AMOR DIVINO Capítulo 28 El muelle del misterio
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Capítulo 28 El muelle del misterio

Mientras nuestros prófugos recorrían media Europa para huir de su opresor, el drama en Roma continuaba.

La búsqueda de los fugitivos seguía activa en los despachos de la Questura, oculta tras una densa burocracia policial que ralentizaba cada orden de busca y captura, pero que, bajo la superficie, bullía con la urgencia de los hilos invisibles que el Vaticano seguía moviendo.

La lluvia sobre los tejados de la comisaría no era el habitual torrente grisáceo que diluía los contornos de Roma; aquella noche, el agua arrastraba el reflejo de los neones comerciales, tiñendo el asfalto de un violeta eléctrico y un verde biliar que hería los ojos.

En el pequeño despacho del tercer piso, el ambiente estaba cargado de una humedad densa y pegajosa.

Agata Vargas mantenía los ojos fijos en la pantalla de su teléfono corporativo, donde el mensaje de texto brillaba con la frialdad de un bisturí:

«Dejadlos escapar. Si vuestras patrullas los interceptan en la Aurelia, la Gendarmería los ejecutará antes de que vuestra orden de detención llegue al juzgado.

El peón púrpura ya ha firmado la sentencia de Sheehan.

Manteneos al margen durante las próximas doce horas.

Me reuniré con vosotros esta medianoche en el muelle viejo de Fiumicino.

Os entregaré las pruebas necesarias para hundir a Ghiberti de una sola vez.

No traigáis escolta si queréis que la cita siga en pie».

Marco Valenti caminaba de un lado a otro de la estancia, con los brazos cruzados y las mangas de su camisa color terracota arrugadas hasta los codos. Sus pasos, pesados y rítmicos, hacían crujir el gastado linóleo del suelo.

—Son casi las diez y media, Agata —dijo Marco, deteniéndose junto a la ventana.

El parpadeo de un cartel luminoso al otro lado de la calle arrojaba ráfagas de luz carmín sobre su rostro exasperado—.

Dos horas para que expire el plazo. Y seguimos aquí, de brazos cruzados, jugando a ser los títeres de un maldito fantasma.

Agata no levantó la vista de inmediato. Deslizó un dedo por la pantalla, releyendo cada palabra por milésima vez. El tono de su voz, cuando finalmente habló, era plano, desprovisto de la energía que solía caracterizarla.

—¿Y qué sugieres que hagamos, Marco? ¿Mandamos tres patrullas a la Aurelia? Si el mensaje dice la verdad y la Gendarmería está metida en esto, Thomas estará muerto antes de que podamos redactar el primer informe.

—¡Es que no sabemos si dice la verdad! —exclamó Marco, golpeando levemente la mesa con el dorso de la mano.

La frustración acumulada durante semanas de callejones sin salida vibraba en su pecho—.

Llevamos un mes persiguiendo sombras. Primero lo de Nikolai.

.. que medio departamento insiste en pintar como un monstruo peligroso cuando no tenemos ni una sola prueba de que haya tocado a nadie.

Ni un cadáver, ni una gota de sangre, ni un maldito rastro biológico en los lugares que ha pisado.

Nada. Nikolai es un jodido fantasma, y ahora este nuevo espécimen nos dicta las órdenes por SMS. Me asquea.

Me asquea sentir que cada paso que damos ha sido calculado por alguien más.

Agata se reclinó en su silla de madera, que emitió un quejido agudo.

Observó sus propias manos, crispadas sobre la mesa.

Sentía una opresión en la boca del estómago, un nudo de impotencia que amenazaba con asfixiarla.

La investigación sobre Ghiberti se había convertido en un laberinto de espejos distorsionados.

—A mí tampoco me gusta, Marco —admitió ella, bajando el tono, buscando aplacar la incipiente tormenta que bullía en su compañero—.

Pero piénsalo fríamente. Quienquiera que haya escrito esto conoce el nombre en clave del operativo de Sheehan.

Sabe lo del "peón púrpura". Esa es información clasificada que solo circula en los despachos más altos del ministerio.

Si ignoramos la advertencia, nos arriesgamos a cargar con un linchamiento en la carretera.

—O nos arriesgamos a que Ghiberti gane otras doce horas para limpiar sus cuentas en el extranjero —replicó Marco, volviendo a su deambular.

Su mirada se perdió en las paredes del despacho, cubiertas por mapas de la costa del Lacio que el tiempo había virado hacia un tono amarillento, casi ocre—.

Estamos atrapados en una vía muerta. No avanzamos.

Cada pista legal que seguimos se deshace entre los dedos como arena.

Nos revocan las órdenes de registro, los testigos clave sufren amnesia repentina y, para colmo, cuando aparece una supuesta ayuda, viene con la condición de que vayamos a ciegas a un muelle abandonado.

Nos están manipulando, Agata. Y lo peor es que lo estamos permitiendo.

—No lo estamos permitiendo, estamos sobreviviendo a la situación —corrigió Agata, poniéndose en pie.

