AMOR DIVINO Capítulo 32 La paz de la isla nos protege
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Capítulo 32 La paz de la isla nos protege

La Playa de Nogales no aceptaba términos medios.

O te entregabas a su salvajismo o el acantilado te aplastaba el espíritu.

En aquel rincón del municipio de Puntallana, al noreste de La Palma, el mundo parecía haber sido esculpido apenas unas horas antes por un dios colérico y monumental.

Una pared vertical de roca basáltica, de más de quinientos metros de altura, se desplomaba a plomo sobre una franja kilométrica de arena fina, magnética, de un negro tan puro que parecía absorber la luz del sol en lugar de reflejarla.

En las fisuras de la piedra, donde la gravedad dictaba la imposibilidad de la vida, los cardones y las vinagreras desafiaban al vacío con un verdor eléctrico, humedecido por el llanto constante de las filtraciones subterráneas.

Allí abajo, el Atlántico no llegaba con la parsimonia de los mares mediterráneos; rompía con una furia ancestral, levantando murallas de espuma blanca que el viento alisio desintegraba en una nube de salitre suspendida en el aire.

Era un santuario de aislamiento absoluto, accesible únicamente a través de un sendero peatonal colgado del abismo.

En mitad de aquella inmensidad volcánica, Thomas y Nikolai eran las únicas dos almas sobre la arena. Estaban completamente desnudos, despojados no solo de las telas, sino de las capas de terror, de los nombres falsos y de la paranoia que los había arrastrado por media Europa.

El sol de la tarde, alto y denso doraba la piel de Thomas, revelando la silueta de un hombre que había abandonado la palidez de los despachos vaticanos para integrarse en el clima atlántico.

Sus hombros, antes tensos por el peso de los balances contables de la mafia, se habían ensanchado, relajados por el ejercicio diario y el aire marino.

El agua salada brillaba sobre el vello claro de su pecho, descendiendo en hilos transparentes por su abdomen firme hasta perderse en el pubis húmedo.

A su lado, la fisionomía de Nikolai ofrecía el contrapunto perfecto: un cuerpo esculpido en una disciplina mucho más dura, una máquina de músculos largos y fibrosos donde cada cicatriz del pasado —el rastro de una hoja de acero en el costado izquierdo, la marca de un impacto de bala cerca del hombro— parecía haber sido difuminada por el tacto curativo de la arena negra.

La desnudez de Nikolai ya no era la postura de un soldado en guardia; era la entrega de un hombre que, por primera vez en su existencia, no necesitaba que su piel fuera una armadura.

Thomas se estiró sobre la toalla, hundiendo los talones en la arena templada. Cerró los ojos, dejando que la brisa atlántica le recorriera los muslos, sintiendo una oleada de libertad tan intensa que le provocó una sonrisa involuntaria.

—Si me hubieras dicho en Roma que terminaría en un trozo de lava flotante en mitad del océano, sin un solo euro en el bolsillo y con el cuerpo cubierto de polvo volcánico, te habría denunciado por locura, Nikolai —murmuró Thomas, sin abrir los ojos, estirando los brazos por encima de la cabeza en un gesto puramente sensual.

Nikolai, que permanecía sentado con las piernas cruzadas a unos centímetros de él, contemplando el horizonte donde el azul del mar se fundía con el cobalto del cielo, giró la cabeza.

Su mirada recorrió el cuerpo tendido del australiano con una parsimonia que ya no ocultaba el deseo, sino que lo celebraba como parte del paisaje.

Extendió una mano y dejó correr un puñado de arena negra sobre el muslo de Thomas, disfrutando del contraste del mineral oscuro sobre la piel bronceada.

—En Roma estabas muerto, mi angelito. Solo que tu cerebro matemático aún no había calculado el momento del entierro —respondió Nikolai, con esa voz grave cuyo acento ruso se había suavizado, adquiriendo una cadencia más perezosa—.

La Palma tiene esa virtud. Limpia el ruido.

Aquí no hay espacio para los fantasmas de San Petersburgo ni para los monseñores con delirios de grandeza. Solo está la roca y el agua.

Thomas entreabrió los ojos, encontrando las pupilas azules de Nikolai, que ahora reflejaban la luz limpia de las Canarias.

Se incorporó levemente, apoyándose en los codos, permitiendo que sus cuerpos quedaran a escasa distancia.

El aroma a sal, a piel expuesta al sol y a la resina de los pinos que el viento traía de las cumbres flotaba entre ellos.

—A veces me da miedo que esto sea un sueño, ¿sabes? —confesó el contable, extendiendo la mano para delinear el contorno de la mandíbula de Nikolai, acariciando la barba de tres días—. Un truco de mi mente mientras el Alfa Romeo de los carabinieri nos persigue por la autopista.

