AMOR DIVINO Capítulo 31 Treinta monedas de plata y un suflé #2
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Capítulo 31 Treinta monedas de plata y un suflé #2

D'Antonio esperó a que el camarero retirara los platos principales y sirviera una nueva ronda de vino antes de inclinar su cuerpo hacia la mesa, adoptando un tono confidencial y grave que captó de inmediato la atención superficial de los dos hombres.

—Es un asunto delicado, eminencias. Una cuestión de alta estrategia financiera que debemos resolver antes de que termine la jornada para proteger el patrimonio de la Iglesia frente a las garras de la Unión Europea.

Lambert, que estaba limpiando el fondo de su plato con un trozo de hogaza, levantó la vista, frunciendo el ceño con molestia ante la interrupción de su trance gastronómico.

—¿La Unión Europea? ¿Esos burócratas de Bruselas otra vez? ¿Qué quieren ahora? ¿Inspeccionar las limosnas de los fieles?

—Peor que eso, querido Lambert —siseó d'Antonio, modulando la voz para transmitir un pánico controlado—.

El comité de control bancario de Fráncfort está preparando una inspección sorpresa sobre las cuentas extraordinarias de la fundación de la Santa Faz.

Quieren aplicar de forma retroactiva las normativas de transparencia fiscal sobre los fondos de tránsito.

Si encuentran los trescientos millones de euros que tenemos depositados para las misiones de ayuda en el Este, intentarán congelarlos bajo la acusación de falta de documentación de origen.

Podríamos perder todo el capital operativo en cuestión de días.

Marini soltó un bufido, apurando su copa de Sassicaia de un solo trago. El vino le había nublado ya el poco juicio que le quedaba.

—¡Qué insolencia! ¡Esos paganos del norte no respetan nada!

¿Cómo se atreven a dudar del origen de los fondos de la Iglesia?

Ese dinero es para los pobres... bueno, para las estructuras de los pobres.

¿Qué sugieres que hagamos, d'Antonio? Tú eres el cerebro de estas cosas.

Nosotros solo firmamos lo que tú nos dices.

—He preparado una reestructuración confidencial y de extrema urgencia —explicó d'Antonio, extrayendo con suavidad un fajo de documentos de su portafolios de piel y extendiéndolos sobre la mesa, justo al lado de la cubitera—.

Consiste en trasladar de manera temporal la totalidad del fondo de la Santa Faz hacia una cuenta puente de tránsito seguro en la banca privada de Zurich.

Una vez allí, fuera de la jurisdicción directa de Fráncfort, los fondos estarán blindados mientras organizamos la documentación en los próximos meses.

Es una maniobra puramente técnica, una formalidad para ganar tiempo.

Lambert miró los papeles con los ojos entrecerrados, pero su atención se desvió de inmediato hacia el camarero que entraba en la sala sosteniendo una bandeja con los postres: un suflé de chocolate negro con helado de vainilla de Madagascar que desprendía un aroma embriagador.

—¿Zurich dices? —preguntó Lambert, con la saliva acudiendo de nuevo a su boca mientras observaba el suflé—.

Sí, sí... Suiza siempre es segura. Mis tíos abuelos tenían una cuenta en Ginebra.

Muy discretos los suizos. Traiga ese postre aquí, por favor, antes de que se enfríe.

A ver, d'Antonio, ¿dónde hay que poner la firma?

No me hagas leer toda esa jerga legal ahora, que se me baja el suflé y el chocolate pierde su punto de fusión.

—Aquí mismo, eminencia, en la línea marcada con el sello de la Santa Faz —dijo d'Antonio, ofreciéndole una estilográfica de oro con una reverencia casi exagerada.

El Cardenal Lambert tomó la pluma con los dedos todavía pegajosos por la grasa del pichón. Sin pararse a mirar una sola cifra, estampó su rúbrica con un trazo grueso y descuidado, dejando una pequeña mancha de salsa en la esquina del documento oficial vaticano.

—Listo —dijo Lambert, apartando el papel con un manotazo para hacer espacio a su plato de postre—.

Ahora, por favor, guardad silencio un momento.

El primer bocado de este suflé requiere una concentración absoluta.

Marini, firma tú también y deja de mirar la botella, que ya pareces un obispo irlandés en Viernes Santo.

Marini soltó una carcajada pastosa, tomó la estilográfica que Lambert había dejado caer y miró a d'Antonio con los ojos vidriosos y fijos por el alcohol.

—Si el gran d'Antonio dice que esto es para engañar a los burócratas de Fráncfort, yo firmo con las dos manos —declaró Marini, con el pulso errático—.

Esos alemanes se creen los dueños del mundo con sus normas y sus tasas.

¡Toma tu firma, d'Antonio! Que se enteren en Bruselas de que con la Curia romana no se juega.

¡Sumiller! Traiga una copa de grappa para acompañar el café, que la digestión de un cardenal es un asunto de Estado.

D'Antonio recogió los documentos con una lentitud calculada, asegurándose de que las firmas y los sellos de tinta húmeda fueran perfectamente legibles.

