AMOR DIVINO Capítulo 29 El peso de la púrpura y el plomo
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Capítulo 29 El peso de la púrpura y el plomo

El despacho privado de Monseñor d'Antonio en el Palacio Vaticano parecía haber encogido de manera drástica bajo el peso de los acontecimientos recientes.

La majestuosidad de los techos altos, decorados con frescos cuyos ángeles acusadores se desvanecían en un azul de ultramar deslucido por el paso de los siglos, ya no ofrecía el refugio aristocrático de antaño.

La luz que se filtraba por los altos ventanales góticos no era limpia ni reconfortante; era un haz de un tono dorado mortecino, espeso y denso, que ponía de manifiesto los millares de partículas de polvo suspendidas en el aire como un banco de niebla en miniatura.

El aroma a cera de abejas y maderas nobles, que en otro tiempo otorgaba prestancia e inviolabilidad al lugar, se percibía ahora rancio, sofocante, mezclado con el vaho amargo de un café expreso que se había enfriado por completo en una taza de porcelana fina de Capodimonte sobre la mesa.

D'Antonio permanecía sentado tras su imponente escritorio de caoba, con las manos ocultas entre las amplias mangas de su sotana de seda negra.

El ribeteado de hilo de púrpura de sus botones, que siempre había lucido como un símbolo inequívoco de poder, influencia y estatus eclesiástico, le pesaba sobre el pecho como una armadura de plomo.

La creciente presión sobre Ettore Ghiberti, el corrupto enlace policial, se había convertido en una sorda obsesión para el prelado.

Aunque en este punto de la historia la inspectora Agata Vargas y el inspector Marco Valenti todavía no tenían nada sólido para incriminar formalmente al policía, d'Antonio sabía que sus pesquisas se estaban volviendo demasiado incisivas y peligrosas.

El simple temor a que los inspectores terminaran tirando del hilo correcto y desenterrando la conexión con las fundaciones pías había provocado un terremoto silencioso cuyas réplicas ya agrietaban los cimientos de su fortaleza.

El teléfono satelital, guardado en el cajón de doble fondo, permanecía mudo, pero su silencio era más aterrador que cualquier llamada.

La corriente de aire del despacho cambió de golpe de forma drástica, alterando la temperatura de la estancia.

No hubo sonido de cerraduras forzadas, ni advertencias de los secretarios de la antecámara, ni protocolos de la Guardia Suiza.

Las pesadas puertas laterales de la biblioteca privada, aquellas que comunicaban directamente con los ascensores de servicio y los pasillos secundarios de la Curia, se abrieron de par en par, permitiendo la entrada de una ráfaga de viento helado que hizo bailar las llamas de los candelabros de plata.

Entró Yuri Volkov. El "Tasador" de San Petersburgo mantenía la misma delgadez fibrosa y la misma mirada de reptil agazapado al sol que en su primera visita, pero su traje de sastre italiano, esta vez de un azul de Prusia impecable, ya no transmitía una sofisticación distante ni corporativa.

Sus pómulos prominentes estaban rígidos y la cicatriz transversal de su nudillo derecho presentaba un tono blanquecino, tenso, debido a la fuerza con la que apretaba el puño.

Sin embargo, Yuri no venía solo en esta ocasión. Detrás de él, ocupando la totalidad del umbral con una presencia colosal que pareció bloquear la poca luz natural que quedaba en la estancia, apareció un hombre de mediana edad, pero de una envergadura física verdaderamente intimidante.

Era Grigori.

El líder supremo de la facción de la Bratva en Europa del Este no vestía trajes de sastre ni utilizaba los modales refinados de sus contables.

Llevaba un abrigo largo de cuero negro, pesado, cubierto por una fina capa de agua de la tormenta exterior, que crujía con cada uno de sus movimientos.

Debajo, una camisa de cuello alto de un color rojo oscuro, denso como la sangre coagulada, contrastaba con su piel pálida.

Su rostro era un mapa de violencia histórica: la piel curtida y agrietada por el frío siberiano, una barba canosa recortada con precisión estrictamente militar y unos ojos hundidos, de un gris metálico, que no miraban a d'Antonio como a un dignatario de la Iglesia, sino como a un subordinado molesto o a una res en el matadero.

Su presencia transformó el aire sacro en una atmósfera cargada de un olor a cuero viejo, colonia barata de alta graduación y una hostilidad animal, primitiva y directa.

—Monseñor —dijo Yuri, y su italiano perfecto sonó más arrastrado y gélido que nunca—.

Me temo que las sutiles gestiones de su departamento para contener a esos policías han fracasado de manera estruendosa.

Ghiberti no ha sido arrestado aún, pero está cercado, vigilado y es completamente inútil para nosotros en este momento.

No hemos venido por él, sino por lo que nos pertenece.

