Capítulo 30 Pacto en la niebla
La bruma de Fiumicino se pegaba a la ropa con la persistencia de un mal recuerdo.
Bajo el haz amarillento y parpadeante de la única farola que aún resistía en aquel rincón del muelle, el tiempo parecía haberse congelado en una extraña fotografía en blanco y negro.
Agata Vargas mantenía la mano crispada sobre la culata de su Beretta, oculta bajo la cazadora húmeda, mientras sus ojos se clavaban en las facciones del hombre que acababa de descubrirse la cabeza.
A su lado, Marco Valenti dejó escapar un suspiro largo, un hilo de vapor que se disolvió de inmediato en el aire salobre. El impacto de la revelación flotaba entre los tres como un muro invisible.
—Podéis bajar las manos de las armas, inspectores —dijo Smith.
Su italiano era fluido, aunque arrastraba esa cadencia dura, de perfecta pronunciación británica, que evocaba los despachos de Whitehall—.
Si hubiera querido que esta noche terminara de otra manera, no habría venido solo.
Y desde luego, no os habría traído un regalo de este calibre.
Marco dio un paso al frente, con los zapatos crujiendo sobre la grava mojada. La sorpresa inicial empezaba a transformarse en esa irritación tan suya, alimentada por el cansancio de una noche interminable.
—¿Brian Smith? —Marco pronunció el nombre con una mueca que pretendía ser una sonrisa—.
¿El gran estratega de la delegación de La Haya?
¿Qué demonios hace un alto cargo de la Europol jugando a los espías en un espigón de mala muerte en Roma?
Pensé que vuestro trabajo consistía en rellenar informes de trescientas páginas y dar conferencias de prensa en Bruselas.
Smith no se inmutó ante el sarcasmo. Se limitó a dar un paso lateral, permitiendo que la luz de la farola iluminara mejor el maletín de cuero que descansaba sobre el hormigón.
—El trabajo de oficina es para los que creen que este mundo se rige por leyes escritas, Valenti —respondió Smith con una voz grave, pausada—. Vosotros sabéis perfectamente que las cosas importantes de esta ciudad nunca se firman sobre una mesa limpia.
Agata, que no había apartado la vista del rostro del británico, intervino por fin. Su voz sonó más baja que la de su compañero, pero cargada de una sospecha mucho más afilada.
—Nos has citado usando un número encriptado, Smith.
Nos has tenido dando vueltas por la Aurelia y ahora nos entregas documentación clasificada en mitad de una tormenta.
¿Por qué el MI5, o la Europol, o como quieras llamarte esta semana, no ha ido directamente a la jefatura?
¿Por qué no pasar por el despacho del comisario general?
Smith dejó escapar una risa corta, un sonido seco que no llegó a reflejarse en sus ojos azules.
—¿El comisario general? —el británico dio un paso hacia ellos, acortando la distancia física, pero manteniendo una postura que imponía respeto por su envergadura—.
¿De verdad me está pidiendo eso, inspectora Vargas?
Si yo meto este maletín por el registro oficial de la jefatura de Roma, la información no tardaría ni veinte minutos en llegar a las personas equivocadas.
Para cuando el juez firmara la primera orden de entrada, los ordenadores que buscamos ya estarían en un contenedor camino de los astilleros de Vladivostok. No os equivoquéis de enemigo.
—Nosotros no nos equivocamos —replicó Marco, cruzándose de brazos para combatir el frío que empezaba a calarle los huesos—. Buscamos a Thomas Sheehan. Buscamos limpiar la mierda que Ettore Ghiberti nos ha estado tirando encima durante días. Eso es lo único que nos concierne.
Smith guardó silencio durante unos segundos. Miró al cielo, donde las nubes bajas prometían otra hora de lluvia intensa, y luego volvió a clavar sus ojos en los dos italianos.
—Ghiberti es un problema, sí —admitió el británico, cruzando las manos a la espalda—.
Un peón muy útil, muy bien colocado en la estructura de seguridad del Estado.
Pero Ghiberti no es más que el conserje.
El verdadero dueño del edificio se sienta en un lugar mucho más alto.
Un lugar donde la policía italiana no puede entrar sin pedir permiso de rodillas.
Agata frunció el ceño, intuyendo el abismo hacia el que Smith intentaba empujarlos.
—Habla claro, Smith. No tenemos el cuerpo para adivinanzas anglosajonas. Si hay alguien por encima de Ghiberti que esté coordinando la protección de la mafia rusa, danos el nombre.
Smith se inclinó levemente hacia delante, asegurándose de que cada una de sus palabras quedara grabada en la mente de los inspectores.
—Monseñor d'Antonio —soltó el británico sin anestesia.
El silencio que siguió a esas dos palabras fue absoluto, roto únicamente por el lamento sordo del oleaje contra los bloques de hormigón del puerto.
Agata Vargas se quedó completamente rígida.
