AMOR DIVINO Capítulo 30 Pacto en la niebla #2
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Capítulo 30 Pacto en la niebla #2

Marco dio un paso decidido hacia el maletín y se agachó para cogerlo por el asa, pero la bota pesada de Smith se interpuso con suavidad, pero con firmeza sobre la superficie de cuero, deteniendo el movimiento del italiano.

Marco levantó la cabeza, con los ojos encendidos.

—¿A qué juegas, Smith? Nos das la verdad y luego nos pisas el premio. Quita el pie.

—Hay una condición, inspectores —dijo el ex agente del MI5, manteniendo la presión de su bota sobre el maletín—. Una condición que no es negociable.

Agata se colocó al lado de Marco, mirando a Smith desde su imponente altura. La llovizna parecía arreciar, golpeando los tres rostros con una insistencia casi coreográfica.

—Habla de una vez, Smith —pidió Agata—. ¿Cuál es la condición?

—Quiero que os quedéis con el maletín, pero os prohíbo terminantemente que utilicéis estas pruebas todavía —sentenció el británico, cruzando los brazos sobre su pecho fornido—. No podéis ir mañana a la fiscalía. No podéis detener a Ghiberti. No podéis tocar a Monseñor d'Antonio.

Marco se levantó del suelo de golpe, soltando una carcajada llena de desprecio y frustración.

—¿De qué maldito lado estás, Smith? Nos pones en bandeja de plata a la mayor red de corrupción de la ciudad, nos confirmas que un monseñor es un mafioso ruso, ¿y nos pides que nos crucemos de brazos mientras Ghiberti sigue patrullando y d'Antonio sigue lavando millones? ¡Es nuestro trabajo! ¡Es la ley!

—¡La ley no va a destruir a la Bratva, Valenti!

—el tono de Smith subió por primera vez en toda la noche, revelando la pasión de una obsesión que llevaba años madurando bajo su piel—.

Llevo más de una década persiguiendo a la organización de Grigori por media Europa.

He visto cómo se escapaban en las cortes de Londres, cómo compraban a los magistrados en París y cómo silenciaban a mis mejores informantes en Berlín utilizando la burocracia internacional como escudo.

Cada vez que hacíamos un arresto prematuro, la cúpula de San Petersburgo simplemente cortaba el tentáculo dañado, ponía a otro peón en su lugar y el dinero seguía fluyendo exactamente igual.

Agata observó la fijeza en los ojos azules del británico. Había una verdad dolorosa en sus palabras, el eco de una frustración que ella misma conocía demasiado bien.

—Quieres ir a por la cabeza del monstruo —concluyó Agata, con voz baja.

—Quiero desterrar a la mafia rusa de Europa de una vez por todas —afirmó Smith, bajando el pie del maletín y permitiendo que Marco lo recogiera por fin—.

Y esta crisis con Thomas Sheehan y Nikolai es la oportunidad perfecta, la única que vamos a tener en toda una generación.

En este preciso instante, Grigori y su tasador, Yuri Volkov, están desesperados.

Saben que Sheehan tiene los códigos que pueden congelar todos sus activos en el continente.

Si vosotros arrestáis a Ghiberti mañana por la mañana, d'Antonio entrará en pánico, los rusos se replegarán a sus fronteras de inmediato y la ventana de oportunidad se cerrará para siempre.

—¿Andas sugiriendo que nos lavemos las manos?

—inquirió Marco, balanceando el maletín de cuero con su mano derecha mientras su gesto se endurecía—.

¿Que miremos hacia otro lado mientras persiguen a Thomas Sheehan por los callejones de Borgo Pio?

¿Que permitamos que cacen al chico y a Nikolai como a dos perros rabiosos?

—Thomas Sheehan y Nikolai están a salvo por el momento, Valenti.

No os preocupéis por eso —reveló Smith, dibujando una leve y enigmática sonrisa en sus labios—.

Mis propios operativos se han encargado de proporcionarles la cobertura y las rutas de escape necesarias para burlar los controles de la Gendarmería en la Aurelia.

Están fuera de su alcance inmediato, en un lugar seguro que, por su propia seguridad, es mejor que ignoréis todavía.

Ahora bien, lo que sugiero es que colaboremos.

El británico dio un paso hacia atrás, permitiendo que la penumbra del muelle comenzara a desdibujar su fornida silueta.

—Mantened ese maletín oculto —continuó con voz firme y pausada—.

Dejad que d'Antonio siga creyendo que maneja los hilos de vuestra jefatura a través de Ghiberti.

Permitid que la desconfianza y la tensión sigan aumentando entre la Curia y los rusos.

Lo que necesito de vosotros son vuestros ojos, vuestra experiencia y vuestras placas en la calle; monitorizad cada movimiento de la Bratva sin que sospechen que la Europol está moviendo los hilos desde las sombras.

