Capítulo 28 El muelle del misterio #2
—Ya estamos aquí, Marco. No hay marcha atrás —Agata abrió la guantera y comprobó su arma reglamentaria.
El tacto del metal frío contra su palma le devolvió una mínima sensación de control—.
Recuerda: nada de armas a menos que sea estrictamente necesario.
No queremos asustar a nuestra fuente antes de que hable.
—Si es que hay una fuente —refunfuñó él, saliendo del vehículo.
Al bajar, el aire marino los golpeó de frente.
Era una brisa gélida que arrastraba el olor a gasóleo y a madera podrida.
El muelle viejo consistía en una larga lengua de hormigón agrietado que se adentraba en el mar, flanqueada por viejos noráis oxidados y postes de madera carcomidos por el mar.
La niebla se movía en remolinos lentos, perezosos, ocultando y revelando de manera intermitente el final del espigón.
Caminaron uno al lado del otro, manteniendo las manos cerca de las chaquetas, pero sin desabrocharlas.
Cada paso que daban sobre el suelo húmedo resonaba con un eco hueco que parecía viajar sobre el agua.
El tiempo parecía haberse dilatado; los minutos transcurrían con la lentitud del plomo derretido.
—Mira el reloj —dijo Marco en un susurro apenas audible, deteniéndose a mitad del muelle—. Son las doce en punto. ¿Dónde demonios esta?
Agata escudriñó la penumbra. La bruma cobalto era tan densa en ese punto que apenas alcanzaba a ver los contornos de las olas rompiendo suavemente contra los pilares inferiores del muelle. El agua tenía un color cetrino, un verde oscuro y aceitoso que reflejaba la nula luz del cielo nublado.
—Espera —pidió Agata, aguzando el oído.
A lo lejos, en el extremo más alejado del muelle, el sonido metálico de una cadena al golpear contra un poste rompió la monotonía del oleaje. Luego, un crujido de pasos sobre la grava.
Ambos inspectores se tensaron instantáneamente. Marco dio medio paso al frente, interponiéndose instintivamente entre el origen del ruido y Agata, con los ojos entrecerrados para intentar perforar la densa niebla.
Una silueta comenzó a materializarse entre los jirones de bruma.
Era la figura de un hombre envuelto en una gabardina larga, cuyo color exacto era imposible de determinar bajo aquella luz espectral, aunque parecía absorber la negrura del entorno.
Llevaba un sombrero de ala ancha de la vieja escuela, hundido hasta las cejas, que ocultaba por completo sus facciones en una sombra impenetrable.
El hombre se detuvo a unos diez metros de ellos. No se movió. No hizo ningún gesto de hostilidad, pero su mera presencia emanaba una quietud helada que congeló el aire a su alrededor.
—¿Eres tú el del mensaje? —preguntó Marco, alzando la voz para imponerse al rumor del mar. Su tono destilaba toda la frustración contenida durante la noche—. Hemos cumplido nuestra parte. No hay escolta. No hay patrullas. Ahora dinos quién eres y qué es lo que tienes sobre Ghiberti.
El desconocido no respondió con palabras. Manteniendo una distancia prudencial, estiró el brazo izquierdo y depositó el maletín de cuero sobre la superficie húmeda del hormigón, justo en el límite donde la luz de una farola lejana apenas lograba arañar la oscuridad.
Marco amagó con dar un paso al frente, con la irritación a flor de piel por el absoluto mutismo del visitante.
Sin embargo, en lugar de darse la vuelta para perderse en la oscuridad del espigón, el individuo comenzó a avanzar.
Sus pasos, lentos, pesados y deliberados, resonaron contra el cemento agrietado del muelle, rompiendo el compás del oleaje.
Agata contuvo el aliento, con la mano derecha firmemente apoyada sobre la empuñadura de su arma oculta bajo la cazadora.
El corazón le dio un vuelco en el pecho mientras la distancia entre ellos se reducía a cada segundo.
El crujido de la grava bajo las suelas del desconocido era el único sonido que dominaba la noche, incrementando la tensión hasta volverla casi insoportable.
El hombre de la gabardina se adentró finalmente en el haz de luz amarillenta y mortecina que proyectaba la vieja farola del muelle. Con un movimiento pausado, alzó la mano derecha y retiró el sombrero de ala ancha, dejando que la claridad de la baliza portuaria iluminara por completo sus facciones.
El impacto de la revelación golpeó a los inspectores con la violencia de una descarga eléctrica.
Agata Vargas se quedó paralizada, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos, desprovista de cualquier capacidad de reacción.
A su lado, Marco Valenti soltó un jadeo ahogado, dando un respingo involuntario hacia atrás mientras el aire se le congelaba en los pulmones.
Las piezas del rompecabezas que llevaban días intentando encajar saltaron por los aires en una fracción de segundo, devoradas por una realidad que desafiaba toda lógica policial.
Lentamente, con una incredulidad absoluta grabada en el rostro y el pulso desbocado por el shock, Agata giró la cabeza para mirar a su compañero.
Marco, con las facciones desencajadas por el desconcierto y una palidez repentina que le cubría las mejillas, le devolvió la mirada.
Ninguno de los dos fue capaz de articular una sola palabra; se quedaron allí, inmóviles bajo la niebla cobalto de Fiumicino, mirándose el uno al otro sin poder creerse, en ninguna circunstancia, lo que sus propios ojos acaban de presenciar.
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