AMOR DIVINO Capítulo 27 El abrazo de la isla verde #2
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Capítulo 27 El abrazo de la isla verde #2

El verdadero contraste, la estación más difícil de aquella travesía, llegó con la entrada nocturna en Las Palmas de Gran Canaria.

El puerto de La Luz no era un embarcadero isleño; era una ciudad hiperconectada dentro de otra ciudad, un bosque colosal de mástiles, grúas pórtico gigantescas, plataformas petrolíferas iluminadas como árboles de Navidad flotantes y grandes cargueros transoceánicos de todas las banderas imaginables.

El ajetreo nocturno de la capital grancanaria, el rugido constante de las carretillas portacontenedores, las sirenas de los remolcadores y los gritos de los estibadores en la penumbra del muelle trajeron de vuelta la paranoia criminal que el océano parecía haber calmado.

Nikolai se mantuvo en alerta máxima. Pasó las cuatro horas de la escala de pie junto a las escaleras de acceso de la cubierta principal, con la mano metida en el bolsillo de la chaqueta donde descansaba la Glock de nueve milímetros que se negaba a abandonar.

Thomas lo observaba desde el fondo del salón, sintiendo que el nudo en el estómago que lo había acompañado desde Roma volvía a apretarse.

El reflejo de las luces de la playa de Las Canteras sobre el agua aceitosa y negra del puerto parecía el decorado de una película de espías de la que eran los protagonistas involuntarios.

"Un solo error aquí", pensó Thomas mientras veía a una patrulla de la Guardia Civil recorrer el muelle, "y todo habrá terminado antes de empezar".

El alivio llegó con el amanecer de la jornada previa en Santa Cruz de Tenerife.

El imponente macizo de Anaga los recibió envuelto en nubes bajas, con el puerto tinerfeño bullendo de una actividad más amable, más comercial.

Fue allí, mientras el Ciudad de Valencia dejaba atrás la capital de la provincia y rodeaba la isla rumbo al oeste para enfilar el canal que los llevaría a La Palma, donde contemplaron por fin la silueta del Teide.

El gigante dormido rompía el mar de nubes a más de tres mil metros de altura, con su pico nevado brillando bajo el sol de la tarde como un faro de piedra blanca que vigilaba el Atlántico.

Esa visión del coloso solitario, recortado contra el azul absoluto del cielo superior, fue el preludio de lo que ahora tenían ante sus ojos: el salto definitivo hacia la isla más tropical, el reducto verde donde los mapas simplemente se borraban y daban paso al vacío.

Un chasquido metálico, agudo y estridente, interrumpió las evocaciones de Thomas. Los altavoces de la cubierta cobraron vida con el tono aséptico y ligeramente distorsionado de la megafonía de a bordo:

«Atención, señores pasajeros. Les informamos de que el buque Ciudad de Valencia se encuentra próximo a realizar su maniobra de atraque en el puerto de Santa Cruz de La Palma.

Se ruega a todos los conductores que desciendan a las cubiertas de garaje para proceder al desembarque de los vehículos.

Por favor, sigan las indicaciones del personal de a bordo y mantengan las distancias de seguridad.

Gracias por confiar en Naviera Armas Trasmediterránea».

El hechizo de la cubierta de estribor se rompió con el murmullo de los escasos pasajeros que comenzaban a recoger sus bártulos: mantas de viaje, termos de café y bolsas de mano.

Nikolai miró a Thomas con una sonrisa decidida, una de esas raras muecas donde el asesino dejaba paso al hombre que simplemente quería empezar de nuevo.

—Es la hora, angelito —dijo el ruso, tocándole el hombro con suavidad—. Vamos a por la furgoneta antes de que los marineros empiecen a gritar en su dialecto de las islas.

El descenso a las bodegas del barco fue un regreso temporal al infierno de hierro, grasa y humo del que habían intentado escapar en Cádiz.

Al cruzar la pesada puerta estanca que comunicaba la zona de pasaje con las cubiertas de carga, el calor acumulado de los motores diésel y el olor penetrante a gasóleo quemado los envolvieron como una manta sucia.

Los conductores esperaban junto a sus vehículos en un silencio tenso, roto solo por el chasquido de los cierres centralizados y el crujido metálico de las cadenas de trincaje que los marineros del ferry iban soltando, golpeándolas con barras de acero que resonaban en la estructura del barco como golpes de martillo en un yunque.

Encontraron su vieja furgoneta Volkswagen Crafter encajonada en la sección de popa de la cubierta tres, exactamente donde la habían dejado hacía tres días, a la que le colocaron sus nuevas matrículas falsas españolas.