Al cerrarse la carpeta de piel, un suspiro de alivio largamente contenido escapó de sus labios.

Las tres llaves digitales del banco vaticano estaban ahora en su poder.

La orden de transferencia hacia la cuenta de la mafia rusa en Zurich ya era legal, inatacable y completamente ejecutoria dentro del sistema de la Santa Sede.

El almuerzo continuó durante otra hora entre chistes subidos de tono de Marini sobre las monjas de la antecámara, quejas de Lambert por la falta de azúcar en el helado y botellas vacías que se acumulaban en la mesa como trofeos de una batalla ganada a la decencia.

D'Antonio participaba de la juerga con sonrisas mecánicas, asintiendo a las sandeces de sus colegas cardenalicios mientras su mente ya volaba muy lejos de aquella sala de postín.

Cuando regresó a su despacho en el Palacio Vaticano, pasadas las cinco de la tarde, la luz del sol romano ya empezaba a teñir las paredes de nogal con un tono cobrizo y crepuscular.

D'Antonio cerró la puerta principal con el pestillo interior, se despojó del sombrero y caminó con paso rápido hacia su terminal encriptada, la que comunicaba directamente con el sistema de compensación de la banca vaticana.

Introdujo los códigos de autorización de Marini, luego los de Lambert y, finalmente, validó la operación con su propia clave de seguridad digital.

En la pantalla del monitor, una pequeña barra de progreso comenzó a llenarse de color verde bajo el epígrafe: Transferencia Internacional - Fondos Santa Faz - Destino: Zurich Private Bank.

Al llegar al cien por cien, un mensaje breve apareció en el centro de la imagen: Operación Autorizada de Manera Exitosa.

Monseñor d'Antonio se recostó en su sillón de terciopelo carmesí y, por primera vez en veinticuatro horas, una carcajada limpia, llena de una falsa alegría y un alivio monumental, rompió el silencio sepulcral de la estancia.

Se pasó las manos por la cara, sintiendo cómo la tensión acumulada en los músculos de la nuca se disolvía por completo.

—¡Conseguido! —exclamó en la penumbra, contemplando el monitor como si fuera una reliquia santa—. Trescientos millones transferidos. Grigori tendrá su dinero mañana por la mañana y su tasador de mierda se tragará sus amenazas de muerte.

D'Antonio se levantó y comenzó a caminar por el despacho con pasos ligeros, casi flotando sobre el mármol donde unas horas antes había estado de rodillas mendigando por su vida.

La euforia del éxito inmediato le devolvió toda su habitual soberbia criminal.

No había ganado solo cuarenta y ocho horas; con el dinero en Zurich y la Bratva calmada, d'Antonio calculaba que disponía de un margen de, al menos, un par de meses para reestructurar las finanzas de la organización, tapar el agujero de la fundación de la Santa Faz con los ingresos de las diócesis alemanas y borrar el rastro de las cuentas puente antes de la auditoría anual.

Su mente, espoleada por el triunfo sobre los dos cardenales bobalicones, comenzó a diseñar los siguientes pasos de la estrategia con una frialdad quirúrgica.

—Dos meses —murmuró, deteniéndose ante el gran ventanal que dominaba los jardines inmaculados de la Santa Sede—. Tiempo más que suficiente para poner orden en la plaza de Roma.

Lo primero de la lista ya no era Thomas Sheehan; el contable era un cabo suelto, pero sin el apoyo logístico en la ciudad, acabaría cometiendo un error o vendiendo los códigos al mejor postor.

El verdadero peligro inmediato venía de la Jefatura de Policía.

Aquellos dos inspectores de los carabinieri, la inspectora Vargas y el inspector Valenti, se estaban volviendo demasiado incisivos.

Sus pesquisas y sus merodeos en torno a las fundaciones pías eran una infección que d'Antonio no podía permitirse el lujo de dejar crecer mientras reorganizaba las cuentas de la mafia.

—Hay que silenciarlos —dijo el prelado, con una sonrisa cruel que estiró sus labios finos—.

Una jubilación anticipada, un accidente de tráfico en la carretera de la costa o un traslado disciplinario a una oficina de archivos en el sur donde no vuelvan a ver la luz del sol.

Ghiberti se encargará de buscar el momento adecuado a través de sus canales internos.

Miró al cielo, donde las primeras estrellas empezaban a recortarse contra el azul noche de la capital italiana.

El imperio del Vaticano seguía en pie, inmutable y majestuoso, protegiendo bajo sus muros milenarios las riquezas ensangrentadas del mundo exterior.

Monseñor se cruzó de brazos, hundiendo las manos en la seda de sus mangas nuevas, saboreando el dulce sabor de una victoria efímera.

Creía firmemente que volvía a controlar cada casilla del tablero, completamente ajeno al pacto que sus dos enemigos acaban de sellar bajo la niebla del puerto y a la tormenta continental que, lenta pero inexorablemente, ya se dirigía hacia su fortaleza de púrpura para arrastrarlo al fango de la historia.

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