Nikolai no contestó con palabras. Se inclinó hacia delante, atrapando los labios de Thomas en un beso lento, profundo, sazonado con el sabor amargo del mar.

Sus manos buscaron la cintura del australiano, atrayéndolo hacia sí sobre la toalla, sintiendo el contacto pleno de sus vientres, el calor de sus sexos que despertaban con la urgencia de quien se sabe vivo y a salvo.

En aquel beso no había la desesperación de los callejones oscuros de Italia; había la solidez del terreno ganado, la certeza de que, durante el mes que ya llevaban en la isla, se habían ido convirtiendo sutilmente en una sola persona.

Una sola voluntad que respiraba al mismo ritmo que las mareas de la isla.

Llevaban un mes exacto en La Palma, un mes sin drama, un mes en el que los relojes habían dejado de tener sentido.

Su hogar, su templo y su fortaleza era una furgoneta Volkswagen Crafter del año 2009, de un color verde azulado que evocaba las aguas someras de los puertos norteños.

Aquel vehículo, el salvoconducto sobre ruedas que su enigmático contacto en Italia les había dejado listo para la huida, se había portado de manera impecable mientras cruzaban Europa de punta a punta antes de embarcar en el ferry de Cádiz y durante su estancia en La Palma.

Todavía conservaban intacta la mayor parte de los veinte mil euros en efectivo que venían ocultos en su interior, un colchón de aire que les garantizaba meses de supervivencia tranquila y anónima en el archipiélago.

Desde que salieron de la península, el vehículo se había transformado en una extensión de sus propias vidas

Durante aquellas cuatro semanas, la Crafter había recorrido cada arteria serpenteante de la geografía palmera, realizando un viaje gráfico y emocional por una naturaleza que parecía operar como un bálsamo contra la locura del mundo exterior.

Habían conducido entre el mar de hojas verdes de las plataneras que sepultaban los acantilados de Tazacorte, durmiendo con las puertas traseras abiertas para ver cómo el sol se ahogaba en el Atlántico en una explosión de tonos encendidos y violetas.

Habían ascendido por las carreteras imposibles del Roque de los Muchachos, superando los dos mil cuatrocientos metros de altitud, dejando la furgoneta aparcada por encima del mar de nubes, en un paisaje lunar donde el cielo nocturno se abría con una pureza tan sobrecogedora que Thomas, con sus conocimientos de astrofísica aficionada, pasaba las horas señalando constelaciones a un Nikolai que escuchaba recostado en el techo de la Crafter, envuelto en una manta de lana.

Habían caminado bajo la sombra prehistórica de los Tiles, sintiendo el frescor húmedo de los nacientes y la caricia de los helechos gigantes que filtraban la luz del día, devolviéndoles una sensación de seguridad que la piedra de Roma les había negado siempre.

Pero de todos los rincones de la "Isla Bonita", su lugar favorito, el santuario donde verdaderamente sintieron que la paz los envolvía como un escudo invisible, era Garafía.

Situado en el extremo noroeste, Garafía era un municipio que parecía existir al margen del tiempo cronológico.

Un territorio de barrancos profundos que sembraban la tierra hasta el mar, de pastores con sus rebaños de cabras y de dragos centenarios que se alzaban en el caserío de Buracas como guardianes de una mitología olvidada.

Thomas y Nikolai se habían enamorado perdidamente de la luz de sus pueblos: Santo Domingo, Las Tricias, Franceses.

El aislamiento mágico del lugar, donde la cobertura telefónica desaparecía con frecuencia y el único ruido era el viento batiendo las copas de los pinos canarios, los había curado por completo.

Recordaban con una ternura casi mística las mañanas en el mercadillo de Puntagorda, comprando queso de cabra ahumado con almendras y pan de leña a agricultores locales que los miraban con la curiosidad limpia del isleño, sin hacer preguntas, llamándolos simplemente "los muchachos de la furgoneta verde".

En Garafía, bajo la sombra de los molinos de viento tradicionales y caminando entre los almendros, el miedo a la Bratva y a los canales diplomáticos de la Curia se había disuelto por completo.

La paz de la isla los protegía no porque estuvieran escondidos en un búnker, sino porque se habían diluido en la propia rutina de un rincón del mundo donde el mal no sabía cómo entrar.

El sol comenzó a esconderse tras el imponente acantilado de Nogales, proyectando una sombra gigantesca y fresca sobre la arena negra. La playa cambió de color, adquiriendo un tono cenizo profundo que anunciaba la llegada de la noche.

—Es hora de subir, mi amor —dijo Thomas, sacudiéndose con desgana los últimos restos de arena de los muslos—. Si nos pilla la oscuridad en el risco, tendremos que dormir con los lagartos.

—Los lagartos de aquí tienen mejor conversación que los cardenales de tu banco, Thomas —replicó Nikolai, poniéndose en pie con un movimiento ágil que hizo relucir los músculos de su espalda.