Capítulo 31 Treinta monedas de plata y un suflé
El dolor en el pecho de Monseñor d'Antonio no era espiritual; era el rastro físico, caliente y violento de los dedos de Grigori grabados en la seda de su sotana. Tras el estrépito de la puerta lateral al cerrarse, el despacho privado del palacio se había convertido en una trampa de aire viciado. D’Antonio permaneció de rodillas unos minutos, escuchando los latidos de su propio corazón, un compás desbocado que parecía golpear contra las costillas con la fuerza de un martillo hidráulico.
Con un esfuerzo supremo que le obligó a apoyar ambas manos en el suelo de mármol, se incorporó.
Su mano derecha, temblorosa y fría, subió instintivamente hacia el cuello de la camisa.
Faltaban los tres primeros botones ribeteados en hilo de púrpura, arrancados de cuajo por la brutalidad del ruso.
Miró al suelo: los hilos deshilachados parecían pequeñas venas rotas sobre el suelo inmaculado.
A un lado, los fragmentos de la taza de porcelana de Capodimonte brillaban bajo la luz de la ventana como los dientes de una calavera rota.
—Bestias... malditas bestias siberianas —siseó entre dientes, sintiendo que un hilo de saliva amarga le corría por la comisura de los labios.
Caminó a trompicones hacia el espejo de marco barroco que colgaba junto a la librería de roble.
Su reflejo le devolvió una imagen que le produjo un escalofrío: el rostro, habitualmente de una palidez aristocrática y pulcra, estaba congestionado, cubierto por una pátina de sudor brillante; la mirada, que siempre había sostenido con la suficiencia de quien se sabe superior, bailaba de un lado a otro, desorbitada por la paranoia.
El cerco se estaba cerrando sobre él a una velocidad aterradora.
Ghiberti estaba cercado, inutilizado por la vigilancia policial, y la Bratva le había puesto una soga al cuello con un temporizador de cuarenta y ocho horas.
—Trescientos millones —susurró para sí mismo, apoyando la frente contra el cristal frío del espejo—. Trescientos millones antes del viernes a mediodía o me vaciarán las tripas en este mismo suelo.
La mente criminal de d'Antonio, forjada en décadas de intrigas curiales y malabarismos financieros en la sombra, comenzó a funcionar a marchas forzadas, espoleada por el instinto de supervivencia más elemental.
No podía recuperar los códigos de Thomas Sheehan en dos días; el contable australiano y el traidor de Nikolai se habían evaporado en las alcantarillas de la ciudad.
Tampoco podía confesar la verdad a la presidencia del banco vaticano sin firmar su propia sentencia de cárcel o de muerte.
La única salida era simular que cedía por completo al chantaje de la mafia rusa, desviar los fondos operativos de la fundación de la Santa Faz de inmediato hacia la cuenta puente de Zurich y ganar el tiempo necesario para reorganizarse.
Pero para mover una cantidad de ese calibre de forma internacional, el sistema informático del banco requería de manera inexorable la validación digital de tres firmas del consejo de administración. Tres llaves para un solo cofre.
D'Antonio se apartó del espejo con una determinación renovada.
La debilidad dio paso a una fría lucidez.
Se despojó de la sotana rota, tirándola con desprecio al fondo del armario, y se vistió con una nueva, impecable, de seda negra crujiente, cuyos botones de púrpura relucían en la penumbra.
Se ajustó el fajín, se limpió el sudor con un pañuelo de hilo y se sentó ante el escritorio volcado.
Enderezó el teléfono satelital que milagrosamente no se había roto y pulsó el botón de su secretaria interna.
—Sor Elena —dijo, con una voz que había recuperado milagrosamente toda la unción pastoral y el terciopelo de la autoridad—.
Llame de inmediato al restaurante Il Pagliaccio.
Que reserven el salón privado del piso superior para las dos de la tarde.
A nombre de la fundación. Y luego, localice a los eminentísimos cardenales Marini y Lambert.
Dígales que es una cuestión de extrema urgencia eclesiástica, algo relacionado con las nuevas directivas de las misiones en Oriente. Que los espero para almorzar.
El restaurante Il Pagliaccio, oculto en el corazón del Rione Ponte, era el escenario perfecto para la comedia que d'Antonio estaba a punto de dirigir.
Con sus dos estrellas Michelin, su atmósfera de lujo minimalista y una discreción que rozaba el secretismo de Estado, era el lugar donde los ministros de la República y los altos dignatarios de la Iglesia acudían cuando necesitaban pecar con el estómago sin que los fotógrafos de la prensa inmortalizaran sus excesos.
El salón privado de la planta superior estaba decorado con un diseño elegante combinación de madera, hierro y metal, iluminada con luces cálidas que crean un ambiente íntimo, cálido y acogedor y una mesa de nogal macizo vestida con un lino blanco que crujía al tacto.
