Capítulo 26 El embarque de las almas #2
Al cruzar la pesada puerta estanca que separaba los garajes de la zona de pasaje, el ruido del puerto se extinguió, sustituido por el zumbido sordo e incesante de los potentes motores diésel del barco y el murmullo del aire acondicionado.
El Ciudad de Valencia era un buque moderno, decorado con una estética contemporánea, luminosa y hotelera: pasillos amplios con suelos de lamas de madera clara y mamparas en tonos beige y gris pálido que aislaban eficazmente el sonido.
El diseño jugaba con sutiles contrastes en color turquesa y verde agua —presentes en las tapicerías de las zonas comunes y los cabeceros acolchados de los camarotes—, todo iluminado por una luz blanca y uniforme que nacía de plafones integrados en los techos técnicos de placas metálicas.
Se dirigieron a la recepción de la cubierta seis, donde una azafata con uniforme marrón y camisa beige comprobó sus pasajes con rapidez, entregándoles la tarjeta magnética que abría el camarote exterior número 612.
El pasillo de los camarotes era un corredor estrecho, silencioso, donde el balanceo del barco apenas empezaba a insinuarse debido al movimiento de salida del puerto.
Cuando Nikolai introdujo la tarjeta en la cerradura del camarote 612, el testigo verde parpadeó con un clic reconfortante. Entraron y cerraron la puerta tras de sí, pasando el cerrojo de seguridad de tres pestillos.
El espacio era un pequeño remanso de paz y comodidad diseñado para travesías largas.
A la izquierda, una cama de matrimonio empotrada entre dos mamparas, vestida con sábanas blancas inmaculadas de tacto suave; sobre la cabecera, dos focos de lectura orientables de luz cálida.
A la derecha, un mueble de madera Clara que hacía las veces de escritorio, con un espejo rectangular grande y una pequeña televisión de pantalla plana sujeta a la pared.
Al fondo, un ojo de buey circular de generosas dimensiones mostraba ya la espuma blanca que levantaba el casco del barco al acelerar, con la silueta lejana de los bloques de pisos de Cádiz desvaneciéndose en la bruma marina.
El baño, integrado en una cabina prefabricada de color blanco, estaba impecable, con toallas limpias colgadas de los ganchos cromados y el olor a desinfectante fresco.
Thomas dejó caer la bolsa de viaje en el suelo y caminó hacia el ojo de buey, apoyando las manos en la mampara metálica.
Vio cómo el agua azul oscuro ganaba terreno, cómo la tierra firme se convertía en una línea borrosa en el horizonte.
De repente, una profunda sensación de alivio, mezclada con un cansancio acumulado de miles de kilómetros de tensión, lo desbordó.
Sus hombros se relajaron por fin, perdiendo esa rigidez militar que los votos y la huida le habían impuesto.
Nikolai se acercó por detrás sin hacer ruido sobre la moqueta.
Sus brazos enormes rodearon la cintura de Thomas, pegando la espalda del exsacerdote contra su pecho hercúleo.
El ruso hundió el rostro en el cuello de Thomas, respirando su piel con una avidez que hizo que el menor cerrara los ojos, abandonándose por completo a ese abrazo.
—Ya está, angelito —susurró Nikolai, y su voz vibró directamente contra los omóplatos de Thomas—. Estamos flotando en mitad del océano. El Vaticano no tiene barcos de guerra, ni la policía puede poner un control de carretera en el agua. Estás a salvo. Estamos solos.
Thomas se giró entre los brazos de Nikolai, quedando de frente a él. La luz dorada de la tarde que entraba por el ojo de buey recortaba el perfil de sus rostros, iluminando las pupilas verdes del clérigo, que ahora brillaban con una determinación ardiente, desprovista de miedos, culpas o reservas.
—No quiero estar solo, Nikolai —dijo Thomas, con una voz que ya no temblaba, sino que exigía con la urgencia de los sentidos—. Quiero estar contigo. Ahora.
El beso que unió sus bocas fue el detonante de una combustión que se había estado alimentando durante toda la jornada de asfalto y tensión.
Ya no había la timidez del primer encuentro en la furgoneta, ni la coreografía contenida de los primeros días.
Había una compenetración absoluta, un reconocimiento mutuo de dos cuerpos que se sabían salvados por el otro.
Las lenguas se buscaron con una ferocidad madura, saboreando el gusto limpio de su propia entrega, mientras las manos de Nikolai buscaban el dobladillo de la camiseta de Thomas para deslizarla hacia arriba.
Thomas levantó los brazos, facilitando el movimiento, y la prenda voló hacia algún rincón de la moqueta.
El torso pálido y elástico del sacerdote quedó expuesto a la luz del ojo de buey, mostrando el relieve suave de sus costillas y el pulso acelerado de su corazón bajo la piel.
Nikolai retrocedió un paso, sin dejar de mirarlo con una fijeza que devoraba cada centímetro de su anatomía, y se despojó de su propia camiseta con un único movimiento violento.
Su anatomía hercúlea, jalonada por las placas simétricas de sus músculos y el mapa de cicatrices antiguas, se impuso en el reducido espacio del camarote como una escultura de bronce vivo.
Thomas no esperó. Sus manos, ávidas de contacto, se posaron sobre el pecho del ruso, recorriendo la dureza de sus pectorales y descendiendo por la línea del abdomen robusto y bien definido.
Sus dedos delgados se engancharon en el elástico del pantalón de Nikolai, empujándolo hacia abajo junto con la ropa interior, mientras el ruso desabrochaba con dedos diestros el cinturón de Thomas, despojándolo de sus pantalones con una urgencia coordinada que parecía una danza ensayada mil veces.