Ayudadme a mantener este escenario abierto el tiempo suficiente para que Grigori cometa el error definitivo que lo hunda.

Agata miró fijamente al ex agente del MI5, asimilando la noticia del escape de Thomas y sintiendo, al mismo tiempo, el enorme peso de la decisión que se abría ante ellos de cara a los próximos días.

—Es un juego muy peligroso, Smith. Si nos descubren ocultando pruebas a la fiscalía, nuestras carreras se habrán terminado. Acabaremos en la prisión de Civitavecchia antes de que puedas pestañear.

—Si no jugamos a este nivel, inspectora Vargas, vuestras carreras terminarán de todos modos en cuanto d'Antonio decida que sois una molestia para sus fundaciones —respondió Smith, cuya silueta ya empezaba a ser devorada por los jirones de bruma portuaria—.

Pensadlo. El maletín os pertenece. La decisión final también. Nos volveremos a ver pronto.

Sin esperar una respuesta formal, el ex agente del MI5 se dio la vuelta con un movimiento fluido y comenzó a caminar con paso firme hacia la salida del espigón.

Sus botas resonaron contra el cemento un par de veces antes de que la niebla cobalto de Fiumicino lo tragara por completo, dejando a los dos inspectores solos con el rumor del mar y el secreto más pesado de sus vidas.

El habitáculo del Alfa Romeo se sentía como un confesionario claustrofóbico.

Al encender la calefacción, el vaho comenzó a empañar los cristales con rapidez, aislando a Agata y a Marco del mundo exterior, reduciendo el puerto de Fiumicino a un confuso borrón de luces violetas y esmeraldas que parpadeaban a través de la tormenta.

El motor roncaba en un ralentí bajo, constante, llenando el espacio con una vibración mecánica que ayudaba a asentar los nervios.

Marco colocó el maletín de cuero sobre la consola central, entre los dos asientos, de la misma manera que se deposita un cadáver que nadie quiere examinar. Se recostó contra el respaldo de cuero, clavando la mirada en el techo del vehículo.

—Monseñor d'Antonio... —soltó Marco, rompiendo el silencio con un hilo de voz que aún arrastraba el shock—.

Sigo sin poder encajarlo, Agata. He estado en su despacho dos veces este año para organizar la seguridad de uno de sus actos benéficos.

El tipo nos sirvió café en porcelana fina, nos habló de las encíclicas papales sobre la pobreza y nos dio la mano con una sonrisa bendita.

Y resulta que es un maldito general de la mafia rusa. Me produce náuseas solo pensarlo.

Agata mantenía las manos fijas sobre el volante, aunque el coche permanecía estacionado. Sus ojos oscuros estaban perdidos en los charcos del asfalto que reflejaban la luz de los faros traseros.

—La mejor máscara siempre es la que nadie se atreve a arrancar, Marco —dijo ella, con un tono sombrío—.

Smith tiene razón en algo. Llevamos meses sintiendo que chocábamos con una pared invisible cada vez que nos acercábamos a la contabilidad de la Santa Faz.

Ahora sabemos por qué. La pared no era burocracia; era d'Antonio protegiendo el dinero de San Petersburgo.

—¿Y qué vamos a hacer con lo que nos ha pedido ese inglés?

—Marco giró la cabeza para mirarla de frente, con las facciones tensas por la duda—.

¿De verdad estamos considerando hacerle caso?

Es un ex MI5, Agata. Esos tipos están entrenados para usar a la policía local como carne de cañón.

Nos pide que congelemos una investigación por corrupción, que dejemos suelto a Ghiberti y que permitamos que la Bratva monte una guerra en mitad de Roma para que él pueda apuntarse una medalla en La Haya.

—No creo que Smith busque una medalla, Marco —replicó Agata, girándose también para sostenerle la mirada—.

He visto sus ojos. Busca una victoria real.

Lleva el mismo cansancio que llevamos nosotros, pero multiplicado por diez años de frustraciones en juzgados internacionales.

Sabe que, si mañana entregamos este maletín al juez penal de guardia, Ghiberti irá a la cárcel, sí.

D'Antonio será apartado discretamente a una abadía en los Alpes para evitar el escándalo de la Iglesia.

¿Y qué pasará con la mafia rusa? Cambiarán de banco, buscarán a otro monseñor con menos escrúpulos y la lavadora seguirá funcionando antes de que termine el mes.

—¡Pero es que esa es la puta ley, Agata!

—gritó Marco, golpeando el salpicadero con el puño—.

Nosotros somos policías de la Escuadra Móvil, no agentes secretos de la Europol.