Cuando d'Antonio entró en la sala, sus invitados ya estaban acomodados en los amplios sillones de cuero, disfrutando de los primeros aperitivos. La estampa no podía ser más elocuente sobre la calidad moral de los hombres que custodiaban el patrimonio de Dios.
El Cardenal Marini, responsable de la comisión de asuntos benéficos, era un hombre de rostro rubicundo, nariz sembrada de pequeñas venas violáceas y una risa floja que se disparaba con la menor provocación.
Sus manos, adornadas con un anillo de oro macizo que le apretaba el dedo anular, temblaban levemente mientras sostenía una copa de champán francés que ya iba por la mitad.
A su lado, el Cardenal Lambert, prefecto del consejo de finanzas extraordinarias, ocupaba casi la totalidad de su sillón.
Su volumen corporal era colosal, una montaña de carne envuelta en una sotana a medida cuyos ojales sufrían una tensión evidente a la altura del vientre.
Lambert tenía una servilleta de hilo blanco perpetuamente anudada al cuello de la camisa, y sus ojos, pequeños y hundidos entre dos mejillas pastosas, seguían con devoción casi mística los movimientos del camarero que depositaba un plato de amuse-bouche.
—¡Ah, d'Antonio! ¡Por fin llega el hombre del día!
—exclamó Marini, alzando la copa con un entusiasmo que hizo que unas gotas de champán salpicaran el lino—.
Nos tenías aquí abandonados, alimentándonos de aire y de este excelente Dom Pérignon.
Empezaba a pensar que los chinos habían invadido las misiones de Pekín y estabas redactando una bula de excomunión.
—Mis disculpas, eminencias —respondió d'Antonio, esbozando su sonrisa más humilde mientras tomaba asiento entre ambos—. Los asuntos de la secretaría son cada vez más mundanos y exigentes. Pero os aseguro que la causa de nuestra reunión bien merece este pequeño retraso.
—Si la causa incluye el menú de degustación que he alcanzado a oler desde la cocina, estás perdonado de antemano, querido monseñor —intervino Lambert, con una voz gruesa, asmática, interrumpida por un leve silbido al respirar—.
He visto pasar un tartar de gamba roja con emulsión de trufa blanca que ha hecho que mi alma se elevara por encima de las bajezas terrenales.
Dime que has ordenado el maridaje completo.
Por el amor de la Santa Madre, dime que no has escatimado en los caldos.
—Para vosotros, hermanos míos, solo lo mejor de las bodegas de la península —aseguró d'Antonio, haciendo una sutil señal con los dedos al sumiller, que aguardaba en la esquina de la sala como un guardián mudo—.
He seleccionado personalmente un Sassicaia del 2015 para acompañar los platos fuertes.
Creo que satisfará el paladar de nuestra comisión.
Marini soltó una carcajada estridente, golpeando la mesa con la palma de la mano.
—¡Un Sassicaia! ¡Eso no es un vino, d'Antonio, es una bendición papal embotellada! Lambert, reza una avemaría por el hígado de este santo varón, porque hoy vamos a necesitar la intercesión de todos los arcángeles para salir de aquí a pie.
El almuerzo se desarrolló con el ritmo de una ópera bufa donde los dos cardenales interpretaban sus papeles de bobalicones con una entrega absoluta, completamente ajenos a la soga de plomo que colgaba sobre la cabeza del anfitrión.
D'Antonio, manteniendo una copa de agua siempre a mano y apenas tocando el vino para conservar la lucidez intacta, manejaba los hilos de la conversación con la precisión de un neurocirujano.
Los camareros desfilaban en silencio, depositando platos que parecían lienzos culinarios: raviolis de rabo de buey con foie gras, pichón asado al aroma de tomillo de monte y texturas de parmesano envejecido durante treinta y seis meses.
—Este rabo de buey... ¡por Dios bendito, d'Antonio!
—gemía Lambert, con los ojos cerrados y una fina línea de grasa brillándole en el labio inferior mientras masticaba con una lentitud casi litúrgica—.
La textura es pura seda. El colágeno está perfectamente fundido.
Esto no lo ha hecho un cocinero; lo ha inspirado el Espíritu Santo en un momento de generosidad absoluta.
Pásame otro trozo de pan, Marini, no podemos dejar que esta salsa se quede sola en el plato. Sería un pecado de omisión.
—El único pecado aquí es que la copa de Lambert se vacía más rápido que la mía —replicó Marini, cuyo rostro ya había adquirido el tono rojizo de un tomate maduro debido al alcohol—.
Sumiller, por favor, no sea tímido con esa botella.
Recuerde que el vino alegra el corazón del hombre, y el corazón de un cardenal necesita mucha alegría para soportar el peso de la Curia.
Cuéntame, d'Antonio, ¿qué es eso tan urgente de las misiones que nos ha traído a este templo de la gastronomía?