Al subir a la cabina, el espacio les pareció extrañamente familiar, un hogar en miniatura que guardaba los olores acumulados de su huida: el aroma a café rancio que compraron en la frontera de Irún, el mapa de carreteras de España arrugado y manchado de grasa sobre el salpicadero, y el cuaderno de Thomas abierto por una página donde los versículos del Libro de los Reyes se mezclaban con las anotaciones de las distancias kilométricas.

Nikolai introdujo la llave en el contacto.

El motor de cinco cilindros arrancó con un traqueteo fiable, un ronroneo mecánico que a Thomas le sonó a música celestial tras los días de incertidumbre.

El ruso colocó las manos sobre el volante, con los nudillos blancos por la fuerza del agarre, y fijó la vista en la rampa trasera del barco.

La monumental compuerta hidráulica del Ciudad de Valencia comenzó a descender con un quejido de cadenas y pistones, abriéndose lentamente hacia el muelle de Santa Cruz de La Palma.

El hueco que se abría en la popa del barco se inundó de golpe con una ráfaga de luz blanca, purísima, y una corriente de aire marino que barrió instantáneamente el hedor a combustible de la bodega.

El oficial de carga, un hombre bajo y moreno con la piel curtida por el salitre y un chaleco reflectante que le quedaba grande, comenzó a dar salida a los vehículos con movimientos enérgicos de los brazos.

—¡Vamos, la furgoneta! ¡Despacio por la rampa! ¡Buen viaje, caballeros! —gritó el marinero cuando Nikolai inició la marcha, dando dos palmadas secas en la chapa trasera del vehículo que resonaron en la cabina.

Los neumáticos de la Crafter rodaron sobre las planchas metálicas estriadas de la rampa y, con un último traqueteo sordo que sacudió la suspensión, pisaron el asfalto firme y estable del muelle palmero.

La sensación de tocar tierra fue casi mística para Thomas; el suelo bajo sus pies ya no se movía, el viaje marítimo había concluido, y con él, la última posibilidad de dar marcha atrás. Estaban en La Palma.

Nikolai guio el vehículo por el carril de salida del recinto portuario, pasando junto a las oficinas grises de la aduana y la antigua estación de pasajeros de la compañía Trasmediterránea, un edificio de líneas racionalistas que mostraba el desgaste del tiempo y el salitre.

Al cruzar la valla de seguridad del puerto, se incorporaron directamente a la Avenida Marítima de la ciudad.

El tráfico a esa hora de la mañana era escaso, compuesto apenas por algunos taxis locales y camiones de reparto que iniciaban la jornada descargando cajas de fruta en los comercios de la zona.

Las calles de Santa Cruz aparecían limpias, lavadas por la humedad de la noche, bordeadas de farolas de estilo alfonsino y fachadas de un marcado carácter colonial que a Thomas le recordaron de inmediato a las descripciones de los cronistas de Indias que había leído en las bibliotecas vaticanas.

—¿Hacia dónde, mi guía? —preguntó Nikolai, reduciendo la marcha ante una rotonda flanqueada por parterres de flores de un rojo encendido que Thomas no supo identificar—. No podemos quedarnos dando vueltas por el puerto. Las caravanas llaman la atención de la policía local.

Thomas consultó el mapa físico de la isla que tenía sobre las rodillas, un plano desplegable de la editorial Freytag & Berndt que había comprado en una gasolinera cerca de Madrid.

Su dedo índice, largo y pálido, trazó una línea sinuosa que subía desde el corazón de la ciudad hacia las alturas boscosas que la custodiaban desde el oeste.

—Tenemos que buscar la carretera LP-201, Nikolai.

Sube hacia el norte, bordeando el risco del antiguo cráter.

Hay un lugar, a unos pocos kilómetros de aquí, que las notas del padre Anselmo llamaban el Mirador de la Concepción.

Desde allí se domina toda la bahía y el acceso al interior.

Quiero que nuestra primera vista de la isla sea desde lo alto.

Necesito ver el territorio antes de adentrarnos en él.

—Entendido —respondió el ruso, tomando la segunda salida de la rotonda con una destreza fría que hacía parecer que hubiera conducido por aquellas calles coloniales toda su vida—. Busquemos las alturas.

La furgoneta dejó atrás las últimas casas de la Avenida Marítima y comenzó un ascenso que a Thomas le pareció casi vertical, un desafío directo a las leyes de la física y de la ingeniería de caminos.

La carretera se estrechó de inmediato, perdiendo el carril doble para convertirse en una cinta de asfalto que serpenteaba por la ladera del monte en curvas cerradas de horquilla que obligaban a Nikolai a reducir a segunda marcha y a clavar los ojos en los espejos retrovisores para vigilar los giros de la zaga de la furgoneta.