AMOR DIVINO Capítulo 27 El abrazo de la isla verde #3
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Capítulo 27 El abrazo de la isla verde #3

A medida que ganaban altura con cada giro, las casas de Santa Cruz de La Palma quedaban abajo, reducidas a pequeños dados de colores que se asomaban al mar con la fragilidad de un castillo de naipes.

La vegetación xerófila de la costa baja, dominada por los densos matorrales de tabaibas amargas y los altos cardones que se aferraban a los taludes basálticos, fue dando paso en pocos minutos a la frondosidad de las medianías.

Al ganar altura por las curvas de La Grama, el paisaje se transformó en un bosque termófilo de transición donde los robustos acebuches, las palmeras canarias y los primeros guaydiles silvestres compartían el terreno con los matorrales de vinagreras y los cultivos de secano de los vecinos, anticipando la humedad que ya se respiraba más arriba.

El motor de la Volkswagen trabajaba con un zumbido sostenido, quejándose en las pendientes más pronunciadas, pero devorando la distancia con el brío de la potencia del motor de 130 CV.

El ruso conducía en silencio, concentrado en el tacto del volante, disfrutando de la resistencia mecánica de la dirección en las curvas cerradas, mientras Thomas no apartaba los ojos de los barrancos que se abrían a su derecha.

Allí, la caída hacia el océano era cada vez más limpia, más profunda; el agua ya no parecía una superficie plana, sino una inmensa lona azul cóncava que envolvía los cimientos de la isla.

Fue en ese tramo de la subida donde Thomas vio los primeros ejemplares de dragos.

Había leído sobre ellos en los libros de botánica mística de la biblioteca de la Universidad Gregoriana —donde se les atribuían propiedades mágicas y se decía que su savia, de un rojo espeso como la sangre, era utilizada por los antiguos aborígenes en sus rituales de momificación—, pero verlos en la realidad era una experiencia que bordeaba lo sagrado.

Eran árboles de un aspecto prehistórico, con troncos gruesos, retorcidos y grisáceos que parecían patas de elefante clavadas en la tierra volcánica, coronados por una copa compacta de hojas afiladas en forma de sombrilla.

Se alzaban solitarios en los bordes de los caminos o junto a las ruinas de viejos lagares de madera de tea, como guardianes silenciosos de un tiempo que no se medía con los relojes de los hombres, sino con los ciclos de las erupciones y los vientos alisios.

—Son viejos —comentó Nikolai, señalando con la cabeza un drago de tres brazos que crecía en un recodo de la carretera—. Parecen soldados que han sobrevivido a una guerra muy antigua. Me gustan. No piden perdón por estar aquí.

—Los antiguos canarios los consideraban árboles sagrados —dijo Thomas, con la voz baja, casi sin aliento ante la belleza del paisaje—.

Creían que en sus copas habitaban los espíritus de los antepasados.

Cuando la isla era atacada por los piratas o por los conquistadores castellanos, los guerreros se reunían bajo sus ramas para tomar decisiones de vida o muerte.

Nikolai soltó una carcajada ronca, un sonido que alivió la tensión que flotaba en la cabina.

—Entonces hemos elegido el árbol correcto, angelito. Nosotros también estamos tomando decisiones de vida o muerte bajo estas ramas.

Tras coronar una última curva de casi ciento ochenta grados que bordeaba el flanco exterior de la antigua Caldera de la Concepción —un cráter de explosión extinto que ahora aparecía cubierto en su interior por una alfombra verde de castaños y cultivos de subsistencia—, un pequeño desvío a la derecha, anunciado por un cartel de madera rústica carcomido por la humedad, indicó el acceso definitivo al mirador.

Nikolai giró el volante con suavidad, introduciendo la furgoneta en la pequeña zona de estacionamiento empedrada que se abría junto a la ermita de Nuestra Señora de la Concepción.

El lugar estaba desierto. La edificación religiosa, una pequeña joya del barroco isleño con paredes encaladas que brillaban bajo el primer sol y un campanario de espadaña de piedra negra, parecía flotar en el borde mismo del abismo.

No había turistas, ni coches de alquiler, ni vendedores de recuerdos.

El mirador estaba sumido en un silencio absoluto, un vacío sonoro que a Thomas le pareció casi irreal tras los días de autopistas y salones de ferry abarrotados.

Solo se escuchaba el silbido constante del viento alisio entre las copas de los pinos altos que rodeaban la ermita y el canto lejano, entrecortado, de algunos canarios silvestres ocultos en la maleza del barranco.

Apagaron el motor. Durante un minuto entero, ninguno de los dos hombres hizo el menor ademán de moverse de su asiento.