La desnudez de ambos fue absoluta bajo la luz circular del ojo de buey.
Ya no eran el sacerdote y el verdugo; eran dos hombres despojados de sus identidades impuestas por el mundo, dos piezas de una misma maquinaria biológica que encajaban a la perfección.
Nikolai guio a Thomas hacia la cama, empujándolo con suavidad sobre las sábanas blancas que crujieron ante el peso de sus cuerpos combinados.
El ruso se posicionó entre las piernas de Thomas, suspendiendo su inmensa estructura sobre los antebrazos para no aplastarlo, pero buscando el contacto directo de sus pieles.
El roce de sus miembros erectos, alineados y húmedos por la excitación previa arrancó un gemido largo y ronco de la garganta de Thomas, que arqueó la pelvis instintivamente hacia arriba, buscando sellar ese vacío que los separaba.
—Mírame, Thomas... —pidió Nikolai con la respiración entrecortada, sus ojos fijos en las pupilas encendidas del sacerdote—. Dime quién eres ahora.
—Tuyo... —alcanzó a jadear Thomas, enredando sus piernas alrededor de los muslos potentes del ruso, anclándolo a su cuerpo con una fuerza sorprendente—. Soy tuyo, Nikolai. No hay nada más.
El acto sexual se transformó en una marea de sensaciones donde las barreras de la individualidad se diluyeron por completo.
Las manos de Nikolai se cerraron alrededor de las caderas de Thomas, levantándolo ligeramente para acompasar el movimiento rítmico de sus caderas, creando una fricción lujuriosa entre sus vientres que inundó el camarote con el sonido húmedo y constante de su entrega.
Thomas, entregado a la inercia de su propio cuerpo encendido, subió sus manos hasta los hombros del gigante, clavando las uñas en la piel olivácea de Nikolai, guiando el compás con una exigencia que hacía que el ruso perdiera toda su rigidez militar.
Cada embestida sutil de sus pelvis, cada roce de sus pechos tensos y el entrelazamiento de sus manos sobre la almohada los iba fundiendo en una sola persona.
No había prisa en el camarote 612; el zumbido constante de los motores del barco proporcionaba un metrónomo perfecto para su coreografía carnal.
El calor que generaban sus anatomías saturó el ambiente, haciendo que una fina capa de sudor cubriera sus pieles, haciendo que los deslizamientos fueran aún más intensos, más profundos, más definitivos.
Thomas sentía que cada espasmo de placer borraba los años de celdas de libros, las oraciones vacías y los miedos a la condenación; la única salvación real estaba en la boca de Nikolai, en el peso de su cuerpo hercúleo que lo reclamaba como suyo.
Nikolai, por su parte, se vaciaba de la violencia y la oscuridad de su pasado en cada caricia devota que le dedicaba al clérigo, transformando su fuerza bruta en un instrumento de puro deleite para el hombre que amaba.
El ritmo se aceleró de forma salvaje cuando el sol comenzó a hundirse del todo en el océano, tiñendo el camarote de un rojo crepuscular.
Las respiraciones eran ya jadeos desesperados, un diálogo de nombres susurrados entre besos húmedos que reclamaban el final.
Nikolai hundió el rostro en el hombro de Thomas, mordiendo con suavidad la carne pálida mientras sus caderas se movían con una velocidad frenética, llevando a ambos al límite del abismo.
—Nikolai... ¡Nikolai! —clamó Thomas, con los ojos entornados y la mente suspendida en un fulgor blanco, apretando sus piernas con todas sus fuerzas alrededor de la cintura del gigante.
Un último empuje definitivo, un encuentro total de sus vientres que crujió la estructura de la cama, desató el orgasmo mutuo.
Thomas se arqueó violentamente sobre las sábanas, liberando un gemido agudo, roto y celestial, mientras su fluido cálido se derramaba entre los cuerpos de ambos.
En el mismo segundo, Nikolai emitió un rugido sordo, un sonido ancestral que vibró en la mampara del camarote, liberándose con espasmos largos, potentes y profundos que sacudieron toda su formidable musculatura, entregándose por completo al naufragio carnal sobre el pecho de Thomas.
El silencio regresó de golpe al camarote 612, quebrado únicamente por el sonido acompasado de sus respiraciones que buscaban recuperar el aliento y el siseo constante del aire acondicionado.
Nikolai se desplazó lentamente hacia un lado, pero sin romper el contacto físico, estirando su brazo colosal para que Thomas pudiera usarlo como almohada.
El sacerdote se acurrucó de inmediato contra el costado del ruso, apoyando la cabeza en su torso vigoroso justo donde el latido del corazón de Nikolai comenzaba a estabilizarse en un ritmo pacífico y regular.
Nikolai cubrió sus cuerpos con la sábana blanca, protegiéndolos de la corriente fresca del camarote, y entrelazó sus dedos con los de Thomas sobre la cama.
A través del ojo de buey, la noche atlántica se había desplegado por completo, mostrando un cielo tachonado de estrellas que se reflejaban en las aguas oscuras y profundas del océano.
Ya no había tierra a la vista, ni carreteras que seguir, ni pasados que arrastrar.
Abrazados en la penumbra del barco que avanzaba con paso firme hacia el suroeste, los dos huérfanos del mundo cerraron los ojos por fin, quedándose dormidos en los brazos del otro, mecidos por el pulso sordo del motor y la absoluta certeza de que, pasara lo que pasara al llegar a la costa, ya se habían convertido en una sola e indestructible patria.
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