Si empezamos a jugar a la geopolítica y a seleccionar qué leyes aplicamos y cuáles congelamos para ver si pescamos un pez más grande, dejamos de ser policías.

Nos convertimos en lo mismo que Ghiberti.

Nos convertimos en jueces de nuestro propio código.

Agata guardó silencio durante un largo instante. El limpiaparabrisas del Alfa Romeo funcionaba en su velocidad más baja, barriendo las gotas de agua con un ritmo monótono que parecía contar los segundos de una cuenta atrás invisible.

—¿De verdad crees que procesar este maletín mañana nos mantendrá limpios, Marco?

—preguntó ella con una voz cargada de una madurez dolorosa—.

Imagina la escena. Entramos en el despacho del fiscal.

Le enseñamos las cuentas puente de d'Antonio.

En dos horas, la Gendarmería vaticana asume la competencia exclusiva del caso basándose en los Pactos de Letrán.

Nos quitan los archivos. A nosotros nos dan un traslado forzoso a una oficina de archivos en Perugia por "razones de seguridad institucional" y Thomas Sheehan aparece flotando en el Tíber al día siguiente con un tiro en la nuca.

¿Eso es lo que entiendes por cumplir con nuestro deber?

Marco abrió la boca para replicar, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.

Sabía que el escenario que Agata acababa de describir no era una exageración paranoica; era el procedimiento estándar cuando la verdad resultaba demasiado incómoda para los palacios del poder en Roma.

Se pasó la mano por el cuello, sintiendo la tensión acumulada en los músculos como un nudo de piedra.

—Es una farsa... —musitó, con el tono desinflado por la realidad—. Una maldita farsa en la que siempre perdemos los mismos.

—Por eso esta vez tenemos que jugar la partida de otra manera —insistió Agata, inclinándose hacia él y poniendo una mano sobre el maletín de cuero—.

Smith nos está ofreciendo una alternativa.

No nos pide que destruyamos las pruebas; nos pide que las mantengamos bajo llave temporalmente, que sirvamos de cobertura mientras d'Antonio y los rusos se despedazan entre ellos por el control de los códigos de Sheehan.

Si ayudamos a la Europol, si nos convertimos en los ojos de Smith en las calles de Roma, tendremos una oportunidad real de atraparlos a todos.

A Ghiberti, a d'Antonio y a la cúpula de San Petersburgo.

Marco observó la mano de su compañera sobre el cuero húmedo del maletín.

La determinación en el rostro de Agata siempre había sido su brújula en los momentos más oscuros de la brigada, esa terquedad indomable que él tanto criticaba pero que, en el fondo, era lo único que mantenía a flote su fe en el cuerpo.

Soltó un suspiro largo, dejando caer los hombros en una señal de rendición interna que, sin embargo, traía consigo una extraña sensación de alivio.

—Nos van a colgar de la cúpula de San Pedro si esto sale mal, Vargas —dijo, forzando una sonrisa mínima, carente de cualquier rastro de alegría—. Lo sabes, ¿verdad?

—Ya he estado en peores plazas, Valenti —respondió Agata, permitiéndose un sutil cambio de ritmo en la voz, un destello del viejo humor de patrulla—. Además, siempre me ha gustado el clima de Perugia para la jubilación.

—De acuerdo —dijo Marco, exhalando el vaho hacia el cristal empañado—.

Ayudaremos al británico. Mantendremos a Ghiberti vigilado sin que note que sabemos lo de sus cuentas y dejaremos el maletín en el doble fondo del armario del despacho.

Pero en cuanto vea que Smith nos utiliza como cebo para salvar su propio pellejo en La Haya, abro esta maleta ante el primer periodista que encuentre en la Via Veneto. ¿Estamos de acuerdo?

—Estamos de acuerdo —asintió Agata, retirando por fin la mano del volante y relajando la postura—.

Mañana a primera hora volveremos a la jefatura como si nada hubiera pasado.

Seremos los dos inspectores frustrados de siempre, quejándose de la falta de presupuesto y del tráfico de la capital.

Ghiberti no debe sospechar absolutamente nada.

Marco engranó la primera marcha del Alfa Romeo.

El motor rugió de nuevo, listo para abandonar de una vez por todas los muelles desiertos de Fiumicino.

Los faros del coche rasgaron la niebla cobalto, iluminando el camino de regreso hacia una Roma que seguía durmiendo bajo la tormenta, ajena por completo a la guerra de alta intensidad que estaba a punto de desatarse en sus venas subterráneas.

Ninguno de los dos volvió a hablar durante el trayecto; la decisión estaba tomada, la alianza forzosa con Brian Smith estaba sellada y el peso del secreto que compartían se había instalado entre ellos como un código de honor que los mantendría unidos hasta el final de la partida o hasta el borde del abismo.

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