AMOR DIVINO Capítulo 27 El abrazo de la isla verde
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Capítulo 27 El abrazo de la isla verde

La luz del amanecer sobre el Atlántico no se parecía a ninguna otra que Thomas hubiera registrado en sus cuadernos de viaje.

No poseía la claridad gélida, casi quirúrgica, de las cumbres alpinas que habían cruzado en su huida de Italia, ni el resplandor de horno viejo de las llanuras manchegas donde pasaron sus últimas noches en la península.

Era una luz lavada por la sal, densa, casi táctil; una claridad suspendida que parecía emerger de las propias profundidades del océano en lugar de descender del firmamento.

En la cubierta superior del Ciudad de Valencia, pegados a la barandilla de estribor donde el viento del norte traía ráfagas cargadas de una humedad helada, los dos hombres contemplaban el horizonte con la fijeza hipnótica de quienes buscan una señal de vida tras un largo naufragio.

Thomas se ajustó el cuello del abrigo, sintiendo cómo los restos del vaho de su propia respiración se mezclaban con el salitre.

Sus manos, que durante años habían sostenido el cáliz y pasado las páginas de pergaminos medievales en el Archivo Secreto Vaticano, estaban ahora agrietadas por el frío del viaje y marcadas por la tensión de la carretera.

Miró de reojo a Nikolai. El ruso permanecía inmóvil, como una escultura de granito vestida con una chaqueta de lona marina.

Su perfil, roto por la ahora casi imperceptible antigua cicatriz que le cruzaba el pómulo izquierdo —un recuerdo de sus años en los batallones de castigo de la Segunda Chechenia—, se recortaba contra el cielo grisáceo con una dureza que, sin embargo, Thomas ya sabía descifrar.

Nikolai no estaba asustado; estaba calculando.

Su mente seguía funcionando como la de un estratega militar, evaluando las rutas de escape, el calado del puerto que se aproximaba y las posibilidades de que un equipo de extracción de la Bratva o los hombres de Montseñor d´Antonio los estuvieran esperando en el muelle.

—La presión atmosférica está bajando —dijo Nikolai sin desviar la mirada del horizonte.

Su voz, un barítono profundo que conservaba el rastro áspero del suburbio de Nizhni Nóvgorod, vibró en el pecho de Thomas—.

Los alisios cubren con su mar de nubes las zonas altas.

Es bueno. La bruma oculta las matrículas y confunde a los satélites.

Thomas sonrió levemente, una mueca de cansancio y ternura.

—Ya no hay satélites buscándonos, Nikolai. Al menos no por hoy. D´Antonio cree que nos ahogamos en el Adriatico o que estamos escondidos en algún barrio bajo de Roma. No se le ocurriría buscar al archivista de la Santa Sede en los mapas marginales del imperio español.

—Un buen cazador nunca deja de mirar los márgenes, angelito —replicó el ruso, girándose por fin para mirarlo.

Sus ojos, del azul del hielo marino, se suavizaron al posarse en las facciones cansadas del exsacerdote—.

Especialmente cuando la presa tiene en su poder los números de cuenta que financian la mitad de las diócesis de la Europa del Este.

El viento arreció, obligándolos a arrimarse más el uno al otro.

El Ciudad de Valencia, un veterano ferry de Naviera Armas con miles de millas en sus cuadernos de bitácora crujió cuando una ola más alta de lo normal golpeó las amuras de estribor.

El sonido del agua al romperse contra el acero era un recordatorio constante de la delgada línea que los separaba del abismo.

Para Thomas, cada balanceo del barco era un eslabón que se rompía en la cadena de su vida anterior.

Cada milla náutica recorrida hacia el oeste ensanchaba la distancia entre el hombre que había sido —el sumiso, erudito y temeroso padre Thomas Sheehan — y el hombre en el que se estaba convirtiendo a la fuerza: un prófugo, un apóstata, el amante de un asesino convicto.

Ante ellos, emergiendo del Atlántico como una colosal fortaleza de basalto y esmeralda, comenzó a recortarse la silueta de San Miguel de La Palma.

La isla no aparecía de forma gradual, como las costas llanas del Mediterráneo; se imponía en el espacio con una verticalidad sobrecogedora, casi violenta.

Desde el mismo nivel del mar, las laderas se disparaban hacia el cielo en pendientes inverosímiles, cubiertas por un manto espeso de pino canario que, a esa hora temprana, atrapaba las nubes bajas en un abrazo de jirones blancos.

Era la "Isla Bonita", el último fragmento de tierra firme antes de la nada oceánica, y para ellos, el final teórico de una línea de sangre, gasolina y miedo trazada a lo largo de media Europa.

Thomas metió la mano en el bolsillo de su abrigo y palpó el tacto frío del cuaderno de cuero donde anotaba sus pensamientos.