El silencio que siguió al cese del zumbido mecánico fue tan denso, tan físico, que pareció una bendición no solicitada de la propia tierra.

Thomas se quitó las gafas con dedos temblorosos, se frotó los párpados con el dorso de la mano para limpiarse el cansancio acumulado de la noche de navegación y miró a Nikolai.

El ruso le devolvió la mirada con una fijeza tranquila, estirando su brazo enorme para acariciarle la mejilla con la yema del pulgar, un gesto de una delicadeza asombrosa en unas manos que habían quebrado cuellos en las prisiones de Siberia.

—Hemos llegado, mi pequeño cura —susurró Nikolai, con una voz que había perdido toda la dureza militar—. Salgamos a ver tu paraíso antes de que la bruma baje del monte y nos robe la vista.

Abrieron las puertas de la Crafter y el aire de La Palma los invadió de golpe, llenando sus pulmones con una violencia purificadora.

No era la atmósfera viciada del aire acondicionado del barco ni el olor a alquitrán caliente de las autopistas del continente; era un aire limpio, helado por la altitud, pero calentado en la superficie por los primeros rayos horizontales del sol, que traía consigo un aroma complejo y profundo: el olor penetrante de la resina del pino canario, el aroma dulce de las flores de los almendros de las zonas altas y un fondo de tierra volcánica húmeda que lo inundaba todo.

Caminaron juntos, con pasos lentos y pesados, hacia la barandilla de mampostería del mirador, que se asomaba directamente sobre el vacío.

Lo que vieron los dejó mudos, suspendidos en un instante de pura epifanía visual.

Ante ellos se desplegaba, en toda su sobrecogedora escala geográfica, el gran anfiteatro natural de la comarca este de la isla.

Ochocientos metros más abajo, en una caída que hacía que el estómago se encogiera de vértigo, la ciudad de Santa Cruz de La Palma se extendía a lo largo de la costa como una maqueta minuciosa y perfecta de tejados de teja árabe, plazas arboladas y calles empedradas que convergían en la línea del muelle.

El Ciudad de Valencia, el barco que los había traído hasta allí, aparecía ahora reducido al tamaño de un juguete de hojalata blanca anclado junto al dique exterior, con una delgada columna de humo gris saliendo de su chimenea que se disolvía instantáneamente en el azul del cielo.

La bahía entera era un espejo de agua azul ultramar, densa y brillante, que se abría hacia el este infinito, fundiéndose en la línea del horizonte con un firmamento limpio de nubes.

A la izquierda de la panorámica, las laderas de Breña Alta y Breña Baja ascendían en una sucesión interminable de terrazas verdes, donde el monte de laurisilva formaba un tapiz de seda brillante que cubría las antiguas coladas de roca negra.

Más arriba, cerrando el horizonte hacia el oeste como una muralla de proporciones titánicas, la Cumbre Nueva y la Cumbre Vieja formaban una columna vertebral de conos volcánicos cubiertos por el espeso pinar, cuyas copas empezaban a atrapar la bruma del alisio, creando un juego de luces, sombras y jirones blancos que cambiaba de forma a cada segundo.

El paisaje poseía una armonía brutal, una conjunción perfecta entre la violencia geológica primordial del fuego que había creado la isla y la mansedumbre vegetal que la había conquistado con los siglos.

A Thomas se le llenaron los ojos de lágrimas, unas lágrimas calientes que le resbalaron por las mejillas sin que hiciera nada por ocultarlas.

Era el paraíso en la tierra. El lugar más hermoso, más limpio y apartado del mundo que hubieran visto jamás en su vida un contraste puro e inocente de los paisajes de la curia vaticana.

Nikolai se colocó a la espalda de Thomas, rodeando su cuerpo con sus brazos enormes, pegando el pecho del exsacerdote contra su propia espalda en un gesto de protección total.

Thomas se apoyó en él con todo su peso, sintiendo los latidos del corazón del ruso contra sus omóplatos, dejando caer la cabeza hacia atrás para exponer su cuello al viento fresco del norte y al calor de la boca de Nikolai que ya buscaba su piel con una impaciencia contenida.

Sus manos se encontraron sobre la piedra fría de la barandilla del mirador, apretándose con una fuerza que ya no era el reflejo de la desesperación o del miedo a la captura, sino de una alegría madura, desbordante y limpia.

—Dios mío... —consiguió articular Thomas, con la voz rota por la emoción, mientras contemplaba la inmensidad oceánica que se abría ante sus ojos—.