Los fondos de la organización están bloqueados en un entramado de cuentas fantasma y el estúpido de su contable, el puto curita, es el único que sabe exactamente dónde están escondidos esos millones.

Exigimos acceso inmediato a ese capital.

D'Antonio se puso en pie con presteza, intentando apelar a la unción pastoral y a la dignidad de su cargo que tantas veces le habían servido de escudo ante las crisis, aunque el temblor involuntario de sus rodillas amenaza con traicionarlo frente a los dos hombres.

—Señor Volkov... os recuerdo que no soy un simple monaguillo al que podéis intimidar; soy un alto cargo de esta organización en Europa y demando que se me respete como tal —articuló el prelado, forzando una indignación que buscaba frenar la frialdad del ruso—.

Que Ghiberti esté cercado por la policía es solo un contratiempo temporal, no el fin del mundo.

Soy un alto cargo de la curia romana y las autoridades de Italia harán exactamente lo que yo les pida en cuanto mueva las fichas adecuadas.

Thomas Sheehan todavía no ha hablado con nadie, y la orden de detención contra él sigue vigente en el sistema.

Estamos controlando la situación de manera interna.

—¡Cállate, maldito viejo hipócrita! —el rugido de Grigori interrumpió las explicaciones del monseñor con la fuerza de un portazo.

Su italiano era tosco, mal masticado con rabia y envuelto en un acento eslavo profundo que hería los oídos—.

No he viajado en un vuelo privado desde Moscú para escuchar las excusas baratas de un cura que se mea encima de miedo en cuanto las cosas se tuercen.

Grigori avanzó hacia el escritorio de caoba con pasos lentos, pesados e inexorables.

Cada pisada de sus botas militares sobre el mármol pulido del suelo sonaba como una sentencia de muerte en el silencio del palacio.

Yuri lo seguía a un lado, manteniendo los brazos cruzados sobre el pecho, disfrutando visiblemente del evidente terror que comenzaba a desfigurar las facciones del clérigo.

—Señor Grigori, le ruego que guarde el respeto debido a este lugar, a los muros que nos rodean y a mi rango dentro de la Santa Sede —siseó d'Antonio, retrocediendo instintivamente un par de pasos hasta que su espalda chocó con la boiserie de nogal de la pared—.

El Vaticano ha sido un socio leal y extremadamente eficaz para sus operaciones de cobertura internacional durante los últimos veinte años.

Hemos canalizado cientos de millones de euros a través de las fundaciones pías hacia los bancos de Chipre y Luxemburgo sin levantar una sola sospecha en los comités de control del Elíseo o de Washington.

Debería recordar eso antes de proferir amenazas.

—¿Socio leal? —Grigori llegó finalmente hasta el escritorio y apoyó sus enormes manos cubiertas de vello sobre la madera de caoba, inclinándose hacia delante con brusquedad.

Su rostro quedó a escasos centímetros del de d'Antonio.

El monseñor pudo oler el aliento pesado del ruso, un aroma agrio que le revolvió el estómago por completo—.

Un socio leal mantiene a sus perros con la correa bien corta, Monseñor.

Tu policía corrupto, Ghiberti, se ha dejado robar los códigos de las cuentas puente por un cura de tercera clase.

Y lo que es todavía peor para todos nosotros: Nikolai, mi mejor ejecutor, el hombre que yo mismo entrené, sigue desaparecido con el contable australiano y con toda nuestra documentación sobre los oligarcas de San Petersburgo.

—¡Nikolai es vuestra responsabilidad, no la mía!

¡Él es uno de los vuestros! —replicó d'Antonio con la voz rota por un agudo e incontrolable ramalazo de pánico, perdiendo por completo la compostura—.

Yo les advertí por teléfono que Sheehan era un peligro real desde el momento en que empezó a auditar los libros de la tercera logia.

Fueron vuestros hombres los que armaron el escándalo público en la Biblioteca Angelica y los que permitieron que el chico escapara del perímetro de la ciudad.

Yo cumplí mi parte del trato al proporcionarle a Ghiberti la orden de busca y captura.

El fracaso en el terreno es única y exclusivamente de la Bratva.

Yuri ladeó la cabeza con lentitud, interviniendo con una calma gélida que resultaba infinitamente más amenazadora que los gritos ensordecedores de su jefe.

—Nikolai jugaba estrictamente bajo nuestras reglas, Monseñor, hasta que entró en contacto directo con el entorno de corrupción que usted manejaba aquí dentro.

Las claves de encriptación que el puto sacerdote tiene en su poder detallan minuciosamente el lavado de capitales de la cúpula criminal de San Petersburgo.

Si la fiscalía internacional abre esas carpetas digitales antes de que termine el viernes, el imperio de Grigori se congelará por completo en todos los bancos del continente.

¿Es usted capaz de comprender la gravedad de su incompetencia, d'Antonio?

¿O su sotana le impide ver la realidad del mundo exterior?