Sentía la tentación de escribir, de fijar en el papel la descripción de ese monstruo verde que nacía de las aguas, pero el frío en los dedos era demasiado intenso.

Prefirió mirar, grabar la imagen en su memoria retiniana.

Observó las coladas de lava antigua que morían en los acantilados, las cicatrices negras del tiempo geológico que se mezclaban con el verde injertado de la vegetación.

Aquella isla era un monumento a la supervivencia: un territorio destruido una y otra vez por el fuego de sus propias entrañas que, sin embargo, siempre encontraba la manera de volver a cubrirse de bosque.

"Como nosotros", pensó Thomas, apretando los dientes.

"Como este amor maldito que nació en las catacumbas y que ahora busca un trozo de roca donde echar raíces".

Mientras el buque maniobraba con la parsimonia de un gigante herido para encarar el dique exterior del puerto de Santa Cruz de La Palma, Thomas no pudo evitar repasar mentalmente el mapa de los últimos tres días.

Aquella travesía atlántica no había sido un simple viaje en barco, sino una lenta purga de sus vidas pasadas, una descompresión en etapas que los había llevado por la espina dorsal del archipiélago canario en una ruta de contrastes que ahora le parecía casi irreal, como las estaciones de un viacrucis invertido que no conducía a la crucifixión, sino a la libertad.

Recordó el momento en que el ferry zarpó del puerto de Cádiz.

El abandono de la península había tenido un tinte de despedida silenciosa; la furgoneta entró en la bodega del barco bajo empujado por las prisas de los operarios por zarpar, llevando consigo sus pocas pertenencias y aquellos pasaportes falsificados que los esperaban en la guantera, listos para otorgarles los nombres y las vidas de dos desconocidos.

Aquella primera noche en el mar, resguardados en la penumbra del camarote 612, el mundo se redujo al balanceo largo y pesado del barco cruzando el golfo.

Lejos de las carreteras europeas, Thomas experimentó por primera vez una profunda sensación de seguridad.

Dormir al abrigo del cuerpo de Nikolai, arrullado por su respiración acompasada, le transmitió una paz y una tranquilidad que no había sentido en años.

El crujido del barco ya no era una amenaza, sino un escudo que los alejaba de los pasillos vaticanos y de los fantasmas del pasado, permitiéndole descansar con la certeza absoluta de que, al menos a bordo, nadie los podía alcanzar.

La primera escala, casi treinta horas después, los devolvió a la realidad mineral de las islas en Arrecife, la capital de Lanzarote.

El cambio de escenario fue un choque térmico y visual para el que Thomas no estaba preparado.

Desde la cubierta, el puerto de Los Mármoles se les reveló bajo una luz cegadora, una claridad que rebotaba con una violencia casi física en las bajadas de lava negra y en las fachadas rigurosamente blancas de las casas que rodeaban el Charco de San Ginés.

Era una belleza desértica, geológica, donde el viento del este soplaba sin descanso, arrastrando el polvo fino del Sáhara que volvía el aire caluroso y espeso.

Mientras desembarcaban la carga, se quedaron en el corredor exterior de la cubierta de pasajeros, observando desde lo alto cómo las grúas portuarias descargaban contenedores y cómo los operarios del puerto se movían con una lentitud africana bajo un sol inclemente.

Thomas sintió en Lanzarote la presencia del desierto, la proximidad de un continente hostil, y aquella aridez no hizo más que aumentar su impaciencia por llegar al destino final.

Apenas unas horas después, el barco costeó hacia el sur para adentrarse en Puerto del Rosario, en la vecina Fuerteventura.

Aquella parada fue breve, casi un suspiro de arena, cal y viento.

Desde la barandilla, la isla se mostraba como una sucesión de lomas infinitas y doradas, playas desiertas que se fundían con un agua de color turquesa tan irreal que Thomas tuvo que parpadear varias veces, limpiándose las gafas empañadas, para convencerse de que no era un espejismo pintado en un lienzo de baja calidad.

El puerto majorero era pequeño, funcional, y el aire que entraba por las ventanas del salón traía un olor extraño, una mezcla de olores desde una intensa y refrescante brisa marina, combinada con el aroma a salitre, el característico perfume a gasoil de los barcos pesqueros y comerciales, y el frescor a marisco y pescado fresco que llega desde la zona de la lonja, un recordatorio de que la vida en aquellas latitudes se regía por normas muy distintas a las de las metrópolis europeas de las que venían huyendo.

Nikolai, sentado en una de las esquinas del salón de fumadores, pasaba las páginas de un periódico local con la aparente indiferencia de un turista, pero Thomas notaba el temblor casi imperceptible en sus dedos cada vez que un pasajero con aspecto militar o chaqueta oscura subía a bordo.