AMOR DIVINO Capítulo 29 El peso de la púrpura y el plomo #2
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Capítulo 29 El peso de la púrpura y el plomo #2

—Estamos moviendo todos los hilos posibles en el ministerio de Justicia italiano para anular la validez legal de las pruebas que aparezcan —aseguró el monseñor, con el sudor frío corriéndole en abundancia por las sienes y empapando por completo el cuello almidonado de su camisa—.

El juez que está de guardia esta semana es un hombre que ha recibido importantes donaciones de nuestras fundaciones benéficas.

Si me dan unas pocas horas de margen, podré organizar una reunión para apartar al inspector del caso y poner a alguien de nuestra confianza. Solo necesito un poco de tiempo.

—No hay más tiempo, y no hay más horas —cortó Grigori de golpe, con una frialdad asesina.

Con una velocidad pasmosa e inesperada para su enorme envergadura física, el aterrador mafioso ruso alargó el brazo derecho, cruzó la superficie del escritorio de caoba y agarró a d'Antonio con violencia por la pechera de su sotana de seda negra.

Los botones ribeteados en hilo de púrpura saltaron por los aires debido a la tensión, tintineando sobre el mármol del suelo como monedas de poco valor.

Con un esfuerzo físico mínimo, Grigori levantó al prelado en vilo, arrastrándolo por encima de la mesa de caoba y tirando a su paso los tinteros de cristal, los informes clasificados y la taza de porcelana de Capodimonte, que se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos.

—¡Suélteme! ¡Esto es un sacrilegio! ¡Está cometiendo un delito en territorio de la Iglesia!

—chilló d'Antonio con una voz aguda, casi cómica por el espanto, con el rostro completamente congestionado por la falta de aire y los ojos desorbitados por el pánico.

Sus manos, antes impecables, suaves y cuidadas, arañaban inútilmente las mangas de cuero duro del abrigo de Grigori en un intento desesperado por liberarse.

Grigori lo empujó con una fuerza brutal contra la gran estantería de libros históricos de la biblioteca, haciendo que varios volúmenes pesados y encuadernados en vitela cayeran a su alrededor, golpeando el suelo con ecos sordos.

El impacto contra la madera rígida le sacó por completo el aire de los pulmones a d'Antonio, quien cayó de rodillas sobre el suelo de mármol, jadeando con dificultad, con la seda de su sotana rasgada por el hombro.

El terror que sentía el religioso ya no era una hipótesis política ni una estrategia de despacho; era la certeza física, dolorosa e inmediata de que su vida dependía en ese preciso instante del capricho de un asesino internacional que no temía a Dios ni a las leyes de los hombres.

—Escúchame bien, cucaracha vestida de púrpura —dijo Grigori, situándose exactamente sobre él y apuntándolo a la cara con un dedo grueso que lucía un anillo de oro con el sello de la hermandad criminal rusa—.

A la Bratva no le importan tus jueces comprados, tus influencias ministeriales ni tus malditas oraciones de cara a la galería.

Queremos nuestro dinero. Todo él. Hasta el último céntimo.

Los trescientos millones de euros que pasaron por la fundación de la Santa Faz durante este último mes deben estar de vuelta en nuestra cuenta de tránsito en la banca privada de Zurich.

D'Antonio, apoyado en sus propios codos sobre el mármol frío, levantó la vista con extrema dificultad, con las lágrimas del dolor físico y del miedo más absoluto empañándole los ojos.

El cerco se estaba cerrando en torno a él de manera irreversible, despojándolo de toda su red de seguridad; se sentía atrapado en una jaula dorada cuyas rejas se estrechaban a cada minuto que pasaba.

—Eso que me pide es materialmente imposible.

.. en el plazo actual... —alcanzó a decir el monseñor, con la voz quebrada, trémula y el labio inferior pasmado—.

Las transferencias de esa magnitud internacional requieren obligatoriamente la firma física de tres cardenales del consejo de administración del banco del Vaticano.

El protocolo de blanqueo que diseñamos estaba pensado para liberar el capital de forma progresiva, en plazos semestrales, para no levantar las alertas automáticas del sistema de control bancario europeo.

Si intento retirar todo el fondo de la cuenta de la Santa Faz de golpe, saltarán los sistemas de seguridad de Fráncfort y las cuentas serán bloqueadas de inmediato por las autoridades internacionales. Nos descubrirán a todos.

Yuri Volkov se acercó lentamente con pasos felinos, se agachó frente al clérigo caído y lo tomó del mentón con una fuerza desmedida, clavándole los dedos en la carne hasta obligarlo a mirarlo fijamente a los ojos.

Sus pupilas de un azul translúcido no mostraban la menor pizca de compasión o empatía humana.

—Entonces sugiero que empiece a falsificar esas tres firmas de inmediato, Monseñor.

O que use su indiscutible elocuencia pastoral para convencer a esos viejos del consejo antes de que termine la semana si es que valora en algo su pellejo —Yuri le dio una palmada leve, humillante y fría en la mejilla empapada de sudor—.

Grigori no ha viajado a Roma para negociar plazos logísticos con la Iglesia, ni para escuchar lecciones sobre el funcionamiento de la banca internacional. Él quiere resultados, y los quiere ya.

—Tienen exactamente cuarenta y ocho horas a partir de este momento —sentenció Grigori, dándole la espalda de golpe y acomodándose el pesado abrigo de cuero con un movimiento seco—.

Cuarenta y ocho horas para devolver hasta el último céntimo de la organización a la cuenta segura de Zurich.

Si el viernes a mediodía el dinero no ha sido ingresado y verificado por nuestros contables, volveré en persona a este despacho.

Y te aseguro, d'Antonio, que la inmunidad diplomática de este palacio y todos tus santos muros no te servirán de nada para retener tus tripas dentro del cuerpo.

Vámonos, Yuri. Aquí ya no hay nada más que hablar.

D'Antonio se quedó tendido en el suelo de mármol, incapaz de incorporarse, escuchando el eco decreciente de los pasos de los dos rusos mientras cruzaban de nuevo la biblioteca privada hacia el ascensor de servicio.

El sonido de las puertas laterales al cerrarse de golpe resonó en las tripas de la estancia como el disparo de un cañón, dejando tras de sí un vacío absoluto.

El despacho regresó a un silencio sepulcral, pero ya no era el silencio majestuoso, protegido y pacífico del inicio de la mañana; era el silencio tenso, pesado y asfixiante de un patíbulo antes de la ejecución.

La luz dorada del exterior seguía cruzando de forma oblicua las ventanas góticas, proyectando las sombras alargadas de los marcos sobre el suelo de mármol como los barrotes oscuros de una celda de la que ya no había escapatoria posible.

Monseñor d'Antonio, el hombre que hasta hacía unas horas creía mover los hilos de la judicatura, la policía y las altas finanzas de Roma, se incorporó con extrema dificultad, apoyándose en la silla volcada.

Temblaba de puro pánico, con la respiración entrecortada y el corazón desbocado, plenamente consciente de que la soga que él mismo había ayudado a tejer con tanta ambición ya se estaba cerrando de forma definitiva y letal alrededor de su cuello de púrpura.

El cerco se había cerrado, los rusos no bromeaban y el tiempo jugaba en su contra en una cuenta atrás que amenazaba con destruirlo todo.

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