Caminó hacia la esquina del despacho donde una vieja cafetera eléctrica goteaba perezosamente, llenando el aire de un aroma rancio y amargo.

Sirvió el líquido oscuro en dos tazas de cerámica desconchada.

Al entregarle una a Marco, sus dedos se rozaron; la piel de ambos estaba fría, helada por la tensión invisible que lo envolvía todo.

—Si este tipo realmente tiene las pruebas para hundir a Ghiberti, el riesgo vale la pena —continuó Agata, entornando los ojos—.

Ghiberti controla los hilos de la judicatura y las finanzas.

Sabes de sobra que con los métodos tradicionales no vamos a llegar a él.

Necesitamos algo contundente. Algo que salte por encima de sus muros de protección.

Marco bebió un sorbo del café amargo, haciendo una mueca de desagrado. El calor del líquido no logró disipar el frío que sentía en los huesos.

—¿Y si es una trampa? —preguntó, con la voz ensombrecida—.

"No traigáis escolta". Es la frase clásica para borrar a dos inspectores molestos del mapa.

Nos metemos en Fiumicino a medianoche, sin apoyo, sin que la central sepa nuestra ubicación exacta.

.. Si las cosas se tuercen, seremos nosotros los que terminemos alimentando a los peces.

—No podemos llevar escolta, Marco. Si ven un solo coche patrulla a la redonda, la cita se cae. Y entonces sí que estaremos oficialmente acabados. No tendremos nada más que un expediente lleno de suposiciones y un sospechoso, Ghiberti, que se reirá de nosotros desde su villa en la Toscana.

Marco soltó un bufido de risa amarga y dejó la taza sobre un montón de informes judiciales archivados.

—A veces me pregunto por qué seguimos en esto. Míranos. Dos inspectores de primera clase, tratados como mensajeros de tercera. Es frustrante. Siento que estamos corriendo en una cinta de correr: sudando, agotándonos, pero sin movernos un solo milímetro del puto sitio de inicio.

Agata guardó silencio. No tenía argumentos para rebatirle porque compartía exactamente el mismo sentimiento de derrota.

La burocracia los había asfixiado; la corrupción sistémica los había arrinconado.

Miró el reloj de pared, cuyas agujas avanzaban con una crueldad metódica. Diez y cuarenta y cinco.

—Prepara la cazadora, Marco —dijo finalmente, con una firmeza que no sentía—. Nos vamos a Fiumicino. Si vamos a seguir siendo los peones de este juego, al menos crucemos el tablero para verle la cara al jugador.

El trayecto hacia la costa fue un ejercicio de silencio sepulcral, solo roto por el batir rítmico de los limpiaparabrisas contra el cristal del Alfa Romeo azul oscuro de Marco.

El paisaje urbano de Roma fue cediendo el paso a la llanura costera, una sucesión de siluetas borrosas bajo una neblina que comenzaba a arrastrarse desde el mar.

No era una niebla blanca y limpia; el reflejo de las luces de la autopista y las industrias cercanas la teñían de un tono cobalto denso, casi irreal, que reducía la visibilidad a apenas unos metros.

Marco conducía con las manos firmes sobre el volante, pero sus nudillos blanqueaban por la presión. Sus ojos se clavaban en la carretera húmeda, que brillaba como la piel de una serpiente negra bajo los faros.

—El tiempo está empeorando —comentó Marco, rompiendo la monotonía del motor—. La marea está subiendo. El aire huele a salitre y a tormenta estancada.

—Faltan veinte minutos —respondió Agata desde el asiento del copiloto. Tenía la ventana entreabierta un par de centímetros para dejar entrar el aire frío, intentando mantener la mente despejada—. ¿Crees que el sacerdote habrá conseguido eludir a las patrullas en la Aurelia?

—Si ha tenido sentido común, se habrá escondido en algún cobertizo agrícola hasta que amanezca —dijo Marco, cambiando de marcha al tomar el desvío hacia el sector viejo del puerto—.

Pero hasta ahora ha demostrado ser impredecible.

Ese es el problema de trabajar con tipos que no tienen nada que perder.

Se vuelven peligrosos, no solo para sus enemigos, sino para cualquiera que intente echarles una mano.

El vehículo se adentró en la zona industrial de Fiumicino.

A ambos lados de la calzada, los viejos almacenes de pescado y los astilleros abandonados se alzaban como esqueletos de hierro oxidado.

La luz aquí era escasa, moribunda; apenas unas pocas farolas de vapor de sodio proyectaban charcos de un amarillo enfermizo sobre los charcos de agua salobre.

Marco detuvo el motor a unos cien metros de la entrada del muelle viejo.

La oscuridad los envolvió de inmediato, una oscuridad espesa, matizada únicamente por la bruma cobalto que flotaba sobre la superficie del agua.

El silencio era total, un silencio denso que amplificaba el sonido de sus propias respiraciones y el crujido del metal caliente del coche al enfriarse.

—Bien, estamos aquí —susurró Marco, sin hacer amago de abrir la puerta—. El muelle viejo. Un lugar idílico para una reunión clandestina. Sigo pensando que esto es una soberana estupidez, Agata.