Roma.

—Mi español es excelente, que lo sepas —protestó Thomas, fingiendo indignación mientras lo seguía por el sendero—. El hombre de la panadería de Santo Domingo me entendió perfectamente cuando le pedí dos barras de pan y un queso de cabra.

—Te entendió porque tenías el dinero en la mano y estabas señalando el queso con el dedo, Thomas. Eso no es filología, es instinto de supervivencia.

Las risas de ambos resonaron en la oquedad del acantilado, mezclándose con el lamento del océano que quedaba cada vez más abajo.

La complicidad entre los dos se había vuelto tan fluida, tan exenta de las antiguas rigideces, que el sendero de subida pareció acortarse milagrosamente entre bromas sobre la comida local, el tamaño de los lagartos tizones que se cruzaban en las piedras y los planes para cenar bajo las estrellas en el aparcamiento.

Coronaron la última curva del sendero y el terreno se niveló de golpe, abriéndose hacia la explanada de tierra batida que servía de aparcamiento en lo alto de la Playa de Nogales.

La luz del atardecer moría en el oeste, tiñendo el cielo con una última franja de color púrpura y ceniza que recortaba las siluetas del único vehículo estacionados.

Allí estaba ella. La fiel Volkswagen Crafter, con su pintura verde azulada cubierta por una fina capa de polvo canario, descansaba bajo la sombra de unos matorrales, como un animal noble esperando el regreso de sus dueños.

Thomas y Nikolai caminaban abrazados por la cintura, compartiendo el último vestigio de una broma sobre el gofio canario, con los rostros relajados y las defensas completamente bajadas. El aire era fresco, limpio, cargado con el aroma de la tierra húmeda del norte.

Entonces, el tiempo se detuvo de golpe. La risa de Thomas se congeló en su garganta, transformándose en un gemido seco, ahogado. El brazo de Nikolai se tensó alrededor de la cintura del australiano con la rigidez de un resorte de acero que acaba de saltar.

El clima de paz idílica que los había envuelto durante un mes saltó por los aires, desintegrado en una sola fracción de segundo por una visión que les heló la sangre en las venas, devolviéndolos de un plumazo al epicentro del terror del que creían haber escapado.

Apoyada contra la puerta lateral de la furgoneta, con las piernas cruzadas y una tranquilidad pasmosa que denotaba una paciencia de cazador experto, se encontraba una silueta de sobra conocida.

Llevaba una cazadora de cuero oscuro que brillaba bajo el crepúsculo y unos vaqueros negros.

Su cabello oscuro, recogido en una coleta desordenada por el viento de la costa, enmarcaba un rostro de facciones duras, curtidas por las noches en vela de la jefatura romana.

Era la inspectora Agata Vargas.

La policía italiana levantó la cabeza despacio al escuchar los pasos sobre la grava.

Sus ojos oscuros, fijos, desprovistos de cualquier emoción aparente se clavaron directamente en los rostros desencajados de los dos fugitivos.

No había ninguna patrulla con ella, ni luces azules, ni sirenas en la distancia; solo la inmensidad del acantilado palmero a su espalda y una presencia que resultaba más amenazante que un batallón de fusilamiento.

Nikolai dio un paso instintivo al frente, interponiendo su cuerpo fornido entre la inspectora y Thomas, mientras su mano derecha bajaba de forma automática hacia la parte trasera de su pantalón, buscando un arma que esta vez, sobre la arena de Nogales, no llevaba encima.

El instinto de soldado chocaba con la cruda realidad de su desprotección.

Agata Vargas no se movió de su posición de apoyo en la furgoneta.

Se limitó a meter las manos en los bolsillos de la cazadora y a sostenerles la mirada en mitad del silencio sepulcral que se había adueñado del aparcamiento.

La burbuja de La Palma había estallado. El pasado, con toda su carga de plomo, mafia y muerte, acababa de cruzar el océano para reclamar sus cuentas en el rincón más inesperado del mundo.

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