Es... es como si el mundo hubiera vuelto a empezar aquí, Nikolai.

Como si todo lo que dejamos atrás, todas las oraciones hipócritas que recité en la penumbra de la Basílica de San Pedro, todas las culpas que me arrastraban hacia el fango.

.. se hubieran disuelto en esa inmensidad de agua.

Nikolai apretó el abrazo, hundiendo el rostro en el pelo de Thomas, aspirando el aroma a salitre y champú barato que aún conservaba de la travesía. Su risa fue baja, un ronroneo de satisfacción que vibró directamente en los huesos del exsacerdote.

—Te lo prometí en aquel apartamento de Roma, angelito —dijo el ruso, con una solemnidad que conmovió a Thomas hasta la médula—.

Te dije que buscaría un lugar en el mapa donde el mundo de los hombres no pudiera alcanzarnos.

Un lugar donde no fueras el esclavo erudito de ningún cardenal ni yo el perro de presa de ningún clan de la Bratva.

Mira abajo. Todo ese océano es nuestra fosa común para el pasado.

Aquí nadie sabe quiénes somos, nadie conoce nuestras caras ni busca nuestros nombres auténticos.

Para esa gente que se despierta ahí abajo, solo somos dos extranjeros que acaban de bajar de un ferry con una furgoneta vieja. Nada más. Y nada menos.

Thomas se giró despacio entre los brazos de Nikolai, quedando cara a cara con el gigante ruso.

La luz limpia y vertical de la mañana palmera iluminaba por completo el rostro de Nikolai, mostrando con una nitidez despiadada cada línea de expresión, cada arruga prematura ganada en las celdas de aislamiento y cada cicatriz antigua, pero sobre todo, mostrando esa mirada azul que ahora reflejaba una paz absoluta, una redención personal que todos los millones de euros que había lavado para la organización criminal nunca habían podido comprarle.

—Esto es un bautismo, Nikolai —susurró Thomas, rozando sus labios con los del ruso antes de continuar hablando—.

Siento que... que la piel vieja, la piel de la culpa y del miedo, se me ha caído durante los días de navegación.

Ya no soy el padre Thomas Sheehan, el siervo de la congregación.

No sé exactamente qué soy ahora, pero sé que lo soy contigo, y eso me basta para vivir.

—Eres mi hombre, Thomas —respondió Nikolai con una seriedad que tuvo el peso de un juramento inquebrantable, una ley grabada en piedra—.

Y yo soy el tuyo. Con eso nos basta y nos sobra para construir una vida entera en esta roca verde, aunque tengamos que levantarla con nuestras propias manos desde los cimientos.

El beso que se dieron en el Mirador de la Concepción fue el verdadero final de su huida a través de Europa y el auténtico principio de su existencia compartida.

Fue un beso largo, profundo, sazonado por el viento de la isla y el sabor limpio del aire del norte.

Sus lenguas se encontraron con una parsimonia deliberada que ya no tenía la urgencia eléctrica del miedo a ser descubiertos en un motel de carretera, sino la certeza absoluta de quienes saben que tienen todo el tiempo del mundo por delante.

Sus cuerpos se pegaron el uno contra el otro con una fuerza que borraba cualquier brizna de frío que el viento alisio intentara imponer, fundiéndose ante la silueta blanca de la vieja ermita como una única e indestructible pieza de carne, memoria y voluntad.

Cuando se separaron por fin, Nikolai le sonrió de lado, con ese brillo pícaro y juvenil que Thomas tanto amaba y que tan pocas veces se permitía mostrar, y le dio un suave azote en la cadera antes de encaminarse de vuelta hacia la furgoneta.

—Bueno, mi señor Miller —dijo el ruso en su español impecable, abriendo la portezuela del lado del conductor con un gesto caballeresco—.

El parte de la carretera dice que la operación de fuga ha concluido con un éxito absoluto.

Ahora nos toca cumplir con la parte más importante del plan: buscar un lugar en este pueblo donde preparen un buen café de la isla y donde podamos empezar a gastar el dinero que le robamos al Vaticano en cosas mucho más divertidas que los tanques de gasolina.

¿Qué dice el mapa? ¿Subimos hacia los bosques del norte o bajamos a explorar la ciudad de los balcones?

Thomas se colocó las gafas, sonriendo con una ligereza que le ensanchaba el pecho de una manera que no recordaba haber sentido jamás en su vida adulta. Abrió la puerta del copiloto, echando una última y larga mirada al horizonte azul del Atlántico antes de subir a la cabina.

—Llévame donde quieras, Nikolai —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Contigo, cualquier camino en esta isla es el correcto.

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