Sintió cómo el suelo pareció ceder bajo sus pies por una fracción de segundo.
La revelación la golpeó con la violencia de un impacto físico, dejándola sin aire.
Monseñor d'Antonio no era simplemente un clérigo influyente de la Curia romana; era una de las figuras más respetadas de las fundaciones benéficas de la Santa Sede, un hombre cuya fotografía aparecía en los boletines oficiales del Vaticano vinculada a la asistencia social y a la gestión de patrimonios píos.
Pensar en él no como un intermediario o un facilitador político, sino como un miembro activo, un alto cargo de la propia estructura criminal de la mafia rusa desafiaba cualquier esquema mental que la inspectora hubiera construido en sus diez años de carrera.
Marco Valenti dio un respingo involuntario hacia atrás, con las facciones desencajadas por un shock absoluto.
Su boca se abrió a medias, pero no logró articular ningún sonido de inmediato.
Buscó con la mirada el rostro de Agata, esperando encontrar en su compañera alguna señal de que aquello era una broma de pésimo gusto, una exageración de la Europol para forzar una colaboración.
Sin embargo, lo único que encontró en los ojos oscuros de Vargas fue el mismo abismo de incredulidad y espanto que él mismo estaba experimentando.
—¿D'Antonio? —consiguió articular Marco, con una voz que sonó extraña, desprovista de su seguridad habitual—.
¿Estás completamente loco, Smith? Monseñor d'Antonio es.
.. es intocable. Gestiona las cuentas de la mitad de las diócesis del norte.
Lo hemos visto en la televisión con el ministro del Interior.
No puede ser un miembro de la Bratva. Es absurdo. Es una puta locura.
—Es la realidad, Valenti —replicó Smith con una frialdad que helaba la sangre—.
Y que os cause este impacto es la prueba exacta de por qué su estrategia ha funcionado de manera tan perfecta durante los últimos veinte años.
La mejor manera de esconder el dinero ensangrentado de los campos de gas de Siberia y de los muelles de San Petersburgo es pasarlo por los altares de la Iglesia de Roma.
Nadie hace preguntas cuando la transferencia lleva el sello de una fundación que alimenta a los pobres de África.
Agata se pasó una mano temblorosa por la frente, apartándose el pelo húmedo. El pulso le latía con fuerza en las sienes.
—Un miembro... —susurró ella, intentando asimilar el concepto—. No estás diciendo que recibe sobornos. Estás diciendo que forma parte de la jerarquía criminal.
—D'Antonio es el cerebro financiero de la facción de Grigori en Europa —afirmó Smith, sin desviar la mirada—.
Es el encargado de la ingeniería de lavado.
Utiliza el banco del Vaticano para recibir el capital de los oligarcas rusos y, mediante transferencias puente coordinadas con el propio Ghiberti en la policía de fronteras, limpia el dinero y lo devuelve a los circuitos legales de Zurich y Luxemburgo.
Mientras vosotros buscabais a delincuentes de poca monta con tatuajes en los nudillos en Ostia, el verdadero jefe de la plaza os daba las buenas tardes desde las recepciones del Palacio Apostólico.
Marco se frotó la cara con ambas manos, intentando despejar la niebla mental que el shock le había provocado.
—Por eso la Gendarmería intervino tan rápido en la Biblioteca Angelica —musitó el inspector, atando cabos a una velocidad vertiginosa—. Por eso el comisario general nos apartó de la auditoría de Thomas Sheehan en menos de doce horas. Todo el sistema estaba trabajando para proteger a d'Antonio.
—Exacto —asintió Smith, complacido al ver que los italianos empezaban a procesar el tablero real—.
El contable, Sheehan, descubrió el desvío de trescientos millones de euros pertenecientes a la fundación de la Santa Faz.
No eran donaciones; era el capital operativo de Grigori que d'Antonio estaba lavando este mes.
Sheehan se asustó, escondió el dinero en cuentas puente con claves de acceso encriptadas y huyó.
En ese momento, d'Antonio activó a Ghiberti para que utilizara a la Policía de Estado como su servicio de limpieza personal.
Querían colgarle a Sheehan el muerto del desfalco antes de que pudiera abrir la boca ante un juez independiente.
Agata miró el maletín de cuero que seguía en el suelo, bajo la llovizna. Ahora el objeto le parecía un artefacto explosivo a punto de estallar.
—Y ahí dentro está la prueba de todo esto —dijo ella, con un tono en el que la sorpresa empezaba a dejar paso a una fría determinación profesional.
—Ahí dentro hay suficiente dinamita documental para enviar a Ghiberti a una prisión de máxima seguridad y para provocar el mayor escándalo financiero en la Santa Sede desde los años ochenta —respondió el británico—.
Auditorías cruzadas, registros de llamadas satelitales entre d'Antonio y San Petersburgo, y las cuentas puente utilizadas por la fundación de la Santa Faz.